Capítulo: “No andes de peleonero”
Entre “no te pelees” y “defiéndete” los padres
contemporáneos logran meter a un mar de culpas e indecisiones a los hijos
contemporáneos. Ellos mismos, los padres, se encuentran en un pantanal de dudas
sobre lo de que será lo más conveniente para la seguridad de sus hijos.
Pero sin duda nosotros no nos metimos en ese berenjenal. No
se nos ocurría divagar acerca de si era correcto o conveniente pelar,
simplemente una que otra ocasión nos agarramos a madrazos.
El primero que me acuerdo se peleo fue Andrés Miranda, pero
yo no lo vi. Subimos al Tenayo a pintar la B o a comprar unas gorditas de
carnitas y en algún momento se bronqueó con unos chavos de la colonia vecina.
Andrés Miranda se veía que era bueno para los madrazos, era
muy ágil y fuerte, pero dicen que no la tuvo fácil. Suponíamos que los chavos
de las casuchas de enfrente estarían debiluchos, pero parece que era una falsa
idea de la realidad, al menos el que le tocó a Andrés, pues la pelea estuvo
intensa y aunque los que la vieron dijeron que Andrés ganó, no se les veía en la
mirada la convicción de “le puso una madriza”.
A la mejor estoy inventando, puede ser, pero de eso se
acordará mejor Andrés Miranda, Pedro Moya o Cuauhtémoc Hernández.
Yo tuve otras peleas que no quedaron registradas, pero las
verdadera creo que fueron hasta tercer año.
La primera pelea inició por una bronca en el pasto cerca de
la cancha, Olvera un tipo del grupo 306 le puso unos madrazos a Ángel Corona
que era uno de los más pequeños del grupo 301. Creo que en el Benemérito los
grupos escolares se formaban a partir de la edad o mas bien de la ternura de
los estudiantes, así que el grupo 301 era donde estaban los más chavitos y los
últimos grupos de tercero eran de los más viejonones.
Así que fuimos a reclamar a Olvera por el abuso. Olvera
estaba echando desmadre con su grupo en el pasto habitual de las cascaritas de
fut entre las canchas, la primaria y el edificio de laboratorio de inglés.
--Ponte con uno de tu tamaño --le reclamé con toda seriedad, mientras Olvera me miraba con curiosidad y risa. Tenía un vaso con
refresco en la mano.
--¿Con quién? --me preguntó con burla-- ¿Contigo?
Bueno desde primero de secundaria Olvera me parecía más alto
y fuerte que yo, pero ni modo de decirle “No, con otro”.
En ese momento pensé que en el plan en que estaba Olvera
solo faltaba que me echara el refresco en la cara y se fuera riéndose de mi
mientras me quitaba el refresco de los ojos, así que por si las dudas, di un
paso hacia delante y al tiempo que le decía:
--Si conmigo.
Le incliné el vaso de refresco que tenía en la mano hasta
que se derramó por completo en el pasto.
El tiro estaba cantado, quedamos que “a la salida”.
Pero Olvera y el Cacho, su inseparable amigo no esperaron
tanto, estábamos probablemente en la clase de Civismo cuando por la ventana de
la puerta se asomó Cacho haciendo señas dirigidas hacia mi. Evidente el mensaje
era “ya salte, no seas puto”. Yo no tenía ninguna prisa y además no era cosa
así nada mas de decirle al maestro “me da permiso de ir a ponerme en la madre
con un alumno del grupo vecino”, siempre he sido un poco penoso en eso de pedir
permiso.
Pero después de Cacho siguieron desfilando otros compañeros
del grupo de Olvera por la ventanilla haciendo señas, los del grupo 301 que
conocían el antecedente de esa mañana les explicaban a los demás y la cosa
empezó a ponerse emocionante, finalmente los del grupo 306 no pudieron
aguantarse las ganas de ver “mole” y descaradamente abrieron a puerta y le
dijeron al maestro: “¿Le permite salir a Cilia?”. En la ingenuidad que
caracteriza a los maestros decentes, el maestro contestó de inmediato: “Claro!,
Cilia ve donde te necesitan”.
Me paré rumbo a la puerta mientras algunos compañeros
decían: “no, no vayas solo, espérate a que salgamos todos”. No hice caso y
seguí caminando cuando una mano y luego otra se levantaron.
--¿Maestro me permite salir un momento?
--Si claro --repitió el maestro en su bonachona candidez.
--¿Y a mi maestro?
Los últimos ya ni pidieron permiso, en el salón solo quedó
la mitad del grupo. En el 306 ya todo era alboroto, el único que estaba fuera
de lugar era José Corona, habitual y prominente integrante de la banda de
Olvera, quien era además el hermano mayor de Ángel Corona, el compañero del 301
por el que habíamos respondido.
Pero las cosas se complicaron. Para pelearme con Olvera
tenía antes que pelearme con Cacho. Cacho era un sujeto que me caía bien y que
nunca me, o nos, había hecho nada. Pero esas eran las condiciones dado que
había que respetar las jerarquías.
--Mira –le dije a Cacho-- la bronca es con Olvera, si tu
quieres pelear conmigo, como quieras, pero primero es con Olvera.
--Bueno --dijo el cacho luego de muchos “ni madres”-- ¿Dónde
quieres caer?
--En el pasto de afuera, ahí está más blandito.
Atravesamos el arrollo vehicular, no me acuerdo si se hizo
el clásico “el que escupa primero”, el hecho es que de buenas a primeras le
tiré una patada a Olvera que él alcanzó a esquivar y tomándome del pie
aprovechando mi impulso, me tiró espectacularmente.
--¡Ah! –se escuchó en todas las bocas de los espectadores.
Ya en el suelo Olvera me empezó a patear por todos lados,
los de mi grupo decían “eso no se vale”, los del grupo 306 decían “dale, dale,
dale”.
Juan Vázquez me había enseñado un truco para cuando
estuviera tirado. “Enganchas con el empeine el talón del otro y con la planta
del pie le empujas el tobillo un poco más arriba”. En la realidad el truco
resultó mejor que en el entrenamiento, así que luego de recibir unas cuantas
patadas en el estomago y en la cara, logré derribar a Olvera y los papeles se
invirtieron. Hasta ese momento yo seguía pensando que no se valía pegarle a la
gente que estaba tirada, así que esperé a que se levantara. Se levantó y siguió
la pelea hasta que nuevamente quedó Olvera en el suelo. Esta vez mi biología le
ganó a mi ideología y yo seguí pateándolo hasta que Olvera dijo claramente “Ahí
muere”.
Ahora seguía con El Cacho.
--¿Qué onda?
--Ya estuvo –contestó el Cacho.
La segunda pelea fue con dos tipos que siempre andaban
presumiendo sus poses de karate.
Los dos tipos habían llegado ese año y formaron rápidamente
una pandilla que se enseñoreó de los pasillos y veredas del Benemérito, uno de
ellos empezó a asediar a Leslie, como ya dije, la mujer de la que yo estaba
enamorado.
No era raro, Leslie, la chica que conocí en primer año de
secundaria cada vez se ponía más linda, caminaba exquisitamente siempre
acompañada de Angélica Ramírez, y bueno yo cada vez estaba más enamorado de ella.
lo mismo que me sucedía a mi respecto a ella podía sucederle a cualquier otro.
Pero yo en aquel entonces era un idiota, imberbe chamaco
penco, que no me atrevía ni a mirar de frente a Leslie. Vistas así las cosas ni
siquiera podría decir que me andaban bajando la novia.
Pero un día resultó que se pasaron de listos con
Cuauhtémoc, (creo, él se debe acordar mejor) y pues que le cantamos la bronca.
Resultó la misma cantaleta de la pelea anterior. Salió su valedor en su defensa
y dijo el clásico “lo que quieras con él, conmigo”. En realidad no tenía ningún
problema con ese tipo, sobre todo que aunque era de mi estatura, o un poco
mayor, se veía el doble de grueso de puros músculos.
--Salé pero primero con él –dije irrefutablemente.
Una vez cantada la bronca, la noticia se corrió como topo
recién capturado en salón de clase, cuando ya íbamos en camino salieron casi todos
los de mi salón, incluyendo mujeres, yo aún estaba valorando las
implicaciones éticas de esa pelea, que efectivamente se había desencadenado por
que se pasaron de listos con un compañero, pero que en el fondo también estaba
reflejando una predisposición de mi parte hacía ese tipo que rondaba a Leslie.
Entre la bulla pasamos cerca de Isabel y Teresa Soto quienes
se acercaban para decirme algo, suponía yo que el clásico “no te pelees”, pero
en realidad fue lo contrario.
--Rómpele su madre –dijo Isabel convencida.
Teresa asintió con la cabeza, o al menos eso creí, y eso me
ayudó determinantemente a resolver mi dilema ético.
Como estaba concertado, llegamos atrás de la construcción de
lo que luego sería el comedor del Benemérito, ya había gente ansiosa esperando,
nos pusimos frente a frente, el sujeto practicó unas catas de karate, lo cual a
decir verdad me impresionaron porque nunca había visto algo así y cuando ya me
acercaba a él, hizo una leve inclinación de espalda y sacó de su cintura unos
chacos que empuñó haciéndolos hacer giros estéticamente dibujados en el aire. A
decir verdad eso también me sorprendió porque nunca había estado cerca de unos
chacos de verdad, pero yo ya iba a medio camino y ni modo de detenerme, así que
me lancé con todo, calculando que mientras mas cerca estuviera de él le sería
más difícil accionar su deslumbrante arma. Creo que el esperaba un ataque como
le habrían enseñado en su escuela de karate, pero yo que solo tenía la urgencia
de desarmarlo y no me comportaba según su manual, así que le arrebaté los
chacos, no dudé ni un segundo entre usarlos ahora yo en contra de él, pues por
un lado tenía todavía muy enraizado el concepto de “a mano limpia” y por el otro lado no tenía ni la más pálida
idea de cómo se usaban esos artefactos de madera tan fina, así que tomé los
chacos con la mano izquierda y se los aventé en tiro tamalero, esto es
bombeado, esto es parabólico, a mis compañeros que suponía estaban atrás de mi
y seguí con la pelea. En su siguiente
ataque de karate kid lo tomé del cuello y ya no lo solté. No me acuerdo como es que
le pegaba pues esa es una posición incómoda, el hecho es que luego de unos
golpes supongo que muy poco efectivos pero que los demás les parecían contundentes
el tipo se cuarteó.
Ahora seguía la pelea con el tanquecito de guerra que era su
amigo. La verdad es que ya estaba cansado y traté de aclarar que yo no tenía
nada contra ese tipo, pero el tipo se mantuvo en la línea y yo no podía, ni me
daba la gana, rajarme.
Así empezó la segunda pelea del día, en el intervalo entre
una y otra me percaté de la multitud que nos rodeaba. No se de donde salió
tanta gente, pero creo que una buena parte de los grupos de la secundaria
estaban ahí, emocionados de ver a un tipo darse unos moquetes con otro tipo.
Para ese momento ya había reflexionado un poco sobre la
táctica de lucha que significaba el karate, pensé que todos sus lances los
podía aplicar si tenían suficiente espacio para lo que habían entrenado.
También calculé que difícilmente podría hacerle una llave a este tipo que tenía
un cuello de toro y se veía fuerte por todos lados, así que pensé que lo mas
recomendable era pelear muy cerca de él y no darle tiempo ni espacio para sus
contorsiones karatecas. En mi contra estaba el cansancio, a mi favor estaba la
adrenalina.
No se cuanto duró esta batalla, ninguno de los dos cedíamos.
Ya no hubo caída, ni llaves espectaculares, finalmente los que más intervenían
como espectadores, pararon la pelea declarando un empate. No se cuantos se quedaron con el otro
compañero, mi contrincante, pero un montón de gente me abrazaba y le daba
“like” a mi publicación. Yo confesé sin
que me lo preguntaran “pensé que me iba a ganar” y el más emocionado de los que
me abrazaban me repitió un lugar común, una frase hecha: “nunca pienses que te
va a ganar antes de darte en la madre”.
"Pero después ya sería demasiado tarde" --le contesté en mis pensamientos.
Durante la pelea quedó claro, y yo me enteré hasta después,
que con el primero que me había peleado era un cinta amarilla, o cinta verde de
karate y el segundo era cinta marrón. Yo ni siquiera podía imaginarme en esa
época cual era el color marrón.
--Más o menos café --me explicaron.
Como mi Tablet no tenía en ese momento conexión a internet,
no me enteré sino hasta 43 años después que la cinta marrón es "un símbolo de
advertencia de peligro pues el practicante ha llegado para entonces a un grado
considerable de eficiencia física, ya que la practica constante ha fortalecido
su cuerpo y tiene un cierto dominio de la técnica del Tae Kwon Do; ahora tiene
fuerza, velocidad, impacto y destreza en sus movimientos”.
Cuando finalmente solo quedamos mis compañeros y yo les
pregunté:
--¿Qué pasó con los chacos?, ¿dónde están?
Nadie supo nada, en medio de la pelea yo se los pasé a no se
quién y hasta ahí llegó mi primer botín de guerra.
Esto es lo que yo recuerdo de las peleas que tuvimos en el
Benemérito, pero seguramente los otros testigos de los hechos podrán (deberán
canijos!!!) dar su versión.
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