Por David Cilia Olmos
Era una tibia mañana de febrero, corría el año de 1984, al sonido suave de gallinas, golpes de pala, risa de niños y caída de agua de los lavaderos, se le agregó un sonido más musical, más vivo, inquietante. Eran las 11:00 de la mañana, el riel sonaba.
Unas señoras que platicaban en la calle comentaron:
──Han de estar jugando los niños.
──Se han de haber equivocado.
──Ha de ser para la asamblea.
La gente trataba de no sobresaltarse. Pero la rutina se rompió de golpe, el riel no callaba, seguía llamando a la gente. Se iniciaba así una nueva jornada de combate en la colonia Belvedere.
Como metralla limpiadora, los ecos del riel despejaban de los cerebros la duda, la confusión, el miedo. En ese momento se operaba una transformación radical en la gente, los colonos, se sacudían de "la normalidad" y se convertían en hombres y mujeres, en toda la extensión de la palabra.
Sin ruidos toman la pala, toman el zapapico, una varilla, un martillo, un desarmador, lo que sea. Hombres y mujeres dando instrucciones precisas y concisas a sus pequeños hijos en todas las casitas de la colonia.
──¡Mete a tus hermanos!
──Que hiervan los frijoles.
──Le das leche a tu hermanito.
──No salgan a la calle.
──Tu Juan, vente conmigo.
De las entrañas de la colonia gota a gota confluían los camaradas en la calle, se daban los primeros comentarios y luego de estos surgían las primeras decisiones.
──¿Adonde es la bronca?
──¡No hay que llegar a lo tonto!
──Hay que checar antes.
──Hay que llegar por diferentes lados.
La calle se convirtió en un río de gentes, no hay risas, no hay bromas, no hay prisa al andar, pero tampoco se va despacio, se avanza midiendo la situación, palpando el ambiente, en las caras se refleja la expectativa, ya no hay sorpresa en los rostros, más bien determinación. Las masas se disponen al combate.
La gente se reúne, "María de los Ángeles entró a la colonia con un montón de pistoleros y carros del PRI, ya fueron unos compas a ver la situación", -eso es lo único que se sabe-. Los dirigentes de la colonia brillan hasta ese momento por su ausencia.
──¿Qué hacemos?
──¡Vamos!
──¿Y los jefes?
──Que nos alcancen.
De inmediato se forman brigadas que se desplazan silenciosas por 3 lugares diferentes hasta el mercado, lugar donde está concentrada María de los Ángeles y sus pistoleros. En el camino se topan con los compas que primero partieron a explorar, quienes informan:
──Ya se fueron.
──Eran muchos, traían varios carros y camionetas.
Poco a poco aumenta el contingente, ahora ya están entre la gente los dirigentes.
──Compañeros, ya se fue María de los Ángeles, pero vamos a hacer una demostración de fuerzas, vamos a recorrer la colonia en marcha.
──No, vamos como venimos, en brigadas --no hay titubeo en quien pronuncia esta frase.
──Es que solo va a ser una demostración de fuerzas -.insiste el dirigente.
──Por eso -le contesta otro colono que se resiste a creer en la vida color de rosa-- ¡vamos en brigadas!
──Si en brigadas --contestan los demás-- ¡andando!
El instinto de clase permitía ver a la gente reunida que el peligro subsistía y que la cosa no era tan de color de rosa como la veían los dirigentes.
Las tres brigadas se desplazaban rápidamente pero con precauciones y por fin se concentraron en el crucero de el mercado de la colonia, -a un lado de las vias del tren-, ahí un grupo de priístas ya entradas en carnes, muy quitadas de la pena esperaban con risita burlona.
Por todos lados había colgada propaganda del PRI-CNOP y pancartas donde se agradecía al diputado Parcero López, en nombre de la colonia, un conjunto de obras inexistentes.
Pasa un carro con propaganda del PRI, lo detiene la gente de la colonia, los que viajan en el carro empiezan a discutir, que ellos también son del pueblo, que sí la democracia y otras cosas. Luego pasa a mas velocidad un camión de redilas con grandes pancartas del PRI y un aparato de sonido con sus respectivas bocinas.
──¡Deténganlos! -gritan los primeros que se percatan.
──¡Bájate! -le gritan al chofer.
──¡Por qué!
──¡Te bajas o te bajamos!
──¡Por qué! -el chofer adopta una actitud de reto.
──¡Que te bajes!
No hubo más palabras, el chofer bajó por vía aérea prendido por la gente que no se andaba ya con contemplaciones.
──¡Cuidado!, viene un carro.
──¡Son tiras!
──¡Si son tiras!
──¡Ciérrenle el paso!
En el Ajusco, las piedras son el mejor argumento para convencer a un chofer que debe detenerse.
A pesar de que es obvio, los tripulantes del auto, con toda la apariencia de agentes policiacos dicen:
──Nosotros no somos de aquí.
──Ya lo sabemos, bájense.
──Nosotros no tenemos nada que ver.
──Nosotros tampoco, bájense.
──Venimos a visitar a un pariente.
──Van a visitar a otro si no se bajan.
──¡Recárguense sobre el carro!
──¡¡Cuidado, va a sacar la pistola!! se escucha el grito de una mujer.
──¡¡Quítensela!!
Los agentes se resisten a ser desarmados, la furia de la gente no se deja esperar, los policías son sometidos y desarmados; se les quita una pistola automática calibre 38 con dos cargadores y su dotación de parque.
La gente se daba a la tarea de amarrar y vendar a los agentes, cuando por el lado oeste, caminando sobre la vía del tren se acerca un grupo de agentes policiacos. Las señoronas priístas informan casi con orgullo:
──Es el diputado Parcero.
Con un gesto engaña-electores dicen:
──Quiere dialogar con ustedes.
Se propone que vaya una comisión a su encuentro, a decirles que salgan de la colonia. Se ofrece un voluntario, el compa Juan "Sinmiedo", otros colonos advierten:
──Pero lo pueden chingar.
──Hay que estar cerquita --dice una señora ya mayor.
──Vamos la mitad de la gente por un lado y la otra mitad por el otro lado -propone alguien al tiempo que todos ya marchan en dirección al diputado.
Ante el avance de la gente, el optimismo de la comitiva de Parcero López se va convirtiendo en preocupación, el caminar con un balanceo estudiado estilo "haganseaunladoboladependejos" se transforma en un paso medroso, la cara cínica reparte-sonrisas del diputado, se deforma en una mueca nerviosa que pretende ser sonrisa; el sudor perla la frente de él y sus guardaespaldas. Son alrededor de 15 y vienen caminando sobre los durmientes y rieles de 3 en fondo, pero poco a poco se van compactando en una bola, como si así quisieran no desperdiciar para nada su --ya de por si muy escaso─ valor.
Juan "Sinmiedo", camina al encuentro de la "comitiva" a paso firme y regular, mientras los robóticos guardaespaldas del diputado, como si fueran monstruos de juguete a los que de repente se les acabaran las pilas, caminan más despacio. La gente de la colonia avanza por los flancos, en la cuneta de la vía férrea, para respaldar en su caso a Juan Sinmiedo que avanza por los rieles.
──¡¡Párate ahí!! -gritan los agentes.
──¡¡No sigas avanzando!!
Los agentes se han puesto nerviosos, gritan para darse valor pero no pueden impedir que el timbre de su voz cambie de autoritario a suplicante, para ellos ha llegado el momento de la verdad, el momento de demostrar lo que son y lo que valen -en el caso de que tuvieran algún valor.
Juan no se ha detenido, los tiras y con ellos el diputado, ya están engarrotados por el miedo, en su histeria echan mano de las pistolas. Han cometido la peor tontería de su vida.
El camarada ya está a unos cuantos pasos de la "comitiva", 10 o 12 ojos de acero marca Smith & Wesson, Colt y Browning, le observan prestos a agujerarlo con su pesada mirada de plomo, el compa está perdido.
──¡El compa está perdido!
──¡Hijos de su pinche madre!
"Hijos-de-su-pinche-madre" no es ningún plan militar dictada en alguna clave secreta, no es ninguna consigna de realizar tal o cual maniobra táctica; sin embargo, en ese instante fue mucho más que eso. Con prontitud se alcanza la altura del compa y casi se rodea a los agentes, las masas se hacen cargo en fracción de segundos de la situación, las órdenes no se giran, se adivinan.
Los tiras disparan a quemarropa sobre el compañero que trata de contener el cierre del cerco al momento en que el compa se abalanza sobre los tiras, lleva ya sangrando la cabeza, es recibido a cachazos. Así se expresan los primeros "argumentos" del diputado y su comitiva. Así se inicia su "diálogo" con la colonia.
A partir de ese momento la eficiencia militar del proletariado se puso en evidencia. Órdenes que se impartían sin mediar palabras, el instinto de clase sintonizaba todos los cerebros en la misma frecuencia -la frecuencia de la lucha proletaria-, las palabras quedaron momentáneamente rebasadas.
Así los camaradas prácticamente volaron, irrumpieron en el relieve de la vía desbaratando la formación de los tiras, los persiguieron a pedradas. Los tiras corren a sus autos y se parapetan disparando sus armas automáticas, Ahí cae de un balazo en el pecho el camarada Foco. La primera oleada de camaradas tiene que pasar a tirarse al suelo, su posición es desventajosa, están ante una lluvia de balas de los agentes parapetados en sus carros. Pero como los tiras disparan desesperados, rápidamente se les acaba el parque, en lo que intentan recargar irrumpe la segunda oleada, ahora el empuje de las masas es incontenible, se rompe la resistencia de la caravana y los tiras se desbandan por completo huyendo despavoridos por las abruptas calles de la colonia o escondiéndose en casas cercanas donde son finalmente capturados abajo de algunas camas.
De inmediato se procede a inmovilizar los autos de la caravana priísta, se concentran los prisioneros, se hace un recuento de las fuerzas y se envía a una brigada a trabar contacto con compas que partieron en persecución de los desbandados. Se realiza una asamblea general, los prisioneros son advertidos: Estamos hartos de PRI.
──Es que veníamos a dialogar.
──¿A dialogar con pistolas?
Parcero opta por la callada, prefiere a toda costa pasar desapercibido, cree que con el hecho de deshacerse de su cartera durante el enfrentamiento va a ser suficiente para confundir a las masas. Ahora el tigre es una rata, estando frente a hombres que si lo son y frente a mujeres que lo son, el gallo no es más que una ridícula gallina que a medio día intenta esconderse de los rayos del sol. A la hora de la verdad todo era cobardía y lloriqueos para este "hombre".
Así que se le impuso como castigo que se largara lo más pronto posible de la colonia, en las condiciones en que él y sus compinches priístas acostumbran tener a la gente, a saber: con los ojos vendados y descalzos. Y así salieron, con las manos amarradas, los zapatos amarrados al cuello, los ojos cubiertos; así se fueron de una colonia a la que nunca debieron haber entrado.
Así termina una jornada más de lucha en la heroica colonia Belvedere. El sol brillaba en lo alto y los compas se dispersaban a seguir la lucha por la vida.
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