14 de febrero
La fiesta fue en una casa de Azcapotzalco,
era organizada por la Sociedad de Alumnos del turno vespertino del Colegio de
Bachilleres, aunque en realidad era un punto de encuentro para, llegada la
hora, salir a hacer pintas en los alrededores de la escuela.
A media fiesta, cuando las mujeres ya se
estaban poniendo más determinantes en su exigencia de bailar, fuimos saliendo
poco a poco y nos metimos en un carro como si fuéramos pescaditos una lata de
sardinas. Al llegar a la unidad
habitacional, en construcción, que rodeaba al plantel, robamos un poco de
pintura para completar la que llevábamos, que no era mucha. No había bardas que
pintar, los edificios más cercanos estaban en cimientos o en obra negra y todo
el plantel estaba rodeado de malla ciclónica, así que hicimos nuestras pintas
en el piso de cemento de la entrada de la escuela.
En esas andábamos cuando escuché un tronido
y Gómez Amor, sin lugar a dudas el más viejo de los que íbamos, gritó.
--¡Están disparando!
Todos cesamos nuestra actividad buscando
con la mirada el lugar de origen del disparo, cuando nuevos tronidos más
precisos y el destellar en el piso de concreto en las cercanías, nos confirmaron que alguien nos estaba
disparando.
--¡Vámonos!, ¡vámonos!
Y echamos a correr hacia el automóvil.
En ese momento yo pensé que me podía pegar
una bala, y en ese momento también reflexioné que estaba dispuesto a recibirla.
No digo que no tuviera miedo, digo que cuando me di cuenta de la posibilidad de
ser alcanzado, decidí que era un riesgo que podía correr, no obstante, no por
eso dejé de estremecerme y correr rumbo al carro.
Afortunadamente el carro, viejo, por
supuesto, arrancó y salimos rechinando llantas, éramos yo creo que unos 8 o
nueve compañeros, iba Edgar, Gómez Amor, el “Negro” tesorero de la sociedad de
alumnos que vivía en la unidad Parque Vía y dueño del carro, Javier Aguilar
Arenas, todos ellos del turno vespertino y me imagino que otros activistas del
turno matutino además de mi, pero no podría decir cuales.
La operación era el resultado de una
alianza que días antes habíamos establecido los activistas del turno matutino
con la Sociedad de Alumnos del turno vespertino.
Esa alianza había empezado en una noche
oscura mientras por la noche estaba sembrando volantes en un salón vació, de pronto
se abrió la puerta del salón y entró Edgar con toda su comitiva de la Sociedad
de Alumnos Jaime Torres Bodet, estaba yo en problemas, no sólo porque el
volante denunciaba textualemente a esa sociedad y en general a todas las
sociedades de alumnos del colegio de bachilleres como cómplices de las autoridades en su nuevo
intento de elevar las cuotas escolares, sino además, porque el volante era
firmado por un grupo que operaba en la semi clandestinidad y que llamábamos
“Marionetas de Bachilleres”, más allá de la madriza que me esperaba, estaba el
hecho de que por fin alguien fuera del grupo conocía la identidad de uno de
nosotros, en este caso yo.
La situación era bastante tensa, los de la
Sociedad por la fuerza me impidieron salir del salón y pensé que ya habían ido
a avisar a las autoridades, las cuales llegarían de un momento a otro. De los miembros
de la Sociedad que llegaron al salón el más sorprendido era Edgar, pues a
diferencia de los demás, que en su vida me habían visto, él había estudiado su
primer semestre de bachillerato en el grupo 101 del turno matutino, el mismo
grupo que yo.
En el grupo 101 estaban Tajín, Ubico,
Varita de Nardo, Carlos Puebla, el Azteca, Zamora, Bernardo, Mayorga, etc. Mientras
unos nos ocupábamos de entender las nuevas las materias, Edgar había dado
rienda suelta a su intención de convertirse en líder estudiantil, con un
discurso cristiano “buena onda”, pero a pesar de sus intentos y su excelente
habilidad socializadora, nunca prosperó en su intención de formar una Sociedad
de Alumnos en el turno matutino, todo mundo andábamos en otro rollo, en la
novedad de una nueva escuela de la cual formábamos la primera generación.
Cuando terminó el primer semestre todos los
grupos académicos fueron disgregados y se formaron nuevos grupos. Se trataba al
parecer de un experimento psico pedagógico diseñado por los sicóp… edagogos que
estaban a cargo del Colegio de Bachilleres, con el que se intentaba que no se
formaran grupos permanentes de estudiantes, que no se consolidaran lazos
sociales, que como había demostrado el movimiento del 68 podían llegar, en caso
de un escenario de lucha, a ser un factor determinante en la eficiencia
organizacional de los estudiantes.
Mucha gente del grupo 101 desertó debido a las condiciones de operación de la
escuela y Edgar, quien era varios años mayor al promedio de edad de la clase,
se pasó al turno Vespertino.
A Edgar lo volví a ver una fría y lluviosa
mañana de mi segundo semestre. U n compañero nuestro había muerto entre las
llantas de un camión materialista del cual se había colgado para llegar a la
escuela. Desde la avenida Parque Vía hasta el lugar donde se ubica el plantel y
más allá hasta pasar el pueblo de San Pablo y llegar al Deportivo Reynosa, todo
era un inmenso lodazal intransitable. Por supuesto no había camiones de
pasajeros que llegaran al Colegio de Bachilleres, o estos lo hacían
esporádicamente, así que para muchos que llegaban desde Tacuba, o Puente de
Vigas, la alternativa para atravesar las arenas movedizas y zanjas llenas de
lodo del llano que rodeaba al Colegio de Bachilleres era treparse a los
camiones materialistas –no dialécticos- o a las grandes revolvedoras de
concreto y trasladarse colgados en el exterior de estas, hasta llegar a la
escuela. Esa mañana el compañero había caído y las llantas del camión pasaron
por encima de él. Por la información que contaron por separado los testigos del
hecho, buena parte de la escuela se enteró y se citó, de manera espontánea, a
la primera asamblea estudiantil que hubo en ese plantel del Colegio de
Bachilleres.
Como la mayoría de mis compañeros participé
en esa asamblea de la explanada entre mallas y material de construcción, pero
en realidad no pude escuchar nada, solo vi que a la cabeza de la asamblea
estaba el buen Edgar.
Yo trabajaba por las tardes así que no me
pude quedar más tiempo, pero antes de irme recuerdo que fue Edgar quien propuso
una acción concreta distinta al paro o huelga que de manera natural se esbozaba
en la mente de todos nosotros. Edgar propuso que en ese momento se trasladaran
a la Delegación Atzcapotzalco a protestar y a exigir se resolviera el problema
del acceso al plantel.
Así que, dos semestres después, al único de
los que me sorprendieron y me tenían secuestrado en el salón que conocía, era
Edgar, de quien ya sabía era el presidente de la Sociedad de Alumnos del turno
vespertino.
No por eso esperaba un trato distinto, de
hecho Edgar más que sorprendido, estaba molesto o enojado. Alguien de la
Sociedad de Alumnos había detectado el volante que andábamos repartiendo y
entre todos ellos se pusieron a buscarnos hasta que me encontraron en ese salón
y ahora el ambiente no prometía nada bueno.
--¿En que se basan para decir que nosotros
somos cómplices de las autoridades? –preguntó Edgar
--Lo son –le contesté— no han hecho nada
contra el aumento de colegiaturas, a pesar de que dicen representar los
intereses de los estudiantes.
--¡Cómo sabes lo que hemos hecho y lo que
no!
--Sé que se han mantenido en silencio y por
eso los denunciamos.
--Estás equivocado Cilia, nosotros no
estamos de acuerdo con el incremento de colegiaturas y nos vamos a pronunciar.
--Pero mientras no lo han hecho.
--De cualquier manera eso no demuestra que
seamos cómplices
--Tampoco demuestra que no lo sean.
--Pero tu volante dice que lo somos y eso a
ti no te consta, porque ninguna de las dos cosas está demostrada y tu volante
dice que sí.
--Pues mientras no demuestren con hechos
que no son cómplices, para nosotros lo son.
--Pues eso es lo que deberían plantear en
su volante. A menos que se demuestre, no se debe afirmar que somos cómplices.
--Aquí está el volante, si en lugar de
decir que son cómplices, dijera que son cómplices a menos que demuestren lo
contrario ¿ustedes estarían de acuerdo?
--pregunté sarcásticamente.
--Ya vamos a romperle la madre a este
pendejo --dijo El Negro.
--Si, ya de una vez, hay que romperle su
madre –le siguió Sergio Gomez Amor.
--Esperen –ordenó Edgar y dirigiéndose a mi,
contestó con una seriedad que me desconcertó— si estaríamos de acuerdo, porque nosotros
podemos demostrar que no somos cómplices ni paleros de las autoridades.
--Oye Edgar… –exclamó molesto Sergio Gómez
Amor.
--Espérame tantito --contestó con firmeza Edgar.
--O sea, --contesté tratando de entender la
actitud negociadora de Edgar-- ¿si le tacho aquí y le pongo acá esta palabra,
no estaríamos, según tu, faltando a la verdad?
--No solo eso –dijo Edgar-- incluso,
podríamos luchar juntos contra el alza de colegiaturas.
Desde mi punto de vista el nuevo escenario
era magnífico, pero no estábamos preparados para eso y no por eso íbamos a
cambiar nuestra cara de perro beligerante que cada uno de los presentes
teníamos.
--Bueno, podríamos cambiar esa frase en los
próximos volantes –dije medio pensando todavía en la sensatez de lo que decía.
--¿Porque no en estos? –preguntó con
resolución Edgar.
--Porque esos ya los repartimos.
--No te preocupes chavo --dijo el Negro sacando
de entre sus ropas prácticamente todos los volantes que habíamos sembrado en
los demás salones esa noche-- aquí están todos.
Nuestro volante le había dolido hasta el
alma a Edgar y estaba dispuesto a rectificar su pasividad, su reclamo ante esa
posibilidad era justo, así que me pareció que era correcto que también nosotros
rectificáramos la redacción abriendo la posibilidad de que ellos demostraran su
disposición a luchar, o no, en cuyo caso la guerra continuaría.
Al siguiente día, luego de discutirlo
internamente con los demás compas del círculo, reparamos el volante y lo
seguimos repartiendo. Luego de esta acción Edgar y sus compañeros “bajaron” a
las asambleas contra las colegiaturas del turno matutino y nosotros pasamos a “salonear”
al vespertino sin ningún problema y más tarde acordamos realizar las primeras
pintas conjuntas que se hicieron propiamente en el plantel entre el 14 y el 15
de febrero del ¿76? y en las cuales conocí y sobreviví al miedo a las balas...
y a los bailes.
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