David Cilia Olmos
13 de octubre de 199013:00 horas, Metro
Zaragoza, Ciudad de México.
(6 meses después de la redada del 4 de abril)
La vi venir presurosa y espantada, muy
espantada; me vio y siguió caminando de frente como si no terminara de
reconocerme; pasó junto a mí y me paré para emparejarme a su paso.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
Sentí una mano firme que me detenía del brazo
derecho; volteo a ver de que se trata y veo a un sujeto deteniéndome, no lo
reconozco. “Debe ser una equivocación”, pensé, cuando más manos me tomaron
ahora del brazo izquierdo y me lo tuercen; otro del cuello; el otro brazo quedó
igualmente torcido.
—¿Qué les pasa? —quedé de pronto frente a
ella.
—¿Viene contigo?
—No. ¿Qué les pasa?
—Tú eres David Cilia.
—No señor —ya me levaban arrastrando hacia un
carro.
—Tú eres David Cilia Olmos.
—No señor, yo soy Gilberto Aranda.
—No te hagas pendejo.
Vi un carro azul, en la puerta PJDF y una
matrícula; me metieron violentamente en él.
—Tú eres David Cilia Olmos.
—No señor, yo soy Gilberto Aranda.
—¿Cómo dices que te llamas?
—Gilberto Aranda Cervantes, señor.
Entre golpes me ordenaron:
—¡Bájate los pantalones! —lo hice, me
golpearon más.
—Tú eres David Cilia Olmos.
—No señor.
—No te hagas pendejo —más golpes.
—¿Por qué te enchinaste el pelo?
—Así es mi pelo, señor —más golpes.
—No te hagas pendejo.
—¿Qué te hiciste en la nariz?
—Tengo el tabique desviado —más golpes.
—¡Levántate el labio!
No podía, el labio no me respondía por la
operación.
—¡Levántatelo!, hijo de la chingada.
Con mi dedo índice lo levanté sintiendo un
gran dolor.
—¡Es él!
—¡Clave 2!, ¡Clave 2! (confirmado).
—Ya, ya está
El agente 2312 (después lo identifiqué) seguía
como histérico gritando:
—¡Dale clave 2, clave 2! —Estaba desesperado,
arrancaron con gran nerviosismo.
—Dale vuelta aquí.
—No hay salida.
—¡Dale vuelta!
—No, no hay paso, está cerrado.
—Dale clave 2! ¡Dale clave 2!.
Circulaba el carro sobre Zaragoza, a gran
velocidad, pero con un curso errático, como si no supieran qué camino tomar.
—¿Cómo te llamas?
—Gilberto Aranda.
—No te hagas pendejo.
—Ahorita nos vas a decir cómo te llamas.
—¿Quién venía contigo?
—Nadie, venía solo.
—Llegando allá vas a ver como sí eres David
Cilia Olmos.
—Yo soy Gilberto Aranda.
—Tú eres David Cilia Olmos, tú eres del
PROCUP, tú mataste a los de La Jornada.
—Yo no maté a nadie, yo soy Gilberto Aranda.
—Ahorita vas a ver si no eres.
Me pareció en ese momento que era inútil
negarme, con certeza sabían mi nombre y todo lo demás; siguieron preguntándome:
—¿En cuántos secuestros has participado?
—En ninguno.
—¿A cuántos bancos le has pegado?
—A ninguno.
—No te hagas pendejo, ¿cuántos policías has
matado?
—A nadie.
—Ahorita vas a ver lo que es hablar, te va a
llevar la chingada.
En lo personal no me podía espantar con eso
porque yo estaba muy cierto de lo que me iba a pasar el día que me detuvieran,
desde que murió Gervasio en mis brazos por las torturas que durante días le
aplicaron los agentes; desde que Rafael me contó llorando la forma en que lo
habían torturado y para culminar me dijo que a él le había ido bien porque a
Víctor Acosta la había pasado mucho peor que a él; desde que Irineo García
Valenzuela me relató y yo grabé su testimonio en una casa de seguridad de
Guaymas, y más ahora que sabía muy aproximadamente la forma en que habían
torturado el 4 de abril a Arturo Becerril, mi concuño, a Felipe Ocampo, mi
cuñado, a Verena, mi esposa, a Sergio Martínez y a José Guadalupe Emigdio
Berrocal; sabía lo que se me esperaba, tanto me había cagado de miedo de esto
desde el ‘78, que creo que el miedo a las torturas ya se me había agotado y
sólo tenía miedo de delatar, un miedo terrible de perder mi dignidad.
—Ahórrate palabras, yo sé en qué situación me
encuentro.
—No sabes, no, no sabes lo que te espera.
—Yo sé en qué situación me encuentro.
—Entonces, ¿vas a hablar?
—Soy responsable de todo lo que hago, y no
tengo nada de qué avergonzarme.
—¿Por qué mataste a los de La Jornada?
—Al chile cabrón... —estaba yo indignado.
—No le hable así al comandante —me golpean la
cabeza.
—Al chile...comandante, agente, o lo que seas
—No le hable así al comandante, ¡hijo de la
chingada!
—Al chile agente, soy David Cilia Olmos, soy
militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, respondo por todo lo que he
hecho y por todo lo que haya hecho la Liga, pero no tengo nada que ver con el
PROCUP.
Llegamos al cuartel de la PJDF en Médico
Militar, los agentes de otros carros realizan un gran despliegue para ver si no
hay periodistas.
—Bájate. —Me abren la puerta del carro, están
nerviosos. Me jalonean del brazo para que salga rápido.
—¿Con los pantalones abajo?
Les molesta esta contrariedad, por fin me
meten; no atinan a dar una explicación en la entrada, no me registran, me suben
al tercer piso, me toman tres fotografías con una cámara Polaroid, estoy
esperando que me revisen por si traigo armas ocultas o que me pasen a báscula
para ver qué cosas útiles puedo traer para ellos, pero no lo hacen, están
agitados, entran y salen, salen y buscan, regresan y preguntan, no se terminan
de poner de acuerdo.
—¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿Cómo
se llama tu esposa? ¿Cuántos hijos tienes? ¿Cómo se llama tu papá? ¿Y tu mamá?
—etc., preguntas generales.
—¿Quién era la persona que venía contigo?
—No sé, yo venía solo.
—No, no venías solo, venías con una mujer.
—No sé, yo venía solo.
—¿Cómo se llama la mujer?
—No sé.
—Ahorita vas a ver como sí sabes —dirigiéndose
a otro— ¿Qué le han sacado?
—Nada, dice que no lo conoce.
—Entonces es de la Liga. Rómpanle la madre
hasta que cante.
—¿Cómo se llama?
—No sé, no venía conmigo, no la conozco.
—¿Qué hacías caminando con ella? —el que me
hace esa pregunta esboza una asquerosa sonrisa lasciva— Te la coges, ¿verdad?
—No, no la conozco.
—Te la estás cogiendo, ¿verdad?, ¿está buena?
—No me la cojo, no la conozco. —Interrumpe una
voz de un agente que viene de afuera del lugar en que me encuentro, en son de
queja:
—Pinche vieja, ya ensució la oficina, hija de
la chingada, y apenas empezamos.
Sinceramente no podía imaginar que fueran tan
torpes que no la hubieran detenido y suponía que la iban a torturar
salvajemente.
—Está bien, está bien, es una compañera.
—Tenías cita con ella.
—No, sabía que iba a pasar por ahí.
—¿Se habían puesto de acuerdo?
—No, siempre pasa por ahí a esa hora.
—¿A qué hora?
—De una a una y media; la busqué para pedirle
dinero.
—¿Te la andas cogiendo?
—No, es mi amiga.
—¿Es de la Liga?
—No.
—¿Cómo se llama?
—Yolanda —fue el primer nombre que se me
ocurrió.
—¿Yolanda qué?
—No sé, sólo sé que se llama Yolanda.
—¿Y cómo sabes tanto de ella?
—Siempre pasa por ahí.
—Ahorita vamos a confirmarlo con ella y se los
va a llevar la chingada a los dos.
El interrogatorio siguió por mucho tiempo,
muchas veces repetían las mismas preguntas; siempre obtuvieron las mismas
respuestas.
—Dónde te operaste?
—En Brownsville, Texas.
—¿Cuanto te cobraron?
—No sé, yo no pagué, pagó la familia con la
que vivía.
—¿Con quién estabas?
—Con un tío abuelo
—¿Cómo se llama?
—José Rodríguez.
—¿José Rodríguez, qué?
—No sé.
—¿Dónde vive?
—En Brownsville.
—¿Es ciudadano norteamericano?
—Sí.
—Su dirección, ¿cuál es?
—Palm Alice Circle número 19.
—¿Qué colonia?
—No hay colonias en Brownsville.
—¿Qué dirección?
—Palm Alice Circle número 19.
—¿Cómo pasaste?
—Por el río.
—¿De mojado?
—De mojado.
—¿Quien te ayudó?
—Nadie.
—¿Cómo te fuiste?
—En camión.
Interrumpe la misma voz:
—La chava dice que no se llama así.
—¿Cómo se llama? ¡A nosotros no nos estés
choreando, hijo de la chingada! A la chava la vamos a reventar también, mejor
habla.
Para mí la situación es desesperante, sé de lo
que son capaces con las mujeres. Mentí:
—Mira, la compañera es del Comité Eureka, ahí
tú sabes si la siguen torturando.
—¿Qué es el Comité Eureka?
—El comité pro defensa de presos, perseguidos
y desaparecidos políticos, Eureka, que dirije Rosario Ibarra de Piedra.
Hay desconcierto, tardan en hacerme la
siguiente pregunta.
—¿Y qué hace ahí?
—No sé, es algo así como la segunda de Rosario
Ibarra de Piedra.
—¿Cómo la conoces?
—Participe en una huelga de hambre; ahí la
conocí, le iba a pedir dinero prestado.
Sale el principal interrogador, pero el interrogatorio
continúa.
—¿Cuándo llegaste de Brownsville?
—Hace dos días.
—¿Dónde te quedaste?
—En un hotel.
—¿Cómo se llama?
—No sé.
—¿Donde está?
—En Reforma y Eje Central, por el Eje 1 Norte.
—¿Con quién te quedaste?
—Solo.
—¿Dónde están tus cosas?
—No tengo cosas.
—¿Dónde lavaste y planchaste tu ropa?
—Con esta ropa vine desde allá.
—¿Dónde tienes el dinero?
—No tengo dinero, ya se me acabó.
—¿Con quién estás en el hotel?
—Solo.
—¿Está armada la persona que te espera en el
hotel?
Interrumpe alguien, cuchichean, movimientos,
me llevan a una oficina, ahora sé que son de un tal “Nico” (Nicolás Suárez
Valenzuela, director de no Investigaciones Especiales). Otra vez las mismas
preguntas y otras:
—¿Qué tipo de entrenamiento recibiste?
—Ninguno.
—A ustedes los entrenan en la Patricio Lumumba
o en Corea. ¿Dónde te entrenaron?
—En ningún lado.
—¿Quién te entrenó?
—Nadie, tenemos varios manuales para aprender.
—¿Quién los hizo?
—No lo sé. Los llamamos Tomo Militar I y Tomo
Militar II.
—A ustedes los adoctrinan en la Patricio
Lumumba.
—Mira, la Patricio Lumumba es del PCUS y la
Liga no tiene ninguna simpatía por el PCUS.
Como que se pregunta el agente 2312 (ahí le
veo la placa) qué será el “Pecus”, y me doy cuenta de que no estoy ante
profesionales. Se escucha por un teléfono celular las respuestas de Nico:
—Sí, señor, aquí lo tenemos.
—Vas a hablar con el procurador —me dice Nico,
y me da un teléfono celular.
—¿David? —se escucha una voz que pregunta a
través de la línea, no sé realmente con quién estoy hablando, pero contesto:
—Habla David Cilia Olmos.
—¿Que tal David? ¿Cómo has estado? ¿No te
falta nada? ¿Ya comiste?
—Tengo severos dolores de cabeza —es lo único
que se me ocurre de mi situación, pregunto: ¿Usted es...?
—Yo soy Ignacio Morales Lechuga, Procurador de
Justicia del Distrito Federal. Mira, —continúa— no vamos a tratar de resolver
esto por la vía no violenta (“La negación de la negación”, pensé).
—Querrá decir que no vamos a resolver esto por
la vía violenta.
—Es cierto, tienes razón. Ya di
instrucciones...
—Sí, porque lo contrario...
—Bien, David, mañana nos vemos.
—Eso espero.
De nuevo interrogatorios, sobre todo sobre la
persona que me acompañaba.
—¿Cómo es?
—Ustedes la vieron.
—Es bajita, gordita y blanca, ¿verdad?
—Sí, ustedes la vieron.
—Pero ¿cómo es? ¿Dónde vive? ¿A dónde iba? ¿Se
metió al Metro?
—No sé.
Montaron un operativo para irla a buscar,
supongo; mientras un ex agente de la Brigada Blanca me decía que iba a escribir
todo, desde mi ingreso a la Liga, aunque luego corrigió y dijo que todo desde
por qué me había inclinado hacia el marxismo. Querían que escribiera
exactamente la mitad de lo que llevo vivo. Empecé. Cada hoja que terminaba me
la quitaban de inmediato y salían; al rato regresaban a interrogarme.
—¿Y cómo se llama Fernando?
—No lo sé.
—¿De dónde es?
—No lo sé.
—¿Dónde está ahorita?
—No lo sé.
Se iban luego de que yo les daba una
descripción física y regresaban.
—¿No es el Piojo Blanco?
—No sé, un día vi una foto en la prensa y
decía que se llamaba Miguel Angel Barraza —, cuchichean.
—¿No es el Piojo Negro? —la pregunta es entre
ellos.
—Creo que sí, —contesta uno de los agentes—
pero ese ya murió —ahora se dirige a gritos a mí— ¡Otros! ¡Otros!
Llevaba ya unas diez hojas cuando regresaron
muy enojados.
—Nos estás choreando, dinos nombres,
direcciones.
—En la Liga no hay nombres ni direcciones.
A estas alturas me ofrecen un cigarro, yo
tengo calentura, los últimos días la había tenido acompañada de fuertes dolores
de cabeza; tengo la garganta reseca y dificultades para respirar.
—No, si en cambio tienes agua.
Me dan agua y mi trabajo se ve interrumpido
por los que van revisando lo que llevo escrito, que regresan cada rato a
preguntar y precisar y vienen a amenazarme porque los estoy choreando; yo en
cambio estoy dispuesto a seguir escribiendo todos los días que sean necesarios.
—Nos vas a llevar al hotel donde te quedaste;
si nos choreas te vamos a partir la madre.
Se repiten las preguntas sobre el hotel y
salimos; lo único que temo es que ese hotel ya no exista; estaría muy difícil
mi situación. Tengo confianza, en cambio, en que los que cuidan de noche no son
los mismos que cuidan en el día, pero hay un dato que ignoro: ya no es
propiamente de día, perdí la noción del tiempo y ya casi oscurece. Me hacen
muchas preguntas sobre el hotel. Montan el operativo, el carro en el que yo voy
avanza en medio de las escoltas; vamos llegando al desenlace, pienso que tengo
que aguantar hasta el último momento en mi versión. Mientras se desarrolla el
operativo de copamiento yo sigo en el carro; al rato regresa el comandante
Moctezuma:
—¿Cómo dices que te registraste?
—Gilberto Aranda —se va y regresa— ¿No sería
otro nombre? ¿Qué cuarto? ¿De qué lado? —se vuelve a ir, trae a dos mujeres.
—¿Ellas te atendieron?
—No, un señor.
—¿Cómo es el señor? —lo describo.
—A ver, ven —ya están encabronados pero aún no
pierden el control.
—¿Qué cuarto es?
—Este.
—¿No que era el siete?
—No me fije —aún dudan, desde adentro me
preguntan de qué color es la taza el baño, de qué color es el mosaico, de que lado está
el baño, y por fin una pregunta triunfal:
—¿A ver, ¿de qué color es la puerta del baño?
—el tono de voz tan seguro de esta vez descubrirme, desenmascararme, me lo dice
todo. Contesto con toda seguridad:
—No hay puerta. ¡Acerté!, pero cada momento
que pasa se ponen más furiosos, mis respuestas los desesperan, pero aún no
están seguros de si estoy mintiendo o diciendo la verdad, hasta que por fin
llegan a la pregunta clave:
—¿Cuánto pagaste?
—24 mil pesos —es la primera cifra que viene a
mi mente.
—¡Mentira! aquí cobran 15 mil.
—Eso me cobraron —que yo me aferre les molesta
aún más, yo por mi parte siento que ya todo está perdido.
—Nos choreaste cabrón —los agentes alrededor
mío parecen rabiosos.
El Comandante Moctezuma ordena:
—¡Rómpanle la madre!
—¡Vámonos!
Salimos del hotel y abordamos los autos que
están sobre Rayón. Aquí podría intentar escapar, es lo que más me conviene, las
balas nunca han hecho cantar a nadie, pero es físicamente imposible, estoy
agarrado por todos lados.
—Nos estás viendo la cara de tus pendejos, nos
engañaste.
—Sí.
El poder dar esta respuesta me llena de una
paz interior, ahora sí, ya no tengo absolutamente nada que perder.
—¡Ahora nos vas a decir a güevo en dónde
estuviste!
—No se los voy a decir —no me siento exaltado,
estoy ya tranquilo, sin tensiones, sin incertidumbre.
—A güevo que nos lo vas a decir; ahorita que
te esté llevando la chingada nos vas a decir todo. ¡Cómo jijos de la chingada
no!
—¡Chingo a mi madre —dice el comandante
Moctezuma en un estado de rabiosa exitación— si no cantas todo cabrón!, aquí no
hay uno que no haya cantado.
—A la mejor sí, a lo mejor no, pero eso ya lo
verás en las torturas.
—Te va a llevar tu pinche madre y vas a cantar
hijo de la chingada.
—No se los voy a decir; a mí es al que buscan,
ya me tienen, rómpanme la madre a mí, ya han lastimado a mucha gente inocente.
—Nosotros no hemos lastimado a nadie, nosotros
no torturamos a nadie, son mentiras.
—Ustedes lastimaron a mi familia, ahora
rómpanme la madre a mí. ¿Qué más quieren?
—¿Te hemos torturado a ti?
—No, pero ahora me van a torturar para que les
diga dónde he estado desde que llegué de Brownsville.
—No te vamos a torturar, no vamos a lastimar a
nadie, nada más vamos a checar; si es gente inocente no les va a pasar nada, te
doy mi palabra —ahora trata de cubrir su actitud de gorila salvaje con un tono
de voz de vendedor de biblias.
—Sólo los van a golpear y acusar de
encubrimiento, ¿verdad? Sólo van a saquear sus casas y destruirlas, ¿verdad?
—No hombre, te doy mi palabra.
—Yo no te conozco.
—Soy el Comandante (no sé qué) Moctezuma (no
sé qué).
—Yo no te conozco, conozco al procurador, si
él me da garantías yo se lo digo, pero a él personalmente.
—Entonces yo no tengo palabra, ¿o qué?
—No te conozco.
—Lo que pasa es que quieres dar tiempo para
que escapen; así son los guerrilleros, tienen que aguantar 24 horas y ya luego
pueden cantar, pero aquí te chingas —su tono de vendedor de biblias desaparece
y readquiere su personalidad.
—Nadie va a escapar, porque es gente que no
tiene nada que ver con la Liga ni con nada, no va a perder su trabajo, su casa,
porque sí. Llévame con el procurador y a él se lo digo si da garantías; a él lo
conozco, a tí no; o pónme al teléfono con él.
—Te voy a romper la madre, es lo que voy a
hacer.
—Como quieras, pero yo ya hablé con él.
—¿Cuándo hablaste con él?
Su pregunta me dice que no estaba enterado de
la llamada en la oficina de Nico.
—¿De dónde lo conoces?
—Ya hablé con él.
—¿De dónde lo conoces tú? A ver, ¿cuál es su
número telefónico?
—No voy a contestar nada que lo pueda
comprometer.
Al menos estaba aplazando la hora de la
madriza, en lo que Moctezuma resolvía sus dudas, ya que la incondicionalidad en
la línea de mando es rasgo inherente de los que trabajan para el gobierno.
Mientras Moctezuma dudara tenía un respiro.
Lo siguiente fue continuar con mi biografía de
puño y letra y contestar los interrogatorios; de pronto vi a Salomón Tanús y se
me heló la sangre. Empezó con un interrogatorio periférico; poco a poco
comprendí que ya era un cartucho quemado, una reliquia que no registraba del
todo en su cabeza los cambios del tiempo. Me preguntaba sobre los Lacandones y
otras cosas muy generales. Me recuperé. Tanús sólo me interrogaba cuando me
dejaban de preguntar los otros. De nuevo a las preguntas vivas:
—¿Cuántas veces, en dónde y en qué fechas has
sido detenido?
—Ninguna.
—Mira, más vale que esta vez no nos chorées,
lo vamos a corroborar, si nos choréas te rompo la madre.
—Como quieran.
—Aunque estés con otro nombre vas a salir. Más
vale que hables.
Sigue el interrogatorio hasta que me dice un
jefe de grupo (B?):
—¡Vamos!
Me sacan por el elevador y salimos a la calle,
estaba solitaria, me llevaron a un estacionamiento en otra calle y abordamos un
carro. Iba yo pensando “ahora va a empezar todo”. Ya tenían un marco: mi
biografía, para llenarla de lo que querían; información, ahora me llevarían a una
cárcel clandestina para culminar su obra.
A bordo del carro comentaban con mucha
prepotencia refiriéndose a Yolanda, a quien yo suponía había sido detenida
junto conmigo, pero no había logrado ver.
—Pinche vieja ensució la otra patrulla.
—La hubieras hecho limpiar con la lengua;
luego luego se aflojó con los primeros madrazos.
El carro avanzaba sobre Tlalpan paralelo al
Metro que va a Taxqueña. Hablaban de Yolanda como cualquier anécdota de
trabajo. Llegamos a Coyoacán, me tomaron huellas digitales, esperamos los
resultados y fueron negativos; nunca había estado detenido según sus
computadoras. Regresamos y a continuar con mi biografía a la medida del
cliente; de ahí me llevaron a los sótanos y me metieron a una celda solo, luego
de hacerme un examen médico que consistió en desnudarme, verme y ya. Más tarde
tuve oportunidad de ver el certificado médico y en él constaba mi presión
arterial, mi ritmo cardiaco, mi temperatura corporal, pero aseguro que no vi un
baumanómetro ni de lejos.
Pasé la noche platicando con uno que me
pusieron de poste.
—¿Te metieron aquí para sopearme? ¿O para que
no me vaya a suicidar, o para qué?
—La neta que yo soy el que se quiere suicidar,
¡chale!
Al otro día a continuar con mi autobiografía
interrumpida.
—¿No tienes hambre?
—Tengo.
—¿Qué quieres desayunar?
—Lo que sea.
—Pero qué quieres.
—Lo que sea.
Montaron otro operativo. En el carro en que
voy van Nico y Moctezuma; platican con tono docto de lo que ellos conocen mejor
que yo: la tortura, pero me quieren vender la idea de que eso no existe, que
son mentiras; me platican los avances, les digo que sí.
—La tortura se va a acabar cuando la
declaración ante el Ministerio Público y la policía no tenga ningún valor
dentro del proceso —digo cuando me canso de su perorata.
—Es lo mismo que ya implementó el señor
procurador.
Su respuesta me desconcierta, o de plano son
muy cínicos para decir mentiras, o de plano se chupan el dedo pensando que les
voy a creer.
—¿Ha sentado eso un precedente jurídico? —los
desconcertados ahora son ellos, continuó—, en cuanto no ha sentado precedente
jurídico no se puede decir que sea algo dado.
—Lo que pasa es que la sociedad tiene una
visión deformada, nos considera unos torturadores. A ver, ¿ a ti te torturamos?
—Me atengo al método científico; si a mí aún
no me han torturado, no quiere decir que no me vayan a torturar; si a mí no me
torturan, no quiere decir que a mi familia y a mis camaradas no los hayan
torturado.
—¡Pero aquí están las pruebas, contigo!
—Lo único que prueban es que a mí, por ahora,
no me han torturado.
—Pero en cuanto veas a tu abogado ninguno te
va a querer defender si en principio no niegas todas tus declaraciones y dices
que te torturamos.
—Es buena idea; si sucede no piensen que fue
mía. Si mi abogado lo plantea y ustedes y yo sabemos que será así, lo haré, por
supuesto que lo haré.
—Ahí tienes a Rosario Ibarra que dice que
tiene un hijo desaparecido y sabemos que vive como rey; todo el dinero que
juntan se lo mandan a él. Nosotros no torturamos, no desaparecemos a nadie; son
invenciones.
—Si saben dónde está díganlo.
El carro seguía rodando y la plática iba
tocando todos los tópicos posibles, llegamos a una casa donde venden barbacoa y
desayunamos, yo para alimentarme y ellos para celebrar su victoria. Yo era su
trofeo de guerra. Regresamos y seguían aleccionándome sobre las posibilidades
de que los pobres se volvieran millonarios en un país como México.
—Este país nunca va a cambiar —dijo Nicolás
Suárez Valenzuela.
—Te felicito por tu optimismo —le contesté—
pero un mes antes de la revolución en Rumania los jefes de la policía decían lo
mismo y ya los ves, ahora están en la cárcel; en cambio los presos políticos
ahora son el primer ministro, el ministro de esto, el ministro de lo otro; todo
cambia... qué bueno, para ti que tú seas optimista.
Por fin llegó el elevador y lo abordamos, para
reencontrarme con mi biografía; ahora con más interrupciones y con Salomón
Tanús encima permanentemente.
Trataba a toda costa de alargar las
interrupciones para no tener que terminar mi autobiografía, porque una vez
terminada pasaría al interrogatorio. “¿Ya está?”, me preguntaban y yo sentía
que ya se estaban relamiendo los bigotes. “Ya falta menos”, contestaba y
mientras, a discutir todo lo discutible, a refutarles todo lo que se pudiera,
ha hablar de crisis, capitalismo y socialismo, la caída del muro, el
revisionismo de la URSS, etcétera. De nuevo mencionan a Rosario:
—Pinche vieja loca, si todos sabemos que su
hijo está bien, en el extranjero. ¡Qué va a estar desaparecido! Puros cuentos.
Contesté con calma:
—Hay muchas asquerosidades que se dicen como
al pasar, pero no se afirman; se dicen para sembrar rumores y dudas; si puedes
afirmar algo y demostrarlo, hazlo. Pero es la segunda vez que te escucho
asquerosidades, ¿no te da pena?
—No, si ésa mandó una lista de 600 que estaban
desaparecidos a la ONU, luego la ONU investigó con el gobierno...
—No son 600, son 556 desaparecidos.
—No, eran 600; a mí me tocó investigar 300 y ¿sabes
dónde los encontré? —la sonrisa era triunfal— en el Consejo Tutelar, en el
Reclusorio Norte, en el Oriente.
—¿Tú encontraste 300 desaparecidos?
—Bueno, me faltaron como unos 15 —contestó el
agente 2312 con un sonrojo de señorita modesta.
—¿O sea que encontraste a unos 285?
—Sí, son delincuentes; estaban en el Tutelar,
en los reclusorios, repartidos.
—Fíjate bien, si de 285 que encontraste tú me
muestras uno solo que esté en la lista que Rosario Ibarra mandó a la ONU,
fíjate bien, yo me voy a cortar un huevo, y que traigan de una vez el bisturí,
pero fíjate bien, si tú no me muestras ninguno, yo en cambio no te voy a pedir
que te cortes nada. ¿Cómo ves?
—Ahí están, te los voy a mostrar.
—Por eso, acepta el trato, si me enseñas uno
solo yo me corto un testículo, y si no, tú en cambio no te cortas nada. ¿Qué
onda?
El agente 2312 no aceptó el reto, en cambio
derivaba las interrupciones a otros temas:
—Este país es democrático, ustedes no lo van a
cambiar.
—Este país es menos democrático que Chile en
tiempos de Pinochet —le contesté.
—Aquí hay elecciones.
—Sí, y siempre gana el PRI, aunque no gane;
Pinochet aceptó un plebiscito “Pinochet se va o se queda”. ¿Qué pasaría si en
México se hicieran las elecciones así: “se va el PRI o se queda” o “se va
Salinas de Gortari o se queda” ¿Quién ganaría?
—Es lógico, se va Salinas, se va el PRI.
—Y te aseguro que toda la gente que se
abstiene de votar, votaría, toda esa gente que los políticos desprecian como
abstencionistas, apáticos, apolíticos, incultos, etcétera, votarían, te aseguro
que el índice de abstencionismo caería por los suelos.
Pero finalmente tuve que terminar mi
autobiografía, con toda la incertidumbre que esto implicaba, en el transcurso
me dictaron su version de lo del asalto al CCH, y a lo largo del documento
traté de prevenirme contra otros delitos que me quisieran achacar.
Casi estaba seguro de que ya no vería al
procurador y que la llamada telefónica había sido una farsa para darse tiempo y
reunir todo mi expediente para empezar con todos los elementos organizados para
una tortura científica. Siguieron las preguntas del ex brigada blanca y de
Tanús, ahora más directo. Lo que a Tanús más le interesaba era si conocía a
Heladio Torres Flores, Jaime Laguna Berber, Soriano, Canseco, Cabañas, Vera
Smith y Lila Muro; me preguntaba en qué lugares habíamos coincidido, sobre todo
en el estado de México (Toluca), pero le faltaba un detalle y es el relacionado
con el tiempo. Hemos estado —tal vez— en los mismos lugares, pero con muchos
años de diferencia. El problema de Tanús es que el tiempo no transcurre para
él.
No obstante la incertidumbre, yo tenía ya
mejor ánimo, pues el cráneo me dolía menos, los intestinos me dolían menos y
como no me habían preguntado más de la compañera, supuse que ya no la estarían
torturando y que tal vez más tarde la vería para algún careo o algo así.
A determinada hora de la tarde se empezó a
montar un operativo y salimos rumbo a Niños Héroes, ahí le entregaron al
procurador mi “confesión” y la leyó detenidamente; ya había leído la primera
parte, la del día anterior. Luego de algunas preguntas y comentarios para
romper el hielo, cuando yo le referí que en todo este asunto había gente
detenida que nada tenía que ver con la Liga Comunista 23 de Septiembre y que
había sido detenida circunstancialmente, sin tener nada que ver, como en el
caso de Genaro, al que yo ni siquiera conocía, Roldán y mi esposa Rocío Verena,
el procurador me contestó:
—Bien David, nosotros estamos interesados en
que tú, en lo particular, hagas un llamado a la no violencia. A cambio de eso
me comprometo a actuar de buena fe en el proceso que se sigue contra tus
compañeros que mencionas. Por cierto, ya no se te acusa de los asesinatos de La
Jornada ni de ningún asesinato.
—Quiero entender —respondí— que aun cuando yo
no aceptara hacer ese llamado usted actuaría de buena fe de manera natural, en
su carácter de Procurador de Justicia.
—Cierto, pero tú sabes que el concepto “buena
fe” es muy amplio y ahí caben muchas cosas que pueden suceder.
—¿El pronunciamiento sería en contra de la
violencia de los dos lados? —el procurador saltó de su asiento y perdió su,
hasta ese momento, agradable serenidad.
—¿De cuáles dos lados? Ustedes son los que
matan, ponen bombas, nosotros no.
—¿Y no usaron la violencia contra mi mujer y
mis hijos, mis compañeros y su familia?
—A tus hijos los tuvimos en una casa de cuna,
nadie los maltrató, en la casa de cuna de aquí de la procuraduría que por
cierto, acabamos de inaugurar.
Yo estaba recordando las imágenes del 4 de
abril, las casas invadidas por las hordas policiacas; me acordé del mensaje que
desde prisión mi mujer había mandado: “Perdóname, no pude resistir, me
torturaron con los niños”; me acordé de todos mis amigos desaparecidos, de
todos mis compañeros asesinados cobardemente; me imaginé también a mis hijos en
una casa de cuna que aún estaba en construcción. Me interrumpió el procurador,
insistiendo sobre su propuesta:
—¿Va David? ¿Va?
—Va —respondí.
Una declaración implicaba mi presentación ante
los medios de comunicación, y esa era una salida, mi única salida, pues hasta
ese momento, domingo por la noche, yo seguía incomunicado por órdenes expresas
del procurador.
A partir de ese momento pude llamar por
teléfono, pero sucedió algo que no debía ser, ya había olvidado todos los
números telefónicos; hacía esfuerzos desesperados por acodarme de alguno y no
podía. Por fin me acordé del de Rosario Ibarra; no sabía que era el único en el
que nadie me contestaría. Luego de mucho intentar acordarme precisé el de mi
mamá y le llamé. Pedí que llamaran a alguno de los abogados, Adán Nieto
Castillo, Rojo Coronado o Alfredo Andrade, pudiendo localizar en la
Procuraduría a Andrade quien en poco tiempo estaba conmigo.
Lo demás son mis declaraciones ante el
Ministerio Público y la conferencia de prensa, donde ciertamente se estaba
definiendo qué tipo de “buena fe” se iba a aplicar a mis camaradas.
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