Martha Ocampo Rabadán
El día 4 de abril de 1990, alrededor de las
5:00 a.m. tocaron la puerta de la casa, pregunté “¿quién?”, y me contestó mi
hermana Karime Ocampo Rabadán: “soy yo”, pero estaba llorando. Cuando abrí la
puerta me aventaron hacia adentro; eran como 50 o más hombres armados y me
preguntaban que dónde tenía las armas, apuntándome y ponían una lámpara en la
cara. Yo contestaba que no sabía, mientras registraban la casa revolviéndolo
todo, rompiendo cosas y pateando las puertas de las recámaras.
En medio de la revoltura vi que sacaban a
Arturo Becerril Rodríguez con la cabeza tapada y amarrado de las manos; lo
llevaban como cinco hombres casi arrastrando y golpeándolo. Mis hijos lo único
que hacían era llorar. Después me dijeron que me saliera con los niños y me
subieron a una patrulla de judiciales junto con ellos. Cuando salí lo único que
vi fue a toda mi familia en diferentes unidades.
El camino parecía una caravana de tantos autos
que eran; todos pertenecían a la Procuraduría del DF. Cuando llegamos a las
instalaciones de la PGJDF a todos nos metieron a los separos y fue cuando me di
cuenta de que iban todos mis sobrinos; el mayor de 13 años y la más pequeña de
seis meses. Estuvimos en diferentes separos; en total fuimos 22 personas
detenidas de mi familia, entre adultos y niños.
Estando ahí lo único que nos decían es que
estaban haciendo una investigación y cuando terminaran nos iban a dejar salir.
Mi mamá se puso muy grave y mi hermano, al que habían torturado en la casa de
mi mamá, no recibió la atención médica debida.
Después de no sé cuántas horas después nos
empezaron a sacar para declarar. Primero nos pasaban a un examen médico que no
nos sirvió de nada porque no ponían nada de los golpes que nos habían dado los
agentes. Después del examen hacíamos nuestra declaración en la cual nos hacían
algunas preguntas. Ah, pero antes de esto, nos habían estado tomando
fotografías.
Después de la declaración nos mandaban a los
separos otra vez y nos tenían sin alimentos más que con un sándwich y a los
niños un boing; a los bebés les dieron un biberón pero a la mayoría les hizo
daño la leche, les dio diarrea y se estaban deshidratando.
No hablo del tiempo porque no sabíamos el
tiempo que había pasado; se nos hicieron días de la desesperación, de tanto
grito y llanto de los pequeños por que todos los separos estaban llenos de
personas de todas las edades y la mayoría estábamos descalzos y en pijama. Más
tarde nos empezaron a sacar y nos formaban diciendo que ya nos íbamos pero no
nos dejaban hablar con los demás.
Cuando llegué a mi casa eran como las 10:45
p.m. y todavía nos tuvieron otro rato en la calle hasta que nos entregaron la
casa que había estado vigilada todo ese día. Cuando nos entregaron la casa
estaba toda destrozada, sin ningún vidrio completo, la puerta desbaratada; no
se podía caminar porque todo estaba tirado y todo lo de valor no estaba, la
habían vaciado, nos dejaron sin dinero ni nada que pudiéramos vender para
reparar la casa.
Mi padre, Antonio Ocampo Román, y mis cuñados
Luis Zúñiga y Julio Portugal salieron al tercer día; a Arturo, mi esposo, y mi
hermana Verena, Rocío Verena Ocampo, no los vimos sino hasta que los trasladaron
al Reclusorio Norte. Cuando los vimos por primera vez todavía no se recuperaban
de las torturas a que fueron sometidos.
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