A mi
amigo-hermano Andrés Miranda
A todos
los bandoleros de nuestros años maravillosos
A Yami
y Gus
Cuando terminaban las clases, no en el comunismo, sino en el Benemérito de las Américas, más precisamente durante nuestro primer año de secundaria, luego de pasar 20 veces el pasamanos o echarnos una cascarita, nos apoltronábamos en el pasto que estaba entre la Primaria y el Instituto de Religión, a un lado de la entrada del edificio de la Normal.
El pasto siempre bien
recortado era como un colchón fresco, solo te daba comezón si
estaba recién cortado. Si hubiéramos tenido una colcha debajo de
nosotros, eso sería el paraíso. Creo que a esa hora, entre las
clases de secundaria y el seminario de religión nos comíamos los
sándwich de Torres que ya les platiqué.
Tirados en el pasto,
salvo si tu cara daba al sur, todo lo que veías era cerros y
montañas, el cerro mas cercana era el Tenayo que en el medio tenía
la B de Benemérito, que nuestra generación no había pintado aun,
pero que nos llenaba de orgullo, sobre todo cuando venías sobre la
Calzada Vallejo, veías directamente la B a lo lejos y pensabas “Ahí
está mi escuela”.
El Tenayo no era
cualquier cerro, yo lo sabía desde antes porque mi papá me había
llevado varias veces a las pirámides de Tenayuca que están en su
falda sur este, a ver la casa de campo y los baños de Moctezuma.
¡Vaya que formas de bañarse tenía este señor!
Una vez mi papá me
preguntó que qué hacía en la escuela normalmente a esa hora de
intermedio y le dije que acostarme en el pasto a ver los cerros con
mi mochila como almohada, que veía las cuevas y los picos, las
granjas o construcciones lejanas, los caminos que se abrían paso
cortando laderas de cerros.
--¿Y ya conoces la cueva
que está a un lado de la B? --me preguntó.
Ups, no la conocía,
¿cómo podía conocerla, ni que me fuera de pinta? ¿O a qué horas?
Y luego ¿no sería peligroso? ¿Cómo iba a subir, yo solo, o con
quién?
--No –le conteste como
si ninguna pregunta atormentara mi cerebro y luego le pregunté-- Y
tu ¿conoces esa cueva?
--Si, del otro lado hay
una caverna donde caben hombres a caballo.
¿Una caverna? “pssssss”
pensé.
Pero las preguntas que me
habían surgido en la cabeza, me dieron vueltas durante mucho tiempo.
Una parte de la incógnita
se resolvió en el aniversario del Benemérito. Ese día por primera
vez a mi generación le tocó subir a pintar la B.
Pero injusticias de la
vida, a los de primer año de secundaria no nos dejaban subir hasta
la B sino que éramos parte de una cadena humana que pasaba botes de
lata, o botes alcoholeros, llenados a un tercio con agua de cal,
hacía arriba y que pasaba, o mejor dicho aventaba botes vacíos
hacía abajo.
Así que, cuando el
tráfico de botes empezó a disminuir, como corresponde a
pre-pubertos bien educados, unos abandonamos nuestra posición y nos
escapamos a ver la super fregona B en vivo y en persona.
Gran desilusión cuando
llegamos, aún cuando propiamente ya había terminado de pintarse,
por ningún lado se veía la B, sólo veíamos piedras, tierra y
arbustos pintados con cal, pero de la B, ni sus luces, como
diría mi mamá.
Así que no me acuerdo
con quién y ni siquiera me acuerdo si fui solo o acompañado, es
más, ni siquiera me acuerdo bien si fui o no, el hecho es que me
eché a caminar por el cerro rumbo al norte y después de muchas
subidas y bajadas encontré la famosa cueva que desde el Benemérito
se veía siempre tan retadora y misteriosa.
Me sentí orgulloso
cuando la encontré, aunque aquí entre nos, mas que una señora
cueva, no era más que un pequeño hueco, bajo una roca saliente,
donde apenas cabría una o dos personas. Como siempre veía la cueva
de 1 a 2 de la tarde, cuando el sol esta a plomo, o casi a plomo, la
sombra que ocasionaba la piedra de encima la hacía ver imponente y
misteriosa. Ese día descubrí que no todo es como parece.
Regresé o regresamos y
ya saben ustedes como es eso de ¿donde andabas?, te andábamos
buscando, apúrate que ya se fueron todos, etc. Pero la sensación
de plenitud, de conocer lo que hasta hace poco ni te imaginabas
llegar a conocer, se impregnó de mi cuerpo con más fuerza que el
polvo en mi piel sudorosa. Por cierto, ese día me sangré la mano
con una rebaba metálica al pasar un bote de cal. Tenían razón los
maestros, pintar la B podía ser una actividad peligrosa.
Pero las preguntas que yo
me hiciera ante el reto de mi padre, otro montón de niños se las
estaban haciendo al mismo tiempo, creo yo. El hecho es que en algún
momento razonamos como podríamos salir del Benemérito sin tener
represalias, sin que “nadie” se diera cuenta y un día aprendimos
a escaparnos, ya les dije cómo, ni modo de repetir esa delación.
No sé en que orden, pero
primero nos escapamos a la cueva misteriosa que ya les platiqué esta
en la parte norte del Tenayo. No contentos con eso nos fuimos a la
caverna que está en la parte de atrás del mismo cerro, en su ladera
poniente. Creo que Cuauhtémoc ya la conocía porque vivía en Valle
Ceylan, o sea del otro lado del Tenayo. A esa caverna se entraba por
un agujero en la parte de arriba y se salía caminando hacía abajo.
Y tenía razón mi papá, ahí cabía un hombre a caballo, pero en un
caballo chiquito. Luego subimos a la cordillera de la Sierra de
Guadalupe que es exactamente el norte geográfico de la ciudad de
México, ahí llegamos a la cueva lejana que se veía desde el
Benemérito con un camino recto para llegar a ella, resultó que era
una mina y el camino recto solo era el despeñadero del material que
de ella sacaban. En esa cueva nos encontramos una lata casi nueva o
nueva de cemento 5000 o algo parecido, no nos explicábamos que podía
estar haciendo una lata nueva ahí. Creo que fue Andrés, o no se
quién, que nos dijo alarmado que dejáramos eso ahí, que era droga,
así que salimos corriendo de ahí temerosos de que drogadictos
llegaran o salieran del fondo de la mina y entonces… A correr!
Ya a prudente distancia
de la cueva nos reímos de nuestro propio miedo y algunos regresamos
a la cueva, los demás, continuando con su temor, decidieron volver a
la escuela. Los que regresamos a la cueva lamentamos mucho no llevar
ni cerillos, ni encendedor y bueno, ya una lámpara era mucho pedir.
También lamentamos no tener una cuerda pues el alguna parte se tenía
que bajar. Caminamos, o más bien nos arrastramos por el túnel hasta
que fue lo suficientemente estrecho como para que pasáramos y de ahí
nos regresamos.
Yo no sé quien traía
reloj. Para hacer una fuga perfecta, tienes que regresar
perfectamente a tiempo a la escuela. El hecho es que continuamos en
muchos otros momentos con nuestras investigaciones por los cerros y
luego empezamos a visitar otros cerros más lejanos, fuimos a una
montaña que Hugo Alvisu conocía por vivir en Tlalnepantla, en esa
montaña había un rio vivo, técnicamente limpio diría Payan, en
donde con un colchón inflable que me regaló mi papá, nos
arrojábamos a los rápidos hasta llegar a un cercano remanso y nos
echábamos tanta agua con las manos como si fuéramos un incendio que
apagar. Después del remanso la cosa se ponía más crítica, pero
igual una y otra vez repetimos el deslizamiento por los rápidos,
hasta que el colchón de airé se reventó.
En Tlalnepantla también
aprendimos a robar. Yo no sé que le hayan contado mis literalmente
ahora si, viejos amigos, a sus hijos, hijas, nietos y nietas, pero
pongan atención, lo que voy a decir si sucedió.
Hambrientos y sudorosos
era nuestro segundo nombre cuando nos íbamos de pinta, pero sobre
todo sedientos, luego, el dinero que te dan en tu casa, nunca alcanza
en una pinta que se precie de serlo, luego, había camiones de
refrescos que van hasta las manitas de botellas llenas, algunas de
las cuales se rompen en cualquier bache y todo eso está considerado
como merma natural siempre y cuando no rebase el 5 por ciento
de las botellas, luego entonces todas las condiciones éticas estaban
dadas para poder saciar nuestra sed.
Pero no así las
condiciones operativas.
Así que nos organizamos
cuando vimos la oportunidad. Tlalnepantla siempre ha sido un lugar,
por decirlo de alguna manera y sin tratar de ofender a nadie,
atascado de gente. Hay gente por todos lados, obreros que salen o
regresan al trabajo, viajeros que transbordan, mujeres que van al
mercado, pubertos que se escapan de la escuela, etc. En medio de todo
ese gentío los camiones que surten los comercios navegan lentamente
como barcos, abriéndose paso a 5 kilómetros por hora o menos.
Entonces formamos una columna, el más alto o voluminoso de nosotros
hasta adelante, tal ves Payán, o no me acuerdo, con su mochila a la
espalda, abierta de par en par, en seguida otro con la mochila
abierta y así sucesivamente, salvo el último que va con su mochila
cerrada. El segundo, cubierto visualmente por el primero de las
miradas del chofer que espejea constantemente, toma una botella al
vuelo (o dos) y la mete a la mochila del primero, el tercero hace lo
mismo poniendo la botella en la mochila del segundo y así
sucesivamente, salvo el último, todos salen con refresco en su
mochila, pero ya luego todo se reparte equitativamente, sin la menor
dificultad. El chofer ni cuenta se da, ni los demás transeúntes que
rodean el camión, en resumen un operativo perfectamente limpio,
salvo que… tampoco tenemos destapador. Pequeño problema que luego
de 20 intentos resolvemos con los dientes, o no se con qué, en
nuestra falta de capacitación cervecera propia de nuestra edad.
Así, de cerro en cerro,
de montaña en montaña, llegamos al mayor reto de todos: escalar el
Chiquihuite.
El ascenso del
Chiquihuite
El Chiquihuite no es
cualquier cerro, fue sin lugar a dudas, cuando la ciudad de México
todavía era la región más transparente, el cerro más emblemático
en dirección al norte. Desde Niño Perdido o San Juan de Letrán
podía verse perfectamente en una tarde soleada, arponeado desde
entonces con su antena de transmisión de TV.
A mi ya me había tocado
subirlo con mi papá, una tarde que fuimos a dejar a mi hermana
Patricia al Benemérito, antes de que yo entrara a esa escuela. Mi
papá me preguntó por donde subiría yo ese cerro y le señalé la
ruta que me parecía mejor, en su falda sur, subiendo entre Ticomán
y la Pastora, por la vía del tren. Ahí el cerro tiene una pendiente
más ligera. Así que no fue por desconocimiento lo que nos sucedería
después.
Ya en el Benemérito
varias veces y por varios lados subimos al Chiquihuite, hasta que un
día, seguramente la última vez, decidimos subir escalando por la
parte de enfrente, la que da al Benemérito, esto es, por su ladera,
que digo ladera, por su pared poniente.
¿A quién se le ocurrió
semejante barbaridad? A cualquiera de nosotros. El hecho es que
conforme al plan escapamos de la escuela desde las primeras horas,
nos fuimos en aventón hasta la Y griega de La Pastora y desde ahí
empezamos a subir, primero por las callejuelas sin pavimentar de la
pastora y luego entre los sembradíos de maíz que están donde
terminaban las casas del entonces pueblo de La Pastora. Siguiendo un
tubo de agua, según se recuerda Andrés hasta que debimos llegar a
una cisterna y de ahí, entre senderos rocosos llegamos a la pared de
grietas y empezamos a escalar.
Luis Payán (hoy Fernando
Payán) se puso al borde de un precipicio, sobre una roca soleada, en
posición de cantante de moda, con micrófono imaginario, a cantar a
todo pulmón “Hay que disfrutar el momento feliz, hay que disfrutar
(no se que más) con coca colaaaaaaa” soltamos la carcajada y le
contestamos como ordenaba el reglamento:
--Ya no mames pinche
Payán.
En una sola frase
resumimos casi el 90 por ciento de las groserías que decíamos en
ese entonces, porque hay que saberlo, antes no se decía huey o güey,
sino pinche, y más que ser una grosería era un titulo nobiliario, a
mi por ejemplo no me decían David o algo así, sino “pinche Cilia”
y los demás eran “pinche Andrés”, “pinche Moya”, “pinche
Grillo”, etc.
Solo de vez en cuando el
“pinche” dejaba de ser un titulo nobiliario para convertirse en
un adjetivo despechativo, pero eso lo podías distinguir
fácilmente por el tono y los ojos entrecerrados de quien por
despecho lo pronunciaba.
En realidad nuestras
groserías se limitaban al “pinche”, “no mames” y
sustituíamos el “que poca madre”, por el “que poca abuela”,
que era mas tierno. “Chinga tu madre” y otras lindezas por el
estilo (casi) nunca lo pronunciábamos porque en aquel entonces
verdaderamente eran groserías ofensivas y no monedas de curso como
el día de hoy. O sea, éramos inocentes o un poco “pinches
mamones”, pues en aquel entonces la palabra “fresas”, “nerds”,
“ñoños” aún no se inventaban en nuestro medio.
El hecho es que luego del
concierto de Payán, seguimos escalando por entre las grietas, yo iba
el primero en una de ellas, cuando al jalarme con ambas manos mi
cabeza llegó a un retablo, un pequeño quicio en las rocas, y frente
de mi un par de ojos enormes casi al borde del precipicio me miraban
con profundidad, sorpresa y tal vez un poco de odio. Mi mente trató
de viajar a mil kilómetros por hora tratando de encontrar de qué
animal podrían ser esos ojos que me miraban cada vez más
fieramente, pero creo que mi cerebro no alcanzó ni los 5 KPH y a la
única conclusión a la que llegue en el instante en que todo eso
transcurrió fue que…
--Hay un tigre!!!!!
–grité desaforado echándome rápidamente hacía abajo entre la
grieta.
Mis demás compañeros
deben reconocer que también se alarmaron con mi terror, pero luego
de eso se pusieron a reír a carcajadas.
--¡¡Mira tu tigre!!
--gritaban literalmente cagándose de la risa y señalando una ave
que había salido volando del nicho.
Todavía atontejado o
perplejo (hoy diría apendejado) regresé por la grieta al
nicho y efectivamente encontramos plumas y otros restos de botín de
guerra de una ave que resultó ser un búho, mismo que estuvo a punto
de matarme de un infarto cardiaco y a mis compañeros de la risa.
Finalmente llegamos a la
carretera que lleva a las antenas y que corta el cerro en su parte
más vertical. Ahí desde el Benemérito se ven tres cortes casi a
plomo, por uno de ellos decidimos escalar, aunque otros prefirieron
seguir por la terracería que llega exactamente al mismo lugar al que
todos íbamos, la cima del Chiquihuite.
Andrés,
que sin duda era el más ágil de nosotros se fue por adelante, yo le
seguí los pasos y atrás de mi Moya, según recuerdo. Poco antes de
llegar al fin del corte en el talud de la carretera, miré hacía
abajo y le recomendé a Moya que mejor no siguiera que esto estaba
muy peligroso. Y realmente lo estaba, Andrés alcanzó la piel
original del cerro al termino del talud y yo que le seguía alcancé
a tocar la primera piedra ya del suelo natural del cerro, cuando
está, por el peso se desprendió, iniciando yo una caída,
literalmente en caída libre, a 9.8 metros sobre segundo al
cuadrado según nos habían explicado en la clase de física. En ese
momento mi mente funcionó mejor que cuando el búho y razoné que lo
mejor era no caer como bulto sino tratar de mover los pies como si
fuera corriendo, para dirigir en la medida de los posible mi caída.
Un día voy a subir al Chiquihuite para medir la altura del talud,
pero fácilmente son más de 20 o 30 metros de altura, con ello, voy
a calcular más o menos el tiempo que tarde en caer y la velocidad y
fuerza con la que me impacté contra el cerro.
Finalmente de toda esa
travesía aérea terminé con la cara boca abajo contra un matorral,
y los pies en cualquier posición de muñeco de trapo en manos de
niña caprichosa. Moya fue el único que estaba cerca pues ya había
desandado el talud y emprendido el camino por la terracería y fue a
auxiliarme y luego fue por la terracería por los demás, que en un
principio debieron no creerle, dado lo bromistas que éramos entre
nosotros, finalmente regresaron a auxiliarme cuando yo literalmente
me arrastraba hacia la cima ahora por la terracería.
Tuvimos una gran
discusión porque todo mundo, o sea, la banda, opinaba que hacer o
como bajarme en las condiciones en que estaba, pero yo no estaba como
para bajarme del Chiquihuite sin haber llegado a la cima, así que
contra viento y marea, terminé subiendo, con ayuda de mis amigos
hasta la cima, donde además de mi propia necedad esperaba encontrar
agua o material de curación con quien debería cuidar la antena de
transmisión de TV, según creo de Canal 11.
Efectivamente encontramos
a un velador que de lejos, tras un enrejado soló decía que nos
largáramos del área. Mis compañeros desesperados trataban de
explicar mi situación y finalmente le pidieron agua, a lo cual se
negó señalando en cambio un tambo de agua putrefacta que estaba a
un lado del enrejado.
Sentado en la cima
mirando al este se veía la otra parte del valle de México que el
Chiquihuite habitualmente nos tapaba, un panorama inimaginable se
habría ante nosotros. Por un lado veíamos la hermosísima ciudad de
México, la Torre Latino, la Unidad Tlatelolco. Mirando mas al
noreste veíamos el lago, si el lago, no era mentira de nuestros
maestros, el lago de Texcoco y a un costado de este una obra que
parecía más bien hecha por extra terrestres, un caracol de
dimensiones colosales, diseñado con curvas perfectas que concluían
en un centro brillante por los reflejos seguramente de agua.
¿Qué diantres era eso?
Nos preguntábamos maravillados. Un lago artificial redondo, pero no
redondo sino elíptico, perfectamente diseñado ¿Por quién? ¿Para
qué? ¿Por qué nadie nos había platicado de eso?
Luego de mucho discutir,
discurrir concluimos que probablemente eran lagunas para secar sal,
como en algunos lugares cercanos al mar habíamos visto algunos de
nosotros.
Iniciamos el regreso, la
caída nos había retrasado mucho y en el Benemérito estarían
pronto a acabar las clases y con eso nuestra ausencia quedaría
automáticamente al descubierto. Nuevamente la discusión sobre por
donde o como regresar, estando yo como estaba, ocupo los siguientes
dos minutos de nuestro escaso tiempo.
Igualmente contra viento
y marea de quienes querían que regresáramos por la carretera, nos
fuimos por el despeñadero, aunque según recuerdo otros no quisieron
cómplices de esta salida salvaje y amenazaron con irse por otra
parte, cosa que ya no supe si cumplieron.
El camino de la carretera
era evidente que debíamos descartarlo pues jamás llegaríamos a
tiempo al Benemérito y nuestra fuga y sus consecuencias (yo en carne
molida) quedarían al descubierto con las consecuentes ulteriores
consecuencias para todos nosotros. Regresar por las grietas también
estaba descartado por la imposibilidad de moverme o cargarme ahí.
Regresar por la ladera sur, podía ser más rápido pero nos alejaba
del Benemérito al llevarnos más rumbo a Ticomán, cuestión que se
podía resolver si tomáramos un camión de pasajeros al llegar a la
carretera, pero no traíamos suficiente dinero. Solo nos quedaba
regresar por el despeñadero, y así lo hicimos deslizándonos con la
parte más noble de nuestro cuerpo.
Al llegar a las primeras
calles de arriba de La Pastora pedimos un aventón a un camión
repartidor de hielo de “La Corona”, con tan mala, que digo mala,
malísima suerte, que nos lo dieron. Nos subimos en el estribo de
atrás del camión, donde los trabajadores cargan sus cubetas de
hielo para irlas distribuyendo con el camión en marcha, y ese camión
nos llevó prácticamente hasta la parte baja de La Pastora donde
tomaríamos otro aventón.
Fue el viaje más
doloroso que jamás haya tenido en mi vida. No podía detenerme con
mi mano izquierda, pues como luego supe, mi clavícula estaba rota,
con la mano derecha podía detenerme solo con el dedo menique, pues
los demás dedos también estaban quebrados, los pies estaban
sangrando, mis botas, según decía mi papá con suela de avión y a
prueba de balas, estaban literalmente desechas. Cada brinco que daba
el camión al atravesar las zanjas lodosas de La Pastora me dolía en
todos los huesos y siempre estuve a punto de caerme pues el dedo
menique de mi mano derecha, en posición difícil, era insuficiente
para mantenerme con seguridad sobre el estribo. Solo la ayuda que en
todo momento me daban mis compañeros me permitió deslizarme por el
despeñadero y luego sobrevivir al camión de hielo que nos dio el
rait.
Finalmente llegamos a una
de las esquinas del Benemérito, en la parte que daba a las parcelas
del Rancho y a una entrada tal vez de la antena de radio Educación o
de Radio Universidad, habitualmente nos saltábamos esta barda para
ir a dar una vuelta al rancho o a la granja del Arbolillo, pero esta
vez no recuerdo si igual la tuvimos que saltar o si nos arrastramos
por abajo, en donde se hace un sifón de agua del canal de riego, el
hecho es que atravesando el llano llegamos, unos, y otros no se por
donde, a donde teníamos que estar para que no descubrieran nuestra
aventura. El ultimo tramo para llegar a la casa, tal vez la casa 11,
lo caminé solo. Entré como dice el manual, sin levantar sospechas y
me fui directamente a mi cuarto donde me desvestí, oculté la ropa y
me metía bañar.
Bajo la regadera me di
cuenta de la gravedad de mi estado, simplemente no podía abrir las
llaves del agua y cuando lo logré luego no podía cerrarlas, cuando
lo logré me vestí para llegar apenas a tiempo al comedor que era
donde se notaría mi ausencia. Tomé un plato disimulando mi dolor y
mientras la hermana me servía, el peso de la comida hizo que el
plato callera de mi mano semi destruida, la otra simplemente no la
podía mover.
Ahí fue cuando la
hermana se dio cuenta de que algo me pasaba, y yo con la pena de que
se me calló la comida y ella con los ojos brillosos de las lagrimas
que contenía, me revisó y me llevó de inmediato al centro de
salud, donde de inmediato, creo, me llevaron a un hospital con el que
el Benemérito tenía un seguro de vida, donde de inmediato, creo me
pusieron yeso en el hombro y en las costillas rotas, de tal manera
que me crearon un caparazón como de tortuga, y en la mano derecha,
aunque libre del caparazón me enyesaron parte de los dedos de la
mano y así hasta más arriba del codo. Mi mano izquierda mostraba un
par de dedos libres que discretamente salían del caparazón.
Pongan atención chavos.
Esto es muy importante. Sólo después de atenderme con toda
celeridad la hermana me preguntó que es lo que me había pasado, lo
cual equivocadamente era mi principal preocupación y no mi salud, y
lo cual nos hacía tomar las determinaciones de cómo justificar el
hecho, cuando en realidad eso no era, ni debería ser lo más
importante, ni para los adultos ni para nosotros.
Para decirlo con todo
claridad a manera de consejo para la posteridad. Si ya la regaste
violando alguna norma, y algo salió mal, peor es pretender eludir el
regaño, cuando tu vida o la de alguien está o puede estar en
riesgo. A lo hecho pecho y ya, sin miedo. Y lo mismo vale para los
adultos. Si el resultado es un golpe o herida o situación riesgosa,
primero cura o atiende la situación de peligro y luego averiguas y
regañas o das consejos.
En fin, no fue necesario
llegar tan lejos, simplemente le dije a la hermana, y luego al doctor
y luego mis maestros y luego a mi tía, en ese momento creo que mi
mamá estaba en Los Ángeles trabajando, que me había caído
mientras hacia ejercicio de rutina corriendo en la pista perimetral
del Benemérito, a la altura del mamposteo por donde se estacionaban
los camiones de transporte escolar, cerca de la caseta de la entrada
principal.
Yo creo que los adultos
me creyeron, esta es la primera vez que confieso la verdad y si no me
creyeron, tampoco pensaron en atormentarme con algún tipo de regaños
o suspicacias mirando el estado, enyesado, en que me encontraba. Si
acaso la pregunta más complicada que recibí, y eso en tono de sorna
solidaria de mis compañeros fue ¿Y como te limpias cuando vas al
baño?
Pero eso no se los voy a
decir.
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