sábado, 7 de junio de 2014

Lecciones

Ya no me acuerdo de nuestros maestros. Me acuerdo vagamente de algunas lecciones, como la que nos dio un suplente del maestro de matemáticas, quién nos puso un problema concreto:

¿Cómo dibujar en el Cerro del Tenayo los ángulos rectos de la B del Benemérito?

Ahí nos quedó claro para que demonios servía el teorema de Pitágoras.

Mi maestra de historia de tercero de secundaría, luego de explicarnos las teorías socialistas, un poco exhibiendo las incongruencias de un tal Carlos Marx, nos explicó que él, quién uso toda su vida en la lucha por mejores condiciones de vida para los trabajadores, paradójicamente una de sus hijas había muerto de hambre o de frío ante la pobreza en que vivía.

Lejos de parecerme un hombre incongruente la historia me pareció conmovedora, me imaginaba a la hija de Marx en una fría habitación en el invierno de Londres tomando de la mano a su papá y despidiéndose de él con la mirada, mientras el desesperado la arropaba. Cuando por diversas circunstancias me encontré con Carlos Marx ya tenía yo la certeza de que era un hombre integro.

El maestro Mayo era seguramente el que más severo o riguroso nos parecía a todos. A diferencia de primero y segundo grado de Civismo que tomamos con el maestro Barquín quien se distinguía por sus burlas acerca de los llamados “busca tesoros”, o sea, los jóvenes que caminan con la cabeza gacha, Civismo de tercer año parecía ser una materia seria. El maestro Mayo era tan serio que sin mayor trámite me expulsó de su clase “para siempre” una vez que Arturo Sumuano, o sea, el pinche Sumuano,  a quién el maestro había expulsado primero, llegó por el ventanal del salón a burlarse de mi ñoñes, a lo que le conteste con señas que ahí estaba el maestro, pero Sumuano no lo podía ver por el reflejo del sol en el cristal. Entonces Sumuano Dijo algo así como –“Que chingue a su madre el maestro” y moles, que el maestro Mayo estaba exactamente a un lado, considerando que yo era parte del numerito, que me expulsa de su clase, evento que sería determinante para mi destino, pero eso es otra historia.

En Inglés teníamos a La Pasita que sacó a empujones en primer año a una compañera y a mi me dio una cachetada por estar pintando en la paleta de mi mesa banco, luego tuvimos a Francis Flowers, también conocida como Pancha Flores, y por último, en inglés tuvimos a un maestro pocho, muy joven al que “alguien” le echó un cohete que para nuestra desgracia explotó fuertísimo, lo que sacó mucho de onda al maestro, que se puso a regañarnos al tiempo que Moncada, con toda la calma del mundo le dijo:

--Ya maestro, la cosa no es tan grave, peor hubiera sido que en lugar de cohete hubiera sido una granada.

¿Por qué Moncada no dijo “paloma” en lugar de “granada” es un misterio que nunca pude resolver.
Bueno. Eso terminó de sacar de quicio al maestro, que ante nuestra negativa a delatar al que aventó el cohete, nos llevó a todo el grupo a la dirección de la escuela, donde ante nuestra reiterada negativa a delatar, nos condenaron a trabajos forzados en la Granja El Arbolillo.

Hombre y mujeres, burros y aplicados, bien portados y desmadrosos, todos por igual nos fuimos a la Granja El Arbolillo a trabajar a marchas forzadas. Pero creo que la institución, El Benemérito, no estaba preparada para ser una instancia represiva, así que si bien nosotros llegamos a la granja (por nuestros propios medios porque era un castigo), en esta no había nadie que nos metiera en cintura. Me parece que fue en esa ocasión, o en otra, que Huidobro me planteó que nos robáramos la motocicleta que estaba ahí estacionada, yo como era de esperarse le dije que sí, y en el primer turno, Huidobro que algo sabía de montar en moto se dio la vuelta por varias parcelas, y en el segundo turno yo que no sabía nada de motos me fui a estrellar en la zanja de un canal de riego. Tampoco me acuerdo si en esa ocasión Huidobro le pateó los testículos a un cerdo en el corral, lo cual a mi no me gustó pues ya sabía que se sentía cuando te pateaban en los huevos, pero el marrano respondió como si no le importara. Lo que si me acuerdo es que Fazur Estrada, regularmente un alumnos modelo, que tocaba el piano, hablaba inglés y siempre entregaba sus tareas, se puso a aventar huevos de gallina contra las paredes de la nave, lo que a mi me pareció una insensatez, pues la comida siempre me ha parecido algo de respeto. No obstante la llamada de atención de Isabel y otras compañeras que tampoco estaban de acuerdo Fazur siguió aventando huevos al por mayor, con su característica pose de beisbolista, por lo que yo agarré un huevo y se lo aventé, en el justo momento en que terminaba de disparar su último huevo del día, daba vuelta lentamente en su pose de pitcher de las grandes ligas, quedando su cara justo en la trayectoria del huevo que terminó estrellándosele entre las cejas. El resultado fue positivo, ahí terminó la masacre más grande de huevos que jamás yo hubiera presenciado.

El hecho es que con el tiempo en la dirección de la secundaria empezaron a sospechar que el susodicho “castigo” distaba mucho de serlo y que se había convertido en algo nada represivo del relajo que nos traíamos, nos llamaron a la dirección, nos dividieron en turnos y nos pusieron, dentro de los terrenos del Benemérito, en donde luego sería la pista de carreras, a mover con palas y carretillas el cascajo que ahí se acumulaba por toneladas. Sudamos mucho, pero al final se terminó el castigo.


Con estas anodinas historias de maestros y lecciones he tratado de eludir o aplazar la hora en la que de cuenta de las peleas, a madrazo limpio (y a veces no tan limpio), que tuvimos, tal y  como me lo ha sugerido Andrés Miranda, pero siendo las 6 de la tarde del día 6 del mes sexto de 2014, creo que ya va siendo bueno que toquemos ese tema que ustedes podrán leer, desmentir, refutar, completar o criticar en nuestro siguiente capítulo.

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