Ya no me acuerdo de nuestros maestros. Me acuerdo vagamente de
algunas lecciones, como la que nos dio un suplente del maestro de matemáticas,
quién nos puso un problema concreto:
¿Cómo dibujar en el Cerro del Tenayo los ángulos rectos de
la B del Benemérito?
Ahí nos quedó claro para que demonios servía el teorema de
Pitágoras.
Mi maestra de historia de tercero de secundaría, luego de
explicarnos las teorías socialistas, un poco exhibiendo las incongruencias de
un tal Carlos Marx, nos explicó que él, quién uso toda su vida en la lucha por
mejores condiciones de vida para los trabajadores, paradójicamente una de sus
hijas había muerto de hambre o de frío ante la pobreza en que vivía.
Lejos de parecerme un hombre incongruente la historia me pareció
conmovedora, me imaginaba a la hija de Marx en una fría habitación en el
invierno de Londres tomando de la mano a su papá y despidiéndose de él con la
mirada, mientras el desesperado la arropaba. Cuando por diversas circunstancias
me encontré con Carlos Marx ya tenía yo la certeza de que era un hombre integro.
El maestro Mayo era seguramente el que más severo o riguroso
nos parecía a todos. A diferencia de primero y segundo grado de Civismo que
tomamos con el maestro Barquín quien se distinguía por sus burlas acerca de los
llamados “busca tesoros”, o sea, los jóvenes que caminan con la cabeza gacha, Civismo
de tercer año parecía ser una materia seria. El maestro Mayo era tan serio que
sin mayor trámite me expulsó de su clase “para siempre” una vez que Arturo
Sumuano, o sea, el pinche Sumuano, a
quién el maestro había expulsado primero, llegó por el ventanal del salón a
burlarse de mi ñoñes, a lo que le conteste con señas que ahí estaba el maestro,
pero Sumuano no lo podía ver por el reflejo del sol en el cristal. Entonces
Sumuano Dijo algo así como –“Que chingue a su madre el maestro” y moles, que el
maestro Mayo estaba exactamente a un lado, considerando que yo era parte del
numerito, que me expulsa de su clase, evento que sería determinante para mi
destino, pero eso es otra historia.
En Inglés teníamos a La Pasita que sacó a empujones en
primer año a una compañera y a mi me dio una cachetada por estar pintando en la
paleta de mi mesa banco, luego tuvimos a Francis Flowers, también conocida como
Pancha Flores, y por último, en inglés tuvimos a un maestro pocho, muy joven al
que “alguien” le echó un cohete que para nuestra desgracia explotó fuertísimo,
lo que sacó mucho de onda al maestro, que se puso a regañarnos al tiempo que
Moncada, con toda la calma del mundo le dijo:
--Ya maestro, la cosa no es tan grave, peor hubiera sido que
en lugar de cohete hubiera sido una granada.
¿Por qué Moncada no dijo “paloma” en lugar de “granada” es
un misterio que nunca pude resolver.
Bueno. Eso terminó de sacar de quicio al maestro, que ante
nuestra negativa a delatar al que aventó el cohete, nos llevó a todo el grupo a
la dirección de la escuela, donde ante nuestra reiterada negativa a delatar,
nos condenaron a trabajos forzados en la Granja El Arbolillo.
Hombre y mujeres, burros y aplicados, bien portados y
desmadrosos, todos por igual nos fuimos a la Granja El Arbolillo a trabajar a
marchas forzadas. Pero creo que la institución, El Benemérito, no estaba
preparada para ser una instancia represiva, así que si bien nosotros llegamos a
la granja (por nuestros propios medios porque era un castigo), en esta no había
nadie que nos metiera en cintura. Me parece que fue en esa ocasión, o en otra, que
Huidobro me planteó que nos robáramos la motocicleta que estaba ahí
estacionada, yo como era de esperarse le dije que sí, y en el primer turno,
Huidobro que algo sabía de montar en moto se dio la vuelta por varias parcelas,
y en el segundo turno yo que no sabía nada de motos me fui a estrellar en la
zanja de un canal de riego. Tampoco me acuerdo si en esa ocasión Huidobro le
pateó los testículos a un cerdo en el corral, lo cual a mi no me gustó pues ya
sabía que se sentía cuando te pateaban en los huevos, pero el marrano respondió
como si no le importara. Lo que si me acuerdo es que Fazur Estrada,
regularmente un alumnos modelo, que tocaba el piano, hablaba inglés y siempre entregaba
sus tareas, se puso a aventar huevos de gallina contra las paredes de la nave,
lo que a mi me pareció una insensatez, pues la comida siempre me ha parecido
algo de respeto. No obstante la llamada de atención de Isabel y otras
compañeras que tampoco estaban de acuerdo Fazur siguió aventando huevos al por
mayor, con su característica pose de beisbolista, por lo que yo agarré un huevo
y se lo aventé, en el justo momento en que terminaba de disparar su último huevo del día, daba vuelta lentamente en su pose de pitcher de las
grandes ligas, quedando su cara justo
en la trayectoria del huevo que terminó estrellándosele entre las cejas. El resultado fue positivo, ahí
terminó la masacre más grande de huevos que jamás yo hubiera presenciado.
El hecho es que con el tiempo en la dirección de la secundaria empezaron a sospechar que el susodicho “castigo” distaba mucho de serlo y que se había convertido
en algo nada represivo del relajo que nos traíamos, nos llamaron a la
dirección, nos dividieron en turnos y nos pusieron, dentro de los terrenos del
Benemérito, en donde luego sería la pista de carreras, a mover con palas y
carretillas el cascajo que ahí se acumulaba por toneladas. Sudamos mucho, pero
al final se terminó el castigo.
Con estas anodinas historias de maestros y lecciones he
tratado de eludir o aplazar la hora en la que de cuenta de las peleas, a
madrazo limpio (y a veces no tan limpio), que tuvimos, tal y como me lo ha sugerido Andrés Miranda, pero
siendo las 6 de la tarde del día 6 del mes sexto de 2014, creo que ya va siendo
bueno que toquemos ese tema que ustedes podrán leer, desmentir, refutar,
completar o criticar en nuestro siguiente capítulo.

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