Rocío Verena Ocampo
Rabadán
Eran aproximadamente las 8:30 de la mañana cuando se presentó en mi domicilio Aurelio, compañero dirigente de la Unión de Colonos, Inquilinos y Solicitantes de Vivienda (UCISV). Con marcado nerviosismo me comunicó que Roberto Fernández había sido detenido hacia algunos minutos en Tlatelolco y que al día siguiente se realizaría una marcha para exigir su libertad. Precisamos los detalles al respecto y me dio el número telefónico del Movimiento Proletario Independiente para que en caso necesario me comunicara ahí.
Como todos los días, fui a la casa de mi
hermana. De lejos vi estacionada la combi de mi cuñado Arturo y no noté nada
extraño. Cuando toqué y silbé para que me abrieran del interior de la combi
descendieron ocho judiciales fuertemente armados. Tratando de ocultar mi
nerviosismo bajé las escaleras.
—¿A quién busca?
—A la señora que vive ahí.
—¿Cómo se llama?
—Martha, la señora Martha.
La señora de al lado abrió su puerta en ese
momento y aproveché para meterme.
—Vine a ver qué pasa con los desayunos porque
ayer llegué muy tarde.
Discretamente me dijo que el “ejército” había
llegado a las cinco de la mañana llevándose con lujo de violencia a Martha,
Arturo y sus tres hijos. Simuló contestarme la pregunta de los desayunos y me
despidió. Los judiciales me llamaron nuevamente, me pidieron que me
identificara y me preguntaron por qué silbé. Contesté que no había sido yo. A
unos pasos de ahí pasó un muchacho con una consigna y un puño estampado en su
playera: “Todo el poder al pueblo”.
Le preguntaron el significado de la consigna.
—¿No saben que es la CONAMUP?, les contestó.
Aproveché ese momento para retirarme con mis
tres hijos. De ese lugar me dirigí a la casa de mi mamá, como a 10 minutos de
ahí; antes de llegar pregunté a un muchacho si había agentes. Me contestó:
—Sí un montón; están en una casa de dos pisos
con puerta roja.
—¿Y los que viven ahí?
—Se los llevaron en la madrugada a todos.
En taxi, con mis hijos me dirigí a las
oficinas de La Trilla, lugar en el que trabaja mi esposo. Al llegar me encontré
a Gustavo, reportero de esa revista, y le pregunté
—¿Qué hay arriba?
—Nada, David no ha llegado, sólo está Miguel Ángel.
Sube a hablar con él.
Una vez que entré al edificio dos agentes me
franquearon el paso; no podía retroceder. Pedí el elevador. Un agente estaba
adentro. El operador me subió al 5o. piso sin que yo se lo pidiera. Toqué la
puerta de La Trilla. El judicial del elevador no dejaba de vigilarme. Abrieron
la puerta y pregunte:
—Vengo por el trabajo del anuncio donde
solicitan promotores.
Un judicial palmeo del hombro a Miguel Ángel,
quien en ese momento estaba encañonado por una pistola y le indicó que me
citara para el lunes. Salí y observé que el edificio estaba rodeado por la
policía. Caminé para cruzar la Alameda Central y abordar un taxi, cuando un
judicial me alcanzó corriendo.
—Señora Verena, venga. ¡Acá está David!
—Yo no me llamo Verena y no conozco a ningún
David.
—¡Cómo no! Venga, yo soy del PROCUP.
—Yo no soy, usted está equivocado.
Su voz se volvió imperativa.
—¡¿No siga caminando, acá está David!
Mis hijos no aguantaron más la tensión y
empezaron a gritar:
—Si mamá, tú eres Verena. Vamos con mi papá,
tú eres Verena y mi papá es David!
Gritando y llorando me jalaban hacia donde
señalaba el judicial, en ese lugar estaban estacionados otros vehículos policíacos,
en uno de ellos se encontraba Roberto Fernández.
—No me obligue a golpearla aquí. ¡Vamos!—
comenzó a silbar.
—¡Esta bien!, pero dígame ¿por qué me
detiene?— me subió a un taxi, me quitó mi bolsa, la revisó.
—¿Qué le trajiste a David? ¿Dónde está la
pistola?
—No tengo pistola y no traje nada. ¡Dígame!,
¿por qué me detiene, a dónde me lleva?
—Yo no sé nada, sólo soy un soldadito que
recibe órdenes.
EN LA PJDF
Llegamos a la Procuraduría del DF, me tuvieron
mucho tiempo en el taxi, continuamente se presentaban agentes y me
interrogaban. Todos hacían caso omiso a mis preguntas acerca de los motivos de
mi detención. Entre ellos comentaban: hay que esperar instrucciones.
Después de mucho tiempo me bajaron del taxi y
me condujeron a las oficinas de la Procuraduría. En las escaleras me encontré a
dos periodistas de La Trilla, Gustavo y Miguel Ángel, a este último le preguntaron
si me conocía. Contestó que sí.
—¿Por qué lo negaste hace rato?
—No sé nada hasta que no hable con mi abogado
—, contestó.
Entramos a los separos y vi a toda mi familia,
incluyendo a mi sobrina de seis meses de edad. Mi hermana Martha me dijo que a
su esposo Arturo se lo habían llevado a otro lugar y desconocía su paradero. Mi
mamá se encontraba muy angustiada.
Entraron los judiciales y me subieron al 5o.
piso. Intenté dejar a mis hijos con mi mamá, pero no me lo permitieron. Junto
con los niños me metieron a la oficina de un policía llamado Salomón Tanús.
Antes de iniciar el interrogatorio ordenó a
otros policías que se llevaran a mis hijos “para que no vean nada”.
—¿Cómo te llamas?
—Rocío.
—¿Rocío qué?
—Rocío Verena Ocampo Rabadán.
—¿En dónde vives? ¿Quién es Arturo? ¿En dónde
vive?
A cada respuesta mía, le seguían una serie de
golpes. La licuadora en el cabello, Los aplausos en los oídos, Los mazapanazos
en la cabeza. Aturdida, a punto de perder el conocimiento, veía en el piso cómo
caían mechones de mi cabello.
—Nos vas a llevar a la casa de Arturo; pobre
de ti si no nos dices dónde es, si te portas bien te doy a tus hijos.
Violentamente me sacaron del lugar, no pude
ver dónde quedaron mis hijos. Me subieron a un carro. En el camino sonó la
radio. Se detuvieron. Se acercó un judicial.
–Los periodistas. ¡Los periodistas!
Inmediatamente me tiraron en el asiento y se
sentaron encima de mí: uno en la cabeza, otro en el tronco y uno más en la
cadera. Pisaban y pateaban mis pies. Aceleraron el auto y más adelante se
detuvieron en un parque solitario. Se bajaron dos policías y otro al que le
llamaban “Comandante de la Rosa”. Después se subió al coche un judicial vestido
al estilo punk; me golpeó salvajemente en el cuerpo y me jaló con saña el
cabello.
—Mira hija de la chingada, no nos vas a tener
dando vueltas a lo pendejo. Di de una vez en dónde vives. ¿A dónde vamos?
¿Dónde está Cabeza de Juárez?
—No sé a dónde vamos, los puedo llevar a
Cabeza de Juárez, pero no conozco a nadie ahí (golpes), déjeme hablar (golpes).
El comandante De la Rosa, ordenó que ya me
dejaran.
OTRA VEZ EN TLAHUAC
Emprendimos de nuevo el camino seguidos por
una camioneta roja. Llegamos a la Unidad Ruiz Cortínez en Tlahuac. A la entrada
se toparon de frente con un carro que salía.
Con voz nerviosa y el rostro desencajado
gritaron: ¡Alto! ¡Tiren las armas! ¡Bájense!
Del otro carro por las ventanas asomaron
varias manos con identificaciones y cañones de armas. Con cierto alivio,
exclamaron: ¡son compañeros!
Uno de los policías que bajaron del otro coche
me vio y vociferó:
—Esta hija de la chingada vino aquí en la
mañana!, me dijo que venía por unos desayunos y estuvo chiflando; se metió en
la casa de abajo y se tardó mucho con los que viven ahí.
Conque los desayunos, ¿no? ¡Hija de la
chingada! Ya te cargo! a ver, chifla, me dio un golpe.
—¡Silba!
—No, ¡así no era!
Me golpeaba en el abdomen y las costillas.
Volvía a silbar (más golpes). Me jalaron hasta el departamento de Aurelio.
—Si nos reciben a tiros, me muero, pero tú
también y serás la primera—, dijo uno de ellos.
Cubriéndose conmigo me ordenaron que llamara a
Aurelio.
—¡Grítale más fuerte!
Me pusieron una metralleta sobre cada hombro y
me sujetaron del cabello. Como no salió nadie, abrieron la casa; la saquearon;
y después continuaron con la casa de José Luis. En ella encontraron un recado
para dos mujeres; me preguntaron por ellas, les dije que no las conocía. Eso
provocó una nueva lluvia de golpes e insultos. De la Rosa los contuvo. Me
subieron al carro y se estacionaron al frente de la unidad. Un judicial se
subió y me golpeó con una saña increíble.
—¡Hija de la chingada!, creíste que te ibas a
burlar de nosotros, por qué no nos dijiste que vivías aquí? Vas a identificar a
todos los que entren a la unidad.
REGRESO AL CUARTEL DE LA PJDF
Después de un rato me regresaron a la
Procuraduría.
En la entrada del elevador llevaban a un
muchacho, le jalaron el cabello hacia atrás para que lo viera. Me preguntaron
si lo conocía. Contesté que no.
—¿Cómo no?
Negué otra vez. Nos metieron en el elevador,
apagaron la luz y nos golpearon fuertemente a ambos. Arturo se quedó abajo
porque no cupo.
Me metieron en la oficina de Tanús.
—¿En cuántos asaltos has participado?
—En ninguno (golpes).
—¿Cómo te apodan? y ¿en cuántos?
—No tengo apodo, me llamo Verena y no he
participado en ninguno.
—Mientes (golpes). ¡Traigan al otro!
—Metieron a un tipo llamado Alfredo Rivera, lo
hincaron tras de mí. Quise voltear y me golpearon.
—No voltees.
—¿Cómo se llama ella?, le preguntaron al tipo.
—Verena.
—¿A cuántos asaltos ha ido?
—Al del CCH Sur.
—Párate —le indicaron.
Cuando yo me paré quedé frente a frente con
ese sujeto que ya se lo llevaban. Me golpearon porque me le quedé viendo.
Nuevamente me preguntaron si conocía a Chayo y Magos, las mujeres de la nota
encontrada en la casa de José Luis; me enseñaron muchas fotos, las observé un
buen rato y les dije que no conocía a nadie.
—¡Eres una pendeja!, ¡nada sabes, nada!
Me volvieron a golpear. Me sacaron de ahí. Me
pararon al lado de la oficina, ahí se encontraban tirados Sergio y Arturo. Se
veían terriblemente golpeados. Del otro lado se oían gritos y la pared se
cimbraba, como si estrellaran a alguien contra ella. Los golpes habían minado
mi resistencia, sentía que se me doblaban las piernas, me dejé caer en el
suelo.
Después de mucho tiempo nos bajaron a una
celda. En el camino pregunté por mis hijos a los judiciales: “Nunca los
volverás a ver”. Nos metieron en una celda a los cuatro.
Sentí la impotencia más grande de mi vida. Más
tarde me llevaron a una celda sola, y luego al servicio médico; me dieron un
boing. En esos momentos vi a Jaime Laguna y a Manuel Anzaldo.
Nuevamente me subieron al 5o. piso. En el
camino encontré a mi papá, le pedí que se movilizara con lo de mis hijos. Me
pegaron por haberle hablado. Los judiciales de abajo me trataban muy mal, no me
permitían ir al baño y continuamente me insultaban. Me sentía muy mal y
solicité servicio médico; me lo negaron. Reconocí a uno de los judiciales, uno
llamado Jaime, o Jimmy, un drogadicto del rumbo de Villa de Cortés, y a otro
que le decían Starky.
Me subieron al 5o. piso y me interrogaron
delante de Roberto Fernández, cuando le tocó el turno a él, se negó a hacerlo
en mi presencia y pidió que lo interrogaran en otro lugar. Supe que había
entregado la documentación de los socios del frente principalmente la de
Sergio, Arturo, José Guadalupe y la mía y, junto con José Cruz, la ubicación de
David en La Trilla. Me subieron a otro lugar con otras dos personas una de las
cuales era Reyna, la primera esposa de David de la cual se había divorciado
desde hacía ocho años.
Cuando la sacaron a ella, se burlaron de mí,
me dijeron que si tanto me gustaba como me “lo metía David” me lo iban a “meter
los 20 que estaban ahí”. Me ordenaron que me desnudara porque me iban a violar.
Obedecí convencida de que a esas alturas podían hasta matarme.
Más tarde me subieron y me preguntaron que en
cuántos asaltos había participado mi hermana Martha. Contesté que en ninguno,
que ella no tenía nada que ver con actos de esa naturaleza, así como tampoco
nadie de mi familia (cometí el error de mencionar a mi familia, ya que en
adelante me chantajeaban con ellos, además de que por esto también los tuvieron
más tiempo detenidos). Me golpearon y me dijeron:
—En esta tarjeta tengo anotados tres, sólo
quiero que tú me digas cuáles?
—En ninguno.
—¡Mientes! (golpes).
—Está bien, en tres.
—¿Es verdad?
—¡No! (golpes).
—Voy a subir a Arturo, él dice que tú sabes.
(Entró Arturo).
—¿En cuántos asaltos ha estado Martha?
—¡En ninguno!
—Ella dice que en tres.
—¡Ella miente! (lo golpean).
Así nos tuvieron un buen rato, me insistían
que en cuántos les decía que tres, me preguntaban si era verdad, les decía que
no.
Bajaron a Arturo y siguieron golpeándome. Me
preguntaban por Martha, les dije que se había ido.
—Eso crees —me contestaron.
—¡Aquí la tengo! (me volvieron a golpear).
Por enésima vez me subieron. Hincados en el
piso estaban José Guadalupe y Alfredo. En el camino una tal Chelo, secretaria
del policía llamado Tanús, me amenazó y me dijo: “Más vale que le contestes a
este güey todo”.
Me preguntaron que si conocía a José
Guadalupe; contesté que sí.
—¿Cómo se llama?
—José.
Me jalaron del cabello y me dijeron al oído
que le dijera Miguel.
—Mi... Miguel (tartamudee).
—Le tienes miedo a ese negro, ¿verdad?
Se llevaron a José Guadalupe y a Alfredo. Me
sentaron y me preguntaron si ya había comido y si quería algo. Contesté que no,
que sólo quería agua.
—Ja, ja, lástima el baño está vacío, pero te
vamos a dar en una taza o ¿prefieres tehuacán?, ja, ja.
Tomé agua y le dije:
—Mayor Tanús, hablé con el procurador Morales
Lechuga y me comprometí a decir la verdad y eso voy a hacer. No sé nada de
David, ¡no sé dónde está!
Me enseñaron varias fotos de él; me
preguntaron su estatura, complexión, señas particulares y que describiera con
quién andaba en Tacuba. Describí a Rubén Hernández Padrón (desaparecido
político). Tomaron nota presurosos. Me preguntaron su domicilio, dije que no lo
sabía, acerca de los amigos más frecuentes de David: Roberto Fernández, Mario
Falcón, Adad, Azalea Suárez, Mario Chávez. Me preguntaron si conocía a el
Bigos, dije que no; que si conocía a Víctor Valdés, dije que sí. Por Pancho
López, dije que no. Me enseñaron fotos, sólo identifiqué a Juan Carlos; me
leyeron su domicilio y el de sus trabajos, dije que estaban bien. Me
preguntaron si éramos del PROCUP, lo negué. Que si José Guadalupe era de la
Liga, contesté que no sabía. Me leyeron el domicilio de Gabriel y más cosas que
no recuerdo por los frecuentes golpes que me daban y me aturdían; sobre todo
preguntas acerca de la Liga, personas, testimonios. Tanús ordenó que me bajaran
y que se me tratara “mejor”.
Al salir de ahí, uno del Ministerio Público
les indicó que me dejaran con él, me sentaron en un sillón. Oí que metían a
algunas personas y las golpeaban salvajemente, y ellos insultaban a los
Judiciales. El del MP me enseñó varias fotos y periódicos del PROCUP, me dijo
que los identificara; no reconocía a nadie. Les mostré mis cosas y me bajaron.
Posteriormente me enteré de que ya habían liberado a mi hermano Felipe, el
último de mi familia en lograrlo.
SEGURIDAD NACIONAL
Se presentaron policías de Seguridad Nacional
de la Secretaría de Gobernación a interrogarme en dos ocasiones; en la primera
me preguntaron:
—¿Tu eres Rocío?
—Sí.
—¿Te gusta leer?
—Sí.
—¿Qué clase de libros has leído, cuáles te
gustan?
—Me gusta la poesía, he leído El quijote, El
Mío Cid, Otelo, Romeo y Julieta, Navidad en las Montañas y ...
—Bueno, nunca has leído El Manifiesto ...
—Sí.
—Y ¿qué opinas?
—Lo leí hace mucho tiempo.
Sobre la mesa se encontraban dos grabadoras
funcionando.
—Tu estudiaste en la Prepa Popular, ¿verdad?
—Sí.
—En qué año?
—En el ‘82; del ‘80 al ‘82.
—Y ¿ahí conociste a David?
—Sí.
—Pertenecía a algún grupo político?
—No.
—Qué tiempo conviviste con él?
—En la escuela como seis meses.
—Por qué partido te inclinas?
—Por ninguno.
—Cuál es la línea política del PRT.
—No sé.
—Que línea política maneja Peter Geller.
—No sé.
—Bueno, a ver, cuéntanos ¿cómo fue el asalto?
—No sé a qué se refieren.
—Dinos, ¿tenían prácticas de salón?
—No.
—¿Practicaban al aire libre?
—No.
—¿En dónde se entrenaban?
—En ningún lado.
—OK, eso es todo.
En la segunda sesión del interrogatorio me
dijeron:
—Confrontamos tus respuestas con otras
declaraciones y vimos que nos mentiste. Tú te llamas Paulina.
—No es verdad.
—Tú militas en la Liga Comunista 23 de
Septiembre, desde 1980 y fuiste expulsada en el ‘83.
—¡No!, milité del ‘82 al ‘83.
—Ingresaste nuevamente en el ‘85.
—No, nunca ingresé nuevamente.
—Dinos, ¿cómo era David?, agresivo, cariñoso,
áspero. ¿Cómo?
—Normal.
—¿Se molestaba con facilidad?
—No.
—Cuándo se enojaba, ¿te golpeaba?
—No.
—¿Qué hacía cuando se enojaba?
—Nada; casi nunca se enojaba.
—Su papá y su mamá ¿están separados?
—Sí.
—¿Cuántos hermanos tiene?
—No sé, no los conozco.
—¿Cómo se comporta sexualmente?
—Normal.
—¿Era comprensivo?
—Sí.
—¿Te daba a leer algún tipo de literatura
especial?
—No.
—¿Conociste a los responsables del incidente
del 1o. de mayo de 1984?
—No.
—¿Oíste hablar de ellos?
—Sí.
—¿Están todos detenidos?
—No sé.
—Nos falta uno, ¿quién es?
—No sé.
—¡Dime los nombres!
—No los sé.
—El Pato, ¿dónde está?
—No sé.
—¿Quienes son los amigos que más frecuentaba
David?
—Los de la mesa directiva del Frente de
Vivienda de Tlatelolco.
—Miguel Ángel Ortega, ¿no lo frecuentaba?
—Un poco.
—¿Tú eres socia con él?
—Sí.
—Y los amigos de David, ¿son tus amigos?
—Algunos; cada quien tiene sus propios amigos.
—Mario Falcón, ¿tenía fricciones con David?
—Pocas.
—¿David te obligaba a que le hablaras a Mario
Falcón?
—No, Mario Falcón también era mi amigo.
—Cuéntanos ¿cómo fue cuando los dos sacaron
armas en el frente?
—Que yo sepa jamás ha habido armas en el
frente.
—¿Sabes cuál es la línea política de Mario
Falcón?
—No.
—¿Sabías que pertenece a un partido
clandestino?
—No.
—Bueno, eso es todo.
Posteriormente nos presentaron en conferencia
de prensa, lo que se dijo ahí no corresponde a la realidad. Los hechos que se
mencionaron los desconozco por completo; cuando quise aclarar algunas cosas, un
judicial se me acercó y me amenazó de muerte.
De regreso a la procuraduría me llamaron y me
preguntaron frente a los muchachos:
—¿Cuál de todos es el más chingón?
—No sé.
—No te hagas pendeja. El José es el más
chingón, ¿verdad? o ¿El Sergio?
—No sé.
—Me dan ganas de darte tus chingadazos por
pendeja, ¿o me vas a decir que tu eres la más chingona? para mandarte al Campo
Militar.
Se retiraron con sonrisa burlona. Pedimos
permiso para lavarnos, pero nada se puede hacer sin dinero de por medio. Los
delincuentes con dinero son liberados, las víctimas de la sociedad purgan una
pena no merecida y los presos políticos son sometidos a continuas vejaciones,
hostigamientos constantes y violaciones a sus más elementales derechos.
La Policía Judicial mantuvo secuestrados por
tres días a mis hijos de seis, cinco y cuatro años; no se me informó de su
estado de salud. Los mantuvieron en deplorables condiciones durante ese lapso.
Toda mi familia estuvo detenida, incluyendo a mis nueve sobrinos que van de los
seis meses hasta los 13 años; amenazaron de muerte, golpearon y agredieron a
mis padres de 60 y 70 años, sufriendo en consecuencia mi madre parálisis facial
y un conato de infarto. Los policías que participaron en el secuestro de mis
familiares, saquearon cuatro casas, de las cuales robaron objetos, aparatos,
ropa, valores y dinero con un monto de más de 80 millones de pesos, aproximadamente.
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