José Guadalupe
Emigdio Berrocal
Es 4 de abril de 1990, a las 13:10 hay una
asamblea en la Preparatoria Popular Tacuba sobre un curso social de la nueva
generación que ingresará a la UNAM. La asamblea nombró a una comisión que se
encargara de reproducir un volante que hable sobre el curso social. Se propone
que yo integre esa comisión y se nombra a otro compañeros.
Para que se nos facilite la tarea tenemos la
opción de ir al SITUAM, las costureras o la revista La Trilla a mecanografiar
el original.
Nos retiramos el compañero —que hasta hoy sé
que se llama Genaro Olivares Aguirre— y yo, José Guadalupe Emigdio Berrocal, a
cumplir con la tarea que la asamblea nos encargó. Por comodidad y para evitar
trasbordos en el Metro, habíamos decidido ir a la dirección que nos dieron de
la calle de Juárez, en el lugar donde se edita la revista La Trilla.
Salimos del Metro Hidalgo a las 16:15,
buscamos la calle y comenzamos a buscar el número, vamos caminando sobre la
avenida Juárez de poniente a oriente, llegamos a una relojería, hay unos seis
sujetos, todos de traje, como custodiando una relojería. Descubrimos el número
y nos introducimos al edificio para buscar el local de La Trilla.
Subimos por el elevador al quinto piso,
buscamos el número y tocamos.
En esos momentos se abre nuevamente el
elevador, desciende una chica baja de estatura, pelo rubio, ojos claros,
complexión robusta, tez blanca, nos pregunta que si ya tocamos, le comento que
sí; para entonces han transcurrido unos 30 segundos.
CAPTURA EN LA TRILLA
La chica, se pasa frente a nosotros y vuelve a
tocar, volteo y me percato que se nos acercan dos sujetos —no podría precisar
si bajaron del elevador o subieron por las escaleras—; en esos momentos se abre
la puerta del local de La Trilla. Adentro hay cinco o seis sujetos, todos nos
apuntan con pistolas, dos están tras la puerta y uno nos abrió la puerta, hay
otros en el fondo. El que nos abrió, apuntándonos con su pistola nos dice:
—Pásenle rápido, no se quieran pasar de
pendejos.
Los sujetos que llegan tras nosotros nos
empujan y cierran la puerta; alcanzo a observar que a la chica la jalonean
hasta el fondo, al compañero Genaro lo jalan al lado izquierdo, a mí me paran
al lado derecho, comienzan a registrarme, todo esto sin dejarnos de apuntar con
sus pistolas.
Me registran de pies a cabeza, lo mismo hacen
con mi compañero —esto está sucediendo cuando alcanzó a escuchar que a la chica
le preguntan que a qué ha ido a ese lugar—, escucho que la chica responde:
“vengo a ver lo de un trabajo”, para entonces a mí me preguntan que a quién
busco, les respondo que a nadie en especial.
Todavía no acabo de contestar cuando ya me
están preguntando que entonces qué hago en ese lugar; les digo que venimos de
la PPT para que nos hagan el favor de picarnos unos esténciles para promover el
curso de servicio social de la prepa, en esos momentos tocan la puerta y
rápidamente guardan silencio, sacan sus pistolas, me colocan tras la puerta,
junto al compañero Genaro, alcanzo a ver que a la chica la meten a otra
oficina, un sujeto abre la puerta, se tranquilizan; al parecer son dos de sus
compañeros.
Uno de ellos me jala nuevamente, me registra,
me pide que saque todo lo que traigo en las bolsas, saco mi credencial de la
Universidad, $50,000 y dinero suelto, me quita mi credencial y me dice que me
guarde el dinero, me pregunta que a quién buscamos, le contesto que hemos ido a
ese lugar para que nos tipografíen un volante, me dice que dónde está el resto
y se lo entrego.
Nuevamente tocan la puerta me pasan detrás de
la puerta, sacan sus pistolas, toman posición, un sujeto abre la puerta, es
otro de sus compañeros, me pregunta que a quién busco, le repito que a nadie en
especial, que estamos ahí porque queremos que nos tipografíen un volante sobre
el curso social de la PPT, me dicen que extienda las palmas de las manos, dice
el tira este: “éste cabrón nunca ha andado en broncas”.
Al compañero Genaro lo registran, le hacen las
mismas preguntas y él responde que somos una comisión de la PPT encargada de
sacar un volante, en esto están cuando de reojo veo que a la chica la tienen al
fondo en un escritorio y un policía judicial la jalonea de los cabellos y le
planta una bofetada, escucho que le dice: “¡no te hagas pendeja, tú eres la
mujer de David!”.
Ella responde que no, dice algo más que no
logro escuchar, nuevamente veo que la golpea y le dice “no te hagas pendeja, tú
eres la mujer de David; tuviste un hijo con él y lo venías a buscar”.
En tanto esto sucede, a mí me preguntan mi
nombre y mi dirección repetidas veces, como tratando de encontrar una
contradicción. Nuevamente tocan la puerta, sacan sus pistolas, abren la puerta:
es otro compañero de ellos. Informa que ya está el carro abajo, alguien
comenta: “hay que esposarlos”, otro contesta: “cómo crees pendejo, se van a dar
cuenta, llévatelos así”. Otro dice “nos vamos a tener que quedar hasta la noche
porque siguen llegando”.
TRASLADO AL CUARTEL DE LA PJDF
Me toma del hombro, hace a un lado su saco y
me enseña su pistola, me dice: “si te quieres pasar de pendejo te mato”, le
digo que no debo nada y que por lo tanto no le temo a nada, abre la puerta
enfrente de mí sale un judicial, otro camina junto a mí hasta el elevador,
subimos; vienen conmigo el compañero Genaro y la chica, ya en la planta baja
sale un judicial, otro me toma del hombro y me dice que no levante la cara,
alcanzo a ver que sobre la avenida se hacen señas con otros judiciales.
Caminamos como unos 30 pasos hacia el oriente.
Un carro viene en reversa, no recuerdo el color, es 4 puertas, se para frente a
nosotros abren la puerta de atrás y me dicen que me suba. Acto seguido suben a
Genaro, después suben a la chica, le dicen que se siente en nuestras piernas,
se sube un judicial junto a Genaro, otro sube junto al chofer.
Se pone en marcha el carro, nos dicen que bajemos
la cabeza, el carro da vuelta a la derecha, después de cruzar algunas calles da
vuelta a la izquierda. Antes de detenerse hablan por radio transmisor
informando que estamos llegando.
El que está junto al chofer, pide que saquen a
uno de los que ya tienen, se me viene a la mente que van a sacar a algún
trabajador de la revista La Trilla; decía entre mí “que lo saquen, no conozco a
nadie, ni tampoco me conocen”.
Pregunto cuál es el objeto de nuestra
detención, me dicen que me calle. Se baja el judicial que va junto al chofer y
regresa rápidamente y le dice a su compañero: “rápido, no hay periodistas”. Nos
bajan apresuradamente y nos meten a un edificio; hasta hoy sé que estuvimos
detenidos e incomunicados en lo que se llama Médico Militar.
EN LOS SEPAROS DE MEDICO MILITAR
Ya en las instalaciones, me piden mis
generales, les entrego mis pertenencias, reloj y dinero así como mi credencial,
mi cuaderno de notas de ética, un libro de ética y el paquete de hojas. Me
paran junto a una oficina, a mi derecha está Genaro, junto a él la chica,
después ponen a mi izquierda a un sujeto que hoy sé que se llama Roberto
Fernández Olvera, me pasan con el médico, pregunta que si tengo golpes, le digo
que no; que si padezco alguna enfermedad, le digo que me encuentro en mi última
etapa de recuperación, me pregunta que qué enfermedad, le contesto: Guillén
Barren, lo que hizo caso omiso y me trasladan a una celda.
En esta hay unas 10 personas, unos sin
zapatos, otros sin camisa; me percato que las celdas están repletas de niños,
ancianos, jóvenes y mujeres, les pregunto por qué los detuvieron, contestan que
no saben, me entero que a algunos los detuvieron en Tlatelolco en la madrugada,
a otros en lugares que no recuerdo, después meten en la misma celda a Roberto
Fernández Olvera, pregunta que a qué hora nos detuvieron, también le pregunto y
dice que lo detuvieron en Tlatelolco, le pregunto por qué tantas detenciones,
él contesta que al parecer son por el doble asesinato de La Jornada.
Para entonces son aproximadamente 17:30 horas,
el tiempo transcurre y como a las 20:00 entra un par de sujetos en la celda,
nos preguntan nuestros nombres y nos limpian las manos con tela preparada para
encontrar residuos de detonaciones, se retiraron y no los volví a ver hasta
como a las 20:30, cuando sacan a las mujeres y niños y las forman para tomarles
su declaración.
Les informan que los van a dejar salir, los
niños revolotean frente a las celdas, tratan de averiguar qué sucede, ningún
niño ríe, hay un descontento en ellos, saben que estuvieron encerrados en forma
inexplicable. Los adultos saben que fueron privados de sus libertad por simple
prepotencia de la policía judicial, violando las leyes, violando los derechos
humanos, ¿cuáles garantías individuales?, ¿dónde están? Seguramente se
preguntaban todos los niños, viendo como quedaron sus padres privados de su
libertad.
Comienzan a llamar a uno por uno para tomarle
su declaración preparatoria, el comentario del carcelero era: “nomás les toman
su declaración y se van”.
PRIMERA DECLARACION PREPARATORIA
Serían como a las 2:00 del jueves 5 de abril
cuando me llaman a tomar mi declaración, me preguntan mis generales, ocupación
y además me preguntan
—¿Qué sabes sobre el doble asesinato de La
Jornada?
—Lo que todo mundo sabe; yo me enteré por el
periódico.
—¿Qué sabes sobre el PROCUP?
—Me enteré de esa organización por la revista
Por esto!, pero no me consta si existe o no.
—¿Qué sabes de Martínez Soriano?
—No lo conozco.
Me enseñan una lista con unos 20 nombres y me
preguntan que a quiénes conozco, reviso y le digo que a nadie.
—¿Qué sabes sobre el asalto al CCH?
—Nada.
—¿Qué sabes sobre el asalto a Deportes
América?, ¿sobre el asesinato de un policía?, ¿qué sabes sobre el asesinato de
los dos policías en Iztapalapa?
A todo respondo que nada.
Un judicial se acerca a la persona que me
tomaba mi declaración y dice “este güey te está choreando”, me da un golpe en
la cabeza, me pregunta:
—¿Dónde te agarraron?, en Juárez, en la
revista La Trilla.
—¿Qué buscabas ahí?
Le comento la razón por la que fui a ese
lugar, me contesta “no mames, a mí no me chorées porque te pongo en la madre”.
—¿Qué estudios tienes?
—Pasante de la carrera de derecho.
—Ah ¿sí?, a ver, ¿qué materias se llevan en el
tercer semestre?
—No recuerdo exactamente cuáles son las
materias que cursé en ese semestre.
—¡Ya ves como nomás me estás choreando —se
retira y le dice al sujeto que me tomaba mi declaración: “chíngatelo”
Concluye con mi declaración, le digo que la
quiero leer, me la da y la leo, la declaración es mía, me dice:
—¿Estás de acuerdo con ella?
—Sí.
—Fírmala.
La firmé, pero fue la única vez que vi esa
declaración, ésta jamás apareció en el juzgado (posteriormente me hacen firmar
una declaración que nunca supe de su contenido, además de una ampliación de
declaración en la que tampoco supe de su contenido, y que son las mismas que
aparecen en el Juzgado 4º Penal del Reclusorio Norte).
SE INICIA EL INFIERNO
Me meten a otra celda donde habían unas diez
personas. En ésta permanezco hasta las 10 a.m., a esa hora llega un policía que
al parecer es un tal “Tanús”, pregunta quién es José Guadalupe Emigdio
Berrocal, les digo que soy yo, y dice: “a este güey me lo apartan”.
Como a las 12 me sacan de mi celda y me suben
al 4º piso o 5º, no sabría precisar, me sientan junto a un escritorio, se
acerca un judicial y me pregunta:
—¿Por qué vienes?
—No sé ni de qué se me acusa.
—¡No te hagas pendejo! —y me azota la cabeza
contra la pared— ¿ya te acordaste?
Le voy a contestar cuando se para sobre mis
dedos del pie derecho y me los muele contra el piso con su peso y sus enormes
botas vaqueras.
—A ver si así te acuerdas, pendejo —y se
retira.
Minutos después se acerca otro sujeto y sin
más me da una patada en la espinilla, empezaba a entender que por alguna razón
que desconocía me esperaban momentos peores.
Después de varios minutos me levantan y me
meten a una oficina; hay varios agentes de la policía judicial, me enseñan unas
ocho fotos, me preguntan que a quiénes conozco, les digo que a nadie, me dice
uno de ellos:
—Ah, conque no. Vas a ver en un ratito que sí
los conoces —y me comienza a golpear en la cabeza (dicen ellos un mazapanazo,
un golpe con toda la fuerza del puño sobre la parte superior de la cabeza que
produce aturdimiento).
Todos tratan de tomar parte en el juego de
golpearme, dan golpes en los riñones, otros me golpea en los pulmones de tal
manera que me hacen perder la respiración, todo esto es a la vez y repitiendo
los golpes, a una orden ceden en su sádica tarea. Me vuelven a preguntar:
—¿A quién conoces?
—A nadie.
Me preparo para recibir la nueva dosis pero no
sucede. Me dan un álbum con fotos.
—¿A quién conoces de éstos? —reviso y
contesto.
—A nadie.
—¿Donde están los que mataron a los vigilantes
del periódico La Jornada.
—No sé y no tengo injerencia alguna sobre esos
hechos.
—No te hagas pendejo, tú sabes dónde está
Martínez Soriano
—No sé quién es esa persona.
—¿Dónde está David Cilia Olmos?
—No sé quién es esa persona —nuevamente me
llueven golpes sobre la cabeza, oídos, riñones y pulmones.
—¿Cómo no vas a saber quién es Soriano si tú
estuviste en tal asamblea (no recuerdo a cuál asamblea se refería) y Martínez
Soriano les dijo “no se dejen agarrar y quien los quiera agarrar rómpanle la
madre”.
—Señor, yo no estuve en esa asamblea y no sé
de qué me habla.
—¿De dónde eres?
—Soy de la Delegación Xochimilco.
—No te hagas pendejo, tú eres oaxaqueño. Dame
tu dirección verdadera.
—Ya se la dije a usted y a todos los que me
han interrogado, soy de San Andrés Ahuayucán, Delegación Xochimilco.
—¿Dónde imprimen la propaganda?
—¿Cuál propaganda?
—No te hagas pendejo, la del PROCUP.
—Ya le dije que no sé de qué me habla.
—¿Sí no eres del PROCUP entonces de qué
partido eres?
—De ninguno.
—Entonces ¿eres de los sin partido?
—Si, si así lo quiere llamar.
—¿No eres del Partido de los Pobres?
—No.
—¿Eres del FNDP?
—Tampoco.
—¡Entonces eres del PRI!
—Tampoco.
—Entonces eres de la gente de Cuauhtémoc.
—No.
—Entonces eres gente de Rosario Ibarra.
—No.
—¿Quieres que te traiga los filmes donde tú
estás con ella?
—Tráigalos señor; yo no he estado con ella.
—¿Entonces eres del PRD?
—Tampoco.
—¡Entonces eres del PRI!
— Tampoco señor.
— Eres de la Liga Comunista.
— No, señor.
—¿Y entonces ¿cómo sabes de ésta?
—Para nadie en nuestro país es desconocido que
esa organización existió —y con una sonrisa burlona me despide, gira sus
instrucciones. “Llévenselo y ya saben cómo tratarlo”
Alguien me toma del pantalón y me hace caminar
de puntitas otro me golpea la cabeza, “agache la cabeza, pendejo”. Ya en el
elevador me hace la licuadora como ellos mismos la llaman, lo toman a uno de
los cabellos y con todas sus fuerza —como queriendo arrancar la cabeza del
cuerpo— lo comienzan a uno a agitar hacia todos lados, quedando uno en un estado
de aturdimiento y entorpecimiento incontrolable, a parte del dolor físico que
produce. Me bajan a mi celda, las personas que se encuentran en ella les noto
una fuerte aflicción, seguramente es por el estado en que me regresan.
RUMBO A LA CARCEL CLANDESTINA POR ÓRDENES DEL
PROCURADOR DE JUSTICIA
Una hora después, aproximadamente, me vuelven
a sacar de la celda, serían las 13:30 horas del 5 de abril. Al salir de ella el
comandante Topo pide que me registren, pero los judiciales que me sacaron de la
celda dicen que no lo harán, que tienen órdenes superiores y sin más jalándome
me obligan a salir. Un judicial dice “por aquí no, hay muchos periodistas”,
éstos se encontraban en la entrada principal de Médico Militar. “¡Sáquenlo por
el estacionamiento!”, contesta el que lleva el mando.
Afuera se encontraba una camioneta color
guinda tipo Ram Charger; atravesamos
rápidamente la calle y subo a la camioneta. Me sientan en la parte posterior
del lado derecho y me ordenan que meta la cabeza entre las piernas y me siente
sobre las manos. Estamos en ese lugar unos 10 minutos, de pronto escucho que
suben otras personas, oigo la voz del compañero Genaro, el carro se pone en
marcha, pienso que me llevaran a mi domicilio, como a los cinco minutos se
detienen. Me colocan una especie de esponja en la cara y comienzan a vendarme
la cara, cierro los ojos para que no me lastime la venda. Terminada su tarea un
judicial en forma burlona me pregunta:
—¿Qué vez cruz o cuernos?
—No veo nada.
—¡Más te vale pendejo!
Luego de como 30 minutos nos detenemos; me
vendan las manos fuertemente a tal grado que inmediatamente se me adormecen,
permanezco unos 10 minutos, por un momento siento que estoy solo. En eso llega
un judicial y le sube el volumen a un estéreo, transcurren otros 10 minutos.
Llegan por mí, me desatan las manos, me bajan del carro, me colocan una capucha
sobre la cabeza tratando de asegurarse que no vea nada.
EN LA CARCEL CLANDESTINA
Camino por un pasillo muy estrecho. Desde que
entro escucho murmullos; identifico la voz de Genaro, pero no alcanzo a
escuchar exactamente lo que dicen; estando en ese cuarto siento un intenso
frío, alguien me ordena: ¡Desvístete!, en eso estoy cuando siento un golpe en
el estómago, estuve a punto de caer. “¡Rápido pendejo!, no te voy a esperar
hasta que quieras, hijo de tu pinche madre”.
Termino de desvestirme. ¡Arrímate para acá! me
dan un golpe en la cabeza. “¡Para allá no!, pendejo, ¿que te tapas los güevos?,
ahorita te los vamos a quitar”, me jalonean, me colocan en una pequeña barda,
me dicen: “empínate”. Me agarran la cabeza “ahorita te vamos a coger hijo de tu
pinche madre”; otra voz me dice no te vayas a mover de aquí, transcurren como
tres minutos, parecen que esperan a alguien.
Alguien llega, escucho que ordena “¡tráiganlo
para acá!”. Alguien se acerca y me jala, me para enfrente de ese sujeto,
comienza el interrogatorio:
—¿Eres profesionista, eres pasante de derecho?
—Sí.
—Entonces te voy a hablar como los abogados,
tú eres una persona inteligente. ¿Prefieres un buen o un mal pleito?
—Un buen pleito.
—Pues entonces hable.
—Pregúnteme, yo le contesto.
—¿Quién mató a los de La Jornada?
—No sé.
—¿Dónde está Martínez Soriano?
—No lo conozco.
—¿Dónde imprime su propaganda?
—¿A quién ibas a buscar a La Trilla?
—A nadie, fui ahí para que me tipografiaran un
volante.
—¡No te hagas pendejo!, tú ibas a buscar a
David.
—No, no lo conozco.
—¿Quién dirige el trabajo en la PPT?
—No sé, acabo de acercarme a la PPT, tengo 20
días que me acerqué a dar clases
—¿Dónde vives?
—En San Andrés Ahuayucán, Delegación
Xochimilco.
—No te hagas pendejo, tú eres de Oaxaca.
—No, la dirección que le he dado es donde
vivo, puede investigar.
—¿Quién asaltó el CCH Sur?
—No sé.
—¿Quién asaltó Deportes América?
—No sé.
—Cómo que no sabes si tú mataste al policía.
—Yo no he matado a nadie.
—¿Quién mató a los policías de Iztapalapa?
—No sé.
—¿Qué secuestros tienen preparados?, ¿cuáles
son los próximos asaltos?, ¿quién secuestro a fulano de tal? (no recuerdo el
nombre de la persona que me menciona) ¡No te hagas pendejo!, el secuestro de
Guadalajara.
—No sé.
—Quién le aventó la bronca a Salinas de
Gortari.
—No sé.
—Está bien; entonces te vamos a romper la
madre vas a ver si sabes.
Acto seguido alguien me jala, le digo que si
quiere que yo me declare culpable de algún delito que no he cometido que me
entregue una declaración y que yo se la firmo, que no necesita golpearme. Me
dice que no es de la judicial, que es del “Frente Nacional de Defensa de Presos
y Exiliados Políticos” y que aquí no vine para firmar papelitos, sino para que
me rompan la madre.
Me jalan, me sientan en una especie de banco,
me ordenan que me acueste y me dicen “ten cuidado, porque si te caes al pozo ya
nadie te va a sacar”. Me amarran las manos, los pies y la cintura y comienzan a
arrojarme agua helada en la cabeza, en el pecho, en el estómago, en los
testículos, en las piernas, hasta mojarme todo el cuerpo. Mi cuerpo comienza a
estremecerse en forma incontrolable. Alguien de mis torturadores se burla y me
dice:
—¿Ya te prepararon contra la tortura? ¿Los
toques? ¿Contra el tehuacán con chile?
—¿Tienes alguna enfermedad?
—Estoy en mi última etapa de recuperación de
Guillen Barren.
—¡Pues aquí te va a llevar la chingada! —y de
nueva cuenta el interrogatorio.
—¿Dónde está Martínez Soriano? ¿Dónde está
David? ¿Dónde son sus citas? ¿Quién mató a los policías? ¿Quién asaltó? ¿Quién
secuestro? ¿Dónde está el dinero del último operativo?, etcétera.
Me ponen una bolsa plástica en la cara que me
impide respirar; mi cuerpo comienza a convulsionarse por la falta de oxígeno,
siento que los pulmones me explotan, que mi cerebro va a estallar, que mi
cuerpo comienza a perder fuerza, cuando me quitan el plástico jalo aire con
desesperación.
Me golpean en la cara, alcanzo a escuchar que me
ordenan que no me duerma, me preguntan:
—¿Ya despertaste?
—Sí.
—¿Ya vas a hablar?
Y nuevamente las preguntas, una tras otra. Me
colocan una tela para impedir que mueva la cabeza y me comienzan a echar
tehuacán por la nariz y la boca, nuevamente no puedo respirar, siento que en
mis pulmones en lugar de aire entra el tehuacán, quemando mis vías
respiratorias.
Mientras tanto alguien me sigue arrojando agua
fría por todo el cuerpo, nuevamente me colocan la bolsa plástica en la cara,
agito desesperadamente la cabeza tratando de respirar pero no lo logro y
nuevamente comienzo a caer en un estado de inconciencia.
De pronto siento que me oprimen el pecho y
siento golpes en la cara y en el estómago. Oigo una voz que dice: “¡Despierta
hijo de la chingada!”, “dale unos toques para que despierte”, siento unas
descargas eléctricas en todo el cuerpo que me hacen gritar para nuevamente caer
en un estado de inconciencia.
Siento golpes en el pecho y alcanzo a escuchar
que dicen: “este güey no aguanta nada, bájalo rápido porque este güey se va a
quebrar”. Logro alcanzar una recuperación mínima, quieren que camine, pero no
puedo. Tienen que jalarme a rastras, me obligan a ponerme de pie y me echan
alcohol en el cuerpo, otro dice: “préndele un cerillo para que se lo lleve la
chingada”. No dudaba de que lo hicieran, pero no fue así.
LOS TORTURADORES EN DIFICULTADES
Entonces me dieron mi ropa para que me vista,
pero no lo pude hacer ya que mi cuerpo está entumido. Me dijeron que respirara
profundamente, que hiciera ejercicios, lo intento pero no puedo, les digo que
estoy mareado, que me voy a caer.
En eso se acerca un judicial y me ayuda a
sentarme en un sillón. Comienzan a inquietarse por mi situación, en eso escucho
que dicen: “vámonos rápido porque este güey se va a clavar”.
Rápidamente me sacan a rastras, me suben a una
camioneta. La respiración comienza a ser escasa, mi cuerpo pierde movimientos,
alcanzo a percatarme que la camioneta se pone en marcha, me desmayo no sé por
cuánto tiempo. De repente siento que me presionan el pecho, siento que alguien
me levanta la cabeza; alguien me da respiración de boca a boca, no sé por
cuánto tiempo.
Al parecer mi respiración se regula. Vuelvo a
tomar conciencia de lo que sucede, escucho que la camioneta lleva la sirena
funcionando, siento que la camioneta corre a toda velocidad, alguien que va
enfrente pregunta cómo sigo, que si continúo mal me lleven a un hospital.
“¡Pendejos, se les pasó la mano!”. Alguno de ellos pregunta que si estoy malo,
otro contesta “no nos dijo nada”. “¡Cómo no, pendejos, él dijo que estaba
enfermo del corazón y los pulmones!”
—¿Cómo sigue?
—Parece que ya está mejor.
Alguno de ellos me estira los dedos y los
brazos, los tengo engarrotados, me preguntan que cómo me siento, trato de
hablar, pero no puedo articular palabra alguna, siento que las cuerdas vocales
no me responden. Trato de abrir la boca, pero la tengo engarrotada.
Consultan entre ellos que si me llevan a un
hospital, alguien responde que no, que parece que ya estoy mejor. Me piden que
mueva los dedos, lo hago en forma descoordinada y con mucha dificultad, alguien
me dice con apremio: “así, así, mueve los brazos”.
OTRA VEZ EN EL CUARTEL DE MEDICO MILITAR
Cuando llegamos a Médico Militar, la camioneta
queda estacionada, indican que cuando me recupere me suban a donde estaba, me
preguntan que si ya he comido les contesto que no, después de no sé cuanto
tiempo llega un médico y me toma la presión; le preguntan que como estoy, el
médico dice que tengo muy baja la presión, pero que es por el estrés al que
estoy sometido. Da como instrucciones que me dejen ahí hasta que me recupere.
Pasan algunos minutos y llega un judicial con
dos vasos de jugo de naranja. Uno para Genaro y otro para mí. Me lo bebo;
momentos después me dan un par de tortas, me dicen que me las coma, obedezco,
pero no tengo hambre, me preguntan si ya puedo caminar y les digo que lo
intentaré.
Me ayudan a llegar hasta la puerta, me ayudan
a bajar, apenas puedo arrastrar los pies, entre dos me ayudan a subir los
escalones, me llevan de los brazos, llegamos ante el comandante Topo, me
pregunta que cómo me llamo, se me dificulta coordinar mis ideas y tardo en
recordar mi nombre, en eso alguien me llevaba del brazo hasta mi celda.
Estoy muy cansado y no sé por cuánto tiempo
permanecí recostado en la plancha de cemento. No pensaba en nada, solamente en
descansar, ya de noche llaman a algunos prisioneros y les dicen que están
libres, yo me incorporo para ver a mi compañero Genaro, que también se forma
para salir.
Momentos antes se acerca un joven a mi lado y
me pregunta: —¿Lo torturaron compa?
—No.
—¿Quiere que nos pongamos en huelga de hambre?
—No, no es necesario —no cabe duda que era un
joven valiente.
De repente me llaman:
—¡Órale, vas para fuera!
En ese momento llega un judicial corriendo y
dice:
—Ese no sale.
Salen casi todos, a excepción de un campesino
que estaba en mi celda y así nos la pasamos toda la noche.
VIERNES 6 DE ABRIL
Es viernes por la mañana, como las 12 a.m.,
llegan por mí. Me suben al 5º piso; nuevamente me enseñan fotografías de
personas a las que no conozco, me golpean en los riñones y la cabeza en el
momento menos esperado.
—¡Acuérdese pendejo!
Nuevamente me enseñan un álbum fotográfico,
respondo que no les conozco.
—¡Hijo de tu pinche madre! ¿Ustedes creen que
matando policías van a hacer la revolución?
—No entiendo lo que dicen y no he matado a
nadie.
En eso uno de ellos saca su pistola y me la
coloca en las costillas.
—¡Hijo de tu pinche madre! ¿tu crees que
robando y matando policías van ha hacer la revolución? ¡Expropiaciones! ¿cuáles
“expropiaciones”, se llaman robos —sin dejar de clavarme la pistola en las
costillas me siguen gritando— ¿Qué no se dan cuenta hijos de la chingada que el
país cambia, que todo el mundo está cambiando? ¿Qué no han leído la
“perestroika” de Gorvachov?, Alemania, Nicaragua, ¿qué no se dan cuenta que
también nuestro país, que sólo falta el pinche loco del Fidel Castro que no
quiere abandonar su isla?
—Sabe, estoy de acuerdo con lo que acaba de
decir, pero tomen en cuenta que no sé nada de Oaxaca como tanto me han
insistido, soy de Xochimilco.
Alguien de ellos dice que me calle y que deje
de decir pendejadas. Nuevamente me golpean la cabeza, “¡agaché la cabeza! —me
ordenan. Un judicial se acerca diciéndome:
—¡Hijo de la chingada!
Sacando la pistola, otro dice:
—¿Lo retiro?
Me jala del hombro hacia atrás, otro dice “no
me vaya a salpicar el escritorio”.
Las preguntas continuaron. ¿Qué entrenamiento
militar has recibido?, ¿entrenamiento coreano? ¿Guerra de guerrillas?, me
mencionaron otros que no recuerdo. Les contesté que no he recibido ningún tipo
de entrenamiento.
—¿De dónde eres?
—De San Andrés Ahuayucán, Delegación
Xochimilco.
—No te hagas pendejo. ¿Cómo te llamas?
—José Guadalupe Emigdio Berrocal.
—No te hagas pendejo, tú eres Miguel.
—Soy José Guadalupe Emigdio.
En ese momento me enseñan dos fotografías:
—¿Conoces a estos?
—No.
—¿Quieres que te los traiga y que te digan en
tu cara que eres Miguel?
—Háganlo, pero yo no soy Miguel. Soy José
Guadalupe.
—Ya son tres los que me dicen que tú eres
Miguel. Tráiganle a uno —ordena, y me ponen a una persona a la vista, me
preguntan— ¿Lo conoces?
—No.
Entonces le preguntan a esa persona (Alfredo)
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Se llama Miguel.
—¿Dónde lo conociste?
—En la casa de Gabriel.
—¿Dónde?
—Allá por San Andrés, por Xochimilco.
—¿Y qué tenía?
—Un cuerno de chivo; ellos le decían alka seltzer.
—¿Qué más?
—Unas máquinas de impresión.
—No, esta persona me está confundiendo, no soy
Miguel, soy José Guadalupe Emigdio Berrocal.
—Está bien. ¡Llévenselo!
—¿Quieres que te traigamos otro y que te diga
que eres Miguel? —dirigiéndose a un agente le dice— tráite a otro.
En eso me dan otro golpe en la cabeza.
—¡Agache la cabeza güey —me dicen y luego
¡voltea!
Ahora me han traído a una mujer (Verena). Me
preguntan: “¿La conoces?”, les digo que no. Le preguntan a esta chica, ¿cómo se
llama?, responde en forma nerviosa José Guadalupe. En eso le gritan.
—¡No!, ¿cómo nos dijiste hace rato que se
llamaba?
—Es que dije muchos nombres, no sé como se
llama él
—Dilo, no tengas miedo. Me dicen— ¡voltea para
acá!, de tal modo que no estemos frente a frente con mi identificador—.
—¡Anda, dile que se llama Miguel!
—Llévensela.
—¿Eres Miguel o no?
—No, no soy Miguel; me están confundiendo.
Los golpes llueven sobre mi cabeza, oídos y
riñones.
—Señor judicial —le digo—, si usted quiere que
me declare culpable de algún ilícito que no he cometido, tráigame una
declaración y yo se la firmo, no necesitan estarme golpeando. Si a final de
cuentas voy a tener que firmar lo que ustedes me den. Ayer me torturaron,
estuve a punto de morir... —cortan mi intervención con un golpe.
—¡Cállate güey!, al jefe no le alces la voz —y
el jefe me dice:
—Al parecer eres muy hombrecito, ojalá y me
aguantes, porque si no te voy a romper toda tu puta madre. Lo de ayer no fue
nada, así es que habla de una vez ahorita, porque cuando te empiece a chingar y
si a la mitad quieres hablar ya no te voy a dejar. ¿Me entendiste?
—Sí.
—Habla, te escucho. ¿Dónde está Martínez
Soriano? ¿David?, si tú no mataste a los de La Jornada, ¿dónde están los que
los mataron?
—No sé nada de todo lo que me están
preguntando.
—¿De veras no sabes nada de lo que te estamos
preguntando Miguel?... Háblame de los operativos del norte, háblame del
operativo de Azcapotzalco donde mataron a dos policías.
—No sé nada de lo que me están preguntando, ya
le dije señor judicial que si usted quiere que le firme una declaración donde
me declare culpable de ilícitos que no he cometido, démela y yo se la firmo.
—Ni madres, aquí te va a llevar toda tu pinche
madre. ¡Llévenselo! y ya saben: cortito. No lo dejen hasta que hable.
Me dan un golpe en los riñones: “órale güey,
vente para acá”, me meten a una oficina.
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