Julio Portugal
Arriaga
Llegaron a las 3:30 a.m. como 50 judiciales,
aventaron la puerta y me levantaron de la cama a punta de golpes con sus armas.
Levantaron a mi esposa y a los niños, que en ese momento empezaron a llorar;
sacaron a los niños y a todos nosotros desnudos al patio; me aventaron en un charco
de lodo y ahí comenzaron a patearme preguntándome dónde tenía “la propaganda”.
Yo les dije que no sabía de que me hablaban.
Luego me subieron a un carro y me llevaron a
unos separos, me separaron de mis hijos y mi esposa y no me permitieron
hablarles a pesar de que mis dos hijos (de uno y tres años, respectivamente) se
estaban deshidratando y a que tenían más de 24 horas sin comer y sin tomar
agua.
Mientras estuve en los separos no probé ni
agua ni alimento alguno, en cambio los golpes y malos tratos estuvieron siempre
presentes. Pude ver cómo torturaban a mi cuñado Felipe Ocampo Rabadán y a mi
cuñada Rocío Ocampo, así como a mi concuño Arturo Becerril.
Para poder salir de la procuraduría tuve que
negar parentesco alguno con Rocío Ocampo, ya que mi cuñado Felipe Ocampo
permaneció mucho más tiempo y fue salvajemente torturado por el simple hecho de
ser su hermano.
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