miércoles, 10 de junio de 2020
Sak-xakin
Por David Cilia Olmos
Acaricié su piel, su cuerpo se estremeció en mis manos, faltaba poco para que iniciara el baile, miré el cielo estrellado y luego a los campesinos que estaban frente a mí y pregunté:
-¿Dónde está la madre?
-Se quitó - contestó uno de los campesinos mirando al tigrillo que nos ofrecía en venta para no verme a los ojos.
En la región maya de Calakmul, en la Selva de Campeche, se quitó significa se fue, así como se gastó significa se acabó.
"La mataron" --pensé para mis adentros luego de traducir la frase.
Emilio, el director de la radio La Voz del Corazón de la Selva, para más señas ecologista de línea dura, se retorcía ansioso en sentimientos contradictorios. Me preguntó:
-¿Tú qué harías?
La luna, fresca como virgen recién bañada, nos miraba por el oriente. No supe qué contestar, nunca había tenido un tigre en las manos.
Dos días antes, en "La Montaña", más acá de Hopelchén, distintos campesinos por separado me habían narrado --con un poco de orgullo, risas y lujo de detalles-- la muerte de 4 tigres, todos de la manera más impune y con balas calibre 16. Como si pensaran que sus narraciones no las iba a creer, esgrimían en prueba las pieles recién separadas del cuerpo de los jaguares. Casi todo me había quedado claro respecto a cómo, cuándo, dónde y por quién fueron los tigres emboscados, en su propio territorio, la selva. Sólo una pregunta me quedaba sin respuesta: ¿Por qué?
Un compañero campesino, por la mañana del día de hoy, me platicó con un gesto de envidia y resignación como un tigre fue muerto por las balas de un su vecino.
--¡Coño, si ese tigrillo era para mí, se me escapó! -y continúa:
-Era tan grande que no lo pudo cargar, así que le quitó la piel y la cabeza, para irla a vender a Ucum.
Si así es con el tigre, que como quiera su fiereza lo defiende, con las otras especies es peor. La carnicería de animales de la selva en Calakmul es tal, que la carne de venado se vende a 10 pesos el kilo, un poco más caras las de jabalí y un poco más aún, la de tepezcuintle.
-Esa si está más cara -dice la gente de por aquí.
Miro la luna y pienso en otro tigre, uno que vino de la ciudad mestiza de Chetumal a comerse -paradójicamente- a los campesinos mata-tigre de la montaña.
Llegó en un camión de doble tracción que tenía grúa para levantar grandes troncos de madera, ofreció pagar de uno cincuenta a cuatro pesos el pié cúbico de madera preciosa y semipreciosa, todo el pueblo mata-tigres cambió la escopeta calibre 16 por la moto sierra y fueron a masacrar ahora ciricotes, granadillos, pich, cataloch, jabines, chacás, en fin, todo un ejército de árboles en peligro de extinción mordió el polvo y fueron rápidamente despojados de sus ramajes para ser entregados al pie del camión. Muy contentos estaban los campesinos mata-tigres mientras el tigre que vino de Chetumal se los comía con el precio.
Otro tigre, que por acá los campesinos llaman "el coyote" merodea la misma localidad para comerse a los campesinos mata-tigre que se meten a la selva a extraer la savia del chico zapote, el famoso chicle. Pero ese coyote no ataca en la selva como la peligrosa mosca chiclera, sino en el centro de la localidad, compra los kilos de goma de chicle, "las maquetas", a un precio tal que logra que los chicleros de la selva, los que acopian la materia prima, vivan en condiciones de pobreza peores que los niños vende-chicles de las grandes ciudades.
Milagros de la economía de "libre mercado", el grande y próspero negocio de la goma de mascar, gracias a los coyotes del campo y la ciudad mantiene a los dos extremos de la cadena productiva del chicle, en la extrema... miseria.
Pero en fin, todo esto que escribo sólo sería la historia de tres tristes tigres que tragaban tigre en esta trágica reserva de la biósfera, si no fuera porque aún tengo en mis manos el cuerpo tibio y tembloroso de un tigrillo bebé, un Sak-xakin, o tigre orejas-blancas, recién nacido, que necesita con urgencia la leche de su madre.
El baile ya está comenzando y la pregunta que me hiciera Emilio sigue en el aire:
¿Tú qué harías?
David Cilia Olmos
PD. Este texto fue escrito en 1996-1997 y en el año 2020 lo dedico a todos mis queridos amigos que creen, o que hacen como que creen, que el TREN MAYA va a traer (futuro) la devastación de la selva de Calakmul. Desde antes y después de que fue escrito este texto, no se ha parado la destrucción de la Selva de Calakmul, una de las mayores reservas de la biósfera del mundo. Y uno de los factores que ha contribuído a ello es la impunidad que tienen los grandes saqueadores capitalistas de los recursos naturales debido al aislamiento de la región, donde debido a lo apartado y relativamente aislado del lugar pueden hacer lo que les da la gana. Otro factor es, sin lugar a duda, la gran pobreza de la gente. El llamado Tren Maya (que bien podría llamarse Tren del Sureste) puede contribuir (o no) a que ese deterioro de la selva no continué, por eso yo difiero de los que dicen "NO" en nombre de toda la población indígena, sin haber platicado de esto con la gente. Difiero de los que creen que su misión es "educar", "enseñar" a la gente lo que les conviene sin conocer antes lo que dice la gente.
La depredación de la Selva de Campeche no va a llegar (futuro) con el Tren Maya, la depredación ya está ahí desde hace décadas y es necesario pararla. Muchos de los que hoy pretenden impedir que esta selva pierda su supuesta "virginidad", en realidad, por ingenuidad o ignorancia, no hicieron nada por detener esa destrucción, callaron durante los gobiernos de derecha y algunos hasta pretendieron obtener contratos de consultoría con los gobiernos del PRI o del PAN para hacer estudios, proyecciones o consultas en torno a proyectos previos.
En el fondo, para la derecha, el verdadero objetivo en este momento preciso, no es detener la destrucción de los recursos naturales, sino poder derrocar a un gobierno que no conviene a sus intereses y a su proyecto depredador. Así como hace unos días, la derecha, cuyos gobernantes llamaron a las mujeres "lavadoras de dos patas" y encarcelaban a las mujeres que ejercían su derecho a decidir, y hoy se dicen "feministas"; así como los dirigentes de derecha que llamaron a los indígenas rebeldes de Chiapas "encalcetinados" y hoy de pronto esgrimen los derechos indígenas indignados; así los que han hecho grandes negocios saqueando los recursos naturales como parte y socios de los gobiernos priístas y panistas, hoy se dicen "ecologistas". Qué pena que muchas personas valiosas, impregnadas de una concepción positivista auto pregonada como pensamiento crítico, sin atender la contradicción que se da entre quienes quieren deponer al presidente Andrés Manuel López Obrador para recuperar la parte de privilegios perdidos (mínima en realidad, pero que no pueden tolerar), contra la mayor parte de la población --que por el motivo que fuera decidió que fuera AMLO su presidente-- se hayan alineado del lado de la campaña de la derecha por socavar la confianza y el apoyo al actual presidente. No necesariamente están equivocados algunos, simplemente responden a sus intereses de clase, a los privilegios educativos que las condiciones de clase les han proporcionado, pero no necesariamente sus intereses de clase, corresponden con los intereses de clase de la mayor parte de la población de México.
No a la depredación de los recursos que actualmente provoca de manera impune el sistema capitalista en el sureste del país. No a la Depredación que el Tren Maya pudiera causar. Si al Tren Maya, con todas las medidas de mitigación y reparación del impacto que se requieran y con la participación en el diseño y beneficios de los pueblos y comunidades indígenas y campesinas del sureste. DCO.
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Totalmente de acuerdo. Paradójicamente, el Tren Maya, harto criticado por parecer un proyecto de alto impacto ambiental, puede ser factor que atenúe o detenga la destrucción de la selva así como el comercio ilegal de animales que en ella habitan, cosa lleva décadas ocurriendo con la complicidad negligente y criminal de las autoridades.
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