viernes, 8 de agosto de 2014

La increíble historia de Andrés Miranda y otros abuelos que te dicen que te portes bien parte 2



Capítulo: “No andes de peleonero”


Entre “no te pelees” y “defiéndete” los padres contemporáneos logran meter a un mar de culpas e indecisiones a los hijos contemporáneos. Ellos mismos, los padres, se encuentran en un pantanal de dudas sobre lo de que será lo más conveniente para la seguridad de sus hijos.

Pero sin duda nosotros no nos metimos en ese berenjenal. No se nos ocurría divagar acerca de si era correcto o conveniente pelar, simplemente una que otra ocasión nos agarramos a madrazos.

El primero que me acuerdo se peleo fue Andrés Miranda, pero yo no lo vi. Subimos al Tenayo a pintar la B o a comprar unas gorditas de carnitas y en algún momento se bronqueó con unos chavos de la colonia vecina.

Andrés Miranda se veía que era bueno para los madrazos, era muy ágil y fuerte, pero dicen que no la tuvo fácil. Suponíamos que los chavos de las casuchas de enfrente estarían debiluchos, pero parece que era una falsa idea de la realidad, al menos el que le tocó a Andrés, pues la pelea estuvo intensa y aunque los que la vieron dijeron que Andrés ganó, no se les veía en la mirada la convicción de “le puso una madriza”.

A la mejor estoy inventando, puede ser, pero de eso se acordará mejor Andrés Miranda, Pedro Moya o Cuauhtémoc Hernández.

Yo tuve otras peleas que no quedaron registradas, pero las verdadera creo que fueron hasta tercer año.

La primera pelea inició por una bronca en el pasto cerca de la cancha, Olvera un tipo del grupo 306 le puso unos madrazos a Ángel Corona que era uno de los más pequeños del grupo 301. Creo que en el Benemérito los grupos escolares se formaban a partir de la edad o mas bien de la ternura de los estudiantes, así que el grupo 301 era donde estaban los más chavitos y los últimos grupos de tercero eran de los más viejonones.

Así que fuimos a reclamar a Olvera por el abuso. Olvera estaba echando desmadre con su grupo en el pasto habitual de las cascaritas de fut entre las canchas, la primaria y el edificio de laboratorio de inglés.


--Ponte con uno de tu tamaño --le reclamé con toda seriedad, mientras Olvera me miraba con curiosidad y risa. Tenía un vaso con refresco en la mano.


--¿Con quién? --me preguntó con burla-- ¿Contigo?

Bueno desde primero de secundaria Olvera me parecía más alto y fuerte que yo, pero ni modo de decirle “No, con otro”.

En ese momento pensé que en el plan en que estaba Olvera solo faltaba que me echara el refresco en la cara y se fuera riéndose de mi mientras me quitaba el refresco de los ojos, así que por si las dudas, di un paso hacia delante y al tiempo que le decía:

--Si conmigo.

Le incliné el vaso de refresco que tenía en la mano hasta que se derramó por completo en el pasto.

El tiro estaba cantado, quedamos que “a la salida”.

Pero Olvera y el Cacho, su inseparable amigo no esperaron tanto, estábamos probablemente en la clase de Civismo cuando por la ventana de la puerta se asomó Cacho haciendo señas dirigidas hacia mi. Evidente el mensaje era “ya salte, no seas puto”. Yo no tenía ninguna prisa y además no era cosa así nada mas de decirle al maestro “me da permiso de ir a ponerme en la madre con un alumno del grupo vecino”, siempre he sido un poco penoso en eso de pedir permiso.

Pero después de Cacho siguieron desfilando otros compañeros del grupo de Olvera por la ventanilla haciendo señas, los del grupo 301 que conocían el antecedente de esa mañana les explicaban a los demás y la cosa empezó a ponerse emocionante, finalmente los del grupo 306 no pudieron aguantarse las ganas de ver “mole” y descaradamente abrieron a puerta y le dijeron al maestro: “¿Le permite salir a Cilia?”. En la ingenuidad que caracteriza a los maestros decentes, el maestro contestó de inmediato: “Claro!, Cilia ve donde te necesitan”.

Me paré rumbo a la puerta mientras algunos compañeros decían: “no, no vayas solo, espérate a que salgamos todos”. No hice caso y seguí caminando cuando una mano y luego otra se levantaron.

--¿Maestro me permite salir un momento?

--Si claro --repitió el maestro en su bonachona candidez.

--¿Y a mi maestro?

Los últimos ya ni pidieron permiso, en el salón solo quedó la mitad del grupo. En el 306 ya todo era alboroto, el único que estaba fuera de lugar era José Corona, habitual y prominente integrante de la banda de Olvera, quien era además el hermano mayor de Ángel Corona, el compañero del 301 por el que habíamos respondido.

Pero las cosas se complicaron. Para pelearme con Olvera tenía antes que pelearme con Cacho. Cacho era un sujeto que me caía bien y que nunca me, o nos, había hecho nada. Pero esas eran las condiciones dado que había que respetar las jerarquías.

--Mira –le dije a Cacho-- la bronca es con Olvera, si tu quieres pelear conmigo, como quieras, pero primero es con Olvera.

--Bueno --dijo el cacho luego de muchos “ni madres”-- ¿Dónde quieres caer?

--En el pasto de afuera, ahí está más blandito.

Atravesamos el arrollo vehicular, no me acuerdo si se hizo el clásico “el que escupa primero”, el hecho es que de buenas a primeras le tiré una patada a Olvera que él alcanzó a esquivar y tomándome del pie aprovechando mi impulso, me tiró espectacularmente.

--¡Ah! –se escuchó en todas las bocas de los espectadores.

Ya en el suelo Olvera me empezó a patear por todos lados, los de mi grupo decían “eso no se vale”, los del grupo 306 decían “dale, dale, dale”.

Juan Vázquez me había enseñado un truco para cuando estuviera tirado. “Enganchas con el empeine el talón del otro y con la planta del pie le empujas el tobillo un poco más arriba”. En la realidad el truco resultó mejor que en el entrenamiento, así que luego de recibir unas cuantas patadas en el estomago y en la cara, logré derribar a Olvera y los papeles se invirtieron. Hasta ese momento yo seguía pensando que no se valía pegarle a la gente que estaba tirada, así que esperé a que se levantara. Se levantó y siguió la pelea hasta que nuevamente quedó Olvera en el suelo. Esta vez mi biología le ganó a mi ideología y yo seguí pateándolo hasta que Olvera dijo claramente “Ahí muere”.

Ahora seguía con El Cacho.

--¿Qué onda?

--Ya estuvo –contestó el Cacho.

La segunda pelea fue con dos tipos que siempre andaban presumiendo sus poses de karate.

Los dos tipos habían llegado ese año y formaron rápidamente una pandilla que se enseñoreó de los pasillos y veredas del Benemérito, uno de ellos empezó a asediar a Leslie, como ya dije, la mujer de la que yo estaba enamorado.

No era raro, Leslie, la chica que conocí en primer año de secundaria cada vez se ponía más linda, caminaba exquisitamente siempre acompañada de Angélica Ramírez, y bueno yo cada vez estaba más enamorado de ella. lo mismo que me sucedía a mi respecto a ella podía sucederle a cualquier otro.

Pero yo en aquel entonces era un idiota, imberbe chamaco penco, que no me atrevía ni a mirar de frente a Leslie. Vistas así las cosas ni siquiera podría decir que me andaban bajando la novia.

Pero un día resultó que se pasaron de listos con Cuauhtémoc, (creo, él se debe acordar mejor) y pues que le cantamos la bronca. Resultó la misma cantaleta de la pelea anterior. Salió su valedor en su defensa y dijo el clásico “lo que quieras con él, conmigo”. En realidad no tenía ningún problema con ese tipo, sobre todo que aunque era de mi estatura, o un poco mayor, se veía el doble de grueso de puros músculos.

--Salé pero primero con él –dije irrefutablemente.

Una vez cantada la bronca, la noticia se corrió como topo recién capturado en salón de clase, cuando ya íbamos en camino salieron casi todos los de mi salón, incluyendo mujeres, yo aún estaba valorando las implicaciones éticas de esa pelea, que efectivamente se había desencadenado por que se pasaron de listos con un compañero, pero que en el fondo también estaba reflejando una predisposición de mi parte hacía ese tipo que rondaba a Leslie.

Entre la bulla pasamos cerca de Isabel y Teresa Soto quienes se acercaban para decirme algo, suponía yo que el clásico “no te pelees”, pero en realidad fue lo contrario.

--Rómpele su madre –dijo Isabel convencida.

Teresa asintió con la cabeza, o al menos eso creí, y eso me ayudó determinantemente a resolver mi dilema ético.

Como estaba concertado, llegamos atrás de la construcción de lo que luego sería el comedor del Benemérito, ya había gente ansiosa esperando, nos pusimos frente a frente, el sujeto practicó unas catas de karate, lo cual a decir verdad me impresionaron porque nunca había visto algo así y cuando ya me acercaba a él, hizo una leve inclinación de espalda y sacó de su cintura unos chacos que empuñó haciéndolos hacer giros estéticamente dibujados en el aire. A decir verdad eso también me sorprendió porque nunca había estado cerca de unos chacos de verdad, pero yo ya iba a medio camino y ni modo de detenerme, así que me lancé con todo, calculando que mientras mas cerca estuviera de él le sería más difícil accionar su deslumbrante arma. Creo que el esperaba un ataque como le habrían enseñado en su escuela de karate, pero yo que solo tenía la urgencia de desarmarlo y no me comportaba según su manual, así que le arrebaté los chacos, no dudé ni un segundo entre usarlos ahora yo en contra de él, pues por un lado tenía todavía muy enraizado el concepto de “a mano limpia”  y por el otro lado no tenía ni la más pálida idea de cómo se usaban esos artefactos de madera tan fina, así que tomé los chacos con la mano izquierda y se los aventé en tiro tamalero, esto es bombeado, esto es parabólico, a mis compañeros que suponía estaban atrás de mi y seguí con la pelea. En su  siguiente ataque de karate kid lo tomé del cuello y ya no lo solté. No me acuerdo como es que le pegaba pues esa es una posición incómoda, el hecho es que luego de unos golpes supongo que muy poco efectivos pero que los demás les parecían contundentes el tipo se cuarteó.

Ahora seguía la pelea con el tanquecito de guerra que era su amigo. La verdad es que ya estaba cansado y traté de aclarar que yo no tenía nada contra ese tipo, pero el tipo se mantuvo en la línea y yo no podía, ni me daba la gana, rajarme.

Así empezó la segunda pelea del día, en el intervalo entre una y otra me percaté de la multitud que nos rodeaba. No se de donde salió tanta gente, pero creo que una buena parte de los grupos de la secundaria estaban ahí, emocionados de ver a un tipo darse unos moquetes con otro tipo.

Para ese momento ya había reflexionado un poco sobre la táctica de lucha que significaba el karate, pensé que todos sus lances los podía aplicar si tenían suficiente espacio para lo que habían entrenado. También calculé que difícilmente podría hacerle una llave a este tipo que tenía un cuello de toro y se veía fuerte por todos lados, así que pensé que lo mas recomendable era pelear muy cerca de él y no darle tiempo ni espacio para sus contorsiones karatecas. En mi contra estaba el cansancio, a mi favor estaba la adrenalina.

No se cuanto duró esta batalla, ninguno de los dos cedíamos. Ya no hubo caída, ni llaves espectaculares, finalmente los que más intervenían como espectadores, pararon la pelea declarando un empate.  No se cuantos se quedaron con el otro compañero, mi contrincante, pero un montón de gente me abrazaba y le daba “like” a mi publicación.  Yo confesé sin que me lo preguntaran “pensé que me iba a ganar” y el más emocionado de los que me abrazaban me repitió un lugar común, una frase hecha: “nunca pienses que te va a ganar antes de darte en la madre”.

"Pero después ya sería demasiado tarde" --le contesté en mis pensamientos.

Durante la pelea quedó claro, y yo me enteré hasta después, que con el primero que me había peleado era un cinta amarilla, o cinta verde de karate y el segundo era cinta marrón. Yo ni siquiera podía imaginarme en esa época cual era el color marrón.

--Más o menos café --me explicaron.

Como mi Tablet no tenía en ese momento conexión a internet, no me enteré sino hasta 43 años después que la cinta marrón es "un símbolo de advertencia de peligro pues el practicante ha llegado para entonces a un grado considerable de eficiencia física, ya que la practica constante ha fortalecido su cuerpo y tiene un cierto dominio de la técnica del Tae Kwon Do; ahora tiene fuerza, velocidad, impacto y destreza en sus movimientos”.

Cuando finalmente solo quedamos mis compañeros y yo les pregunté:

--¿Qué pasó con los chacos?, ¿dónde están?

Nadie supo nada, en medio de la pelea yo se los pasé a no se quién y hasta ahí llegó mi primer botín de guerra.


Esto es lo que yo recuerdo de las peleas que tuvimos en el Benemérito, pero seguramente los otros testigos de los hechos podrán (deberán canijos!!!) dar su versión.

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