El más lejano recuerdo
El más lejano recuerdo que tengo es de mi
corral, no crean que era un corral de vacas o chivos, sino un corral de niños
en el que me detenía con dos manos para tratar de ver a mi mamá que había
salido a la calle que estaba a mis espaldas.
Desde mi corral lo único que veía eran las
paredes y techos de madera y cartón, el piso terroso y más allá el claro de la
puerta por donde entraría mi mamá. Pero yo aún de espaldas veía en mi
imaginación la calle soleada. En aquel entonces el mundo conocido terminaba al
poniente en la ventana de doña Salucitas que salpicaba por todos lados virutas
olorosas de guitarra en gestación.
En lo que llegaba mi mamá, mis oídos se
ponían a escuchar los sonidos del silencio, del vacío, de la nada, de estar abandonado.
Era un sonido arenoso, como de arrastrar tuercas por una lámina pulida, o como
de un micrófono que escucha su propia bocina.
Hay quien dice que yo no podría acordarme
de esto, porque yo sería muy pequeño, pero todavía nadie dice que no haya sucedido
que vivíamos en una casa de cartón con agujeros que formaban barras solidas de
sol con el polvo, pequeño universo de planetas flotando en la nada, que se levantaba cuando mi mamá barría.
De esa época debe ser el recuerdo de mi
mamá enamorada que un día temprano compró un montón de nueces y se puso a
pelarlas una por una, delicadamente, durante casi todo el día pensando en lo mucho que le gustarían a mi
papá.
Cada una de las nueces fue cediendo su
tesoro ante la mano persistente de mi madre quien disfrutaba minuto a minuto
por adelantado imaginando la cara de felicidad que pondría mi papá cuando
regresara del trabajo y se encontrara con un plato lleno de nueces crujientes y
limpias.
Lo que pasó después, debe ser correctamente
interpretado. Mi papá llegó, se quitó la gorra de soldado y la colgó de algún
clavo. En lo que mi mamá le preguntaba
cómo le había ido en el trabajo y le servía un plato de fideos mi papá se comió
mecánicamente, a puños, todas las nueces, sin dejar ni un sola vestigio del
manjar preparado por mi madre y sin hacer ningún gesto, salvo el de masticar. Cuando
mi papá terminó en segundos con la dotación de nueces contestó a la pregunta de
mi madre con gesto inocente.
--¿Qué hiciste de comer?
Al poner el plato de fideos sobre el mantel
mi mamá se percató de la tragedia y con una voz
triste preguntó ya solo por preguntar.
--¿Te acabaste todas las nueces Hugo?
--Si –dijo sin tono alguno mi papá-- ¿las
ibas a ocupar?
--No, eran para ti.
Lo único que puedo decir en defensa de mi
padre es que se concentraba en lo que hacía y que como descubrió muchos años
después, rengueaba de la pata emocional.
En fin, cuando terminaron el primer piso de
la casa, nos cambiamos para allá. No había cuartos, todo era un solo espacio en
ángulo recto. Yo dormía en una cama metálica cercana a la cama de mi papá y
mamá, ellos se pasaban la noche platicando, según recuerdo, pues al acostarme
estaban platicando y a cualquier hora que me despertara ellos seguían plátique
y plátique.
Yo rápido no me podía dormir pues todas las
noches las manos me ardía de calientes, tenía que tocar el metal frío de la
cabecera o del tambor. A veces el par de tórtolos nos incluían en sus
conversaciones y estábamos todos en la misma cama escuchando como Caperucita
roja se iba en avión a visitar a su abuela y como finalmente el lobo feroz
escapaba del cazador huyendo en una motocicleta. Eran cuentos sin moraleja o
con una moraleja alrevezada, no había odios, el lobo feroz también tenía sus
motivos y por tanto sus derechos y simpatizantes.
Poco a poco la casa fue creciendo y luego
hubo un mueble que dividía el área de mis padres del área donde estaban
nuestras camas. En ese mueble se guardaban cosas misteriosas e importantes,
como la cobija que tenía una figura de plancha tatuada, un enorme paracaídas
que mi mamá deshilachó pacientemente hasta que lo convirtió en una hermosa
blusa tejida de la cual estaba muy orgullosa, y unas botas pesadas acolchadas
con piel borrego por dentro que nosotros nos poníamos para jugar a los
paracaidistas. Con esas botas mi hermano Arturo me puso fuera de combate un día
que estaba hincado encima de él. Un solo toque de la bota en mi cabeza me dejó
casi desmayado.
Afuera de la casa, sobre unas rocas y
pedazos de tabique había un lavadero siempre lleno de espuma de jabón. Si
alguien se caía tratando de trepar el lavadero, por ejemplo… yo, le ponían
azúcar en el chichón y le daban pan para el susto. Pero eso no sucedió el día
en que me caí de una silla en el patio.
La cosa según recuerdo empezó más o menos
así. Yo estaba parado en una silla, me imagino que encuerado, esto es con el
pirrin de fuera, y por si las dudas me agarraba fuertemente del respaldo de la
silla, por cierto de madera y paja o tule o algo así. Mi mamá barría con una
escoba el patio, era un día soleado. De lo demás, no les sé decir. Se contaron
varias leyendas sobre lo que pasó ese día, pero más de lo que he dicho no puedo
decir a pesar de ser testigo presencial de los hechos.
La mayor parte de las leyendas que se
contaron coinciden en establecer que yo estaba muy gordo y que probablemente
eso influyó en mi caída. Yo pienso que en realidad la gente exagera y que más
bien estaba un poco por encima de la linea de bienestar, nada mas.
El hecho es que de lo último que me acuerdo
es de que me recargué en el respaldo y… algo pasó peor no me acuerdo de qué.
Mamis dice que todo fue muy rápido y que
cuando mi mamá reaccionó me cargó de entre un charco de sangre gritando
desesperada y diciendo “¡Se le salió un ojo!” mientras con su mano derecha,
acuclillada, trataba de rescatar una de mis canicas.
Todas las versiones coinciden también en
que rompí con mi cabeza el tubo de agua que antes atravesaba por el patio y
hasta el tío Job, que siempre contradecía a mi mamá, estaba de acuerdo con eso.
Bueno, hasta mi papá, en aquel entonces tan lejano a las leyendas dijo en
alguna ocasión:
--Bueno, lo que pasa es que el tubo ya
estaba viejito.
El resultado de todo ello fue una cicatriz
en la ceja que fielmente me ha acompañado toda la vida y que originalmente era
muy detectable.
La casa siguió creciendo y ya luego
ocupamos el segundo piso. Ahí con un suelo rugoso estaba el cuarto de mi mamá,
y papá, y en otro no menos rugoso estaba el cuarto de los niños, por niños y
niñas debe entenderse Patricia, David, y Arturo con su cuna. Mi abuelo
Guadalupe vino a hacer el closet de mi mamá y en una de sus esquinas hizo un
tocador que incluía unas tablitas, las cuales yo era el encargado de quitar,
limpiar y volver a colocar, cosa que hacía varias veces al día, sin que este
afán por la limpieza le causara mucha gracia a mi mamá.
Afuera, rodeando el segundo piso, había una
gran maceta de concreto armado que tenía
plantas que colgaban y otras plantitas con flores chicas, blancas, que sabían a
limón, yo me las podía comer sin problema, pero decía mi papá que no había que
acabárselas pues si no ya no se reproducirían.
LO más importante de la maceta que bordeaba
el segundo piso era eran las cochinillas que se podían tomar facilmente en las
manos sin que huyeran. Si se sentían en peligro se hacía bolita, entonces se
podían rodar por el suelo, pero es bueno saber que una vez que se hicieron
bolita NO SE DEBE INTENTAR ABRIRLAS, según me enteré por aquel entonces, pues
luego… bueno, luego ya no podían rodar.
En una pequeña sala que estaba cerca del
baño había un buró y en el buró zapatos de mi padre, yo deslizaba la mano por
la superficie salpicada de arena que producía una sensación y un olor
agradable.
En esa época se me fueron las fuerzas, no
podía ni cargar un zapato, ni pegarle a mi hermana Patricia que era una de
nuestras actividades principales. El asunto se convirtió en un caso médico y
resultó que también me dolían las rodillas y luego de andar por un montón de
médicos finalmente terminé en una cama de hospital pidiéndole a mi papá que por
favor me trajera un refresco Sidral que había visto vendían cerca de la entrada
del hospital. Dijo que si, que claro, que un momento me lo traía, pero fue lo
último que supe de él, enseguida un doctor me preguntó si sabía contar y me
pidió que contara del uno al 10, yo le pregunté que por donde andaba mi papá,
pero ya tampoco supe nada del doctor ni de la enfermera que lo acompañaba. Ya
después apareció mi papá, a los pies de mi cama, sin
refresco alguno, pero yo tenía tanta sed como antes, o tal vez más, pero mi
papá sacó rápidamente una pistola y apagando la luz del cuarto la disparó contra
una pared y entonces apareció una imagen creo que de un vaquero. La más
sorprendida de ese pequeño cine era la enfermera que cuando se fue mi papá mi
pidió prestada mi pistola precursora del cañón de computadora.
Luego pasamos por cardiología del hospital
infantil, lo más bueno de eso es que no había camiones directos del hospital
general a mi casa y el transbordo era casualmente en niño perdido a unos pasos
del Moro, por lo que todos los días de consulta iban acompañados de un
delicioso chocolate con más aún deliciosos churros y la posibilidad de llegar
tarde al kinder, o de plano no llegar.
Todo tipo de cosas me pasaron en el kinder
y desde ahí me di cuenta que los momentos maravillosos generalmente iban
acompañados de otros no tanto. Por ejemplo, como siempre andaba en consultas
creo que los lunes, a mi nunca me tocaba tocar la campana que significaba que
el recreo había acabado, pero un maravilloso día mi maestra me eligió a mi para
dar terminado el recreo. Así que con toda la autoridad conferida fuí a tocar la
campana, pero apenas iba empezando cuando mis demás compañeros me capturaron y
me llevaron preso con la maestra pensando que era un trasgresor a la ley y no
un comisionado. Luego, un día nos llevaron de excursión a Chapultepec, nada más
y nada menos, que entonces era algo bellísimo, sin agraviar, y luego de la experiencia
llegamos al kinder, todas las mamás pasaron por sus hijos e hijas, menos una,
mi mamá.
Ni mamis, ni Luis, ni Juan, nadie se había
acordado de que El Gordito estaba en el kinder. Mamis había ido a las 12 a
recogerme pero como ya no estaba pensó que mi mamá había pasado por mi. Claro,
yo no estaba, ni había nadie, pues todos andabamos en ese momento de regreso de
Chapultepec. Mi mamá había salido al centro de la ciudad y suponía que Mamis
pasaría por mi.
Le expliqué pacientemente a mi maestra y a
la directora del kinder que en realidad no había ningún problema, mi casa
estaba cerca y yo normalmente iba a la tienda o tlapalería cercana al kinder
como si nada. Pues igual, como si nada hubiera dicho las maestras seguian
obstinadas y rabiando esperando que alguien llegara por mi.
Y se dieron las dos y las tres y las cuatro
de la tarde y nada. Yo empecé a preocuparme por que las maestras cada vez
estaban más enojadas y yo cada vez tenía más hambre. Cerca de las 5 de la tarde
vi venir por la calle de Molineros, por donde se pone el sol a una mujer
esbelta, con un vestido azul tableado, de una tela que le caía perfectamente
sobre el cuerpo, rodeada la cintura con un cinturón de evilla grande, el sol
ligeramente a sus espaldas la iluminaba dándole una imagen radiante. Ya que
venía más cerca le dije a la Directora.
--Esa es mi mamá.
Las maestras se pusieron locas, como si en
lugar de se mi mamá fuera la suya, mi mamá se deshizo en disculpas y
explicaciones. No era para tanto el apasionamiento de las maestras, pero
normalmente así son los adultos, debe mostrar hasta el extremo el sacrificio y
el autosacrificio y hacerse doler o impactar a los demás como si las peores
alternativas se hubieran cumplido. “Que tal si….”, “Que hubiera pasado si…”,
etc.
Bueno, del kinder también me expulsaron, o
me castigaron por no se cuantos días, por el reprendible crimen de haber roto
una silla, mi mamá fue convocada ipso facto y ahí se aclaró que la silla se
había roto porque normalmente yo me balanceaba en ella o recargaba el respaldo
en la pared, contrario a los regaños de la maestra. Yo más bien creo que la
silla ya estaba medio desgastada y que no aguantaba el recio manejo de un
hombre, quiero decir, de un niño robusto que siempre buscaba el equilibrio. Mi
castigo fue componer la silla y hasta que esta estuviera perfectamente lista
regresaría a clases. Esos fueron mis primeros pasos como carpintero, lijando
patas de una silla que mi papá terminó reensamblando.
Pero mi mejor experiencia en el kinder fue
mi maestra Carmina, era tan linda, con unos labios tan cuidadosamente coloreados,
tan comprensiva, que yo estaba secretamente enamorado de ella. Esa fue la parte
mas linda del kinder. Mi papá me llevaba en el carro y esperábamos afuera de la
escuela hasta que se abrían las puertas, en ese espacio de tiempo llegaban las
maestras, incluyendo Carmina. Un día mi papá me preguntó luego de verme como la
seguía con la mirada:
--¿Te gusta tu maestra?
--Si --le contesté poniéndome un poco rojo.
Él notando mi turbación me dijo tranquilamente.
--No te preocupes, a mi también me gusta.
Sierra Mazateca 5 de junio de 2014
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