David Cilia Olmos
(Del Capítulo primero)
--Y ahora resulta que la estación Zapata está en Reforma y no en Revolución --pensó Javier mientras trataba de mantener el equilibrio ante los movimientos bruscos del convoy, rodeado de un grupo de jóvenes rastafari que mostraban su rebeldía con aretes en orejas, cejas, nariz, mentón, labios, barbilla y en el ombligo.
--¿Habrá alguien que se ponga un arete en el pene? –se preguntó estremeciéndose de sólo pensarlo.
--Seguramente si –se contestó mientras los testículos se le arremolinaban en el escroto y su pene se retraía alarmado.
--Antes los fierros se usaban para otra cosa --pensó mientras una nueva onda fría atravesaba por su pene.
Pensó que se había subido al convoy hacía exactamente 32 años, cinco meses, 16 días y dos horas en la estación Quepedo y se había dado cuenta de que algo andaba mal en su ruta, porque después de 11 mil 846 días de camino estaba entrando a la misma estación de la que había partido. Por el noticiero de la televisión se había enterado, la noche anterior, que la estación Zapata estaba antes que Revolución y eso lo había confundido totalmente. Lo había visto pero no terminaba de creerlo, "¿qué pedo con los zapatistas?" -pensó.
En su sueño de la noche anterior, luego de chutarse en el canal de las estrellas a Carlos Payán entrevistando al subcomandante insurgente Marcos, se le había atravesado una imagen de Emiliano Zapata caminando como Michel Jackson, tachoneando el Plan de Ayala mientras coquetamente miraba a las cámaras de Televisa. La imagen en su cerebro lo distrajo y nunca supo en que había terminado el sueño. El tren había entrado a toda velocidad a la estación Quepedo.
No era la primera vez que tenía dudas sobre la ruta que estaba usando para llegar a su destino, ya antes había sentido inquietud cuando había asistido al entierro clandestino del Mayor Moisés, en lo que había sido la operación más rápida y eficaz de la guerrilla y en la que él, Javier había participado activamente reprimiendo su glándula whathappen y enterrando junto con el cadáver político del Mayor Moises las 27 preguntas que habían surgido como por milagro en la maceta infértil que sentía tenía como cabeza.
--Me cago en Dios --había dicho en aquella ocasión, como un conjuro para despejar todas las dudas de un solo madrazo y con esto se había fabricado instantáneamente un gesto de absoluta seguridad y había elaborado una teoría: "Era necesario".
Así la imagen del mayor Moisés pintando un mundo mejor, quedó enterrado bajo 247 mil toneladas de papel periódico y 859 mil 547 megawats de ondas de radio y de televisión. En su lugar apareció el prototipo de héroe, el forastero buen mozo de las películas del oeste, el hombre sensible de las novelas de amor, el hombre fuerte, audaz y valiente de las películas de acción, el detective inteligente de las novelas de suspenso, el galán inseducible de la nueva telenovela social, quien pintó una y otra vez, a una velocidad vertiginosa, entre las bolutas de humo de su pipa, paisajes idílicos, de todo tipo y tamaño, para todos sus admiradores y particularmente para sus admiradores pacifistas. Javier se había embelesado con estos cuadros y así embelesado había entrado a la estación Notefijes.
Pero ya la duda le había contaminado el alma, la duda es como una almohada que una vez que se rompe aunque la remiendes, siempre deja una pluma flotando en el ambiente, más aún, la duda es como el himen de una virgen que una vez que se rompe, ya todo es diferente.
No obstante su primera duda cabría en una cáscara de nuez, pero la que ahora tenía al entrar de lleno, nuevamente a la estación Quepedo, era una niebla que lo envolvía.
Una vendedora ambulante rompió con sus pensamientos.
--Que no le digan, que no le cuenten que la luna es de queso, llévese su paz social, con justicia y dignidad– dijo remarcando este plus-- por un peso.
Se buscó en el bolsillo remendado del pantalón y sólo encontró una bala 9 milímetros salitrosa que siempre traía consigo, aún cuando había ya pasado mucho tiempo desde que había abandonado la lucha armada, como quien tambaleante y desvelado abandona una fiesta en la mañana.
--Ni un peso en la bolsa ¡con una chingada! --dijo entre dientes, y la vendedora, con minifalda y ombliguera desparramada se alejaba más y más de él.
Pronto se dio cuenta de su error ¿para qué putas quiero paz social? –se preguntó, mientras la vendedora salía del vagón entre los suspiros de un grupo de jóvenes morenos con el pelo pintado de rubio.
"¿Me bajo o no me bajo?" –se preguntó, el vidrio de la ventana le reflejó su rostro preocupado—"¿Tendría razón el hijo de la chingada respecto a al agotamiento de la insurrección en Chiapas?".
El metro frenó violentamente arrojando a Javier contra una señora mal encarada y sacándolo de su febril divagación mental.
"¿Esta estación es Quepedo o es Prostituyentes? –se preguntó— ¿hasta aquí llega el metro".
(Del capítulo cuarto)
--Tenías razón --dijo Javier en la oscuridad adivinando por la ausencia de ronquidos que el hijo de la chingada estaba completamente despierto.
--¿De qué me hablas vato? –contestó un tanto sorprendido por la pregunta que lo obligaba a abandonar la calidez de su masturbación mental.
--Del sentido de lo que hacemos, de lo que significa la comodidad del zapatismo de camiseta, de todo lo que nos justificamos con el pasado y con las teorías de "hacer lo que se puede".
--No lo sé cabrón, finalmente tu eras el que tenías razón, y yo era el incrédulo, ya lo vez, ya llegó Marcos al Zócalo, tu lo fuiste a ver con un chingo de gente dispuesta a todo.
--Gente dispuesta a todo mientras no tenga que dejar la comodidad de su trabajo, mientras no tenga que jugarse realmente el pellejo, mientras haga solo lo que pueda y no lo que se necesita.
--¿De donde me saliste tan crítico pinche Javier? ¿Qué madre te pasa?
--Las cosas siguen igual que siempre cabrón, la miseria, la injusticia, toda la jodidés que nos rodea.
--Pues es que todavía el zapatismo no toma el poder cabrón.
--Ni lo piensa tomar ¡cabrón! ..., ni lo piensa tomar.
--No te llames ahora a engaño pinche Javier. Eso está a toda madre. Es algo novedoso, a nosotros nunca se nos hubiera ocurrido algo así, éramos muy pendejos.
--Pero luchábamos por la revolución.
--Si pues, fue por eso que nos mataron, no porque quisiéramos el poder, ya vez, todos los pinches políticos, de todos los partidos, de todo el puto mundo declaran abiertamente que luchan por el poder, y no les pasa nada.
--El punto es la revolución, ya lo sabemos cabrón, y sin embargo ya dijo Marcos que él no es revolucionario, que el sólo es rebelde.
--Que te valga madre Marcos, --dijo con convicción el hijo de la chingada-- ahí están las leyes revolucionarias del EZLN, son la espada que está en prenda.
…
--¿Todavía las tienes? –preguntó Javier luego de un rato de silencio.
--¿Todavía tengo qué?
--Las leyes revolucionarias del EZLN, las de 1993.
--Por ahí deben de andar.
--No sé ni qué pedo.
--Está fácil cabrón, pero ya deja de chingar a las 2 de la mañana con tus reflexiones, la pregunta es: ¿hace falta o no hace falta una revolución en este pinche país? todo lo demás son puras mamadas.
--Si pues, si hace falta, todos lo sabemos.
--Pues entonces: con el EZLN...
--Sin el EZLN... --interrumpió Javier acordándose repentinamente de una vieja consigna que hacía más de 20 años habían cantado juntos.
--O contra el EZLN...
--La revolución vencerá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario