sábado, 2 de abril de 2016

La Redada del 4 de abril (Testimonio de Arturo Becerril)

Arturo Becerril Rodríguez
Eran las 5 de la mañana cuando me arreglaba para irme a trabajar. En ese momento tocan la puerta y mi esposa la abre sin saber lo que nos esperaba. Entran alrededor de 15 agentes, todos portando chalecos antibalas y armas de alto poder; encañonan a mi esposa e hijos de dos, seis y ocho años de edad.
Al ver tanta gente los niños gritan y lloran del susto. A mí me tapan la cabeza preguntándome si era Benito Pérez, les digo que no, que me están confundiendo, que soy Arturo Becerril, que vean mis documentos. Me empiezan a golpear en frente de mi familia. Me sacan hacia los carros bajo la amenaza de que si intentaba algo matarían a mis hijos.
La Unidad Ruiz Cortínez, en Tlahuac estaba llena de agentes, se oían muchos movimientos de carros. Al subirme a uno de ellos, me tiran al suelo golpeándome y pateándome en todo el cuerpo, preguntándome donde vivía David, El Marín, al contestar negativamente venían los golpes una y otra vez:
—¿Cómo no vas a saber hijo de la chingada, si es el esposo de tu cuñada?
RUMBO A LA CARCEL CLANDESTINA
Los carros arrancaron y por las vueltas que daban me pude dar cuenta más o menos por dónde iban, ya que esa ruta la conozco con los ojos cerrados. Duramos como cinco minutos de camino, o menos, al lugar que me llevaban y que sin temor a equivocarme está en alguna casa de San Lorenzo Tezonco.
Durante el trayecto se oyó que entrábamos a terracería por las piedritas que sonaban al impactarse contra la lámina del carro. Al llegar me bajaron jaloneándome de un lado a otro. Yo iba únicamente con el pantalón y a cada paso que daba sentía las piedritas del camino y pasto, como si estuviéramos en un jardín; varias veces rocé con ramas de árboles, hasta entrar a un cuarto.
A pesar de que iba vendado de los ojos, sentí que prendieron un reflector. Me quitaron el pantalón y me echaron agua fría, amarrándome a una tabla y con los ojos vendados me decían:
—Si no dices donde vive David, te va a cargar la chingada; es mejor que cooperes con nosotros porque ya sabemos todo, a qué se dedican ustedes, y quiénes participaron en el asesinato de los vigilantes de La Jornada.
Al no haber ninguna respuesta, me empiezan a sumergir una y otra vez al agua, tratando de ahogarme; sentía que se me reventaban los pulmones al tragar tanta agua. Al sacarme del agua me golpeaban el estómago para expulsar el agua y repetían la misma dosis preguntándome por David, un Pancho López y Cristóbal y quiénes habían participado en el homicidio de los del periódico La Jornada.
Me aseguraban que yo era un integrante del PROCUP y me preguntaban que dónde estaban las armas que supuestamente utilizábamos en los asaltos. Les interesaba mucho quién tenía “el dinero de los asaltos”.
Me empezaron a leer una lista de asaltos que según ellos habíamos hecho: asalto al CCH, Casa de Deportes América, dos homicidios en Iztapalapa, asalto a un hotel, a una imprenta, a un hospital y el homicidio de los vigilantes del periódico La Jornada.
Les contesto que no sabía de tales asaltos y que no sabía de lo que me hablaban. Al oír eso empezaban de nuevo a torturarme con toques eléctricos, golpeándome con un garrote en la pantorrilla y patadas en el cuerpo con más saña que al principio. Decían:
—Ahorita te quitamos lo machito y vas a cantar rápido.
Después de eso me ponen una bolsa de plástico en la cabeza y siento la falta de oxígeno, pero la sentía ya como si fuera un sueño; no creía lo que estaba pasando.
Cuando empezaba a pegarse a mi cara la bolsa por falta de aire y empezaba a asfixiarme, me la retiraban dándome oportunidad de respirar y otra vez hacían lo mismo, con las mismas preguntas que yo no podía contestarles, que dónde vivía David, Cristóbal y Pancho López; la tortura psicológica, que si no les decía traían a mi esposa y la violaban enfrente de mí y a mis hijos los torturarían si no cantaba.
Después de eso me llevan a un rincón todo mojado; estaba cansado y adolorido del cuerpo, no se oía nada, todo estaba en silencio, como si estuviera sólo, lo único que recordaba en esos momentos era a mi esposa e hijos; estaba preocupado de que les hicieran algo.
De pronto despierto por un chorro de agua fría y una voz:
—Párate cabrón, aún no terminamos, si esto es nadamás para calentar.
No podía pararme, me levantaron de los cabellos y me arrastraron por un patio húmedo, me sentaron en una silla y empezaron a preguntarme desde cuándo conocía a David, que si siempre andaba armado, que en dónde vivía Pancho Lopez y Cristobal, quién guardaba el dinero y las armas, en dónde se planeaban los asaltos. No contestaba y me empezaban a dar toques eléctricos; yo les decía que no sabía y que nunca había participado en asalto alguno, pero esto hacía que se enojaran aún más.
Me volvieron a amarrar en la tabla y empiezan a sumergirme despacio en el agua. El agua entraba muy lentamente por la fosas nasales, sentía una desesperación, quería moverme y sacar la cabeza, pero por más esfuerzos que hacía no lo lograba y me tenían más tiempo sumergido y oía hablar a mucha gente en ese momento con las mismas preguntas.
Como no contestaba me echaban tehuacán con chile piquín por las fosas nasales. Todo me daba vueltas y quería que terminaran de una vez.
En ese momento interrumpe uno de ellos y les dice que tenía en el otro cuarto a mi esposa y a uno de mis hijos y que iba a hablar o si no los torturarían frente a mí. Tenía temor de que lo hicieran; no estaba seguro si los tenían o no, pero no quería arriesgarlos a ellos y acepto todo lo que dicen los que me están torturando de los asaltos y asesinatos y les digo que David vivía en la Unidad Cabeza de Juárez, y como no sé ni quien pueda ser Cristóbal y Pancho López les digo que no sé dónde viven y que no los puedo llevar.
Me empiezan a desamarrar y me dicen:
—Si no encontramos a David, te va a llevar la chingada.
AL ASALTO DE LA UNIDAD HABITACIONAL CABEZA DE JUAREZ
Al pasar de regreso por el jardín hacia el carro, me llevan jalando de los cabellos, al subir, me golpean en la cabeza y vamos a la Unidad Cabeza de Juárez. Adentro del carro me van jalando de los cabellos y dando golpes en los oídos.
Al llegar preguntan en qué departamento vive David.
—No sé, les contesto, lo veía en la entrada, nunca supe en qué departamento vivía.
Ahí me cambian de carro y me suben a una camioneta y me golpean con saña diciendo que les había tomado el pelo y que me iba a chingar porque ahora yo iba a cargar con los muertitos de David.
Me pasan a la parte trasera de la camioneta; se me había aguangado el vendaje de los ojos y con uno podía ver por dónde íbamos. Más adelante logro ver las torres de Tlatelolco; ahí permanecimos como media hora y volvió a arrancar la camioneta, pero ahí subieron, libros, cajas, televisores y demás cosas encima de mí. Hicieron otra parada, subieron más cajas y propaganda, bastantes libros, ya no cabía nada; todo estaba encima de mí. Se oía que en otros carros hacían lo mismo.
Llegamos a otro lado; ahí se tardan mucho tiempo, se escuchan muchas voces, se oye que discuten y luego bajan parte de las cosas que traían ahí. Arrancan y se paran en la calle Médico Militar.
EN EL CUARTEL DE LA PJDF
Llegando me quitan las vendas y me sientan al filo de la camioneta para fotografiarme. Había mucha gente, reporteros, grupo zorros, agentes y un grupo especial. Al bajarme empiezan a accionar sus cámaras. Me llevan agachado hasta los elevadores. Reconozco a Rocío por sus zapatos azules que se había comprado unos días antes y a otra persona que iba con ella.
Nos subieron a un piso y nos tiran al suelo, en ese momento reconozco a Sergio Martínez y a uno más que ya estaba tirado en una esquina, Alfredo Rivera. A Verena le preguntan si nos conoce, dice que sí.
Hasta ese momento no sabía quién más estaba en ese cuarto. Había muchas máquinas, computadoras, libros y propaganda. Estuvimos un rato, para que después nos bajaran a las celdas, a cada uno en una celda. Había mucha gente en los separos, pero no reconocí a nadie, trataba de ver si estaba mi esposa o algún conocido.
SE REINICIA LA TORTURA
Después de pasarme al servicio médico, me regresaron a la celda y esa misma noche me subieron al 5º piso. Me pasaron por el estacionamiento hasta el elevador. Arriba, de nuevo me golpean y me ponen la bolsa de plástico en la cabeza, me decían que mis compañeros ya habían hablado y no tenía caso seguir callando, que querían oír de mi voz lo que ellos habían dicho y que era mejor cooperar, que ya me habían identificado y querían las direcciones de las casas de seguridad, las armas y el dinero de todo lo robado, que dónde estaban las demás computadoras robadas al CCH.
Afirmaban que en el Frente de Vivienda Popular de Tlatelolco se hacían las asambleas del PROCUP y que ahí era donde se planeaban los robos, preguntaban que Roberto que tenía qué ver con el PROCUP y Roldán Quiñónez a qué nivel estaba dentro del organismo.
Yo negaba pertenecer al PROCUP y les decía que el Frente de Vivienda Popular de Tlatelolco era una asociación civil y no había ninguna tendencia política y que a los mencionados los conocí como solicitantes de vivienda; que a la única que conocía era a Verena por ser mi cuñada, a David, por ser esposo de ésta y a Alfredo Rivera por ser vecino de la colonia y no sabía nada más.
Una y otra vez me estuvieron torturando y golpeando para que dijera a quién más conocía, para esto me enseñaron una lista con 15 o 20 nombres que no conocía.
De ahí me bajaron a la celda y veía cómo sacaban a los demás compañeros y como bajaban después. En esos días perdí la noción del día y la noche. Al oír que abrían una celda el cuerpo me temblaba por temor de que vinieran otra vez por mí.
LOS CAREOS DE LOS JUDICIALES
Al otro día me subieron con el mayor Tanús, pero antes me preguntaron en qué asaltos había participado mi esposa, responiéndoles que en ninguno. Ellos contestaban con golpes y decían:
—¡Cómo no!, te vamos a llevar con la persona que te va a desmentir y te dirá en cuáles ha participado.
En la puerta, para entrar con el mayor Tanús, me llevaban dos agentes y a la entrada mi sorpresa fue ver a mi cuñada sentada frente a mí diciendo algunos asaltos en los que involucraba a mi esposa y a mí, contestándole que eso era mentira. Al final Rocío niega que mi esposa (su hermana) haya participado, por lo cual me bajaron otra vez a la celda.
Ese día en la tarde me volvieron a subir al 5º piso a golpearme para que ahora dijera sobre un asalto a un Financiero y quiénes habían participado. Les dije que no sabía, pero como pasaba el tiempo en torturas mejor les dije que sí aceptaba mi participación junto con Sergio, David y no supe decir quién más, porque la policía decía que eran cinco los que asaltaron, así que les dije que a los otros dos no los había visto nunca.
Pero fue peor, ahora me torturaron para saber quiénes eran las otras dos personas que se me había ocurrido inventar para que fueran los 5 que la policía decía. En la noche sale que Roldán Quiñónez es “el encapuchado” por lo que les había dicho que eran dos encapuchados que jamás conocí.
De ahí las torturas son para preguntar acerca del encapuchado y me ponen frente a Roldán para que lo reconociera como el famoso encapuchado, pero no les dio resultado porque yo no conocía a Roldán.

Esa noche firmé una “declaración” sobre el asalto al Financiero que ahora sé es un periódico, y el asalto al CCH, pero me obligaron a firmar otras “declaraciones” de los mismos asaltos, pero involucrando a diferentes personas, siempre bajo las amenazas sobre mi familia y los golpes que ya eran una rutina. Me obligaban a repetir mi “declaración” y cada cosa que decía mal, o no encajaba me golpeaban, como si yo tuviera que saber cada paso de lo que según la policía había acontecido. Igual fue el procedimiento con Deportes América, ellos ya tenían todo listo para que yo firmara y si me equivocaba al repetir la declaración que me obligaron a firmar, me torturaban salvajemente.

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