sábado, 7 de junio de 2014

El miedo a las balas

14 de febrero
La fiesta fue en una casa de Azcapotzalco, era organizada por la Sociedad de Alumnos del turno vespertino del Colegio de Bachilleres, aunque en realidad era un punto de encuentro para, llegada la hora, salir a hacer pintas en los alrededores de la escuela.

A media fiesta, cuando las mujeres ya se estaban poniendo más determinantes en su exigencia de bailar, fuimos saliendo poco a poco y nos metimos en un carro como si fuéramos pescaditos una lata de sardinas.   Al llegar a la unidad habitacional, en construcción, que rodeaba al plantel, robamos un poco de pintura para completar la que llevábamos, que no era mucha. No había bardas que pintar, los edificios más cercanos estaban en cimientos o en obra negra y todo el plantel estaba rodeado de malla ciclónica, así que hicimos nuestras pintas en el piso de cemento de la entrada de la escuela.

En esas andábamos cuando escuché un tronido y Gómez Amor, sin lugar a dudas el más viejo de los que íbamos, gritó.
--¡Están disparando!
Todos cesamos nuestra actividad buscando con la mirada el lugar de origen del disparo, cuando nuevos tronidos más precisos y el destellar en el piso de concreto en las cercanías,  nos confirmaron que alguien nos estaba disparando.
--¡Vámonos!, ¡vámonos!

Y echamos a correr hacia el automóvil.

En ese momento yo pensé que me podía pegar una bala, y en ese momento también reflexioné que estaba dispuesto a recibirla. No digo que no tuviera miedo, digo que cuando me di cuenta de la posibilidad de ser alcanzado, decidí que era un riesgo que podía correr, no obstante, no por eso dejé de estremecerme y correr rumbo al carro.

Afortunadamente el carro, viejo, por supuesto, arrancó y salimos rechinando llantas, éramos yo creo que unos 8 o nueve compañeros, iba Edgar, Gómez Amor, el “Negro” tesorero de la sociedad de alumnos que vivía en la unidad Parque Vía y dueño del carro, Javier Aguilar Arenas, todos ellos del turno vespertino y me imagino que otros activistas del turno matutino además de mi, pero no podría decir cuales.



La operación era el resultado de una alianza que días antes habíamos establecido los activistas del turno matutino con la Sociedad de Alumnos del turno vespertino.

Esa alianza había empezado en una noche oscura mientras por la noche estaba sembrando volantes en un salón vació, de pronto se abrió la puerta del salón y entró Edgar con toda su comitiva de la Sociedad de Alumnos Jaime Torres Bodet, estaba yo en problemas, no sólo porque el volante denunciaba textualemente a esa sociedad y en general a todas las sociedades de alumnos del colegio de bachilleres  como cómplices de las autoridades en su nuevo intento de elevar las cuotas escolares, sino además, porque el volante era firmado por un grupo que operaba en la semi clandestinidad y que llamábamos “Marionetas de Bachilleres”, más allá de la madriza que me esperaba, estaba el hecho de que por fin alguien fuera del grupo conocía la identidad de uno de nosotros, en este caso yo.

La situación era bastante tensa, los de la Sociedad por la fuerza me impidieron salir del salón y pensé que ya habían ido a avisar a las autoridades, las cuales llegarían de un momento a otro. De los miembros de la Sociedad que llegaron al salón el más sorprendido era Edgar, pues a diferencia de los demás, que en su vida me habían visto, él había estudiado su primer semestre de bachillerato en el grupo 101 del turno matutino, el mismo grupo que yo.

En el grupo 101 estaban Tajín, Ubico, Varita de Nardo, Carlos Puebla, el Azteca, Zamora, Bernardo, Mayorga, etc. Mientras unos nos ocupábamos de entender las nuevas las materias, Edgar había dado rienda suelta a su intención de convertirse en líder estudiantil, con un discurso cristiano “buena onda”, pero a pesar de sus intentos y su excelente habilidad socializadora, nunca prosperó en su intención de formar una Sociedad de Alumnos en el turno matutino, todo mundo andábamos en otro rollo, en la novedad de una nueva escuela de la cual formábamos la primera generación.

Cuando terminó el primer semestre todos los grupos académicos fueron disgregados y se formaron nuevos grupos. Se trataba al parecer de un experimento psico pedagógico diseñado por los sicóp… edagogos que estaban a cargo del Colegio de Bachilleres, con el que se intentaba que no se formaran grupos permanentes de estudiantes, que no se consolidaran lazos sociales, que como había demostrado el movimiento del 68 podían llegar, en caso de un escenario de lucha, a ser un factor determinante en la eficiencia organizacional de los estudiantes.

Mucha gente del grupo 101 desertó  debido a las condiciones de operación de la escuela y Edgar, quien era varios años mayor al promedio de edad de la clase, se pasó al turno Vespertino.

A Edgar lo volví a ver una fría y lluviosa mañana de mi segundo semestre. U n compañero nuestro había muerto entre las llantas de un camión materialista del cual se había colgado para llegar a la escuela. Desde la avenida Parque Vía hasta el lugar donde se ubica el plantel y más allá hasta pasar el pueblo de San Pablo y llegar al Deportivo Reynosa, todo era un inmenso lodazal intransitable. Por supuesto no había camiones de pasajeros que llegaran al Colegio de Bachilleres, o estos lo hacían esporádicamente, así que para muchos que llegaban desde Tacuba, o Puente de Vigas, la alternativa para atravesar las arenas movedizas y zanjas llenas de lodo del llano que rodeaba al Colegio de Bachilleres era treparse a los camiones materialistas –no dialécticos- o a las grandes revolvedoras de concreto y trasladarse colgados en el exterior de estas, hasta llegar a la escuela. Esa mañana el compañero había caído y las llantas del camión pasaron por encima de él. Por la información que contaron por separado los testigos del hecho, buena parte de la escuela se enteró y se citó, de manera espontánea, a la primera asamblea estudiantil que hubo en ese plantel del Colegio de Bachilleres.

Como la mayoría de mis compañeros participé en esa asamblea de la explanada entre mallas y material de construcción, pero en realidad no pude escuchar nada, solo vi que a la cabeza de la asamblea estaba el buen Edgar.

Yo trabajaba por las tardes así que no me pude quedar más tiempo, pero antes de irme recuerdo que fue Edgar quien propuso una acción concreta distinta al paro o huelga que de manera natural se esbozaba en la mente de todos nosotros. Edgar propuso que en ese momento se trasladaran a la Delegación Atzcapotzalco a protestar y a exigir se resolviera el problema del acceso al plantel.

Así que, dos semestres después, al único de los que me sorprendieron y me tenían secuestrado en el salón que conocía, era Edgar, de quien ya sabía era el presidente de la Sociedad de Alumnos del turno vespertino.

No por eso esperaba un trato distinto, de hecho Edgar más que sorprendido, estaba molesto o enojado. Alguien de la Sociedad de Alumnos había detectado el volante que andábamos repartiendo y entre todos ellos se pusieron a buscarnos hasta que me encontraron en ese salón y ahora el ambiente no prometía nada bueno.

--¿En que se basan para decir que nosotros somos cómplices de las autoridades? –preguntó Edgar

--Lo son –le contesté— no han hecho nada contra el aumento de colegiaturas, a pesar de que dicen representar los intereses de los estudiantes.

--¡Cómo sabes lo que hemos hecho y lo que no!

--Sé que se han mantenido en silencio y por eso los denunciamos.

--Estás equivocado Cilia, nosotros no estamos de acuerdo con el incremento de colegiaturas y nos vamos a pronunciar.

--Pero mientras no lo han hecho.

--De cualquier manera eso no demuestra que seamos cómplices

--Tampoco demuestra que no lo sean.

--Pero tu volante dice que lo somos y eso a ti no te consta, porque ninguna de las dos cosas está demostrada y tu volante dice que sí.

--Pues mientras no demuestren con hechos que no son cómplices, para nosotros lo son.

--Pues eso es lo que deberían plantear en su volante. A menos que se demuestre, no se debe afirmar que somos cómplices.

--Aquí está el volante, si en lugar de decir que son cómplices, dijera que son cómplices a menos que demuestren lo contrario ¿ustedes estarían de acuerdo?  --pregunté sarcásticamente.

--Ya vamos a romperle la madre a este pendejo --dijo El Negro. 

--Si, ya de una vez, hay que romperle su madre –le siguió Sergio Gomez Amor.

--Esperen –ordenó Edgar y dirigiéndose a mi, contestó con una seriedad que me desconcertó— si estaríamos de acuerdo, porque nosotros podemos demostrar que no somos cómplices ni paleros de las autoridades.

--Oye Edgar… –exclamó molesto Sergio Gómez Amor.

--Espérame tantito  --contestó con firmeza Edgar.

--O sea, --contesté tratando de entender la actitud negociadora de Edgar-- ¿si le tacho aquí y le pongo acá esta palabra, no estaríamos, según tu, faltando a la verdad?

--No solo eso –dijo Edgar-- incluso, podríamos luchar juntos contra el alza de colegiaturas.

Desde mi punto de vista el nuevo escenario era magnífico, pero no estábamos preparados para eso y no por eso íbamos a cambiar nuestra cara de perro beligerante que cada uno de los presentes teníamos.

--Bueno, podríamos cambiar esa frase en los próximos volantes –dije medio pensando todavía en la sensatez de lo que decía.

--¿Porque no en estos? –preguntó con resolución Edgar.

--Porque esos ya los repartimos.

--No te preocupes chavo --dijo el Negro sacando de entre sus ropas prácticamente todos los volantes que habíamos sembrado en los demás salones esa noche-- aquí están todos.

Nuestro volante le había dolido hasta el alma a Edgar y estaba dispuesto a rectificar su pasividad, su reclamo ante esa posibilidad era justo, así que me pareció que era correcto que también nosotros rectificáramos la redacción abriendo la posibilidad de que ellos demostraran su disposición a luchar, o no, en cuyo caso la guerra continuaría. 


Al siguiente día, luego de discutirlo internamente con los demás compas del círculo, reparamos el volante y lo seguimos repartiendo. Luego de esta acción Edgar y sus compañeros “bajaron” a las asambleas contra las colegiaturas del turno matutino y nosotros pasamos a “salonear” al vespertino sin ningún problema y más tarde acordamos realizar las primeras pintas conjuntas que se hicieron propiamente en el plantel entre el 14 y el 15 de febrero del ¿76? y en las cuales conocí y sobreviví al miedo a las balas... y a los bailes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario