sábado, 2 de abril de 2016

La redada del 4 de abril (Testimonio de Verena Ocampo)

Rocío Verena Ocampo Rabadán


Eran aproximadamente las 8:30 de la mañana cuando se presentó en mi domicilio Aurelio, compañero dirigente de la Unión de Colonos, Inquilinos y Solicitantes de Vivienda (UCISV). Con marcado nerviosismo me comunicó que Roberto Fernández había sido detenido hacia algunos minutos en Tlatelolco y que al día siguiente se realizaría una marcha para exigir su libertad. Precisamos los detalles al respecto y me dio el número telefónico del Movimiento Proletario Independiente para que en caso necesario me comunicara ahí.
Como todos los días, fui a la casa de mi hermana. De lejos vi estacionada la combi de mi cuñado Arturo y no noté nada extraño. Cuando toqué y silbé para que me abrieran del interior de la combi descendieron ocho judiciales fuertemente armados. Tratando de ocultar mi nerviosismo bajé las escaleras.
—¿A quién busca?
—A la señora que vive ahí.
—¿Cómo se llama?
—Martha, la señora Martha.
La señora de al lado abrió su puerta en ese momento y aproveché para meterme.
—Vine a ver qué pasa con los desayunos porque ayer llegué muy tarde.
Discretamente me dijo que el “ejército” había llegado a las cinco de la mañana llevándose con lujo de violencia a Martha, Arturo y sus tres hijos. Simuló contestarme la pregunta de los desayunos y me despidió. Los judiciales me llamaron nuevamente, me pidieron que me identificara y me preguntaron por qué silbé. Contesté que no había sido yo. A unos pasos de ahí pasó un muchacho con una consigna y un puño estampado en su playera: “Todo el poder al pueblo”.
Le preguntaron el significado de la consigna.
—¿No saben que es la CONAMUP?, les contestó.
Aproveché ese momento para retirarme con mis tres hijos. De ese lugar me dirigí a la casa de mi mamá, como a 10 minutos de ahí; antes de llegar pregunté a un muchacho si había agentes. Me contestó:
—Sí un montón; están en una casa de dos pisos con puerta roja.
—¿Y los que viven ahí?
—Se los llevaron en la madrugada a todos.
En taxi, con mis hijos me dirigí a las oficinas de La Trilla, lugar en el que trabaja mi esposo. Al llegar me encontré a Gustavo, reportero de esa revista, y le pregunté
—¿Qué hay arriba?
—Nada, David no ha llegado, sólo está Miguel Ángel. Sube a hablar con él.
Una vez que entré al edificio dos agentes me franquearon el paso; no podía retroceder. Pedí el elevador. Un agente estaba adentro. El operador me subió al 5o. piso sin que yo se lo pidiera. Toqué la puerta de La Trilla. El judicial del elevador no dejaba de vigilarme. Abrieron la puerta y pregunte:
—Vengo por el trabajo del anuncio donde solicitan promotores.
Un judicial palmeo del hombro a Miguel Ángel, quien en ese momento estaba encañonado por una pistola y le indicó que me citara para el lunes. Salí y observé que el edificio estaba rodeado por la policía. Caminé para cruzar la Alameda Central y abordar un taxi, cuando un judicial me alcanzó corriendo.
—Señora Verena, venga. ¡Acá está David!
—Yo no me llamo Verena y no conozco a ningún David.
—¡Cómo no! Venga, yo soy del PROCUP.
—Yo no soy, usted está equivocado.
Su voz se volvió imperativa.
—¡¿No siga caminando, acá está David!
Mis hijos no aguantaron más la tensión y empezaron a gritar:
—Si mamá, tú eres Verena. Vamos con mi papá, tú eres Verena y mi papá es David!
Gritando y llorando me jalaban hacia donde señalaba el judicial, en ese lugar estaban estacionados otros vehículos policíacos, en uno de ellos se encontraba Roberto Fernández.
—No me obligue a golpearla aquí. ¡Vamos!— comenzó a silbar.
—¡Esta bien!, pero dígame ¿por qué me detiene?— me subió a un taxi, me quitó mi bolsa, la revisó.
—¿Qué le trajiste a David? ¿Dónde está la pistola?
—No tengo pistola y no traje nada. ¡Dígame!, ¿por qué me detiene, a dónde me lleva?
—Yo no sé nada, sólo soy un soldadito que recibe órdenes.
EN LA PJDF
Llegamos a la Procuraduría del DF, me tuvieron mucho tiempo en el taxi, continuamente se presentaban agentes y me interrogaban. Todos hacían caso omiso a mis preguntas acerca de los motivos de mi detención. Entre ellos comentaban: hay que esperar instrucciones.
Después de mucho tiempo me bajaron del taxi y me condujeron a las oficinas de la Procuraduría. En las escaleras me encontré a dos periodistas de La Trilla, Gustavo y Miguel Ángel, a este último le preguntaron si me conocía. Contestó que sí.
—¿Por qué lo negaste hace rato?
—No sé nada hasta que no hable con mi abogado —, contestó.
Entramos a los separos y vi a toda mi familia, incluyendo a mi sobrina de seis meses de edad. Mi hermana Martha me dijo que a su esposo Arturo se lo habían llevado a otro lugar y desconocía su paradero. Mi mamá se encontraba muy angustiada.
Entraron los judiciales y me subieron al 5o. piso. Intenté dejar a mis hijos con mi mamá, pero no me lo permitieron. Junto con los niños me metieron a la oficina de un policía llamado Salomón Tanús.
Antes de iniciar el interrogatorio ordenó a otros policías que se llevaran a mis hijos “para que no vean nada”.
—¿Cómo te llamas?
—Rocío.
—¿Rocío qué?
—Rocío Verena Ocampo Rabadán.
—¿En dónde vives? ¿Quién es Arturo? ¿En dónde vive?
A cada respuesta mía, le seguían una serie de golpes. La licuadora en el cabello, Los aplausos en los oídos, Los mazapanazos en la cabeza. Aturdida, a punto de perder el conocimiento, veía en el piso cómo caían mechones de mi cabello.
—Nos vas a llevar a la casa de Arturo; pobre de ti si no nos dices dónde es, si te portas bien te doy a tus hijos.
Violentamente me sacaron del lugar, no pude ver dónde quedaron mis hijos. Me subieron a un carro. En el camino sonó la radio. Se detuvieron. Se acercó un judicial.
–Los periodistas. ¡Los periodistas!
Inmediatamente me tiraron en el asiento y se sentaron encima de mí: uno en la cabeza, otro en el tronco y uno más en la cadera. Pisaban y pateaban mis pies. Aceleraron el auto y más adelante se detuvieron en un parque solitario. Se bajaron dos policías y otro al que le llamaban “Comandante de la Rosa”. Después se subió al coche un judicial vestido al estilo punk; me golpeó salvajemente en el cuerpo y me jaló con saña el cabello.
—Mira hija de la chingada, no nos vas a tener dando vueltas a lo pendejo. Di de una vez en dónde vives. ¿A dónde vamos? ¿Dónde está Cabeza de Juárez?
—No sé a dónde vamos, los puedo llevar a Cabeza de Juárez, pero no conozco a nadie ahí (golpes), déjeme hablar (golpes).
El comandante De la Rosa, ordenó que ya me dejaran.
OTRA VEZ EN TLAHUAC
Emprendimos de nuevo el camino seguidos por una camioneta roja. Llegamos a la Unidad Ruiz Cortínez en Tlahuac. A la entrada se toparon de frente con un carro que salía.
Con voz nerviosa y el rostro desencajado gritaron: ¡Alto! ¡Tiren las armas! ¡Bájense!
Del otro carro por las ventanas asomaron varias manos con identificaciones y cañones de armas. Con cierto alivio, exclamaron: ¡son compañeros!
Uno de los policías que bajaron del otro coche me vio y vociferó:
—Esta hija de la chingada vino aquí en la mañana!, me dijo que venía por unos desayunos y estuvo chiflando; se metió en la casa de abajo y se tardó mucho con los que viven ahí.
Conque los desayunos, ¿no? ¡Hija de la chingada! Ya te cargo! a ver, chifla, me dio un golpe.
—¡Silba!
—No, ¡así no era!
Me golpeaba en el abdomen y las costillas. Volvía a silbar (más golpes). Me jalaron hasta el departamento de Aurelio.
—Si nos reciben a tiros, me muero, pero tú también y serás la primera—, dijo uno de ellos.
Cubriéndose conmigo me ordenaron que llamara a Aurelio.
—¡Grítale más fuerte!
Me pusieron una metralleta sobre cada hombro y me sujetaron del cabello. Como no salió nadie, abrieron la casa; la saquearon; y después continuaron con la casa de José Luis. En ella encontraron un recado para dos mujeres; me preguntaron por ellas, les dije que no las conocía. Eso provocó una nueva lluvia de golpes e insultos. De la Rosa los contuvo. Me subieron al carro y se estacionaron al frente de la unidad. Un judicial se subió y me golpeó con una saña increíble.
—¡Hija de la chingada!, creíste que te ibas a burlar de nosotros, por qué no nos dijiste que vivías aquí? Vas a identificar a todos los que entren a la unidad.
REGRESO AL CUARTEL DE LA PJDF
Después de un rato me regresaron a la Procuraduría.
En la entrada del elevador llevaban a un muchacho, le jalaron el cabello hacia atrás para que lo viera. Me preguntaron si lo conocía. Contesté que no.
—¿Cómo no?
Negué otra vez. Nos metieron en el elevador, apagaron la luz y nos golpearon fuertemente a ambos. Arturo se quedó abajo porque no cupo.
Me metieron en la oficina de Tanús.
—¿En cuántos asaltos has participado?
—En ninguno (golpes).
—¿Cómo te apodan? y ¿en cuántos?
—No tengo apodo, me llamo Verena y no he participado en ninguno.
—Mientes (golpes). ¡Traigan al otro!
—Metieron a un tipo llamado Alfredo Rivera, lo hincaron tras de mí. Quise voltear y me golpearon.
—No voltees.
—¿Cómo se llama ella?, le preguntaron al tipo.
—Verena.
—¿A cuántos asaltos ha ido?
—Al del CCH Sur.
—Párate —le indicaron.
Cuando yo me paré quedé frente a frente con ese sujeto que ya se lo llevaban. Me golpearon porque me le quedé viendo. Nuevamente me preguntaron si conocía a Chayo y Magos, las mujeres de la nota encontrada en la casa de José Luis; me enseñaron muchas fotos, las observé un buen rato y les dije que no conocía a nadie.
—¡Eres una pendeja!, ¡nada sabes, nada!
Me volvieron a golpear. Me sacaron de ahí. Me pararon al lado de la oficina, ahí se encontraban tirados Sergio y Arturo. Se veían terriblemente golpeados. Del otro lado se oían gritos y la pared se cimbraba, como si estrellaran a alguien contra ella. Los golpes habían minado mi resistencia, sentía que se me doblaban las piernas, me dejé caer en el suelo.
Después de mucho tiempo nos bajaron a una celda. En el camino pregunté por mis hijos a los judiciales: “Nunca los volverás a ver”. Nos metieron en una celda a los cuatro.
Sentí la impotencia más grande de mi vida. Más tarde me llevaron a una celda sola, y luego al servicio médico; me dieron un boing. En esos momentos vi a Jaime Laguna y a Manuel Anzaldo.
Nuevamente me subieron al 5o. piso. En el camino encontré a mi papá, le pedí que se movilizara con lo de mis hijos. Me pegaron por haberle hablado. Los judiciales de abajo me trataban muy mal, no me permitían ir al baño y continuamente me insultaban. Me sentía muy mal y solicité servicio médico; me lo negaron. Reconocí a uno de los judiciales, uno llamado Jaime, o Jimmy, un drogadicto del rumbo de Villa de Cortés, y a otro que le decían Starky.
Me subieron al 5o. piso y me interrogaron delante de Roberto Fernández, cuando le tocó el turno a él, se negó a hacerlo en mi presencia y pidió que lo interrogaran en otro lugar. Supe que había entregado la documentación de los socios del frente principalmente la de Sergio, Arturo, José Guadalupe y la mía y, junto con José Cruz, la ubicación de David en La Trilla. Me subieron a otro lugar con otras dos personas una de las cuales era Reyna, la primera esposa de David de la cual se había divorciado desde hacía ocho años.
Cuando la sacaron a ella, se burlaron de mí, me dijeron que si tanto me gustaba como me “lo metía David” me lo iban a “meter los 20 que estaban ahí”. Me ordenaron que me desnudara porque me iban a violar. Obedecí convencida de que a esas alturas podían hasta matarme.
Más tarde me subieron y me preguntaron que en cuántos asaltos había participado mi hermana Martha. Contesté que en ninguno, que ella no tenía nada que ver con actos de esa naturaleza, así como tampoco nadie de mi familia (cometí el error de mencionar a mi familia, ya que en adelante me chantajeaban con ellos, además de que por esto también los tuvieron más tiempo detenidos). Me golpearon y me dijeron:
—En esta tarjeta tengo anotados tres, sólo quiero que tú me digas cuáles?
—En ninguno.
—¡Mientes! (golpes).
—Está bien, en tres.
—¿Es verdad?
—¡No! (golpes).
—Voy a subir a Arturo, él dice que tú sabes. (Entró Arturo).
—¿En cuántos asaltos ha estado Martha?
—¡En ninguno!
—Ella dice que en tres.
—¡Ella miente! (lo golpean).
Así nos tuvieron un buen rato, me insistían que en cuántos les decía que tres, me preguntaban si era verdad, les decía que no.
Bajaron a Arturo y siguieron golpeándome. Me preguntaban por Martha, les dije que se había ido.
—Eso crees —me contestaron.
—¡Aquí la tengo! (me volvieron a golpear).
Por enésima vez me subieron. Hincados en el piso estaban José Guadalupe y Alfredo. En el camino una tal Chelo, secretaria del policía llamado Tanús, me amenazó y me dijo: “Más vale que le contestes a este güey todo”.
Me preguntaron que si conocía a José Guadalupe; contesté que sí.
—¿Cómo se llama?
—José.
Me jalaron del cabello y me dijeron al oído que le dijera Miguel.
—Mi... Miguel (tartamudee).
—Le tienes miedo a ese negro, ¿verdad?
Se llevaron a José Guadalupe y a Alfredo. Me sentaron y me preguntaron si ya había comido y si quería algo. Contesté que no, que sólo quería agua.
—Ja, ja, lástima el baño está vacío, pero te vamos a dar en una taza o ¿prefieres tehuacán?, ja, ja.
Tomé agua y le dije:
—Mayor Tanús, hablé con el procurador Morales Lechuga y me comprometí a decir la verdad y eso voy a hacer. No sé nada de David, ¡no sé dónde está!
Me enseñaron varias fotos de él; me preguntaron su estatura, complexión, señas particulares y que describiera con quién andaba en Tacuba. Describí a Rubén Hernández Padrón (desaparecido político). Tomaron nota presurosos. Me preguntaron su domicilio, dije que no lo sabía, acerca de los amigos más frecuentes de David: Roberto Fernández, Mario Falcón, Adad, Azalea Suárez, Mario Chávez. Me preguntaron si conocía a el Bigos, dije que no; que si conocía a Víctor Valdés, dije que sí. Por Pancho López, dije que no. Me enseñaron fotos, sólo identifiqué a Juan Carlos; me leyeron su domicilio y el de sus trabajos, dije que estaban bien. Me preguntaron si éramos del PROCUP, lo negué. Que si José Guadalupe era de la Liga, contesté que no sabía. Me leyeron el domicilio de Gabriel y más cosas que no recuerdo por los frecuentes golpes que me daban y me aturdían; sobre todo preguntas acerca de la Liga, personas, testimonios. Tanús ordenó que me bajaran y que se me tratara “mejor”.
Al salir de ahí, uno del Ministerio Público les indicó que me dejaran con él, me sentaron en un sillón. Oí que metían a algunas personas y las golpeaban salvajemente, y ellos insultaban a los Judiciales. El del MP me enseñó varias fotos y periódicos del PROCUP, me dijo que los identificara; no reconocía a nadie. Les mostré mis cosas y me bajaron. Posteriormente me enteré de que ya habían liberado a mi hermano Felipe, el último de mi familia en lograrlo.
SEGURIDAD NACIONAL
Se presentaron policías de Seguridad Nacional de la Secretaría de Gobernación a interrogarme en dos ocasiones; en la primera me preguntaron:
—¿Tu eres Rocío?
—Sí.
—¿Te gusta leer?
—Sí.
—¿Qué clase de libros has leído, cuáles te gustan?
—Me gusta la poesía, he leído El quijote, El Mío Cid, Otelo, Romeo y Julieta, Navidad en las Montañas y ...
—Bueno, nunca has leído El Manifiesto ...
—Sí.
—Y ¿qué opinas?
—Lo leí hace mucho tiempo.
Sobre la mesa se encontraban dos grabadoras funcionando.
—Tu estudiaste en la Prepa Popular, ¿verdad?
—Sí.
—En qué año?
—En el ‘82; del ‘80 al ‘82.
—Y ¿ahí conociste a David?
—Sí.
—Pertenecía a algún grupo político?
—No.
—Qué tiempo conviviste con él?
—En la escuela como seis meses.
—Por qué partido te inclinas?
—Por ninguno.
—Cuál es la línea política del PRT.
—No sé.
—Que línea política maneja Peter Geller.
—No sé.
—Bueno, a ver, cuéntanos ¿cómo fue el asalto?
—No sé a qué se refieren.
—Dinos, ¿tenían prácticas de salón?
—No.
—¿Practicaban al aire libre?
—No.
—¿En dónde se entrenaban?
—En ningún lado.
—OK, eso es todo.
En la segunda sesión del interrogatorio me dijeron:
—Confrontamos tus respuestas con otras declaraciones y vimos que nos mentiste. Tú te llamas Paulina.
—No es verdad.
—Tú militas en la Liga Comunista 23 de Septiembre, desde 1980 y fuiste expulsada en el ‘83.
—¡No!, milité del ‘82 al ‘83.
—Ingresaste nuevamente en el ‘85.
—No, nunca ingresé nuevamente.
—Dinos, ¿cómo era David?, agresivo, cariñoso, áspero. ¿Cómo?
—Normal.
—¿Se molestaba con facilidad?
—No.
—Cuándo se enojaba, ¿te golpeaba?
—No.
—¿Qué hacía cuando se enojaba?
—Nada; casi nunca se enojaba.
—Su papá y su mamá ¿están separados?
—Sí.
—¿Cuántos hermanos tiene?
—No sé, no los conozco.
—¿Cómo se comporta sexualmente?
—Normal.
—¿Era comprensivo?
—Sí.
—¿Te daba a leer algún tipo de literatura especial?
—No.
—¿Conociste a los responsables del incidente del 1o. de mayo de 1984?
—No.
—¿Oíste hablar de ellos?
—Sí.
—¿Están todos detenidos?
—No sé.
—Nos falta uno, ¿quién es?
—No sé.
—¡Dime los nombres!
—No los sé.
—El Pato, ¿dónde está?
—No sé.
—¿Quienes son los amigos que más frecuentaba David?
—Los de la mesa directiva del Frente de Vivienda de Tlatelolco.
—Miguel Ángel Ortega, ¿no lo frecuentaba?
—Un poco.
—¿Tú eres socia con él?
—Sí.
—Y los amigos de David, ¿son tus amigos?
—Algunos; cada quien tiene sus propios amigos.
—Mario Falcón, ¿tenía fricciones con David?
—Pocas.
—¿David te obligaba a que le hablaras a Mario Falcón?
—No, Mario Falcón también era mi amigo.
—Cuéntanos ¿cómo fue cuando los dos sacaron armas en el frente?
—Que yo sepa jamás ha habido armas en el frente.
—¿Sabes cuál es la línea política de Mario Falcón?
—No.
—¿Sabías que pertenece a un partido clandestino?
—No.
—Bueno, eso es todo.
Posteriormente nos presentaron en conferencia de prensa, lo que se dijo ahí no corresponde a la realidad. Los hechos que se mencionaron los desconozco por completo; cuando quise aclarar algunas cosas, un judicial se me acercó y me amenazó de muerte.
De regreso a la procuraduría me llamaron y me preguntaron frente a los muchachos:
—¿Cuál de todos es el más chingón?
—No sé.
—No te hagas pendeja. El José es el más chingón, ¿verdad? o ¿El Sergio?
—No sé.
—Me dan ganas de darte tus chingadazos por pendeja, ¿o me vas a decir que tu eres la más chingona? para mandarte al Campo Militar.
Se retiraron con sonrisa burlona. Pedimos permiso para lavarnos, pero nada se puede hacer sin dinero de por medio. Los delincuentes con dinero son liberados, las víctimas de la sociedad purgan una pena no merecida y los presos políticos son sometidos a continuas vejaciones, hostigamientos constantes y violaciones a sus más elementales derechos.

La Policía Judicial mantuvo secuestrados por tres días a mis hijos de seis, cinco y cuatro años; no se me informó de su estado de salud. Los mantuvieron en deplorables condiciones durante ese lapso. Toda mi familia estuvo detenida, incluyendo a mis nueve sobrinos que van de los seis meses hasta los 13 años; amenazaron de muerte, golpearon y agredieron a mis padres de 60 y 70 años, sufriendo en consecuencia mi madre parálisis facial y un conato de infarto. Los policías que participaron en el secuestro de mis familiares, saquearon cuatro casas, de las cuales robaron objetos, aparatos, ropa, valores y dinero con un monto de más de 80 millones de pesos, aproximadamente.

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