sábado, 2 de abril de 2016

La redada del 4 de abril (Testimonio de Martha Ocampo)

Martha Ocampo Rabadán
El día 4 de abril de 1990, alrededor de las 5:00 a.m. tocaron la puerta de la casa, pregunté “¿quién?”, y me contestó mi hermana Karime Ocampo Rabadán: “soy yo”, pero estaba llorando. Cuando abrí la puerta me aventaron hacia adentro; eran como 50 o más hombres armados y me preguntaban que dónde tenía las armas, apuntándome y ponían una lámpara en la cara. Yo contestaba que no sabía, mientras registraban la casa revolviéndolo todo, rompiendo cosas y pateando las puertas de las recámaras.
En medio de la revoltura vi que sacaban a Arturo Becerril Rodríguez con la cabeza tapada y amarrado de las manos; lo llevaban como cinco hombres casi arrastrando y golpeándolo. Mis hijos lo único que hacían era llorar. Después me dijeron que me saliera con los niños y me subieron a una patrulla de judiciales junto con ellos. Cuando salí lo único que vi fue a toda mi familia en diferentes unidades.
El camino parecía una caravana de tantos autos que eran; todos pertenecían a la Procuraduría del DF. Cuando llegamos a las instalaciones de la PGJDF a todos nos metieron a los separos y fue cuando me di cuenta de que iban todos mis sobrinos; el mayor de 13 años y la más pequeña de seis meses. Estuvimos en diferentes separos; en total fuimos 22 personas detenidas de mi familia, entre adultos y niños.
Estando ahí lo único que nos decían es que estaban haciendo una investigación y cuando terminaran nos iban a dejar salir. Mi mamá se puso muy grave y mi hermano, al que habían torturado en la casa de mi mamá, no recibió la atención médica debida.
Después de no sé cuántas horas después nos empezaron a sacar para declarar. Primero nos pasaban a un examen médico que no nos sirvió de nada porque no ponían nada de los golpes que nos habían dado los agentes. Después del examen hacíamos nuestra declaración en la cual nos hacían algunas preguntas. Ah, pero antes de esto, nos habían estado tomando fotografías.
Después de la declaración nos mandaban a los separos otra vez y nos tenían sin alimentos más que con un sándwich y a los niños un boing; a los bebés les dieron un biberón pero a la mayoría les hizo daño la leche, les dio diarrea y se estaban deshidratando.
No hablo del tiempo porque no sabíamos el tiempo que había pasado; se nos hicieron días de la desesperación, de tanto grito y llanto de los pequeños por que todos los separos estaban llenos de personas de todas las edades y la mayoría estábamos descalzos y en pijama. Más tarde nos empezaron a sacar y nos formaban diciendo que ya nos íbamos pero no nos dejaban hablar con los demás.
Cuando llegué a mi casa eran como las 10:45 p.m. y todavía nos tuvieron otro rato en la calle hasta que nos entregaron la casa que había estado vigilada todo ese día. Cuando nos entregaron la casa estaba toda destrozada, sin ningún vidrio completo, la puerta desbaratada; no se podía caminar porque todo estaba tirado y todo lo de valor no estaba, la habían vaciado, nos dejaron sin dinero ni nada que pudiéramos vender para reparar la casa.
Mi padre, Antonio Ocampo Román, y mis cuñados Luis Zúñiga y Julio Portugal salieron al tercer día; a Arturo, mi esposo, y mi hermana Verena, Rocío Verena Ocampo, no los vimos sino hasta que los trasladaron al Reclusorio Norte. Cuando los vimos por primera vez todavía no se recuperaban de las torturas a que fueron sometidos.

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