martes, 6 de mayo de 2014

La historia jamás escrita de Andrés Miranda y otros abuelos que te dicen que te portes bien.

A mi amigo-hermano Andrés Miranda
A todos los bandoleros de nuestros años maravillosos
A Yami y Gus

Cuando terminaban las clases, no en el comunismo, sino en el Benemérito de las Américas, más precisamente durante nuestro primer año de secundaria, luego de pasar 20 veces el pasamanos o echarnos una cascarita, nos apoltronábamos en el pasto que estaba entre la Primaria y el Instituto de Religión, a un lado de la entrada del edificio de la Normal.

El pasto siempre bien recortado era como un colchón fresco, solo te daba comezón si estaba recién cortado. Si hubiéramos tenido una colcha debajo de nosotros, eso sería el paraíso. Creo que a esa hora, entre las clases de secundaria y el seminario de religión nos comíamos los sándwich de Torres que ya les platiqué.

Tirados en el pasto, salvo si tu cara daba al sur, todo lo que veías era cerros y montañas, el cerro mas cercana era el Tenayo que en el medio tenía la B de Benemérito, que nuestra generación no había pintado aun, pero que nos llenaba de orgullo, sobre todo cuando venías sobre la Calzada Vallejo, veías directamente la B a lo lejos y pensabas “Ahí está mi escuela”.

El Tenayo no era cualquier cerro, yo lo sabía desde antes porque mi papá me había llevado varias veces a las pirámides de Tenayuca que están en su falda sur este, a ver la casa de campo y los baños de Moctezuma. ¡Vaya que formas de bañarse tenía este señor!

Una vez mi papá me preguntó que qué hacía en la escuela normalmente a esa hora de intermedio y le dije que acostarme en el pasto a ver los cerros con mi mochila como almohada, que veía las cuevas y los picos, las granjas o construcciones lejanas, los caminos que se abrían paso cortando laderas de cerros.

--¿Y ya conoces la cueva que está a un lado de la B? --me preguntó.

Ups, no la conocía, ¿cómo podía conocerla, ni que me fuera de pinta? ¿O a qué horas? Y luego ¿no sería peligroso? ¿Cómo iba a subir, yo solo, o con quién?

--No –le conteste como si ninguna pregunta atormentara mi cerebro y luego le pregunté-- Y tu ¿conoces esa cueva?

--Si, del otro lado hay una caverna donde caben hombres a caballo.

¿Una caverna? “pssssss” pensé.

Pero las preguntas que me habían surgido en la cabeza, me dieron vueltas durante mucho tiempo.

Una parte de la incógnita se resolvió en el aniversario del Benemérito. Ese día por primera vez a mi generación le tocó subir a pintar la B.

Pero injusticias de la vida, a los de primer año de secundaria no nos dejaban subir hasta la B sino que éramos parte de una cadena humana que pasaba botes de lata, o botes alcoholeros, llenados a un tercio con agua de cal, hacía arriba y que pasaba, o mejor dicho aventaba botes vacíos hacía abajo.

Así que, cuando el tráfico de botes empezó a disminuir, como corresponde a pre-pubertos bien educados, unos abandonamos nuestra posición y nos escapamos a ver la super fregona B en vivo y en persona.

Gran desilusión cuando llegamos, aún cuando propiamente ya había terminado de pintarse, por ningún lado se veía la B, sólo veíamos piedras, tierra y arbustos pintados con cal, pero de la B, ni sus luces, como diría mi mamá.

Así que no me acuerdo con quién y ni siquiera me acuerdo si fui solo o acompañado, es más, ni siquiera me acuerdo bien si fui o no, el hecho es que me eché a caminar por el cerro rumbo al norte y después de muchas subidas y bajadas encontré la famosa cueva que desde el Benemérito se veía siempre tan retadora y misteriosa.

Me sentí orgulloso cuando la encontré, aunque aquí entre nos, mas que una señora cueva, no era más que un pequeño hueco, bajo una roca saliente, donde apenas cabría una o dos personas. Como siempre veía la cueva de 1 a 2 de la tarde, cuando el sol esta a plomo, o casi a plomo, la sombra que ocasionaba la piedra de encima la hacía ver imponente y misteriosa. Ese día descubrí que no todo es como parece.

Regresé o regresamos y ya saben ustedes como es eso de ¿donde andabas?, te andábamos buscando, apúrate que ya se fueron todos, etc. Pero la sensación de plenitud, de conocer lo que hasta hace poco ni te imaginabas llegar a conocer, se impregnó de mi cuerpo con más fuerza que el polvo en mi piel sudorosa. Por cierto, ese día me sangré la mano con una rebaba metálica al pasar un bote de cal. Tenían razón los maestros, pintar la B podía ser una actividad peligrosa.

Pero las preguntas que yo me hiciera ante el reto de mi padre, otro montón de niños se las estaban haciendo al mismo tiempo, creo yo. El hecho es que en algún momento razonamos como podríamos salir del Benemérito sin tener represalias, sin que “nadie” se diera cuenta y un día aprendimos a escaparnos, ya les dije cómo, ni modo de repetir esa delación.

No sé en que orden, pero primero nos escapamos a la cueva misteriosa que ya les platiqué esta en la parte norte del Tenayo. No contentos con eso nos fuimos a la caverna que está en la parte de atrás del mismo cerro, en su ladera poniente. Creo que Cuauhtémoc ya la conocía porque vivía en Valle Ceylan, o sea del otro lado del Tenayo. A esa caverna se entraba por un agujero en la parte de arriba y se salía caminando hacía abajo. Y tenía razón mi papá, ahí cabía un hombre a caballo, pero en un caballo chiquito. Luego subimos a la cordillera de la Sierra de Guadalupe que es exactamente el norte geográfico de la ciudad de México, ahí llegamos a la cueva lejana que se veía desde el Benemérito con un camino recto para llegar a ella, resultó que era una mina y el camino recto solo era el despeñadero del material que de ella sacaban. En esa cueva nos encontramos una lata casi nueva o nueva de cemento 5000 o algo parecido, no nos explicábamos que podía estar haciendo una lata nueva ahí. Creo que fue Andrés, o no se quién, que nos dijo alarmado que dejáramos eso ahí, que era droga, así que salimos corriendo de ahí temerosos de que drogadictos llegaran o salieran del fondo de la mina y entonces… A correr!

Ya a prudente distancia de la cueva nos reímos de nuestro propio miedo y algunos regresamos a la cueva, los demás, continuando con su temor, decidieron volver a la escuela. Los que regresamos a la cueva lamentamos mucho no llevar ni cerillos, ni encendedor y bueno, ya una lámpara era mucho pedir. También lamentamos no tener una cuerda pues el alguna parte se tenía que bajar. Caminamos, o más bien nos arrastramos por el túnel hasta que fue lo suficientemente estrecho como para que pasáramos y de ahí nos regresamos.

Yo no sé quien traía reloj. Para hacer una fuga perfecta, tienes que regresar perfectamente a tiempo a la escuela. El hecho es que continuamos en muchos otros momentos con nuestras investigaciones por los cerros y luego empezamos a visitar otros cerros más lejanos, fuimos a una montaña que Hugo Alvisu conocía por vivir en Tlalnepantla, en esa montaña había un rio vivo, técnicamente limpio diría Payan, en donde con un colchón inflable que me regaló mi papá, nos arrojábamos a los rápidos hasta llegar a un cercano remanso y nos echábamos tanta agua con las manos como si fuéramos un incendio que apagar. Después del remanso la cosa se ponía más crítica, pero igual una y otra vez repetimos el deslizamiento por los rápidos, hasta que el colchón de airé se reventó.

En Tlalnepantla también aprendimos a robar. Yo no sé que le hayan contado mis literalmente ahora si, viejos amigos, a sus hijos, hijas, nietos y nietas, pero pongan atención, lo que voy a decir si sucedió.

Hambrientos y sudorosos era nuestro segundo nombre cuando nos íbamos de pinta, pero sobre todo sedientos, luego, el dinero que te dan en tu casa, nunca alcanza en una pinta que se precie de serlo, luego, había camiones de refrescos que van hasta las manitas de botellas llenas, algunas de las cuales se rompen en cualquier bache y todo eso está considerado como merma natural siempre y cuando no rebase el 5 por ciento de las botellas, luego entonces todas las condiciones éticas estaban dadas para poder saciar nuestra sed.

Pero no así las condiciones operativas.

Así que nos organizamos cuando vimos la oportunidad. Tlalnepantla siempre ha sido un lugar, por decirlo de alguna manera y sin tratar de ofender a nadie, atascado de gente. Hay gente por todos lados, obreros que salen o regresan al trabajo, viajeros que transbordan, mujeres que van al mercado, pubertos que se escapan de la escuela, etc. En medio de todo ese gentío los camiones que surten los comercios navegan lentamente como barcos, abriéndose paso a 5 kilómetros por hora o menos. Entonces formamos una columna, el más alto o voluminoso de nosotros hasta adelante, tal ves Payán, o no me acuerdo, con su mochila a la espalda, abierta de par en par, en seguida otro con la mochila abierta y así sucesivamente, salvo el último que va con su mochila cerrada. El segundo, cubierto visualmente por el primero de las miradas del chofer que espejea constantemente, toma una botella al vuelo (o dos) y la mete a la mochila del primero, el tercero hace lo mismo poniendo la botella en la mochila del segundo y así sucesivamente, salvo el último, todos salen con refresco en su mochila, pero ya luego todo se reparte equitativamente, sin la menor dificultad. El chofer ni cuenta se da, ni los demás transeúntes que rodean el camión, en resumen un operativo perfectamente limpio, salvo que… tampoco tenemos destapador. Pequeño problema que luego de 20 intentos resolvemos con los dientes, o no se con qué, en nuestra falta de capacitación cervecera propia de nuestra edad.

Así, de cerro en cerro, de montaña en montaña, llegamos al mayor reto de todos: escalar el Chiquihuite.

El ascenso del Chiquihuite

El Chiquihuite no es cualquier cerro, fue sin lugar a dudas, cuando la ciudad de México todavía era la región más transparente, el cerro más emblemático en dirección al norte. Desde Niño Perdido o San Juan de Letrán podía verse perfectamente en una tarde soleada, arponeado desde entonces con su antena de transmisión de TV.

A mi ya me había tocado subirlo con mi papá, una tarde que fuimos a dejar a mi hermana Patricia al Benemérito, antes de que yo entrara a esa escuela. Mi papá me preguntó por donde subiría yo ese cerro y le señalé la ruta que me parecía mejor, en su falda sur, subiendo entre Ticomán y la Pastora, por la vía del tren. Ahí el cerro tiene una pendiente más ligera. Así que no fue por desconocimiento lo que nos sucedería después.

Ya en el Benemérito varias veces y por varios lados subimos al Chiquihuite, hasta que un día, seguramente la última vez, decidimos subir escalando por la parte de enfrente, la que da al Benemérito, esto es, por su ladera, que digo ladera, por su pared poniente.

¿A quién se le ocurrió semejante barbaridad? A cualquiera de nosotros. El hecho es que conforme al plan escapamos de la escuela desde las primeras horas, nos fuimos en aventón hasta la Y griega de La Pastora y desde ahí empezamos a subir, primero por las callejuelas sin pavimentar de la pastora y luego entre los sembradíos de maíz que están donde terminaban las casas del entonces pueblo de La Pastora. Siguiendo un tubo de agua, según se recuerda Andrés hasta que debimos llegar a una cisterna y de ahí, entre senderos rocosos llegamos a la pared de grietas y empezamos a escalar.

Luis Payán (hoy Fernando Payán) se puso al borde de un precipicio, sobre una roca soleada, en posición de cantante de moda, con micrófono imaginario, a cantar a todo pulmón “Hay que disfrutar el momento feliz, hay que disfrutar (no se que más) con coca colaaaaaaa” soltamos la carcajada y le contestamos como ordenaba el reglamento:

--Ya no mames pinche Payán.

En una sola frase resumimos casi el 90 por ciento de las groserías que decíamos en ese entonces, porque hay que saberlo, antes no se decía huey o güey, sino pinche, y más que ser una grosería era un titulo nobiliario, a mi por ejemplo no me decían David o algo así, sino “pinche Cilia” y los demás eran “pinche Andrés”, “pinche Moya”, “pinche Grillo”, etc.

Solo de vez en cuando el “pinche” dejaba de ser un titulo nobiliario para convertirse en un adjetivo despechativo, pero eso lo podías distinguir fácilmente por el tono y los ojos entrecerrados de quien por despecho lo pronunciaba.

En realidad nuestras groserías se limitaban al “pinche”, “no mames” y sustituíamos el “que poca madre”, por el “que poca abuela”, que era mas tierno. “Chinga tu madre” y otras lindezas por el estilo (casi) nunca lo pronunciábamos porque en aquel entonces verdaderamente eran groserías ofensivas y no monedas de curso como el día de hoy. O sea, éramos inocentes o un poco “pinches mamones”, pues en aquel entonces la palabra “fresas”, “nerds”, “ñoños” aún no se inventaban en nuestro medio.

El hecho es que luego del concierto de Payán, seguimos escalando por entre las grietas, yo iba el primero en una de ellas, cuando al jalarme con ambas manos mi cabeza llegó a un retablo, un pequeño quicio en las rocas, y frente de mi un par de ojos enormes casi al borde del precipicio me miraban con profundidad, sorpresa y tal vez un poco de odio. Mi mente trató de viajar a mil kilómetros por hora tratando de encontrar de qué animal podrían ser esos ojos que me miraban cada vez más fieramente, pero creo que mi cerebro no alcanzó ni los 5 KPH y a la única conclusión a la que llegue en el instante en que todo eso transcurrió fue que…

--Hay un tigre!!!!! –grité desaforado echándome rápidamente hacía abajo entre la grieta.

Mis demás compañeros deben reconocer que también se alarmaron con mi terror, pero luego de eso se pusieron a reír a carcajadas.

--¡¡Mira tu tigre!! --gritaban literalmente cagándose de la risa y señalando una ave que había salido volando del nicho.

Todavía atontejado o perplejo (hoy diría apendejado) regresé por la grieta al nicho y efectivamente encontramos plumas y otros restos de botín de guerra de una ave que resultó ser un búho, mismo que estuvo a punto de matarme de un infarto cardiaco y a mis compañeros de la risa.

Finalmente llegamos a la carretera que lleva a las antenas y que corta el cerro en su parte más vertical. Ahí desde el Benemérito se ven tres cortes casi a plomo, por uno de ellos decidimos escalar, aunque otros prefirieron seguir por la terracería que llega exactamente al mismo lugar al que todos íbamos, la cima del Chiquihuite.

Andrés, que sin duda era el más ágil de nosotros se fue por adelante, yo le seguí los pasos y atrás de mi Moya, según recuerdo. Poco antes de llegar al fin del corte en el talud de la carretera, miré hacía abajo y le recomendé a Moya que mejor no siguiera que esto estaba muy peligroso. Y realmente lo estaba, Andrés alcanzó la piel original del cerro al termino del talud y yo que le seguía alcancé a tocar la primera piedra ya del suelo natural del cerro, cuando está, por el peso se desprendió, iniciando yo una caída, literalmente en caída libre, a 9.8 metros sobre segundo al cuadrado según nos habían explicado en la clase de física. En ese momento mi mente funcionó mejor que cuando el búho y razoné que lo mejor era no caer como bulto sino tratar de mover los pies como si fuera corriendo, para dirigir en la medida de los posible mi caída. Un día voy a subir al Chiquihuite para medir la altura del talud, pero fácilmente son más de 20 o 30 metros de altura, con ello, voy a calcular más o menos el tiempo que tarde en caer y la velocidad y fuerza con la que me impacté contra el cerro.

Finalmente de toda esa travesía aérea terminé con la cara boca abajo contra un matorral, y los pies en cualquier posición de muñeco de trapo en manos de niña caprichosa. Moya fue el único que estaba cerca pues ya había desandado el talud y emprendido el camino por la terracería y fue a auxiliarme y luego fue por la terracería por los demás, que en un principio debieron no creerle, dado lo bromistas que éramos entre nosotros, finalmente regresaron a auxiliarme cuando yo literalmente me arrastraba hacia la cima ahora por la terracería.

Tuvimos una gran discusión porque todo mundo, o sea, la banda, opinaba que hacer o como bajarme en las condiciones en que estaba, pero yo no estaba como para bajarme del Chiquihuite sin haber llegado a la cima, así que contra viento y marea, terminé subiendo, con ayuda de mis amigos hasta la cima, donde además de mi propia necedad esperaba encontrar agua o material de curación con quien debería cuidar la antena de transmisión de TV, según creo de Canal 11.

Efectivamente encontramos a un velador que de lejos, tras un enrejado soló decía que nos largáramos del área. Mis compañeros desesperados trataban de explicar mi situación y finalmente le pidieron agua, a lo cual se negó señalando en cambio un tambo de agua putrefacta que estaba a un lado del enrejado.

Sentado en la cima mirando al este se veía la otra parte del valle de México que el Chiquihuite habitualmente nos tapaba, un panorama inimaginable se habría ante nosotros. Por un lado veíamos la hermosísima ciudad de México, la Torre Latino, la Unidad Tlatelolco. Mirando mas al noreste veíamos el lago, si el lago, no era mentira de nuestros maestros, el lago de Texcoco y a un costado de este una obra que parecía más bien hecha por extra terrestres, un caracol de dimensiones colosales, diseñado con curvas perfectas que concluían en un centro brillante por los reflejos seguramente de agua.

¿Qué diantres era eso? Nos preguntábamos maravillados. Un lago artificial redondo, pero no redondo sino elíptico, perfectamente diseñado ¿Por quién? ¿Para qué? ¿Por qué nadie nos había platicado de eso?

Luego de mucho discutir, discurrir concluimos que probablemente eran lagunas para secar sal, como en algunos lugares cercanos al mar habíamos visto algunos de nosotros.

Iniciamos el regreso, la caída nos había retrasado mucho y en el Benemérito estarían pronto a acabar las clases y con eso nuestra ausencia quedaría automáticamente al descubierto. Nuevamente la discusión sobre por donde o como regresar, estando yo como estaba, ocupo los siguientes dos minutos de nuestro escaso tiempo.

Igualmente contra viento y marea de quienes querían que regresáramos por la carretera, nos fuimos por el despeñadero, aunque según recuerdo otros no quisieron cómplices de esta salida salvaje y amenazaron con irse por otra parte, cosa que ya no supe si cumplieron.

El camino de la carretera era evidente que debíamos descartarlo pues jamás llegaríamos a tiempo al Benemérito y nuestra fuga y sus consecuencias (yo en carne molida) quedarían al descubierto con las consecuentes ulteriores consecuencias para todos nosotros. Regresar por las grietas también estaba descartado por la imposibilidad de moverme o cargarme ahí. Regresar por la ladera sur, podía ser más rápido pero nos alejaba del Benemérito al llevarnos más rumbo a Ticomán, cuestión que se podía resolver si tomáramos un camión de pasajeros al llegar a la carretera, pero no traíamos suficiente dinero. Solo nos quedaba regresar por el despeñadero, y así lo hicimos deslizándonos con la parte más noble de nuestro cuerpo.

Al llegar a las primeras calles de arriba de La Pastora pedimos un aventón a un camión repartidor de hielo de “La Corona”, con tan mala, que digo mala, malísima suerte, que nos lo dieron. Nos subimos en el estribo de atrás del camión, donde los trabajadores cargan sus cubetas de hielo para irlas distribuyendo con el camión en marcha, y ese camión nos llevó prácticamente hasta la parte baja de La Pastora donde tomaríamos otro aventón.

Fue el viaje más doloroso que jamás haya tenido en mi vida. No podía detenerme con mi mano izquierda, pues como luego supe, mi clavícula estaba rota, con la mano derecha podía detenerme solo con el dedo menique, pues los demás dedos también estaban quebrados, los pies estaban sangrando, mis botas, según decía mi papá con suela de avión y a prueba de balas, estaban literalmente desechas. Cada brinco que daba el camión al atravesar las zanjas lodosas de La Pastora me dolía en todos los huesos y siempre estuve a punto de caerme pues el dedo menique de mi mano derecha, en posición difícil, era insuficiente para mantenerme con seguridad sobre el estribo. Solo la ayuda que en todo momento me daban mis compañeros me permitió deslizarme por el despeñadero y luego sobrevivir al camión de hielo que nos dio el rait.

Finalmente llegamos a una de las esquinas del Benemérito, en la parte que daba a las parcelas del Rancho y a una entrada tal vez de la antena de radio Educación o de Radio Universidad, habitualmente nos saltábamos esta barda para ir a dar una vuelta al rancho o a la granja del Arbolillo, pero esta vez no recuerdo si igual la tuvimos que saltar o si nos arrastramos por abajo, en donde se hace un sifón de agua del canal de riego, el hecho es que atravesando el llano llegamos, unos, y otros no se por donde, a donde teníamos que estar para que no descubrieran nuestra aventura. El ultimo tramo para llegar a la casa, tal vez la casa 11, lo caminé solo. Entré como dice el manual, sin levantar sospechas y me fui directamente a mi cuarto donde me desvestí, oculté la ropa y me metía bañar.

Bajo la regadera me di cuenta de la gravedad de mi estado, simplemente no podía abrir las llaves del agua y cuando lo logré luego no podía cerrarlas, cuando lo logré me vestí para llegar apenas a tiempo al comedor que era donde se notaría mi ausencia. Tomé un plato disimulando mi dolor y mientras la hermana me servía, el peso de la comida hizo que el plato callera de mi mano semi destruida, la otra simplemente no la podía mover.

Ahí fue cuando la hermana se dio cuenta de que algo me pasaba, y yo con la pena de que se me calló la comida y ella con los ojos brillosos de las lagrimas que contenía, me revisó y me llevó de inmediato al centro de salud, donde de inmediato, creo, me llevaron a un hospital con el que el Benemérito tenía un seguro de vida, donde de inmediato, creo me pusieron yeso en el hombro y en las costillas rotas, de tal manera que me crearon un caparazón como de tortuga, y en la mano derecha, aunque libre del caparazón me enyesaron parte de los dedos de la mano y así hasta más arriba del codo. Mi mano izquierda mostraba un par de dedos libres que discretamente salían del caparazón.

Pongan atención chavos. Esto es muy importante. Sólo después de atenderme con toda celeridad la hermana me preguntó que es lo que me había pasado, lo cual equivocadamente era mi principal preocupación y no mi salud, y lo cual nos hacía tomar las determinaciones de cómo justificar el hecho, cuando en realidad eso no era, ni debería ser lo más importante, ni para los adultos ni para nosotros.

Para decirlo con todo claridad a manera de consejo para la posteridad. Si ya la regaste violando alguna norma, y algo salió mal, peor es pretender eludir el regaño, cuando tu vida o la de alguien está o puede estar en riesgo. A lo hecho pecho y ya, sin miedo. Y lo mismo vale para los adultos. Si el resultado es un golpe o herida o situación riesgosa, primero cura o atiende la situación de peligro y luego averiguas y regañas o das consejos.

En fin, no fue necesario llegar tan lejos, simplemente le dije a la hermana, y luego al doctor y luego mis maestros y luego a mi tía, en ese momento creo que mi mamá estaba en Los Ángeles trabajando, que me había caído mientras hacia ejercicio de rutina corriendo en la pista perimetral del Benemérito, a la altura del mamposteo por donde se estacionaban los camiones de transporte escolar, cerca de la caseta de la entrada principal.

Yo creo que los adultos me creyeron, esta es la primera vez que confieso la verdad y si no me creyeron, tampoco pensaron en atormentarme con algún tipo de regaños o suspicacias mirando el estado, enyesado, en que me encontraba. Si acaso la pregunta más complicada que recibí, y eso en tono de sorna solidaria de mis compañeros fue ¿Y como te limpias cuando vas al baño?


Pero eso no se los voy a decir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario