David Cilia Olmos
LA REDADA DEL 4 DE ABRIL
Primera edición 1992
Editorial Claves Latinoamericanas
Revistas Cómo y Rotativo
Derechos reservados © por el autor
ISBN 968-843-109-5
A la memoria de María Figueroa Robles, abuela de Sergio Martínez, muerta a consecuencia de la redada del 4 de abril.
A los que desde la clandestinidad obligada por la feroz persecución policíaca continúan ganando batallas por la libertad.
Tiempos vendrán en que nuestro silencio será más fuerte que las voces que hoy ustedes apagan
Mártires de Chicago
No confundir, somos poetas que escribimos desde la clandestinidad en que vivimos. No somos, pues, cómodos e impunes anonimistas de cara estamos contra el enemigo cabalgamos muy cerca de él, en la misma pista. Al sistema y a los hombres que atacamos desde nuestra poesía con nuestra vida les damos la oportunidad de que se cobren, día tras día.
Roque Dalton
INDICE
Otra vez la guerra sucia | 6 |
Los hechos según la prensa | 11 |
TESTIMONIOS | |
Elia | 17 |
Karime | 19 |
Julio | 20 |
Martha | 21 |
Arturo | 23 |
Verena | 28 |
Familia Martínez González | 40 |
Sergio | 47 |
Genaro | 52 |
Berrocal | 56 |
Santos | 72 |
David | 76 |
Una pequeña biografía | 95 |
Situación actual de los presos | 98 |
Hogares allanados | 99 |
Familiares tomados como rehenes | 100 |
Notas | 103 |
OTRA VEZ LA GUERRA SUCIA
El 4 de abril de 1990 en la ciudad de México, más de 166 personas fueron secuestradas, sometidas a crueles tormentos; sus casas allanadas y saqueadas. En los siguientes cinco días, niños de entre seis meses y once años fueron interrogados como si fueran criminales, arrancados del seno familiar e incomunicados. A los detenidos se les amenazó con desaparecerlos y matarlos junto con toda su familia.
Como en los peores tiempos de la guerra sucia del gobierno contra la oposición armada de los años 70, de la Brigada Blanca y el Grupo Jaguar, a todas las policías en el Distrito Federal se les ordenó cercar colonias enteras; derribar puertas en vez de tocar el timbre, disparar en lugar de ordenar "manos arriba", incomunicar a familia completas y vecinos en vez de preguntar por el sospechoso; secuestrar a pacíficos ciudadanos y torturarlos frente a sus hijos, padres y hermanos; torturar a la familia completa para que se declarara culpable de delitos que jamás imaginó.
Esta era la forma en que la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal cumplía órdenes de las más altas autoridades de este país para resolver el asesinato de dos guardias del periódico La Jornada, ocurrido dos días antes.
Ese mismo día, mientras tropas del ejército mexicano invadían el estado de Michoacán para desalojar por la fuerza las alcaldías tomadas por la población inconforme con los resultados electorales, en la ciudad de México la Policía Judicial del Distrito Federal, Judicial Federal, Grupo Especial de Respuesta Inmediata y Dirección de Seguridad Nacional imponían un virtual estado de sitio en varias colonias y desplegaban el operativo guerrilla, nombre clave que se le dio a la redada del 4 de abril.
Todo esto para capturar a los responsables de la muerte de dos vigilantes del diario La Jornada. Las pesquisas de la policía apuntaban hacia a Felipe Martínez Soriano y David Cilia Olmos. Pero ni Martínez Soriano ni Cilia Olmos fueron detenidos en la vasta redada.
Tres días después, las autoridades capitalinas consignaron a 14 personas. Ninguna de ellas por la muerte de los vigilantes del citado rotativo. La oficina del procurador Morales Lechuga les imputó los delitos de "encubrimiento, asalto a mano armada en contra de tres bancos y al Colegio de Ciencias y Humanidades; el asesinato de dos policías en Iztapala y otros que en total suman 14 ilícitos". Siete de ellos permanecen en prisión; el resto fue puesto en libertad por falta de pruebas.
Cinco de estos detenidos —incluida una mujer a la que se le vejó sexualmente— padecieron brutales torturas que pusieron en peligro sus vidas; sus casas y las de sus familiares fueron allanadas y semidestruidas a balazos por la policía. Decenas de niños, la mayoría menor de ocho años de edad, padecen serios traumas psicológicos producto de la brutalidad policiaca. Son las víctimas de la nueva guerra sucia.
Empero, el operativo guerrilla, que fue presentado por el procurador de justicia del Distrito Federal el 6 de abril de 1990 como la solución al doble asesinato en La Jornada, no arrojó ningún resultado concreto sobre la muerte de los dos guardias y mucho menos sobre los autores materiales del crimen.
Bastó la madrugada del 4 de abril de 1990 para que las ilusiones de que en México el gobierno ya no secuestra, desaparece y tortura a sus opositores se desvanecieran. Las pruebas son contundentes. Cientos de integrantes de diversas organizaciones sociales opositoras al régimen son encarcelados. Maestros normalistas, trabajadores universitarios, solicitantes de vivienda y miembros de organismos defensores de los derechos humanos son presa de la violencia gubernamental. El 4 de abril fue el regreso, premeditado y consciente, del gobierno mexicano a la guerra sucia como política de Estado.
El empleo del secuestro, las cárceles clandestinas, tortura y manipulación de la información de parte del gobierno demuestra qué lejos está México de la vigencia del estado de derecho y del pleno respeto a los derechos humanos. Tal parece que para el gobierno cuando afronta un problema que creía superado —la oposición armada— la constitución y los derechos humanos son letra muerta.
Este es un problema grave, pues en cualquier sociedad moderna, incluyendo las democracias más avanzadas, siempre existe el riesgo de que surjan grupos radicales. Y no hay nada más peligroso para una nación que un Estado tan propenso como el mexicano al autoritarismo. Gobierno y funcionarios judiciales que en nombre de la seguridad de Estado violan derechos humanos y se ubican por encima de la sociedad y las leyes, son veneno puro para la democracia.
La redada del 4 de abril de 1990 es una muestra rotunda de ello. Y si ésta se realiza 10 años después del fin de la guerra sucia, sin que existan elementos contundentes de un eventual resurgimiento de grupos armados, eso sólo puede apuntar en una dirección.
INCONGRUENCIA DE LA VERSION OFICIAL
A más de dos años de estos acontecimientos, es preciso hacer un balance de los hechos.
Primero: ¿Qué motivó legalmente la detención de los ciudadanos que quedaron presos y aún lo están, ¿qué demanda penal o averiguación previa existe antes de su detención, donde se les señale expresamente? ¿Quién los identificó como presuntos implicados en el asesinato de La Jornada, o en los otros delitos que el gobierno les endilgó?
La procuraduría no podía tener órdenes de aprehensión contra ellos, porque ni siquiera sabía que los buscaba; los detuvo circunstancialmente mientras intentaba detener a Cilia Olmos, y como no pudo capturarlo les fabricó varios delitos.
Una vez que fueron aprehendidos y ante la obvia imposibilidad de relacionarlos con las muertes de La Jornada, se les imputan diversos ilícitos para no tener que dejar a todos en libertad y hacer el ridículo. Que sólo después de presos se les relaciona con delitos, se demuestra documentalmente con las fechas de los oficios que el entonces subprocurador de Averiguaciones Previas, Federico Ponce Rojas, remitió a las distintas agencias del Ministerio Publico a las delegaciones del DF para que le enviaran los expedientes de los delitos con que después acusaron a los detenidos el 4 de abril.
Es decir, primero se captura a un ciudadano y después —cuando la acusación original no puede prosperar— se busca de qué se le puede procesar. Por ello, todos los detenidos de la redada del 4 de abril son consignados por otros delitos.
Durante las redadas del 4 de abril se giraron 16 órdenes de cateo; todas las personas relacionadas con ellas salieron libres luego de rendir su declaración. En cambio, en otras 20 casas, que corresponden a ciudadanos que aún permanecen en prisión y que fueron saqueadas, no existe ninguna orden de cateo, como lo reconoció en enero de 1991 el doctor Jaime Muñoz Domínguez, director de Control de Procesos de la PGJDF. Ninguno de los actuales presos del 4 de abril tenía orden de aprehensión en su contra, sino que fueron todos secuestrados y sometidos a tortura e incomunicación sin saber ni siquiera el delito de que se les acusaba; ninguno de sus nombres aparece en alguna averiguación previa antes del 4 de abril. Primero fueron capturados y días después su nombre fue incluido en las averiguaciones previas que más tarde se presentarían para su consignación.
La primera, y única, orden de aprehensión contra el que la oficina del procurador afirmaba era el principal implicado —Cilia Olmos—, fue solicitada al juez por el agente del Ministerio Público, Arturo Rodríguez Mejía, el 9 de abril, es decir cinco días después de la redada para capturarlo. Una semana después de allanar y saquear decenas de casas, de vejar a cientos de capitalinos, de aplicar brutales torturas contra los detenidos.
Pero no sólo eso. Cinco días más tarde la policía presenta a los detenidos a la opinión pública con propaganda del PROCUP, que según la oficina del procurador tenían en su poder; pero eso es un absurdo, pues es la misma propaganda que quedó en el vestíbulo de La Jornada el 2 de abril. Asimismo, la oficina del procurador de Justicia del DF presenta armas que se adjudican a los detenidos, incluyendo una pistola Llama calibre .45, con la que, según las autoridades, "pericialmente se ha demostrado" que es el arma que dio muerte los dos vigilantes. Nueva mentira, pues más tarde cuando se detiene a David Cabañas Barrientos —dirigente del PROCUP, capturado dos meses más tarde— se presentaría otra pistola .45, en esa ocasión una Colt, con la que también "se demuestra pericialmente" que es el arma que privó la vida a los dos vigilantes.
Igualmente se les acusa de intento de asalto al periódico El Financiero y se parte del hecho de que uno de los detenidos ha entregado algunas colaboraciones y ese diario las ha publicado. Junto con estos ilícitos se agrega un largo rosario de delitos a la averiguación previa que se les obliga a firmar, justamente en esos cinco días de tortura.
Se trataba de tener pretextos legales para mantenerlos en prisión hasta que pudiera ser capturado el principal cabecilla, según la policía. Las autoridades tenían que justificar la redada del 4 de abril, los excesos y brutalidades de las policías del Distrito Federal y evitar la eventual solidaridad con los detenidos.
Estas, en síntesis, son las bases legales sobre las que descansa el proceso penal que mantiene en la cárcel a siete ciudadanos.
LA RESPUESTA DEL GOBIERNO MEXICANO
A más de dos años de estos hechos, las víctimas de esas violaciones a los derechos humanos no han sido escuchadas. Se les mantiene en la cárcel para no tener que reconocer que su confinamiento es una tremenda injusticia. Todas las demandas contra los funcionarios responsables de estas violaciones a las garantías constitucionales y a los derechos humanos han sido ignoradas por las autoridades correspondientes.
La primera demanda penal que se levantó en la Delegación Iztapala en contra de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, desapareció sin dejar rastro. La agente del Ministerio Público que se atrevió a levantarla fue removida de su puesto de inmediato. Más tarde se presentó una denuncia a la recién formada Comisión Nacional de Derechos Humanos, que ha guardado silencio durante dos años.
Posteriormente, la misma demanda se envió a la Asamblea de Representantes del DF el 8 de enero, en ocasión de la comparecencia del procurador Morales Lechuga. El resultado fue el mismo: nada.
Incluso, al presidente de la República Carlos Salinas de Gortari se le envió una misiva, 31 de enero de 1992, donde se anotan puntualmente todos los hechos y las denuncias. El tiempo nos dirá qué respuesta se le da a esa solicitud, aunque por los antecedentes no podemos esperar noticias halagüeñas.
VOCES QUE DEBEN SER ESCUCHADAS
Este libro ofrece dos hechos importantes. Uno, que se trata de la primera prueba documental, pública, fehaciente —con datos irrefutables, nombres y lugares— de gravísimas violaciones a los derechos humanos, que desnuda las prácticas policiacas que utiliza el Estado. Que en los sótanos del gobierno persisten, e incluso se alientan, conductas criminales de las policías para enfrentar a los disidentes.
Estas prácticas deben cesar, México debe desterrarlas.
El segundo, es que muestra por primera vez en la historia moderna de este país lo que es la guerra sucia y sus secuelas. A manera de ejemplo diremos que en sólo dos familias fueron vejadas por la policía 22 personas; de ellas 15 eran niños, de entre seis meses y once años de edad. Son los niños de la guerra, que ahora padecen severos traumas sicológicos. Los más afortunados —a diferencia de cualquier niño común y corriente— juegan a que "yo soy policía y ahora te interrogo". Otros, en un extraño mutismo, guardan el miedo y terror a lo vivido la madrugada del 4 de abril.
Ellos son la punta del iceberg. Si en sólo cinco días de brutalidad policiaca más de 50 ciudadanos fueron presa de la violencia, ¿cuántos miles de compatriotas padecen las secuelas de la guerra que se libró entre 1970 y 1980 en este país?
Este libro contiene 13 testimonios, redactados — muchos contados—, los días siguientes a la redada del 4 de abril, a excepción del de David Cilia Olmos. En todos los casos se respetó la sintaxis y si no se incluyeron otros testimonios, distintos de familiares o miembros o ex miembros de la Liga Comunista 23 de Septiembre, como los vecinos de la unidad habitacional Tlatelolco y otros, que no son menos graves o dramáticos, se debió a que ellos prefieren olvidar; intentan borrar de su mente el 4 de abril y no quieren recordar nada de ese negro día.
Y eso es justamente lo que no pretende este libro. No podemos, no debemos olvidar el 4 de abril de 1990. El futuro de nuestros hijos, del país, depende de ello. El respeto a la vida humana, a la integridad de las personas y, sobre todo, a la justicia, nos grita que no debemos hacerlo. Sólo el recuerdo de ello puede impedir que se repita de nuevo. Sólo una sociedad con memoria y conciencia histórica puede garantizar que no ocurran otra vez este tipo de injusticias. Tener presente hechos como la redada del 4 de abril es la mejor manera de hacernos más libres. Y ese es un buen principio para construir un México más justo.
Estos son los hechos, estos los actores.
David Cilia Olmos
LOS HECHOS
(SEGÚN LA PRENSA)
Dos sujetos asesinaron a tiros a dos elementos de seguridad del periódico La Jornada, cuando éstos les iban a devolver dos paquetes con propaganda perteneciente al Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo, que habían dejado en el diario.
Los dos elementos cayeron muertos frente a las puertas de la institución bancaria Bancreser, ubicada sobre las calles de Balderas esquina con Artículo 123, en pleno centro de la ciudad; uno recibió tres balazos y el otro dos; ambos de calibre 45.
Enrique García Gutiérrez, de 20 años de edad y Jesús Samperio, pertenecían a la empresa Sistemas de Seguridad Física Apolo, que es la que le brindaba los servicios de protección al citado medio de información. Los dos murieron en forma instantánea.
La Policía Judicial del Distrito interroga a dos mujeres y un hombre testigos presenciales, quienes por el momento dieron a conocer la media filiación de los sujetos. Minutos después llegaron al lugar el procurador de Justicia del Distrito, Ignacio Morales Lechuga, junto con el director de la Policía Judicial y de inmediato se enteraron de cómo habían sucedido los hechos.
OVACIONES, 2 DE ABRIL 90
LA INVESTIGACION
No hay pistas, la policía investiga en imprentas, hasta ahora no existe un dato positivo para ubicar a los presuntos doble homicidas
OVACIONES, 3 de ABRIL 90
Hay retratos hablados del homicida de los vigilantes: Policía Judicial; en las pesquisas intervienen experimentados detectives de la corporación.
Además de cinco testigos de los hechos la policía ha interrogado a varias personas de izquierda que saben de la existencia del PROCUP.
Por instrucciones del procurador Ignacio Morales Lechuga, todos los agentes que intervienen en las investigaciones de este caso trabajan a marchas forzadas, ya que es un atentado grave para los medios de comunicación.
ULTIMAS NOTICIAS, 3 DE ABRIL DE 1990
Identificados, dos de los asesinos de los vigilantes de La Jornada, dice Morales Lechuga. Aparentemente son tres los responsables; huyeron en un automóvil blanco.
Por instrucciones del procurador Morales Lechuga "las investigaciones continúan sin descanso para esclarecer los hechos".
LA JORNADA, 4 DE ABRIL 90
En un impresionante operativo que no se había visto en los últimos 10 años, agentes de las distintas corporaciones de seguridad pública aprehendieron a más de 90 presuntos integrantes del PROCUP escondidos en 15 casas de seguridad.
Respecto al homicidio de dos vigilantes de La Jornada la procuraduría capitalina informó que tiene plenamente identificado a uno de los victimarios, el cual supuestamente abandonó el DF en compañía de Felipe Martínez Soriano.
UNOMASUNO, 5 ABRIL 90
La Judicial del DF detuvo a 106 miembros del Partido de los Pobres. En una serie de aprehensiones simultáneas realizadas por la Policía Judicial del Distrito, cayeron más de 106 personas pertenecientes al PROCUP, a quienes les decomisaron gran cantidad de armas de alto poder, propaganda de su organización e incluso maquinaria para la elaboración de su periódico informativo. Todos los detenidos son interrogados en los separos de la corporación policíaca situados en las calles de Escuela Médico Militar.
OVACIONES, 4 DE ABRIL 90
Huyó uno de los homicidas, plenamente identificado. La PGJDF emitió anoche un comunicado en el que asienta:
Que tiene plenamente identificado a uno de los sujetos que dieron muerte el lunes pasado a dos vigilantes de La Jornada y que este presunto responsable abandonó la mañana de ayer esta ciudad en compañía de Felipe Martínez Soriano y otras personas. Ya son rastreados por los estados de Puebla, Oaxaca y Veracruz.
LA JORNADA, 5 DE ABRIL 90
Uno de los asesinos huyó hacía Oaxaca acompañado del dirigente del PROCUP, el ex rector de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, Felipe Martínez Soriano.
CUESTION, 5 DE ABRIL 90
Se dijo que un individuo llamado David era jefe de una célula muy activa y que participó en el asesinato de los dos vigilantes del periódico La Jornada. David huyó y es buscado en Morelos y Oaxaca.
EL UNIVERSAL GRAFICO, 5 DE ABRIL 90
Aumentó a más de 300 el número de detenidos miembros y simpatizantes del PROCUP y varios empezaron a confesar su participación en diversos delitos.
Los agentes y comandantes que interrogan a los detenidos informaron que por lo menos algunos de ellos eran simpatizantes del grupo guerrillero 23 de Septiembre.
Un jefe policiaco dijo que la esposa de uno de los trabajadores de la revista La Trilla ya confesó que ella misma tuvo acción en tres asaltos bancarios.
EL UNIVERSAL GRAFICO, 5 DE ABRIL 90
Se les decomisaron a los detenidos propaganda impresa del SITUAM y STUNAM, así como varios ejemplares del periódico Construcción Proletaria, cuyas oficinas se encontraban en la avenida Juárez.
CUESTION, 5 DE ABRIL
Se supo que en la Unidad Cabeza de Juárez, en Iztapalapa, donde se localizó una casa de seguridad, fue encontrado un sistema de computación bien montado y se aclaró que las computadoras son las que alguien robó hace siete meses de un plantel del CCH.
EL UNIVERSAL GRAFICO, 5 DE ABRIL 90
Constantemente camionetas Suburban, Vam y combis disfrazadas y de las llamadas chocolatas con placas extranjeras llegaban con detenidos, los que más tarde, según su importancia, eran trasladados al edificio central de la PGJDF en Niños Héroes. Una Van blanca, placas V-17EMJ, de Texas, con vidrios polarizados, llevaba a los separos del Sector Central a los arrestados, muchos de los cuales fueron interrogados personalmente por el procurador Ignacio Morales Lechuga, quien por la importancia del caso se quedó a dormir en sus oficinas.
UNOMASUNO, 5 DE ABRIL 90
El arma con que fueron asesinados los vigilantes de este diario fue localizada en uno de los 16 cateos que efectuó la policía judicial informó ayer la PGJDF.
Según la PJ Roberto Fernández Albores, detenido y sujeto a investigación, presuntamente participó en el muro que cuidaba la seguridad del mensajero que el lunes pasado entregó la propaganda del PROCUP en la redacción de La Jornada, segundos antes de que fueran muertos los dos vigilantes.
Son buscados como posibles participantes en estos hechos David Cilia Olmos, Juan Carlos Ávila García, Víctor Valdés Tovar El Bigos y Luis Cisneros Luján.
En las instalaciones de la policía judicial distritense de la calle Escuela Médico Militar se encontraban ayer dos mimeógrafos, propaganda y otros objetos reconocidos durante los cateos. La Procuraduría del Distrito informó que el arma con la que fueron asesinados los dos vigilantes de este diario es una pistola Llama calibre .45 y que pericialmente fue reconocida como el instrumento del delito.
Se informó también que las procuradurías de Veracruz, Oaxaca y Puebla continúan colaborando con la del Distrito en la búsqueda de Felipe Martínez Soriano, quien presuntamente viaja acompañado de uno de los homicidas. Se asegura que de la ciudad de México salieron el martes a bordo de un automóvil Volkswagen rojo
LA JORNADA, 6 DE ABRIL 90
Hasta ayer se investigaba una serie de asaltos a instituciones bancarias y dependencias oficiales, luego de que la esposa de uno de los prófugos, de nombre David Cilia, aceptó haber participado directamente en la comisión de tres de ellos. En un departamento de la Unidad Cabeza de Juárez, en Iztapalapa, se localizó un sistema de cómputo que, según la policía fue obtenido por asalto en las instalaciones de la UNAM.
Aunque el hermetismo llega a tal grado de bloquear a los representantes de diversos órganos de información se estableció que los interrogatorios han revelado que entre los detenidos existen algunos integrantes y simpatizantes de la desintegrada Liga Comunista 23 de Septiembre.
Otras detenciones se realizaron durante el miércoles por la mañana en las instalaciones de La Trilla, donde fue detenida la mujer de un individuo llamado David Cilia Olmos, que está identificado como uno de los principales jefes del grupo ultra izquierdista
Dicha persona fue capturada por señalamiento del soplón quien la vio entrar y salir de dicha oficina donde pensaba encontrar a su marido. De ahí fue trasladada a las instalaciones de la judicial capitalina y confesó que participó en el asalto a tres instituciones bancarias.
Sobre la identidad del prófugo David Cilia, se abundó que era jefe de una célula muy activa y que participó en el asesinato de los dos vigilantes del periódico La Jornada. David Cilia huyó y es buscado en Morelos y Oaxaca.
EL UNIVERSAL, 6 DE ABRIL 90
Morales Lechuga aseguró que varias de las personas que serán consignadas confesaron su militancia en el PROCUP. Martínez Soriano huyó junto con David Cilia Olmos, identificado como jefe de una célula del PROCUP y calificado como hombre peligroso.
Sobre los dos autores materiales del doble homicidio Martínez Soriano y David Cilia Olmos, Morales Lechuga dijo que sólo falta solicitar la orden de aprehensión de parte del juez para que la Dirección de Aprehensiones salga a la búsqueda de ellos.
Mientras tanto, en una carta, el principal señalado por la procuraduría como miembro del PROCUP, David Cilia Olmos, ofreció entregarse a la policía a cambio de que se libere a su esposa, sus tres hijos y familiares y cese la persecución de sus compañeros y amigos. Tras aclarar que no es militante de esa organización, dijo que no piensa salir del país y que no se encuentra armado.
EL UNIVERSAL, 7 DE ABRIL 90
Aclarado el doble crimen. El procurador de Justicia del Distrito Ignacio Morales Lechuga dio esta mañana por aclarado el doble asesinato ocurrido a los vigilantes del diario La Jornada e indicó que David Cilia Olmos es el verdadero autor intelectual y material del doble asesinato, a pesar de que huyó junto con Felipe Martínez Soriano al estado de Oaxaca, se le tiene prácticamente cercado.
También manifestó el funcionario que será hoy por la tarde cuando presente a los medios de difusión a 13 de las 150 personas que habían sido detenidas y que pertenecen al PROCUP.
OVACIONES, 9 DE ABRIL 90
Consignados ante el juez Cuarto penal, tres presuntos autores del crimen: Felipe Martínez Soriano, Alberto Alejandro Rodríguez y Andrés García Valle. La consignación se hace sin ningún detenido.
En otro pliego de consignación fueron también puestos a disposición del juez como presuntos responsables de los delitos de homicidio calificado, tres asaltos a mano armada y asociación delictuosa, Sergio Martínez González, Rocío Verena Ocampo Rabadán, Alfredo Rivera González, David Cilia Olmos y Luis Fernando Roldán Quiñónez.
De ellos, Cilia es el único que no se encuentra detenido.
LA JORNADA, 9 DE ABRIL 90
Los operativos desplegados por la PGJDF con relación al doble homicidio del personal de seguridad de La Jornada estuvieron estrictamente apegados al derecho.
Doctor Jaime Muñoz Domínguez. La Jornada 9 de abril
"Mienten quienes aseguran que las detenciones se realizaron en contra de los preceptos constitucionales y violando las garantías y derechos humanos. Mienten o porque desconocen nuestra constitución o porque lo hacen de mala fe. Niego rotundamente que haya habido tortura, no la hay, no la hubo ni la habrá"
Federico Ponce Rojas, Universal 9 de abril 90
Por lo que se refiere al prófugo David Cilia, Ponce Rojas y Díaz de León señalaron que es presunto responsable de los delitos de homicidio calificado, robo por asalto e ilícitos contra la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos así como asociación delictuosa...
Los funcionarios manifestaron que la carta enviada desde la clandestinidad por Cilia Olmos trata de desvirtuar los hechos a su conveniencia y los cuales no coinciden con la realidad jurídica.
Ponce Rojas aseguró sobre las acusaciones de que se actuó sin ordenes de aprehensión que "dichas afirmaciones son producto de mala fe o de ignorancia jurídica. Es temerario e infundado pretender confundir circunstancias naturales derivadas de esas acciones indagatorias, con supuestas violaciones a los derechos humanos y a las garantías individuales .. Quien señale estas condiciones miente"
UNIVERSAL 9 DE ABRIL 90
Por lo que se refiere al prófugo David Cilia, Ponce Rojas y Díaz de León señalaron que es presunto responsable de los delitos de homicidio calificado, robo por asalto e ilícitos contra la Ley Federal de Armas de Fuego y Explosivos así como asociación delictuosa...
UNIVERSAL 9 DE ABRIL 90
"Cilia Olmos se desempeñaba como maestro en la Prepa Popular Tacuba y se presume que entre sus adeptos promovió el atentado de ese primero de mayo" (de 1984 cuando arrojaron una bomba molotov al balcón donde se encontraba el entonces presidente Miguel de la Madrid).
UNIVERSAL GRAFICO 9 DE ABRIL 90
El ahora prófugo David Cilia Olmos, (es) presunto responsable de homicidio calificado, robo agravado (por asalto), asociación delictuosa.
Federico Ponce Rojas, LA JORNADA 10 DE ABRIL 90
Testimonios
Elia Rabadán de Ocampo (60 años)
Siendo las 3:35 del día 4 de abril de 1990, llegaron a nuestro domicilio varios agentes de la PGJDF, quienes se presentaron en carros de la misma corporación.
De inmediato allanaron brutal y salvajemente la casa, la destrozaban a culatazos y patadas, así lo hicieron con puertas y ventanas. Nos jalaron, arrastraron y amenazaron con las armas sin la menor consideración a los menores de edad, como en el caso de la niña de seis meses.
Después de haber destrozado todo, nos sacaron del domicilio a golpes, amarrados y vendados, siempre martirizándonos e insistiéndonos que dijéramos dónde se encontraban las armas y la propaganda, y dónde estaba mi hija Rocío Verena y mi yerno.
A mi esposo lo torturaron física y psicológicamente, al igual que a mis hijos y yernos, esto lo hicieron en el patio de la casa; el objetivo principal de las torturas era que afirmaran que conocían a militantes guerrilleros.
Dos policías tomaron a la fuerza a dos menores de uno y tres años para obligar a que mi hija dijera dónde vivía Arturo Becerril y Rocío Verena Ocampo, ellos son mi yerno y mi hija; golpearon a Lizeth que es mi nieta y tiene seis años.
Cuatro judiciales fueron los que a mí siempre me sujetaban, me agarraron del cuello y me aventaron a unas piedras para obligarme a decir dónde tenía el dinero, con sus armas en la cabeza me decían a una sola voz: "¡habla o jalamos el gatillo!". Debido a esta angustia y miedo, me dio una especie de infarto. A la vez a mi hija la menor, Claudia, la amarraron amenazándola que dijera todo lo que sabía o la pasaría aún peor de lo que le estaba ocurriendo. Después la despojaron de alhajas y dinero.
En el acto y después de maltratarnos, amenazados y de vejaciones y groserías, uno de ellos nos obligó a caminar hacía los carros, luego siguieron los demás, siempre con una amenaza.
Ya dentro de los carros nos condujeron a la PGJDF, la cual se ubica cerca del Metro Pino Suárez. Mientras tanto otros policías se ocupaban de robar las casas de mis hijos, todo ello de manera descarada. Esta información es vertida por todos los vecinos.
En la procuraduría fuimos sometidos a un intenso interrogatorio, desde las 6 de la mañana hasta las 9:30 de la noche; siempre estuvimos incomunicados, nos amenazaban diciéndonos que no saldríamos hasta que se diera por concluida la investigación, pero no fue así, pues a las 10:00 de la noche en dos vehículos de la institución nos llevaron nuevamente a nuestro domicilio, el cual estaba aún en manos de la policía.
Quienes nos llevaban, siempre déspotas, nos evitaron la entrada, ya que según ellos no tenían la orden de entregar la casa, ordenándonos que nos largáramos de nuestro propio domicilio.
Después de algún tiempo, un sujeto que estaba radiando recibió la orden de entregar la casa. Sólo así volvimos al lugar, que se encontraba destrozado, saqueado, mal oliente a vino, síntoma de que estuvieron tomando licor desde temprano, ya que había un sinnúmero de botellas vacías.
Por último, nos informaron algunos vecinos que con prepotencia e impunidad los obligaron a cocinar los alimentos que sacaron de nuestro domicilio.
A quién lea este testimonio, les decimos sin temor a mentir que estos sujetos enviados por las altas autoridades encargadas de impartir la justicia en el DF nos dejaron en la vil miseria y con tremendos traumas psicológicos, no teniendo seguridad alguna en todos los que componemos la familia.
Karime Ocampo Rabadán
Serían las 3:30 de la madrugada cuando llegaron como 50 judiciales. Nos levantaron de la cama. Al ver que estaban golpeando a mi esposo, Julio Portugal, les pregunté que si tenían orden de aprehensión o de cateo, porque estaban entrando a mi casa sin mi autorización: "lo que tenemos es una bola de chingadazos para ti", me contestaron.
No me permitían cargar a mis hijos que estaban llorando, nos sacaron al patio sin permitirme abrigar a mis hijos pues era de madrugada y hacía frío. Me llevaron junto a mi mamá (Elia Rabadán) y mi hermana Claudia (Claudia Ocampo Rabadán). En el camino me doy cuenta de que lo mismo ocurre en la casa de mi hermana Frida (Frida Ocampo Rabadán) y que están golpeando a mi cuñado Luis Zúñiga.
Me suben a un carro y me trasladan sin darme oportunidad ni de vestirme ni de vestir a mis hijos; llegamos a los separos, ahí permanezco desde las 5 de la mañana hasta las 10 de la noche —17 horas sin probar agua ni alimento. Mis hijos se estaban deshidratando al igual que mis sobrinos, mi mamá estaba muy grave y no me permitían hablar con ella, ni con mi esposo que estaba muy golpeado.
Finalmente, nos dejaron salir a las 10 de la noche diciendo que de que se muriera mi mamá ahí adentro que mejor se fuera a morir afuera, lo mismo los niños.
Me preguntaban por "la propaganda" y por unas supuestas armas, a lo que yo les contestaba que no sabía nada, pero más me preguntaban por mi cuñado (Arturo Becerril Rodríguez).
Cuando regresamos a mi casa tomamos fotografías de las tres casas allanadas, ya que había botellas de vino vacías, los vidrios rotos; no había absolutamente nada de aparatos eléctricos, alhajas, ropa y adornos.
Los vecinos nos dijeron que a punta de pistola los obligaban a guisar para que los agentes comieran tomando todo de nuestras despensas, pues estaban esperando que llegara mi cuñado David (David Cilia Olmos), o no sé quién.
Julio Portugal Arriaga
Llegaron a las 3:30 a.m. como 50 judiciales, aventaron la puerta y me levantaron de la cama a punta de golpes con sus armas. Levantaron a mi esposa y a los niños, que en ese momento empezaron a llorar; sacaron a los niños y a todos nosotros desnudos al patio; me aventaron en un charco de lodo y ahí comenzaron a patearme preguntándome dónde tenía "la propaganda". Yo les dije que no sabía de que me hablaban.
Luego me subieron a un carro y me llevaron a unos separos, me separaron de mis hijos y mi esposa y no me permitieron hablarles a pesar de que mis dos hijos (de uno y tres años, respectivamente) se estaban deshidratando y a que tenían más de 24 horas sin comer y sin tomar agua.
Mientras estuve en los separos no probé ni agua ni alimento alguno, en cambio los golpes y malos tratos estuvieron siempre presentes. Pude ver cómo torturaban a mi cuñado Felipe Ocampo Rabadán y a mi cuñada Rocío Ocampo, así como a mi concuño Arturo Becerril.
Para poder salir de la procuraduría tuve que negar parentesco alguno con Rocío Ocampo, ya que mi cuñado Felipe Ocampo permaneció mucho más tiempo y fue salvajemente torturado por el simple hecho de ser su hermano.
Martha Ocampo Rabadán
El día 4 de abril de 1990, alrededor de las 5:00 a.m. tocaron la puerta de la casa, pregunté "¿quién?", y me contestó mi hermana Karime Ocampo Rabadán: "soy yo", pero estaba llorando. Cuando abrí la puerta me aventaron hacia adentro; eran como 50 o más hombres armados y me preguntaban que dónde tenía las armas, apuntándome y ponían una lámpara en la cara. Yo contestaba que no sabía, mientras registraban la casa revolviéndolo todo, rompiendo cosas y pateando las puertas de las recámaras.
En medio de la revoltura vi que sacaban a Arturo Becerril Rodríguez con la cabeza tapada y amarrado de las manos; lo llevaban como cinco hombres casi arrastrando y golpeándolo. Mis hijos lo único que hacían era llorar. Después me dijeron que me saliera con los niños y me subieron a una patrulla de judiciales junto con ellos. Cuando salí lo único que vi fue a toda mi familia en diferentes unidades.
El camino parecía una caravana de tantos autos que eran; todos pertenecían a la Procuraduría del DF. Cuando llegamos a las instalaciones de la PGJDF a todos nos metieron a los separos y fue cuando me di cuenta de que iban todos mis sobrinos; el mayor de 13 años y la más pequeña de seis meses. Estuvimos en diferentes separos; en total fuimos 22 personas detenidas de mi familia, entre adultos y niños.
Estando ahí lo único que nos decían es que estaban haciendo una investigación y cuando terminaran nos iban a dejar salir. Mi mamá se puso muy grave y mi hermano, al que habían torturado en la casa de mi mamá, no recibió la atención médica debida.
Después de no sé cuántas horas después nos empezaron a sacar para declarar. Primero nos pasaban a un examen médico que no nos sirvió de nada porque no ponían nada de los golpes que nos habían dado los agentes. Después del examen hacíamos nuestra declaración en la cual nos hacían algunas preguntas. Ah, pero antes de esto, nos habían estado tomando fotografías.
Después de la declaración nos mandaban a los separos otra vez y nos tenían sin alimentos más que con un sándwich y a los niños un boing; a los bebés les dieron un biberón pero a la mayoría les hizo daño la leche, les dio diarrea y se estaban deshidratando.
No hablo del tiempo porque no sabíamos el tiempo que había pasado; se nos hicieron días de la desesperación, de tanto grito y llanto de los pequeños por que todos los separos estaban llenos de personas de todas las edades y la mayoría estábamos descalzos y en pijama. Más tarde nos empezaron a sacar y nos formaban diciendo que ya nos íbamos pero no nos dejaban hablar con los demás.
Cuando llegué a mi casa eran como las 10:45 p.m. y todavía nos tuvieron otro rato en la calle hasta que nos entregaron la casa que había estado vigilada todo ese día. Cuando nos entregaron la casa estaba toda destrozada, sin ningún vidrio completo, la puerta desbaratada; no se podía caminar porque todo estaba tirado y todo lo de valor no estaba, la habían vaciado, nos dejaron sin dinero ni nada que pudiéramos vender para reparar la casa.
Mi padre, Antonio Ocampo Román, y mis cuñados Luis Zúñiga y Julio Portugal salieron al tercer día; a Arturo, mi esposo, y mi hermana Verena, Rocío Verena Ocampo, no los vimos sino hasta que los trasladaron al Reclusorio Norte. Cuando los vimos por primera vez todavía no se recuperaban de las torturas a que fueron sometidos.
Arturo Becerril Rodríguez
Eran las 5 de la mañana cuando me arreglaba para irme a trabajar. En ese momento tocan la puerta y mi esposa la abre sin saber lo que nos esperaba. Entran alrededor de 15 agentes, todos portando chalecos antibalas y armas de alto poder; encañonan a mi esposa e hijos de dos, seis y ocho años de edad.
Al ver tanta gente los niños gritan y lloran del susto. A mí me tapan la cabeza preguntándome si era Benito Pérez, les digo que no, que me están confundiendo, que soy Arturo Becerril, que vean mis documentos. Me empiezan a golpear en frente de mi familia. Me sacan hacia los carros bajo la amenaza de que si intentaba algo matarían a mis hijos.
La Unidad Ruiz Cortínez, en Tlahuac estaba llena de agentes, se oían muchos movimientos de carros. Al subirme a uno de ellos, me tiran al suelo golpeándome y pateándome en todo el cuerpo, preguntándome donde vivía David, El Marín, al contestar negativamente venían los golpes una y otra vez:
—¿Cómo no vas a saber hijo de la chingada, si es el esposo de tu cuñada?
RUMBO A LA CARCEL CLANDESTINA
Los carros arrancaron y por las vueltas que daban me pude dar cuenta más o menos por dónde iban, ya que esa ruta la conozco con los ojos cerrados. Duramos como cinco minutos de camino, o menos, al lugar que me llevaban y que sin temor a equivocarme está en alguna casa de San Lorenzo Tezonco.
Durante el trayecto se oyó que entrábamos a terracería por las piedritas que sonaban al impactarse contra la lámina del carro. Al llegar me bajaron jaloneándome de un lado a otro. Yo iba únicamente con el pantalón y a cada paso que daba sentía las piedritas del camino y pasto, como si estuviéramos en un jardín; varias veces rocé con ramas de árboles, hasta entrar a un cuarto.
A pesar de que iba vendado de los ojos, sentí que prendieron un reflector. Me quitaron el pantalón y me echaron agua fría, amarrándome a una tabla y con los ojos vendados me decían:
—Si no dices donde vive David, te va a cargar la chingada; es mejor que cooperes con nosotros porque ya sabemos todo, a qué se dedican ustedes, y quiénes participaron en el asesinato de los vigilantes de La Jornada.
Al no haber ninguna respuesta, me empiezan a sumergir una y otra vez al agua, tratando de ahogarme; sentía que se me reventaban los pulmones al tragar tanta agua. Al sacarme del agua me golpeaban el estómago para expulsar el agua y repetían la misma dosis preguntándome por David, un Pancho López y Cristóbal y quiénes habían participado en el homicidio de los del periódico La Jornada.
Me aseguraban que yo era un integrante del PROCUP y me preguntaban que dónde estaban las armas que supuestamente utilizábamos en los asaltos. Les interesaba mucho quién tenía "el dinero de los asaltos".
Me empezaron a leer una lista de asaltos que según ellos habíamos hecho: asalto al CCH, Casa de Deportes América, dos homicidios en Iztapalapa, asalto a un hotel, a una imprenta, a un hospital y el homicidio de los vigilantes del periódico La Jornada.
Les contesto que no sabía de tales asaltos y que no sabía de lo que me hablaban. Al oír eso empezaban de nuevo a torturarme con toques eléctricos, golpeándome con un garrote en la pantorrilla y patadas en el cuerpo con más saña que al principio. Decían:
—Ahorita te quitamos lo machito y vas a cantar rápido.
Después de eso me ponen una bolsa de plástico en la cabeza y siento la falta de oxígeno, pero la sentía ya como si fuera un sueño; no creía lo que estaba pasando.
Cuando empezaba a pegarse a mi cara la bolsa por falta de aire y empezaba a asfixiarme, me la retiraban dándome oportunidad de respirar y otra vez hacían lo mismo, con las mismas preguntas que yo no podía contestarles, que dónde vivía David, Cristóbal y Pancho López; la tortura psicológica, que si no les decía traían a mi esposa y la violaban enfrente de mí y a mis hijos los torturarían si no cantaba.
Después de eso me llevan a un rincón todo mojado; estaba cansado y adolorido del cuerpo, no se oía nada, todo estaba en silencio, como si estuviera sólo, lo único que recordaba en esos momentos era a mi esposa e hijos; estaba preocupado de que les hicieran algo.
De pronto despierto por un chorro de agua fría y una voz:
—Párate cabrón, aún no terminamos, si esto es nada más para calentar.
No podía pararme, me levantaron de los cabellos y me arrastraron por un patio húmedo, me sentaron en una silla y empezaron a preguntarme desde cuándo conocía a David, que si siempre andaba armado, que en dónde vivía Pancho López y Cristóbal, quién guardaba el dinero y las armas, en dónde se planeaban los asaltos. No contestaba y me empezaban a dar toques eléctricos; yo les decía que no sabía y que nunca había participado en asalto alguno, pero esto hacía que se enojaran aún más.
Me volvieron a amarrar en la tabla y empiezan a sumergirme despacio en el agua. El agua entraba muy lentamente por la fosas nasales, sentía una desesperación, quería moverme y sacar la cabeza, pero por más esfuerzos que hacía no lo lograba y me tenían más tiempo sumergido y oía hablar a mucha gente en ese momento con las mismas preguntas.
Como no contestaba me echaban tehuacán con chile piquín por las fosas nasales. Todo me daba vueltas y quería que terminaran de una vez.
En ese momento interrumpe uno de ellos y les dice que tenía en el otro cuarto a mi esposa y a uno de mis hijos y que iba a hablar o si no los torturarían frente a mí. Tenía temor de que lo hicieran; no estaba seguro si los tenían o no, pero no quería arriesgarlos a ellos y acepto todo lo que dicen los que me están torturando de los asaltos y asesinatos y les digo que David vivía en la Unidad Cabeza de Juárez, y como no sé ni quien pueda ser Cristóbal y Pancho López les digo que no sé dónde viven y que no los puedo llevar.
Me empiezan a desamarrar y me dicen:
—Si no encontramos a David, te va a llevar la chingada.
AL ASALTO DE LA UNIDAD HABITACIONAL CABEZA DE JUAREZ
Al pasar de regreso por el jardín hacia el carro, me llevan jalando de los cabellos, al subir, me golpean en la cabeza y vamos a la Unidad Cabeza de Juárez. Adentro del carro me van jalando de los cabellos y dando golpes en los oídos.
Al llegar preguntan en qué departamento vive David.
—No sé, les contesto, lo veía en la entrada, nunca supe en qué departamento vivía.
Ahí me cambian de carro y me suben a una camioneta y me golpean con saña diciendo que les había tomado el pelo y que me iba a chingar porque ahora yo iba a cargar con los muertitos de David.
Me pasan a la parte trasera de la camioneta; se me había aguangado el vendaje de los ojos y con uno podía ver por dónde íbamos. Más adelante logro ver las torres de Tlatelolco; ahí permanecimos como media hora y volvió a arrancar la camioneta, pero ahí subieron, libros, cajas, televisores y demás cosas encima de mí. Hicieron otra parada, subieron más cajas y propaganda, bastantes libros, ya no cabía nada; todo estaba encima de mí. Se oía que en otros carros hacían lo mismo.
Llegamos a otro lado; ahí se tardan mucho tiempo, se escuchan muchas voces, se oye que discuten y luego bajan parte de las cosas que traían ahí. Arrancan y se paran en la calle Médico Militar.
EN EL CUARTEL DE LA PJDF
Llegando me quitan las vendas y me sientan al filo de la camioneta para fotografiarme. Había mucha gente, reporteros, grupo zorros, agentes y un grupo especial. Al bajarme empiezan a accionar sus cámaras. Me llevan agachado hasta los elevadores. Reconozco a Rocío por sus zapatos azules que se había comprado unos días antes y a otra persona que iba con ella.
Nos subieron a un piso y nos tiran al suelo, en ese momento reconozco a Sergio Martínez y a uno más que ya estaba tirado en una esquina, Alfredo Rivera. A Verena le preguntan si nos conoce, dice que sí.
Hasta ese momento no sabía quién más estaba en ese cuarto. Había muchas máquinas, computadoras, libros y propaganda. Estuvimos un rato, para que después nos bajaran a las celdas, a cada uno en una celda. Había mucha gente en los separos, pero no reconocí a nadie, trataba de ver si estaba mi esposa o algún conocido.
SE REINICIA LA TORTURA
Después de pasarme al servicio médico, me regresaron a la celda y esa misma noche me subieron al 5º piso. Me pasaron por el estacionamiento hasta el elevador. Arriba, de nuevo me golpean y me ponen la bolsa de plástico en la cabeza, me decían que mis compañeros ya habían hablado y no tenía caso seguir callando, que querían oír de mi voz lo que ellos habían dicho y que era mejor cooperar, que ya me habían identificado y querían las direcciones de las casas de seguridad, las armas y el dinero de todo lo robado, que dónde estaban las demás computadoras robadas al CCH.
Afirmaban que en el Frente de Vivienda Popular de Tlatelolco se hacían las asambleas del PROCUP y que ahí era donde se planeaban los robos, preguntaban que Roberto que tenía que ver con el PROCUP y Roldán Quiñónez a qué nivel estaba dentro del organismo.
Yo negaba pertenecer al PROCUP y les decía que el Frente de Vivienda Popular de Tlatelolco era una asociación civil y no había ninguna tendencia política y que a los mencionados los conocí como solicitantes de vivienda; que a la única que conocía era a Verena por ser mi cuñada, a David, por ser esposo de ésta y a Alfredo Rivera por ser vecino de la colonia y no sabía nada más.
Una y otra vez me estuvieron torturando y golpeando para que dijera a quién más conocía, para esto me enseñaron una lista con 15 o 20 nombres que no conocía.
De ahí me bajaron a la celda y veía cómo sacaban a los demás compañeros y como bajaban después. En esos días perdí la noción del día y la noche. Al oír que abrían una celda el cuerpo me temblaba por temor de que vinieran otra vez por mí.
LOS CAREOS DE LOS JUDICIALES
Al otro día me subieron con el mayor Tanús, pero antes me preguntaron en qué asaltos había participado mi esposa, respondiéndoles que en ninguno. Ellos contestaban con golpes y decían:
—¡Cómo no!, te vamos a llevar con la persona que te va a desmentir y te dirá en cuáles ha participado.
En la puerta, para entrar con el mayor Tanús, me llevaban dos agentes y a la entrada mi sorpresa fue ver a mi cuñada sentada frente a mí diciendo algunos asaltos en los que involucraba a mi esposa y a mí, contestándole que eso era mentira. Al final Rocío niega que mi esposa (su hermana) haya participado, por lo cual me bajaron otra vez a la celda.
Ese día en la tarde me volvieron a subir al 5º piso a golpearme para que ahora dijera sobre un asalto a un Financiero y quiénes habían participado. Les dije que no sabía, pero como pasaba el tiempo en torturas mejor les dije que sí aceptaba mi participación junto con Sergio, David y no supe decir quién más, porque la policía decía que eran cinco los que asaltaron, así que les dije que a los otros dos no los había visto nunca.
Pero fue peor, ahora me torturaron para saber quiénes eran las otras dos personas que se me había ocurrido inventar para que fueran los 5 que la policía decía. En la noche sale que Roldán Quiñónez es "el encapuchado" por lo que les había dicho que eran dos encapuchados que jamás conocí.
De ahí las torturas son para preguntar acerca del encapuchado y me ponen frente a Roldán para que lo reconociera como el famoso encapuchado, pero no les dio resultado porque yo no conocía a Roldán.
Esa noche firmé una "declaración" sobre el asalto al Financiero que ahora sé es un periódico, y el asalto al CCH, pero me obligaron a firmar otras "declaraciones" de los mismos asaltos, pero involucrando a diferentes personas, siempre bajo las amenazas sobre mi familia y los golpes que ya eran una rutina. Me obligaban a repetir mi "declaración" y cada cosa que decía mal, o no encajaba me golpeaban, como si yo tuviera que saber cada paso de lo que según la policía había acontecido. Igual fue el procedimiento con Deportes América, ellos ya tenían todo listo para que yo firmara y si me equivocaba al repetir la declaración que me obligaron a firmar, me torturaban salvajemente.
Rocío Verena Ocampo Rabadán
Eran aproximadamente las 8:30 de la mañana cuando se presentó en mi domicilio Aurelio, compañero dirigente de la Unión de Colonos, Inquilinos y Solicitantes de Vivienda (UCISV). Con marcado nerviosismo me comunicó que Roberto Fernández había sido detenido hacia algunos minutos en Tlatelolco y que al día siguiente se realizaría una marcha para exigir su libertad. Precisamos los detalles al respecto y me dio el número telefónico del Movimiento Proletario Independiente para que en caso necesario me comunicara ahí.
Como todos los días, fui a la casa de mi hermana. De lejos vi estacionada la combi de mi cuñado Arturo y no noté nada extraño. Cuando toqué y silbé para que me abrieran del interior de la combi descendieron ocho judiciales fuertemente armados. Tratando de ocultar mi nerviosismo bajé las escaleras.
—¿A quién busca?
—A la señora que vive ahí.
—¿Cómo se llama?
—Martha, la señora Martha.
La señora de al lado abrió su puerta en ese momento y aproveché para meterme.
—Vine a ver qué pasa con los desayunos porque ayer llegué muy tarde.
Discretamente me dijo que el "ejército" había llegado a las cinco de la mañana llevándose con lujo de violencia a Martha, Arturo y sus tres hijos. Simuló contestarme la pregunta de los desayunos y me despidió. Los judiciales me llamaron nuevamente, me pidieron que me identificara y me preguntaron por qué silbé. Contesté que no había sido yo. A unos pasos de ahí pasó un muchacho con una consigna y un puño estampado en su playera: "Todo el poder al pueblo".
Le preguntaron el significado de la consigna.
—¿No saben que es la CONAMUP?, les contestó.
Aproveché ese momento para retirarme con mis tres hijos. De ese lugar me dirigí a la casa de mi mamá, como a 10 minutos de ahí; antes de llegar pregunté a un muchacho si había agentes. Me contestó:
—Sí un montón; están en una casa de dos pisos con puerta roja.
—¿Y los que viven ahí?
—Se los llevaron en la madrugada a todos.
En taxi, con mis hijos me dirigí a las oficinas de La Trilla, lugar en el que trabaja mi esposo. Al llegar me encontré a Gustavo, reportero de esa revista, y le pregunté
—¿Qué hay arriba?
—Nada, David no ha llegado, sólo está Miguel Ángel. Sube a hablar con él.
Una vez que entré al edificio dos agentes me franquearon el paso; no podía retroceder. Pedí el elevador. Un agente estaba adentro. El operador me subió al 5o. piso sin que yo se lo pidiera. Toqué la puerta de La Trilla. El judicial del elevador no dejaba de vigilarme. Abrieron la puerta y pregunte:
—Vengo por el trabajo del anuncio donde solicitan promotores.
Un judicial palmeo del hombro a Miguel Ángel, quien en ese momento estaba encañonado por una pistola y le indicó que me citara para el lunes. Salí y observé que el edificio estaba rodeado por la policía. Caminé para cruzar la Alameda Central y abordar un taxi, cuando un judicial me alcanzó corriendo.
—Señora Verena, venga. ¡Acá está David!
—Yo no me llamo Verena y no conozco a ningún David.
—¡Cómo no! Venga, yo soy del PROCUP.
—Yo no soy, usted está equivocado.
Su voz se volvió imperativa.
—¡¿No siga caminando, acá está David!
Mis hijos no aguantaron más la tensión y empezaron a gritar:
—Si mamá, tú eres Verena. Vamos con mi papá, tú eres Verena y mi papá es David!
Gritando y llorando me jalaban hacia donde señalaba el judicial, en ese lugar estaban estacionados otros vehículos policíacos, en uno de ellos se encontraba Roberto Fernández.
—No me obligue a golpearla aquí. ¡Vamos!— comenzó a silbar.
—¡Esta bien!, pero dígame ¿por qué me detiene?— me subió a un taxi, me quitó mi bolsa, la revisó.
—¿Qué le trajiste a David? ¿Dónde está la pistola?
—No tengo pistola y no traje nada. ¡Dígame!, ¿por qué me detiene, a dónde me lleva?
—Yo no sé nada, sólo soy un soldadito que recibe órdenes.
EN LA PJDF
Llegamos a la Procuraduría del DF, me tuvieron mucho tiempo en el taxi, continuamente se presentaban agentes y me interrogaban. Todos hacían caso omiso a mis preguntas acerca de los motivos de mi detención. Entre ellos comentaban: hay que esperar instrucciones.
Después de mucho tiempo me bajaron del taxi y me condujeron a las oficinas de la Procuraduría. En las escaleras me encontré a dos periodistas de La Trilla, Gustavo y Miguel Ángel, a este último le preguntaron si me conocía. Contestó que sí.
—¿Por qué lo negaste hace rato?
—No sé nada hasta que no hable con mi abogado —, contestó.
Entramos a los separos y vi a toda mi familia, incluyendo a mi sobrina de seis meses de edad. Mi hermana Martha me dijo que a su esposo Arturo se lo habían llevado a otro lugar y desconocía su paradero. Mi mamá se encontraba muy angustiada.
Entraron los judiciales y me subieron al 5o. piso. Intenté dejar a mis hijos con mi mamá, pero no me lo permitieron. Junto con los niños me metieron a la oficina de un policía llamado Salomón Tanús.
Antes de iniciar el interrogatorio ordenó a otros policías que se llevaran a mis hijos "para que no vean nada".
—¿Cómo te llamas?
—Rocío.
—¿Rocío qué?
—Rocío Verena Ocampo Rabadán.
—¿En dónde vives? ¿Quién es Arturo? ¿En dónde vive?
A cada respuesta mía, le seguían una serie de golpes. La licuadora en el cabello, Los aplausos en los oídos, Los mazapanazos en la cabeza. Aturdida, a punto de perder el conocimiento, veía en el piso cómo caían mechones de mi cabello.
—Nos vas a llevar a la casa de Arturo; pobre de ti si no nos dices dónde es, si te portas bien te doy a tus hijos.
Violentamente me sacaron del lugar, no pude ver dónde quedaron mis hijos. Me subieron a un carro. En el camino sonó la radio. Se detuvieron. Se acercó un judicial.
–Los periodistas. ¡Los periodistas!
Inmediatamente me tiraron en el asiento y se sentaron encima de mí: uno en la cabeza, otro en el tronco y uno más en la cadera. Pisaban y pateaban mis pies. Aceleraron el auto y más adelante se detuvieron en un parque solitario. Se bajaron dos policías y otro al que le llamaban "Comandante de la Rosa". Después se subió al coche un judicial vestido al estilo punk; me golpeó salvajemente en el cuerpo y me jaló con saña el cabello.
—Mira hija de la chingada, no nos vas a tener dando vueltas a lo pendejo. Di de una vez en dónde vives. ¿A dónde vamos? ¿Dónde está Cabeza de Juárez?
—No sé a dónde vamos, los puedo llevar a Cabeza de Juárez, pero no conozco a nadie ahí (golpes), déjeme hablar (golpes).
El comandante De la Rosa, ordenó que ya me dejaran.
OTRA VEZ EN TLAHUAC
Emprendimos de nuevo el camino seguidos por una camioneta roja. Llegamos a la Unidad Ruiz Cortínez en Tlahuac. A la entrada se toparon de frente con un carro que salía.
Con voz nerviosa y el rostro desencajado gritaron: ¡Alto! ¡Tiren las armas! ¡Bájense!
Del otro carro por las ventanas asomaron varias manos con identificaciones y cañones de armas. Con cierto alivio, exclamaron: ¡son compañeros!
Uno de los policías que bajaron del otro coche me vio y vociferó:
—Esta hija de la chingada vino aquí en la mañana!, me dijo que venía por unos desayunos y estuvo chiflando; se metió en la casa de abajo y se tardó mucho con los que viven ahí.
Conque los desayunos, ¿no? ¡Hija de la chingada! Ya te cargo! a ver, chifla, me dio un golpe.
—¡Silba!
—No, ¡así no era!
Me golpeaba en el abdomen y las costillas. Volvía a silbar (más golpes). Me jalaron hasta el departamento de Aurelio.
—Si nos reciben a tiros, me muero, pero tú también y serás la primera—, dijo uno de ellos.
Cubriéndose conmigo me ordenaron que llamara a Aurelio.
—¡Grítale más fuerte!
Me pusieron una metralleta sobre cada hombro y me sujetaron del cabello. Como no salió nadie, abrieron la casa; la saquearon; y después continuaron con la casa de José Luis. En ella encontraron un recado para dos mujeres; me preguntaron por ellas, les dije que no las conocía. Eso provocó una nueva lluvia de golpes e insultos. De la Rosa los contuvo. Me subieron al carro y se estacionaron al frente de la unidad. Un judicial se subió y me golpeó con una saña increíble.
—¡Hija de la chingada!, creíste que te ibas a burlar de nosotros, por qué no nos dijiste que vivías aquí? Vas a identificar a todos los que entren a la unidad.
REGRESO AL CUARTEL DE LA PJDF
Después de un rato me regresaron a la Procuraduría.
En la entrada del elevador llevaban a un muchacho, le jalaron el cabello hacia atrás para que lo viera. Me preguntaron si lo conocía. Contesté que no.
—¿Cómo no?
Negué otra vez. Nos metieron en el elevador, apagaron la luz y nos golpearon fuertemente a ambos. Arturo se quedó abajo porque no cupo.
Me metieron en la oficina de Tanús.
—¿En cuántos asaltos has participado?
—En ninguno (golpes).
—¿Cómo te apodan? y ¿en cuántos?
—No tengo apodo, me llamo Verena y no he participado en ninguno.
—Mientes (golpes). ¡Traigan al otro!
—Metieron a un tipo llamado Alfredo Rivera, lo hincaron tras de mí. Quise voltear y me golpearon.
—No voltees.
—¿Cómo se llama ella?, le preguntaron al tipo.
—Verena.
—¿A cuántos asaltos ha ido?
—Al del CCH Sur.
—Párate —le indicaron.
Cuando yo me paré quedé frente a frente con ese sujeto que ya se lo llevaban. Me golpearon porque me le quedé viendo. Nuevamente me preguntaron si conocía a Chayo y Magos, las mujeres de la nota encontrada en la casa de José Luis; me enseñaron muchas fotos, las observé un buen rato y les dije que no conocía a nadie.
—¡Eres una pendeja!, ¡nada sabes, nada!
Me volvieron a golpear. Me sacaron de ahí. Me pararon al lado de la oficina, ahí se encontraban tirados Sergio y Arturo. Se veían terriblemente golpeados. Del otro lado se oían gritos y la pared se cimbraba, como si estrellaran a alguien contra ella. Los golpes habían minado mi resistencia, sentía que se me doblaban las piernas, me dejé caer en el suelo.
Después de mucho tiempo nos bajaron a una celda. En el camino pregunté por mis hijos a los judiciales: "Nunca los volverás a ver". Nos metieron en una celda a los cuatro.
Sentí la impotencia más grande de mi vida. Más tarde me llevaron a una celda sola, y luego al servicio médico; me dieron un boing. En esos momentos vi a Jaime Laguna y a Manuel Anzaldo.
Nuevamente me subieron al 5o. piso. En el camino encontré a mi papá, le pedí que se movilizara con lo de mis hijos. Me pegaron por haberle hablado. Los judiciales de abajo me trataban muy mal, no me permitían ir al baño y continuamente me insultaban. Me sentía muy mal y solicité servicio médico; me lo negaron. Reconocí a uno de los judiciales, uno llamado Jaime, o Jimmy, un drogadicto del rumbo de Villa de Cortés, y a otro que le decían Starky.
Me subieron al 5o. piso y me interrogaron delante de Roberto Fernández, cuando le tocó el turno a él, se negó a hacerlo en mi presencia y pidió que lo interrogaran en otro lugar. Supe que había entregado la documentación de los socios del frente principalmente la de Sergio, Arturo, José Guadalupe y la mía y, junto con José Cruz, la ubicación de David en La Trilla. Me subieron a otro lugar con otras dos personas una de las cuales era Reyna, la primera esposa de David de la cual se había divorciado desde hacía ocho años.
Cuando la sacaron a ella, se burlaron de mí, me dijeron que si tanto me gustaba como me "lo metía David" me lo iban a "meter los 20 que estaban ahí". Me ordenaron que me desnudara porque me iban a violar. Obedecí convencida de que a esas alturas podían hasta matarme.
Más tarde me subieron y me preguntaron que en cuántos asaltos había participado mi hermana Martha. Contesté que en ninguno, que ella no tenía nada que ver con actos de esa naturaleza, así como tampoco nadie de mi familia (cometí el error de mencionar a mi familia, ya que en adelante me chantajeaban con ellos, además de que por esto también los tuvieron más tiempo detenidos). Me golpearon y me dijeron:
—En esta tarjeta tengo anotados tres, sólo quiero que tú me digas cuáles?
—En ninguno.
—¡Mientes! (golpes).
—Está bien, en tres.
—¿Es verdad?
—¡No! (golpes).
—Voy a subir a Arturo, él dice que tú sabes. (Entró Arturo).
—¿En cuántos asaltos ha estado Martha?
—¡En ninguno!
—Ella dice que en tres.
—¡Ella miente! (lo golpean).
Así nos tuvieron un buen rato, me insistían que en cuántos les decía que tres, me preguntaban si era verdad, les decía que no.
Bajaron a Arturo y siguieron golpeándome. Me preguntaban por Martha, les dije que se había ido.
—Eso crees —me contestaron.
—¡Aquí la tengo! (me volvieron a golpear).
Por enésima vez me subieron. Hincados en el piso estaban José Guadalupe y Alfredo. En el camino una tal Chelo, secretaria del policía llamado Tanús, me amenazó y me dijo: "Más vale que le contestes a este güey todo".
Me preguntaron que si conocía a José Guadalupe; contesté que sí.
—¿Cómo se llama?
—José.
Me jalaron del cabello y me dijeron al oído que le dijera Miguel.
—Mi... Miguel (tartamudee).
—Le tienes miedo a ese negro, ¿verdad?
Se llevaron a José Guadalupe y a Alfredo. Me sentaron y me preguntaron si ya había comido y si quería algo. Contesté que no, que sólo quería agua.
—Ja, ja, lástima el baño está vacío, pero te vamos a dar en una taza o ¿prefieres tehuacán?, ja, ja.
Tomé agua y le dije:
—Mayor Tanús, hablé con el procurador Morales Lechuga y me comprometí a decir la verdad y eso voy a hacer. No sé nada de David, ¡no sé dónde está!
Me enseñaron varias fotos de él; me preguntaron su estatura, complexión, señas particulares y que describiera con quién andaba en Tacuba. Describí a Rubén Hernández Padrón (desaparecido político). Tomaron nota presurosos. Me preguntaron su domicilio, dije que no lo sabía, acerca de los amigos más frecuentes de David: Roberto Fernández, Mario Falcón, Adad, Azalea Suárez, Mario Chávez. Me preguntaron si conocía a el Bigos, dije que no; que si conocía a Víctor Valdés, dije que sí. Por Pancho López, dije que no. Me enseñaron fotos, sólo identifiqué a Juan Carlos; me leyeron su domicilio y el de sus trabajos, dije que estaban bien. Me preguntaron si éramos del PROCUP, lo negué. Que si José Guadalupe era de la Liga, contesté que no sabía. Me leyeron el domicilio de Gabriel y más cosas que no recuerdo por los frecuentes golpes que me daban y me aturdían; sobre todo preguntas acerca de la Liga, personas, testimonios. Tanús ordenó que me bajaran y que se me tratara "mejor".
Al salir de ahí, uno del Ministerio Público les indicó que me dejaran con él, me sentaron en un sillón. Oí que metían a algunas personas y las golpeaban salvajemente, y ellos insultaban a los Judiciales. El del MP me enseñó varias fotos y periódicos del PROCUP, me dijo que los identificara; no reconocía a nadie. Les mostré mis cosas y me bajaron. Posteriormente me enteré de que ya habían liberado a mi hermano Felipe, el último de mi familia en lograrlo.
SEGURIDAD NACIONAL
Se presentaron policías de Seguridad Nacional de la Secretaría de Gobernación a interrogarme en dos ocasiones; en la primera me preguntaron:
—¿Tu eres Rocío?
—Sí.
—¿Te gusta leer?
—Sí.
—¿Qué clase de libros has leído, cuáles te gustan?
—Me gusta la poesía, he leído El quijote, El Mío Cid, Otelo, Romeo y Julieta, Navidad en las Montañas y ...
—Bueno, nunca has leído El Manifiesto ...
—Sí.
—Y ¿qué opinas?
—Lo leí hace mucho tiempo.
Sobre la mesa se encontraban dos grabadoras funcionando.
—Tu estudiaste en la Prepa Popular, ¿verdad?
—Sí.
—En qué año?
—En el '82; del '80 al '82.
—Y ¿ahí conociste a David?
—Sí.
—Pertenecía a algún grupo político?
—No.
—Qué tiempo conviviste con él?
—En la escuela como seis meses.
—Por qué partido te inclinas?
—Por ninguno.
—Cuál es la línea política del PRT.
—No sé.
—Que línea política maneja Peter Geller.
—No sé.
—Bueno, a ver, cuéntanos ¿cómo fue el asalto?
—No sé a qué se refieren.
—Dinos, ¿tenían prácticas de salón?
—No.
—¿Practicaban al aire libre?
—No.
—¿En dónde se entrenaban?
—En ningún lado.
—OK, eso es todo.
En la segunda sesión del interrogatorio me dijeron:
—Confrontamos tus respuestas con otras declaraciones y vimos que nos mentiste. Tú te llamas Paulina.
—No es verdad.
—Tú militas en la Liga Comunista 23 de Septiembre, desde 1980 y fuiste expulsada en el '83.
—¡No!, milité del '82 al '83.
—Ingresaste nuevamente en el '85.
—No, nunca ingresé nuevamente.
—Dinos, ¿cómo era David?, agresivo, cariñoso, áspero. ¿Cómo?
—Normal.
—¿Se molestaba con facilidad?
—No.
—Cuándo se enojaba, ¿te golpeaba?
—No.
—¿Qué hacía cuando se enojaba?
—Nada; casi nunca se enojaba.
—Su papá y su mamá ¿están separados?
—Sí.
—¿Cuántos hermanos tiene?
—No sé, no los conozco.
—¿Cómo se comporta sexualmente?
—Normal.
—¿Era comprensivo?
—Sí.
—¿Te daba a leer algún tipo de literatura especial?
—No.
—¿Conociste a los responsables del incidente del 1o. de mayo de 1984?
—No.
—¿Oíste hablar de ellos?
—Sí.
—¿Están todos detenidos?
—No sé.
—Nos falta uno, ¿quién es?
—No sé.
—¡Dime los nombres!
—No los sé.
—El Pato, ¿dónde está?
—No sé.
—¿Quienes son los amigos que más frecuentaba David?
—Los de la mesa directiva del Frente de Vivienda de Tlatelolco.
—Miguel Ángel Ortega, ¿no lo frecuentaba?
—Un poco.
—¿Tú eres socia con él?
—Sí.
—Y los amigos de David, ¿son tus amigos?
—Algunos; cada quien tiene sus propios amigos.
—Mario Falcón, ¿tenía fricciones con David?
—Pocas.
—¿David te obligaba a que le hablaras a Mario Falcón?
—No, Mario Falcón también era mi amigo.
—Cuéntanos ¿cómo fue cuando los dos sacaron armas en el frente?
—Que yo sepa jamás ha habido armas en el frente.
—¿Sabes cuál es la línea política de Mario Falcón?
—No.
—¿Sabías que pertenece a un partido clandestino?
—No.
—Bueno, eso es todo.
Posteriormente nos presentaron en conferencia de prensa, lo que se dijo ahí no corresponde a la realidad. Los hechos que se mencionaron los desconozco por completo; cuando quise aclarar algunas cosas, un judicial se me acercó y me amenazó de muerte.
De regreso a la procuraduría me llamaron y me preguntaron frente a los muchachos:
—¿Cuál de todos es el más chingón?
—No sé.
—No te hagas pendeja. El José es el más chingón, ¿verdad? o ¿El Sergio?
—No sé.
—Me dan ganas de darte tus chingadazos por pendeja, ¿o me vas a decir que tu eres la más chingona? para mandarte al Campo Militar.
Se retiraron con sonrisa burlona. Pedimos permiso para lavarnos, pero nada se puede hacer sin dinero de por medio. Los delincuentes con dinero son liberados, las víctimas de la sociedad purgan una pena no merecida y los presos políticos son sometidos a continuas vejaciones, hostigamientos constantes y violaciones a sus más elementales derechos.
La Policía Judicial mantuvo secuestrados por tres días a mis hijos de seis, cinco y cuatro años; no se me informó de su estado de salud. Los mantuvieron en deplorables condiciones durante ese lapso. Toda mi familia estuvo detenida, incluyendo a mis nueve sobrinos que van de los seis meses hasta los 13 años; amenazaron de muerte, golpearon y agredieron a mis padres de 60 y 70 años, sufriendo en consecuencia mi madre parálisis facial y un conato de infarto. Los policías que participaron en el secuestro de mis familiares, saquearon cuatro casas, de las cuales robaron objetos, aparatos, ropa, valores y dinero con un monto de más de 80 millones de pesos, aproximadamente.
TESTIMONIO DE LA FAMILIA Y VECINOS DE SERGIO MARTINEZ GONZALEZ
VALENTE TREJO -20 años, vecino-
Estábamos afuera y de repente vimos que venían carros, unas camionetas y otros 3 carros, creímos que iban a parar arriba. Nunca imaginamos que venían aquí. Cuando se pararon aquí patearon la puerta y entraron. Sacaron sus armas, se metieron.
Nada más estaba la hermana de Carlos. Empezamos a oír que estaban gritando y Carlos dice "mis hermanas", le digo "no te metas porque también te van a agarrar".
MARY -29 años, hermana-
Estaba en el patio lavando cuando en eso vi que entraron unos cómo soldados, cómo quien dice vestidos de negro y otros de civil, venían armados. Yo me espanté al verlos y les pregunté
-Qué pasa, por qué entran así nada más, sin llamar.
Nada más entraron, se fueron a mi cuarto, yo los seguí, encontré a mi bebé en el suelo, les pregunté que qué querían. Empezaron a buscar, a tirar cosas, querían fotos de mi esposo, porque buscaban a un hombre y preguntaban por esa persona, querían una identificación de él, que como se llamaba. Había una foto sobre el buró de mi cama, se las di.
Me trataban como si hubiera hecho algo, me insultaban, yo estaba espantada, mi otro bebito acababa de despertar cuando me sacó uno de ellos, me dijo que lo llevara a donde estaba mi esposo, yo le dije: que ya era hora de que recogiera a los niños, que se iba caminando. Ellos de momento querían según hablar con él, preguntarle en que trabajaba, para entonces me sacaron jaloneando del pelo, diciendo que los llevara.
VALENTE TREJO -vecino-
....Pues Carlos entonces ya no se metió. Me metí a mi casa y él se fue para otra, yo nada más oía los gritos de sus hermanas, les estaban pegando, se oía que preguntaban por Sergio, que dónde estaba.
Se acercó un carro y empezaron a sacar todas las cosas, aparatos, televisiones, todo lo de ahí. Después Carlos le dijo a Jóse que fuera por sus sobrinos al kínder y luego ella dijo que cuando iba por Altavilla vio los carros de los agentes, había muchos por todos lados.
MARITZA -5 años- sobrina.
Veníamos de la escuela y nos encontramos a Jóse (una vecina) y le dice Jóse a mi papá que se habían llevado a mi mamá. Entonces mi papá se echo a correr para la casa y se le cayeron las cosas y nosotros las recogimos, Leonardo y yo.
Veníamos del kínder. Nosotros no sabíamos que había pasado y nada más oímos que Jóse dijo que se habían llevado a mi mamá. Yo estaba llorando, Lety también estaba llorando, me dijeron que le habían pegado a mi mamá.
MARY
...Me subieron a un carro y me llevaron al kínder, me iban golpeando. Todos iban armados, y yo les expliqué que mi esposo era fotógrafo, que trabajaba por su cuenta y ellos decían que no me hiciera pendeja y que les dijera todo.
En eso me enseñaron una fotografía de mi hermano (Sergio).
me preguntaron que quién era, que qué hacía, yo les dije que trabajaba y estudiaba en la Universidad, que si estaba casado y me seguían golpeando.
En eso llegamos al kínder, me dijeron que me acomodara bien, que disimulara mientras el que iba junto a mí, sacaba la pistola amenazándome.
Después de un rato se desesperaron, me dicen que si los había engañado con mis hijos se iban a desquitar. El de adelante decía que me pegaran para que dijera la verdad, y si, el otro me pegaba. Yo le decía que no, que estaba diciendo la verdad. En eso ellos se empezaron a comunicar por radio y alcance a oír lo que dijeron, que en el hospital, pues mi hermano había llevado a mi abuelita, ya lo habían detenido.
ABUELITA
...Llegó la ambulancia, entonces ya nos fuimos al hospital, me metieron en una camilla, luego a la enfermería, Sergio permaneció conmigo. Después de que me curaron me sacaron a la sala de espera en lo que llegaba la ambulancia, Sergio me dijo:
--Voy a ver si viene.
--Ándale pues hijo --le digo--, para irnos a comer.
Entonces se fue, lo perdí de vista, ya no lo vi.
Pasó mucho tiempo, yo estaba llorando porque no llegaba, ya tenía como unas dos o tres horas que se había ido, entonces viene un señor y me dice:
--Oiga señora, yo quiero conocerla, oiga, ¿usted es familiar de Nito?
--Pues si señor, es el esposo de una de mis nietas.
--¿Quiere que les vaya a avisar?
--Pues si señor.
Entonces se fue, pasó como media hora, por ahí así, después de ese tiempo llegó uno de mis hijos, dice:
--¡Vámonos!, ¡vámonos abuelita!, en el camino le explico.
Yo lo vi sospechoso, me dice:
--Agarraron a Sergio, lo tienen dentro de la casa.
MARY -hermana-
Uno de los agentes dijo:
--Déjala que recoja a sus hijos.
Otros dijeron:
--No, vamos a llevárnosla.
Llegamos a la casa pero no me dejaron bajar y en eso vi que estaban sacando las cosas de mi esposo, con lo que el trabajaba
--¿Por qué se llevan nuestras cosas?
--¡No te hagas pendeja! --me dijeron-- son cosas robadas.
--No, mi esposo las ha comprado, con sacrificios él se ha hecho de sus cosas.
Les dije que me dejaran bajar porque me habían quitado a mis bebés de 3 y un años y mi hermana se había quedado adentro desde un principio con su hija y otra de mis niñas y ya no supe lo que pasó con ellos. Les dije:
--Déjenme bajar.
--No, ¡cállate! que porque si no te va a ir peor.
Yo tenía miedo de que no me dejaran bajar, de que me llevaran.
Llegó uno de ellos y le dijo a otro:
--Traítela, bájala.
Cuando entré, vi todo regado, no sé que buscaban pero ya estaba todo tirado, me sacaron al patio, ahí vi que tenían una persona desnuda y no sabía quién era, alcancé a ver y uno de ellos dice:
--¡Voltéala!
Según para que no lo viera. Luego me metieron hacia los cuartos y me pusieron contra la pared con las manos atrás.
Yo estaba oyendo que afuera lo estaban torturando, ya nada más se quejaba de lo que le habían hecho, ya no reaccionaba y vi que le alcanzaron a dar toques y por lo mismo él se quejaba.
Uno de ellos me pegó con el arma:
--¡No voltees, no te muevas!
Y me siguió golpeando contra la pared. Querían que les dijera que dónde se había quedado un tal David, que según ellos aquí se había quedado y que si les seguía diciendo mentiras me iban a quitar a mis hijos, con eso me amenazaban.
Para esto, yo seguía oyendo lo que le estaban haciendo (a Sergio), me decían que me iban a quitar a mi bebé, que cuantos meses tenía, les dije que 5 meses. Me siguieron amenazando y me ordenaron que me quedara contra la pared, con las manos atrás.
En eso oí que estaban rasgando una sábana, disque para envolverlo a él (a Sergio), que no se dieran cuenta, y ellos me seguían amenazando, que no volteara y que no me moviera, porque si no me iba peor. En eso uno de ellos dijo:
--Tráete un cuchillo para darle de una vez.
Uno de ellos se acerco a la cocina, abrió un cajón y vi que si había agarrado el cuchillo, lo sacó y se salio, se lo llevaron.
VALENTE -vecino-
...Porque lo estaban torturando, oía sus quejidos, lo tenían aquí, en la pileta, se quejaba muy fuerte y se agitaba en el agua, su hermana también gritaba, duraron un buen tiempo.
Después que se fueron los agentes fuimos a ver que había pasado, estaba todo regado, todo de cabeza, en el patio se veía una colcha mojada, sangre en la pileta, se habían robado todo lo de su cuñado, él es fotógrafo, lo que no cupo en las camionetas lo metieron en los carros.
MITZI -3 años, sobrina-
Vinieron los policías se llevaron a Petes (Sergio). Le pegaron a mi mamá, le jalaron los cabellos, se llevaron la cámara, la video, la tele y todo.
VALENTE -vecino-
Bueno, luego los agentes decían que a quién le tocaba esto, a quién lo otro, o sea, se repartían las cosas que veían. A la gente que los estaba viendo desde sus casas les decían
--¡Qué ven, váyanse a la chingada porque si no les voy a aventar una granada para que se retiren, para que vean!
MITZI -3 años, sobrina-
Yo estaba con Lety, le pegaron los policías con la pistola, se llevaron las cosas de Petes (Sergio) y le pegaron a mi manita Michel. Se llevaron a Petes cargando y le pegaron con una pistola con bala.
ABUELITA
Llegamos y yo no alcancé a ver nada, sólo vi que todo estaba tirado, todas las cosas regadas, vi unas sábanas rotas, según que para amarrarlo (a Sergio), mi hijo me decía:
--No llore abuelita.
Vi a mi bisnieta de 3 años, Mitzi, llorando, yo me puse muy mal y este achaque hizo que se me agravara lo de mi pie y por eso me lo mocharon, y sigo mala porque no me puedo componer. Doctor y doctor y hasta ahorita no me puedo componer.
Nos tuvimos que salir de aquí (de la casa) y anduvimos en varias casas, siempre tuve miedo y lloré mucho. No queríamos regresar a la casa porque creíamos que los agentes iban a echar otra vuelta y nos fueran a encontrar y fueran a hacer otro zafarrancho, porque la casa duró mucho tiempo vigilada.
Después fui perdiendo un poco el miedo, ya nada mas tenía el pendiente de Sergio, que lo echaran para afuera, ¿para que lo querían ahí si ya lo habían golpeado, ya lo habían torturado? ¿ya para qué? sin ser ciertas las cosas que le achacaban.
Yo nunca supe, ni conocí que el fuera de esos. Era un muchacho de letras, tenía un trabajo Sergio. Los únicos que vieron todo lo que le hicieron fueron dos de mis hijas y por ellas sé que se llevaron dinero, aparatos y se robaron muchas cosas de valor, yo no estuve cuando sucedió todo esto, yo me encontraba en el hospital, pero me consta que lo hayan hecho.
MARITZA -5 años, sobrina-
Se llevaron mis libros, nuestra maquina de coser, la tele y todo se lo llevaron los policías.
Y luego vi mi casa, estaba toda regada, todo sacado, todos los discos, sentí bien feo y hasta quería llorar y me dijo mi mamá que se habían llevado a mi tío Petes (Sergio)
MARY -hermana-
Sacaron mi televisión, una ampliadora, cámaras fotográficas, enciclopedias, relojes de pared, la grabadora, la máquina de escribir, el estéreo, todo lo que se ocupaba para el revelado, relojes de pulso, anillos, dinero, mí maquina de coser eléctrica. Quiero que me regresen todo porque es con lo que mi esposo trabaja, cómo quién dice su herramienta de trabajo.
Ahora estamos sin nada, él no puede trabajar, ni tiene de donde sacar dinero, era de donde comíamos, tengo 5 hijos y yo si quisiera que le devolvieran sus cosas.
Me dejaron ahí golpeada, tenía miedo de voltear, porque me tenían atrás con el arma que no me moviera y duré un buen rato ahí paralizada, sin poder llorar ni hablar y encendieron sus carros y se empezaron a ir, se bajaron. Yo no quería moverme, no quería voltear, pero poco a poco empecé a voltear, temía que estuviera alguien ahí, pero siempre voltié.
Vi que ya no había nadie, empecé a buscar a mis hijos, me salí al patio, después entraron mis hermanas y ya fue cuando les pregunté de los niños, me dijeron que estaban bien, que había sido a mi hermano Sergio al que se habían llevado y entonces supe que fue a él al que estaban torturando.
Después entró otro de mis hermanos, él estaba bien, vimos los cordones de la sábana y vendas con las que lo habían amarrado. El agua de la pileta tenía sangre.
Yo les decía a mis hermanos que lo habían matado "ya lo mataron" gritaba. ellos me calmaron porque me puse muy mal.
Después nos salimos de la casa porque nos amenazaron de que iban a regresar, duramos como dos meses fuera, de una casa a otra, cómo arrimados, entonces fue cómo regresamos.
Por lo mismo que estuvimos afuera, de un lado a otro, mi abuela enferma, su pierna no se le atendió debidamente, porque ella debería tener atención médica y por eso fue que a Sergio mi hermano lo encontraron en el hospital, porque debería ir diario mi abuelita a curaciones, y todo esto ocasiono el agravamiento de una herida que tenía mi abuelita en una pierna, como ella es diabética, se le complicó al grado de que perdió su pierna, se la tuvieron que cortar, pues lo que se lo ocasionó fue la impresión de que se habían llevado a mi hermano, de que sí lo habían matado o no, y la falta de atención medica adecuada para que se le curara la pierna, ya que andábamos huyendo por si regresaban los judiciales.
Mi hija Mitzi de tres años está traumada con los policías, fue una de las que estuvo aquí cuando pasó todo. Los ve y les tiene miedo, por lo mismo que ella vio como golpeaban a mi hermana. Se espanta y se acuerda de todo. Yo digo que está mal la niña psicológicamente por lo que pasó y yo a la vez estoy igual, estoy espantada, traumada porque cualquier cosa me espanta, siento que van a regresar, que en cualquier momento van a entrar otra vez como hicieron ese día.
Cada carro que sube o baja, siempre estoy al pendiente, cómo la mayoría del tiempo estoy nada más con mis hijos y mi abuelita que sigue enferma, siento que van a entrar que nos van a hacer lo mismo, no sé, tengo mucho miedo de que regresen.
No se que pensaban los agentes, ni que fuera (Sergio) un delincuente, un asesino, que hasta cerraron la parte de Altavilla y la parte de éste lado que viene de Indios Verdes (Autopista a Pachuca), todo por el motel había policías y agentes, toda la calle estaba llena de autos, en la casa había dos camionetas grandes, un carro chico, en el que me llevaron a mí, uno en la parte de arriba y otros a la vuelta, entre ellos se repartieron las cosas y decían "esto es para mí", "esto para ti", así estaban diciendo.
VECINO
Después dejaron la casa por un buen tiempo porque tenían miedo y luego me enteré de que a su abuelita le cortaron una pierna porque se puso mal y además no la podían atender ya que andaban de una casa en otra.
Todo el tiempo que lo conozco a Sergio, los dos nacimos aquí, era una persona tranquila se puede decir, pues como todo trabajador necesita ganarse la vida, obtener algo mejor para seguir adelante, el trabajaba y estudiaba. Yo pido su libertad ya que no tiene culpa de los cargos que le están poniendo y más que nada él me mencionó una vez que luchaba por los trabajadores y aparentemente se ve que no, pero creo que lo hacía. A simple vista se ve que ya pasó todo, pero ellos por dentro no pueden olvidar lo que les hicieron.
Sergio Martínez González
Me encontraba en el hospital, había llevado a mi abuelita a que recibiera atención médica. Serían como las 11 a.m. cuando en la sala de espera pasa frente a mí una muchacha que vive por mi casa con dos sujetos de edad madura. Esta chica se me queda mirando como si quisiera decirme algo, yo también la miré pero no entendí absolutamente nada, porque a esa chica yo no le hablaba. Pasaron frente a mí y subieron unas escaleras.
Yo esperaba a la ambulancia para poder trasladar a mi abuelita a mi casa. Después de un minuto me llegan los dos sujetos y me agarran, me dicen que los acompañe. Le pregunto a la muchacha, que ellos llevaban para que me identificara, que qué estaba sucediendo. Ella, con voz nerviosa y temblorosa, me dice que han detenido a mi hermana.
Me condujeron por la calle, rodeando el hospital hasta llegar a una camioneta color café claro con café obscuro Van Ecoline, americana. Me introducen y en el interior me percato de que había como seis agentes más, sobre el piso de la camioneta me empezaron a preguntar que si sabía inglés. Les respondí que no.
--Entonces, ¿Cómo le pegas a la computadora? No respondí.
Llegamos a mi casa, pero antes de bajar me golpearon.
--¿Dónde sacaste las armas? ¿Quién te dio la propaganda? me aplicaban toques y me seguían golpeando.
Como no les respondí nada me dicen:
Te crees muy cabrón pinche guerrillero, ahorita vas a ver si no te aflojas.
Me sientan y me di cuenta que se encontraba otra persona con los ojos vendados. Trato de recordar, es el presidente del Frente de Vivienda Popular de Tlatelolco, Roberto Fernández Olvera, a quien le dieron un mazapanazo en la cabeza y le dicen:
--¿Ya te acordaste cabrón, ya te acordaste? él les dice que sí, como si hubiera reconocido mi voz.
Mientras tanto, entre dos agentes me aplican la licuadora, como no les contestaba me bajaron de la camioneta y me metieron a mi casa. Me sentaron en un sillón, preguntándome
--¿Dónde está David, El Marín?, ¡no te hagas pendejo!, te vamos a romper la madre.
Me tendieron a golpes y toques. En ese momento entró al patio un sujeto vestido de negro con botas militares: Ya está lista la pileta, dijo. Acto seguido me vendan los ojos, me desnudan, me atan los brazos a la espalda y me amarran los pies, después me acuestan en el mismo sillón y comienzan a aplicarme toques en todo el cuerpo: cara, oídos, boca, testículos, y se me sigue golpeando...
--¿Cuantos tiros te has aventado?
--¿Dónde está el dinero?
--¿Dónde está David?, ¡habla no te creas muy chingón!
Como no respondí sus preguntas, entre varios me cargaron hacia el patio recargándome en el filo de la pileta, me sujetaron con dos cuerdas en los pies y a la altura de los hombros. Me introducen un trapo en la boca a modo de no poderla cerrar, se ponen de acuerdo y me introducen al agua, y después de un rato me sacan y vienen las preguntas y más golpes en los oídos.
--¿Dónde vive David?
--¿Quién mató a los de La Jornada?
--¿Conoces a Pancho López?
Al oír la negativa me vuelven a sumergir en el agua, sentí que la cabeza y los pulmones se me reventaban, mi cuerpo se retorcía solo. Esto se repitió muchas veces, ya casi inconsciente me agarran de los pies y me ponen en otra posición a manera de que mis piernas presionaran mi estómago. En esos momentos pensé que ya me iba a morir, que ya me había librado de las garras de esos perros.
Mi decepción fue grande cuando me despertaron con toques eléctricos y golpes, y me vi tirado en el suelo, desnudo y atado. Acto seguido me envolvieron en una cobija y me sacaron de mi casa, me tendieron en el piso de un carro y permanecí envuelto en la misma posición cerca de tres horas.
AL ASALTO DE LAS CASAS DE TLAHUAC
El carro se detuvo varias veces en el camino, y en una de esas paradas, los agentes me sentaron y uno de ellos me tomó cuatro fotografías instantáneas. Después de esto me ordenaron que me pusiera como estaba antes, y el carro se puso en movimiento. Después de un rato el carro se detuvo y me dijeron siéntate y ahorita me vas a decir quién es David.
Estábamos en la Unidad Ruiz Cortines de la Delegación Tláhuac. Quien mejor la conocía era Roberto Fernández Olvera, él apuntaba con su dedo en diferentes direcciones.
Me sacaron del carro y me colocaron contra una pared, con las manos en la cabeza. Oí que a golpes abrían varias puertas, alcance a ver que iban varios carros. Vi una camioneta panel roja, la camioneta en la que me detuvieron y donde vi a Roberto Fernández; además del carro en el que me llevaban y que era un Dodge color crema, cuatro puertas. Se escucharon más motores de otros carros que no pude observar sus características. Oía claramente las voces que daban órdenes de coordinación.
--¡Ya lo tenemos!
--¡Tengan cuidado! No sabemos si está armado, ¡David!, ¡Entrégate!
Mientras tanto, entre varios agentes me llevaron, me colocan enfrente de un departamento y me ordenan:
--¡Grítale!, ¡Que le grites!
Como no lo hago me dan varios golpes en los riñones, caigo al suelo, me arrastran y deciden tirar la puerta.
--¡Tengan cuidado!
--Tú, ¡quítate de la ventana!
Luego de que penetran al departamento entre dos agentes me conducen al carro en que me traían y me colocan en la misma posición en que venía, esto es, envuelto en una cobija, tendido en el piso y con la cara hacia abajo. Después de un rato, ya de retirada comentaban entre ellos:
--¡Chale!, esos pinches ratas (judiciales del distrito), hasta camisas usadas se llevaron.
--Los otros que se acaban de incorporar luego luego apañaron una televisión y una video chingonas, ¿no?
--Lo que debemos hacer en caliente es juntar todo y nos lo repartimos, así nos tocaría igual a todos, no que nosotros somos los que entramos a la bronca y esos cabrones ratas (judiciales del distrito) nos ganan con las cosas.
En los departamentos que allanaron, por comentarios que oía y preguntas que me hacían, me di cuenta de que no habían detenido a nadie.
Unos agentes estaban encabronados porque no pudieron robarse nada, para mi mala suerte, por que los que me llevaban eran de esos, desquitaban su coraje aplicándome la licuadora y continuamente me golpeaban en la cabeza sin motivo alguno. Mientras, a cualquier transeúnte que pasara cerca de los carros le veían cara de sospechoso, y me decían:
--¿Ese es David? ¡a güevo! ¿si o no cabrón?
--¿Dónde vive Pancho López? contestando yo que no lo conocía.
Así fue todo el camino hasta donde llegamos, que después supe eran las instalaciones de Médico Militar de la Procuraduría General de Justicia del D.F. Al llegar me ordenaron:
--Ya llegamos, bájate cabrón. Ahí es donde veo a dos compañeros (Rocío y Arturo).
Agarran a la compañera de los cabellos y la colocan enfrente de mí y le dicen:
--¿Lo conoces?
--No.
--¡No te hagas pendeja!
--Ahorita vas a ver si no.
Acto seguido nos conducen por un elevador hasta el quinto piso, nos llevan a un cuarto, nos ordenan que nos tiremos al suelo. Ahí veo a otra persona que después me entero que se llama Alfredo.
Así duramos de una a dos horas, después llegaron unos sujetos: uno con apariencia campesina, con sombrero y huaraches; otro con ropas de obrero, botas de casquillo y camisola color café, estos fueron los que me condujeron a mí. No puedo observar como son los demás. Nos bajaron al sótano por las escaleras, a donde había más celdas y escritorios, con máquinas de escribir para que los detenidos declaren ahí mismo. Nos encierran a todos en la misma celda, momento que aprovechamos para hacer comentarios de la forma en que nos habían detenido y de las preguntas base que nos habían hecho, siendo estas ¿dónde vive David, El Marín, Mario? ¿Conoces a Pancho López? ¿Quién es y dónde vive? ¿Quién mató a los de La Jornada? ¿A quién conoces del Procup? ¿Conoces a Martínez Soriano?, esto fue lo que más nos preguntaban. También aprovechamos para hacer la cronología de nuestras detenciones y de los responsables de esto.
No duramos mucho tiempo, nos sacaron al servicio médico y de inmediato nos separaron cada uno en una celda. No sé cuantas horas o días pasaron para que me llamaran a declarar. La tensión que me invadía, cada vez que nombraban a uno de los compañeros para declarar y verlos como regresaban, después de cada interrogatorio, me provocaba ansiar más los golpes, que la angustia de esperar mi turno.
Llegó la hora, me llamaban a declarar. Entre dos agentes me conducen al quinto piso, hacia un cuarto donde solamente se encontraba una silla. Me ordenan que me siente en ella y que agache la cabeza, se oye que abren la puerta y entra alguien. Me vendan lo ojos y me ordenan que me quite la ropa, se oye nuevamente el ruido de la puerta. Me amarran las manos hacia la espalda.
Empiezan con la intimidación psicológica y unos golpes, como no les da resultado, aumentan los golpes y los toques eléctricos en todo el cuerpo. Caigo al suelo; me gritan:
--¿Tienes sed, hijo de tu puta madre? Ahorita te damos tantita agua.
Entre dos me abren las piernas y uno se recargó en mis testículos, era un dolor intenso, otro me sujeta de los cabellos, vuelve a introducirme un trapo en la boca, golpeándome el estómago hasta sacarme el aire y me vacían Tehuacán en la nariz, era insoportable todo eso.
Al cabo de no sé cuanto tiempo me dejan, empiezo a recuperarme y me desatan. Acto seguido me ordenan Vístete hijo de perra, me sacan de ahí y me llevan a la celda.
Pasa el tiempo, nos sacan y nos llevan a otro lado (oficina del Procurador de Justicia del Distrito Federal) en donde se llevaría a cabo una conferencia de prensa, en donde (9 de abril) separan a dos compañeros.
Poco después los regresan a la celda y nos presentan ante las cámaras de televisión y periodistas, en donde los representantes de la judicial dan el informe de su gran hazaña y nos presentan como delincuentes comunes.
Un detalle muy importante: preguntan los reporteros a un comandante:
--¿Cómo los considera usted, delincuentes comunes o guerrilleros?
Y este no responde.
Después de su titubeo quisieron suspender la conferencia de prensa, pero los reporteros los acosaron con preguntas a las cuales respondieron con simpleza. Al término de ésta nos trasladaron al llamado sector central de la calle de Niños Héroes. Permanecimos ahí una noche y al día siguiente nos trasladaron al Reclusorio Norte, en donde nos dictaron un auto de formal prisión con los siguientes delitos: Asociación delictuosa, tentativa de robo, robos diversos y daños en propiedad ajena, todo esto en materia penal en Juzgado 4 con expediente 23/90 y en materia federal, en el Juzgado 4 de Distrito en el Reclusorio Oriente con número de expediente que no conozco, se nos repitieron algunos cargos como asociación delictuosa, portación de arma reglamentaria de uso exclusivo del ejército y fuerza aérea y robo agravado.
Espero que este testimonio ayude en algo a los compañeros que por equis razones atraviesen por los mismos momentos en manos de la judicial.
Los métodos que utilizó la policía para hacer los interrogatorios en nuestro caso fueron: la tortura psicológica: si no hablas vamos a golpear a tus hermanos, vamos a violar a tu esposa enfrente de ti; posteriormente si no les da resultado, te dicen coopera con nosotros, te vamos a ayudar, eso te lo dicen en un tono paternal para que hables; luego te quieren descontrolar ¿No quieres cooperar con nosotros? Si ya te señalaron tus amigos, dicen que tú fuiste, así que no puedes decir que no; Si nos dices todo y cooperas el Juez te lo va a tomar en cuenta y nosotros te ayudamos en lo que sea necesario..., etc.
GENARO OLIVARES AGUIRRE
Fui detenido como a las 4 de la tarde en un edificio frente al Hemiciclo a Juárez (La Trilla) junto con un compañero (José Guadalupe Emigdio Berrocal).
Al entrar al despacho donde nos detuvieron, nos preguntaron a qué íbamos, nos revisaron todas las cosas que llevábamos y a nosotros nos revisaron también, pero al hacerlo nos separaron poniéndonos de pared a pared. Yo estaba mirando de frente cuando a él lo voltearon contra la pared y le sacaron una foto, lo vieron de perfil y uno de los agentes movió la cabeza dando a entender que él no era.
Posteriormente llegó una señorita, cuando ella tocó la puerta luego luego cortaron cartucho algunos de los agentes, abrieron la puerta y la hicieron pasar, entonces la sentaron en una silla atrás de un escritorio, preguntándole que a quién buscaba, que no se hiciera pendeja, porque ellos sabían de sus hijos, que dijera donde estaban, no sé si se referían a sus hijos o a otras personas que buscaban y ella les decía que no sabía de qué le hablaban, que únicamente iba a buscar trabajo.
A mi compañero y a mí nos empezaron a preguntar y esculcaron en mi morral, me preguntaron que a qué íbamos, "a picar un esténcil" les dije, pues tenía unos esténciles en la mano, y algo de temor porque entre mis cosas cargaba una "táctica" ellos revisaron y no me la encontraron. Aún así tal parecía que no me creyeron lo de los esténciles, pues también le preguntaron a mi compañero y él les dijo lo mismo: "para sacar un volante para el Curso Social de la Preparatoria Popular Tacuba."
Como que buscaban algo más que esto. Tal parece que todo estaba preparado, porque cuando entramos al edifico se notó muy solo, luego cuando entramos al elevador, entraron dos o tres agentes, cuando quisimos reaccionar ya era muy tarde, al salir del elevador, ellos también bajaron. Cuando tocamos, abrieron y nos pasaron, ya otros agentes se encontraban dentro del cubículo y otros desde afuera viendo quién entraba para agarrarlo.
Una vez que nos detienen, a la señorita, a mi compañero y a mí, los agentes piden una unidad para que nos trasladen, diciendo uno de ellos: "parece que tenemos que chingarnos toda la noche". Nosotros sin saber a donde nos iban a trasladar, nos sacan y nos meten a un Dart K guinda, nos suben atrás con dos agentes enfrente y otros dos atrás, cuando nos dimos cuenta nos habían llevado a la Médico Militar, donde cerca de las 5 de la tarde nos ingresaron a los separos. Desde esa hora hasta como las 12 de la noche cuando nos sacaron a declarar. Antes de eso se encontraban todas las celdas llenas de hombres, mujeres y niños, que poco a poco los fueron sacando hasta que fuimos quedando unos pocos, cuando sacaron a mi compañero para declarar.
Tardaron como 30 minutos más para sacarme a mí. Cuando me sacaron a declarar mi compañero estaba a mi derecha como a unos 5 o 4 metros. Los que estaban tomando la declaración me dijeron que ya dijera todo lo que sabía porque mi compañero ya había declarado.
Me empezaron a preguntar que qué sabía respecto a un robo que se cometió en el C.C.H. Sur, yo les respondí que no sabía, que desde cuándo lo conocía (a Berrocal)
-Desde hace mes y medio.
Nos preguntaron por otros robos: mencionaron el de una tienda del ISSSTE y yo les dije que no sabía, mi declaración duro como 15 minutos.
Nuevamente me regresaron a una celda, mi compañero ya no estaba ahí, también lo habían cambiado de celda.
RUMBO A...
El día 5 de abril, como a las 12:00 del día nos sacaron y nos pasearon por la calle hasta llegar a una camioneta en la cual nos subieron y nos hicieron agachar la cabeza, después de unos 10 o 15 minutos se paró la camioneta y volvió a caminar cuando nos vendaron los ojos. Luego de entre una hora y una hora tres cuartos de camino, se paró la camioneta, pero antes, como a la hora y media tomó una carretera de asfalto y como un cuarto de hora en terracería.
LA CARCEL CLANDESTINA
Cuando se paró, escuchaba que movían tambos, como si estuvieran vaciando agua de un lugar a otro, después de tres cuartos de hora o una hora me bajaron a mí primero de la camioneta. Sentí el cambio de temperatura, algo fresco, como unos cuartos o una casa.
Cuando me metieron a los cuartos me dijeron que me volteara, yo sentí la pared enfrente de mí, hicieron que me despojara de mi ropa, uno de ellos me condujo dos o tres metros hasta que pisé hule espuma, hicieron que me acostara en una tabla, cuando me acostaban me dijeron que entonces vería que sí iba a hablar. Una vez acostado me empiezan a vendar todo el cuerpo quedando algunas partes descubiertas, plantas de los pies, muslos, testículos. cuello, cabeza (excepto los ojos que nunca me quitaron las vendas durante la tortura).
EMPIEZA EL INTERROGATORIO
Me empezaron a golpear en el estómago y en el pecho, me preguntaron que qué sabía con respecto a los vigilantes que habían matado de La Jornada, de asaltos de bancos de Sonora y en el Estado de México, cuando les dije que no sabía de qué me estaban hablando, me volvieron a golpear y después alzaron la tabla inclinándola, tocando mi cabeza con el agua. Me bajaron, me pusieron un trapo en la boca y en la nariz, uno se subió sobre mis brazos, yo teniéndolos amarrados pegados con el pecho, otro me agarraba de la cabeza para que no me moviera boca arriba, otro golpeándome y el otro echando agua hacia el trapo que cubría mi boca y mi nariz, yo sintiéndome ahogar, durante dos o tres minutos echándome agua, luego me pegaban en el pecho y en el estómago, me quitaban el trapo y me volvían a preguntar, que qué sabía con respecto al periódico Madera, yo les dije que no sabía, que lo único que sabía era que habían destruido su cuartel en Ciudad Madera. Me preguntaron que qué más sabía, yo les dije que no sabía más, que eso lo había leído en unas hojas que encontré en la Facultad de Ciencias.
Después de que me volvieron a pegar y aplicaron otra dosis de agua, me preguntaron por diferentes nombres entre ellos el de "David" y "Marín", yo les dije que no sabía, que nunca había conocido a personas con esos nombres
-Ahorita vas a ver como sí conoces.
Empieza otra dosis de agua por los orificios nasales y boca, al terminar ésta preguntan que si los conocía, yo les dije que no, entonces me empiezan a mojar en todo el cuerpo y empiezan los toques con cables desde la planta de los pies, luego en las piernas, en los brazos y luego en los testículos donde sentí mas gacho, entonces también me los pasaron por la cabeza, sentía como mi cuerpo con los mismos toques se retorcía a tal grado que me les llegué a zafar de las vendas, me volvieron a vendar y nuevamente, así me tuvieron buen tiempo.
Después me pararon, me siguieron golpeando en un rincón de ese cuarto, cuando escuche otra voz que dijo: "traigan al otro".
Uno de los dos o tres que me seguían golpeando me dijo: "sigue mi voz", yo siguiéndola sin poder ver, me pasaron a otro cuarto donde choque con un sillón, supongo que era una sala, me dejaron parado encuerado ahí unos diez minutos, cuando escuché otra voz que dijo: "se nos pasó la mano, vámonos rápido", entonces dijo uno: "hay que llevarlo a la Cruz de Zaragoza", otro dijo: ¡Rápido pendejos!, me aventaron mi ropa y dijeron póntela rápido, pendejo.
Me vestí cuando escuché nuevamente entre 7 o 9 voces distintas en el mismo cuarto; le dijeron a mi compañero "abre la boca" y le echaron vino, lo mismo me dijeron a mí, me echaron un trago de vino, sentí que mi garganta se calentaba rápidamente, aún temblando de los toques me preguntaron si ya estaba bien, les dije que sí, dijeron: "¡Vámonos!", me llevaron de nuevo a la camioneta, me subieron y luego a mi compañero,
-¡Ponte boca abajo!, -escuché otra voz:
-¡Dale masaje buey, si no nos joden.
DE REGRESO A LA PJDF
A mi compañero le iban dando masajes, a mí me tenían boca abajo, en el suelo, cuando vieron que se recuperó dijeron: "mejor vámonos derecho" y hasta casi llegando a la PJDF, nos quitaron las vendas de los ojos, pero no nos dejaron que los viéramos, nos daban órdenes de que fuéramos con la cabeza hacia abajo.
Cuando llegamos nos preguntaron si teníamos hambre, les contesté que sí. Mandaron a comprar una torta, me comí la mitad pero mi compañero no comió nada, en lo que nos dieron la torta, se me quedó grabada la cara de uno de los agentes que nos fue a torturar. Después nos ofrecieron un jugo, que nos tomamos, hasta como las 5:30 o 6 de la tarde que nos volvieron a ingresar separados, sin poder platicar nada, hasta como a las 8 de la noche, cuando me llamaron para irme junto con 30 personas más.
Afuera de la PJDF había reporteros tomando fotos y cuando me recibieron nos nombraban y nos dejaban con la demás gente, en eso escuché que se acercaba una marcha, sin voltear atrás yo, sino con la persona que me retiré, ella venía volteando, nos retiramos inmediatamente hacia el metro, una vez que subimos vimos que nadie nos siguiera, bajamos y volvimos a subir al metro, hasta la estación Chabacano, donde le conté a la persona lo que había pasado, le dije que anduviera con precaución, después me retire a mi casa. (Luego me volvieron a capturar).
Compañeros tenemos que salir de esto, seguiremos adelante, por lo pronto les digo hasta pronto.
José Guadalupe Emigdio Berrocal
Es 4 de abril de 1990, a las 13:10 hay una asamblea en la Preparatoria Popular Tacuba sobre un curso social de la nueva generación que ingresará a la UNAM. La asamblea nombró a una comisión que se encargara de reproducir un volante que hable sobre el curso social. Se propone que yo integre esa comisión y se nombra a otro compañeros.
Para que se nos facilite la tarea tenemos la opción de ir al SITUAM, las costureras o la revista La Trilla a mecanografiar el original.
Nos retiramos el compañero —que hasta hoy sé que se llama Genaro Olivares Aguirre— y yo, José Guadalupe Emigdio Berrocal, a cumplir con la tarea que la asamblea nos encargó. Por comodidad y para evitar trasbordos en el Metro, habíamos decidido ir a la dirección que nos dieron de la calle de Juárez, en el lugar donde se edita la revista La Trilla.
Salimos del Metro Hidalgo a las 16:15, buscamos la calle y comenzamos a buscar el número, vamos caminando sobre la avenida Juárez de poniente a oriente, llegamos a una relojería, hay unos seis sujetos, todos de traje, como custodiando una relojería. Descubrimos el número y nos introducimos al edificio para buscar el local de La Trilla.
Subimos por el elevador al quinto piso, buscamos el número y tocamos.
En esos momentos se abre nuevamente el elevador, desciende una chica baja de estatura, pelo rubio, ojos claros, complexión robusta, tez blanca, nos pregunta que si ya tocamos, le comento que sí; para entonces han transcurrido unos 30 segundos.
CAPTURA EN LA TRILLA
La chica, se pasa frente a nosotros y vuelve a tocar, volteo y me percato que se nos acercan dos sujetos —no podría precisar si bajaron del elevador o subieron por las escaleras—; en esos momentos se abre la puerta del local de La Trilla. Adentro hay cinco o seis sujetos, todos nos apuntan con pistolas, dos están tras la puerta y uno nos abrió la puerta, hay otros en el fondo. El que nos abrió, apuntándonos con su pistola nos dice:
—Pásenle rápido, no se quieran pasar de pendejos.
Los sujetos que llegan tras nosotros nos empujan y cierran la puerta; alcanzo a observar que a la chica la jalonean hasta el fondo, al compañero Genaro lo jalan al lado izquierdo, a mí me paran al lado derecho, comienzan a registrarme, todo esto sin dejarnos de apuntar con sus pistolas.
Me registran de pies a cabeza, lo mismo hacen con mi compañero —esto está sucediendo cuando alcanzó a escuchar que a la chica le preguntan que a qué ha ido a ese lugar—, escucho que la chica responde: "vengo a ver lo de un trabajo", para entonces a mí me preguntan que a quién busco, les respondo que a nadie en especial.
Todavía no acabo de contestar cuando ya me están preguntando que entonces qué hago en ese lugar; les digo que venimos de la PPT para que nos hagan el favor de picarnos unos esténciles para promover el curso de servicio social de la prepa, en esos momentos tocan la puerta y rápidamente guardan silencio, sacan sus pistolas, me colocan tras la puerta, junto al compañero Genaro, alcanzo a ver que a la chica la meten a otra oficina, un sujeto abre la puerta, se tranquilizan; al parecer son dos de sus compañeros.
Uno de ellos me jala nuevamente, me registra, me pide que saque todo lo que traigo en las bolsas, saco mi credencial de la Universidad, $50,000 y dinero suelto, me quita mi credencial y me dice que me guarde el dinero, me pregunta que a quién buscamos, le contesto que hemos ido a ese lugar para que nos tipografíen un volante, me dice que dónde está el resto y se lo entrego.
Nuevamente tocan la puerta me pasan detrás de la puerta, sacan sus pistolas, toman posición, un sujeto abre la puerta, es otro de sus compañeros, me pregunta que a quién busco, le repito que a nadie en especial, que estamos ahí porque queremos que nos tipografíen un volante sobre el curso social de la PPT, me dicen que extienda las palmas de las manos, dice el tira este: "éste cabrón nunca ha andado en broncas".
Al compañero Genaro lo registran, le hacen las mismas preguntas y él responde que somos una comisión de la PPT encargada de sacar un volante, en esto están cuando de reojo veo que a la chica la tienen al fondo en un escritorio y un policía judicial la jalonea de los cabellos y le planta una bofetada, escucho que le dice: "¡no te hagas pendeja, tú eres la mujer de David!".
Ella responde que no, dice algo más que no logro escuchar, nuevamente veo que la golpea y le dice "no te hagas pendeja, tú eres la mujer de David; tuviste un hijo con él y lo venías a buscar".
En tanto esto sucede, a mí me preguntan mi nombre y mi dirección repetidas veces, como tratando de encontrar una contradicción. Nuevamente tocan la puerta, sacan sus pistolas, abren la puerta: es otro compañero de ellos. Informa que ya está el carro abajo, alguien comenta: "hay que esposarlos", otro contesta: "cómo crees pendejo, se van a dar cuenta, llévatelos así". Otro dice "nos vamos a tener que quedar hasta la noche porque siguen llegando".
TRASLADO AL CUARTEL DE LA PJDF
Me toma del hombro, hace a un lado su saco y me enseña su pistola, me dice: "si te quieres pasar de pendejo te mato", le digo que no debo nada y que por lo tanto no le temo a nada, abre la puerta enfrente de mí sale un judicial, otro camina junto a mí hasta el elevador, subimos; vienen conmigo el compañero Genaro y la chica, ya en la planta baja sale un judicial, otro me toma del hombro y me dice que no levante la cara, alcanzo a ver que sobre la avenida se hacen señas con otros judiciales.
Caminamos como unos 30 pasos hacia el oriente. Un carro viene en reversa, no recuerdo el color, es 4 puertas, se para frente a nosotros abren la puerta de atrás y me dicen que me suba. Acto seguido suben a Genaro, después suben a la chica, le dicen que se siente en nuestras piernas, se sube un judicial junto a Genaro, otro sube junto al chofer.
Se pone en marcha el carro, nos dicen que bajemos la cabeza, el carro da vuelta a la derecha, después de cruzar algunas calles da vuelta a la izquierda. Antes de detenerse hablan por radio transmisor informando que estamos llegando.
El que está junto al chofer, pide que saquen a uno de los que ya tienen, se me viene a la mente que van a sacar a algún trabajador de la revista La Trilla; decía entre mí "que lo saquen, no conozco a nadie, ni tampoco me conocen".
Pregunto cuál es el objeto de nuestra detención, me dicen que me calle. Se baja el judicial que va junto al chofer y regresa rápidamente y le dice a su compañero: "rápido, no hay periodistas". Nos bajan apresuradamente y nos meten a un edificio; hasta hoy sé que estuvimos detenidos e incomunicados en lo que se llama Médico Militar.
EN LOS SEPAROS DE MEDICO MILITAR
Ya en las instalaciones, me piden mis generales, les entrego mis pertenencias, reloj y dinero así como mi credencial, mi cuaderno de notas de ética, un libro de ética y el paquete de hojas. Me paran junto a una oficina, a mi derecha está Genaro, junto a él la chica, después ponen a mi izquierda a un sujeto que hoy sé que se llama Roberto Fernández Olvera, me pasan con el médico, pregunta que si tengo golpes, le digo que no; que si padezco alguna enfermedad, le digo que me encuentro en mi última etapa de recuperación, me pregunta que qué enfermedad, le contesto: Guillén Barren, lo que hizo caso omiso y me trasladan a una celda.
En esta hay unas 10 personas, unos sin zapatos, otros sin camisa; me percato que las celdas están repletas de niños, ancianos, jóvenes y mujeres, les pregunto por qué los detuvieron, contestan que no saben, me entero que a algunos los detuvieron en Tlatelolco en la madrugada, a otros en lugares que no recuerdo, después meten en la misma celda a Roberto Fernández Olvera, pregunta que a qué hora nos detuvieron, también le pregunto y dice que lo detuvieron en Tlatelolco, le pregunto por qué tantas detenciones, él contesta que al parecer son por el doble asesinato de La Jornada.
Para entonces son aproximadamente 17:30 horas, el tiempo transcurre y como a las 20:00 entra un par de sujetos en la celda, nos preguntan nuestros nombres y nos limpian las manos con tela preparada para encontrar residuos de detonaciones, se retiraron y no los volví a ver hasta como a las 20:30, cuando sacan a las mujeres y niños y las forman para tomarles su declaración.
Les informan que los van a dejar salir, los niños revolotean frente a las celdas, tratan de averiguar qué sucede, ningún niño ríe, hay un descontento en ellos, saben que estuvieron encerrados en forma inexplicable. Los adultos saben que fueron privados de sus libertad por simple prepotencia de la policía judicial, violando las leyes, violando los derechos humanos, ¿cuáles garantías individuales?, ¿dónde están? Seguramente se preguntaban todos los niños, viendo como quedaron sus padres privados de su libertad.
Comienzan a llamar a uno por uno para tomarle su declaración preparatoria, el comentario del carcelero era: "nomás les toman su declaración y se van".
PRIMERA DECLARACION PREPARATORIA
Serían como a las 2:00 del jueves 5 de abril cuando me llaman a tomar mi declaración, me preguntan mis generales, ocupación y además me preguntan
—¿Qué sabes sobre el doble asesinato de La Jornada?
—Lo que todo mundo sabe; yo me enteré por el periódico.
—¿Qué sabes sobre el PROCUP?
—Me enteré de esa organización por la revista Por esto!, pero no me consta si existe o no.
—¿Qué sabes de Martínez Soriano?
—No lo conozco.
Me enseñan una lista con unos 20 nombres y me preguntan que a quiénes conozco, reviso y le digo que a nadie.
—¿Qué sabes sobre el asalto al CCH?
—Nada.
—¿Qué sabes sobre el asalto a Deportes América?, ¿sobre el asesinato de un policía?, ¿qué sabes sobre el asesinato de los dos policías en Iztapalapa?
A todo respondo que nada.
Un judicial se acerca a la persona que me tomaba mi declaración y dice "este güey te está choreando", me da un golpe en la cabeza, me pregunta:
—¿Dónde te agarraron?, en Juárez, en la revista La Trilla.
—¿Qué buscabas ahí?
Le comento la razón por la que fui a ese lugar, me contesta "no mames, a mí no me chorées porque te pongo en la madre".
—¿Qué estudios tienes?
—Pasante de la carrera de derecho.
—Ah ¿sí?, a ver, ¿qué materias se llevan en el tercer semestre?
—No recuerdo exactamente cuáles son las materias que cursé en ese semestre.
—¡Ya ves como nomás me estás choreando —se retira y le dice al sujeto que me tomaba mi declaración: "chíngatelo"
Concluye con mi declaración, le digo que la quiero leer, me la da y la leo, la declaración es mía, me dice:
—¿Estás de acuerdo con ella?
—Sí.
—Fírmala.
La firmé, pero fue la única vez que vi esa declaración, ésta jamás apareció en el juzgado (posteriormente me hacen firmar una declaración que nunca supe de su contenido, además de una ampliación de declaración en la que tampoco supe de su contenido, y que son las mismas que aparecen en el Juzgado 4º Penal del Reclusorio Norte).
SE INICIA EL INFIERNO
Me meten a otra celda donde habían unas diez personas. En ésta permanezco hasta las 10 a.m., a esa hora llega un policía que al parecer es un tal "Tanús", pregunta quién es José Guadalupe Emigdio Berrocal, les digo que soy yo, y dice: "a este güey me lo apartan".
Como a las 12 me sacan de mi celda y me suben al 4º piso o 5º, no sabría precisar, me sientan junto a un escritorio, se acerca un judicial y me pregunta:
—¿Por qué vienes?
—No sé ni de qué se me acusa.
—¡No te hagas pendejo! —y me azota la cabeza contra la pared— ¿ya te acordaste?
Le voy a contestar cuando se para sobre mis dedos del pie derecho y me los muele contra el piso con su peso y sus enormes botas vaqueras.
—A ver si así te acuerdas, pendejo —y se retira.
Minutos después se acerca otro sujeto y sin más me da una patada en la espinilla, empezaba a entender que por alguna razón que desconocía me esperaban momentos peores.
Después de varios minutos me levantan y me meten a una oficina; hay varios agentes de la policía judicial, me enseñan unas ocho fotos, me preguntan que a quiénes conozco, les digo que a nadie, me dice uno de ellos:
—Ah, conque no. Vas a ver en un ratito que sí los conoces —y me comienza a golpear en la cabeza (dicen ellos un mazapanazo, un golpe con toda la fuerza del puño sobre la parte superior de la cabeza que produce aturdimiento).
Todos tratan de tomar parte en el juego de golpearme, dan golpes en los riñones, otros me golpea en los pulmones de tal manera que me hacen perder la respiración, todo esto es a la vez y repitiendo los golpes, a una orden ceden en su sádica tarea. Me vuelven a preguntar:
—¿A quién conoces?
—A nadie.
Me preparo para recibir la nueva dosis pero no sucede. Me dan un álbum con fotos.
—¿A quién conoces de éstos? —reviso y contesto.
—A nadie.
—¿Donde están los que mataron a los vigilantes del periódico La Jornada.
—No sé y no tengo injerencia alguna sobre esos hechos.
—No te hagas pendejo, tú sabes dónde está Martínez Soriano
—No sé quién es esa persona.
—¿Dónde está David Cilia Olmos?
—No sé quién es esa persona —nuevamente me llueven golpes sobre la cabeza, oídos, riñones y pulmones.
—¿Cómo no vas a saber quién es Soriano si tú estuviste en tal asamblea (no recuerdo a cuál asamblea se refería) y Martínez Soriano les dijo "no se dejen agarrar y quien los quiera agarrar rómpanle la madre".
—Señor, yo no estuve en esa asamblea y no sé de qué me habla.
—¿De dónde eres?
—Soy de la Delegación Xochimilco.
—No te hagas pendejo, tú eres oaxaqueño. Dame tu dirección verdadera.
—Ya se la dije a usted y a todos los que me han interrogado, soy de San Andrés Ahuayucán, Delegación Xochimilco.
—¿Dónde imprimen la propaganda?
—¿Cuál propaganda?
—No te hagas pendejo, la del PROCUP.
—Ya le dije que no sé de qué me habla.
—¿Sí no eres del PROCUP entonces de qué partido eres?
—De ninguno.
—Entonces ¿eres de los sin partido?
—Si, si así lo quiere llamar.
—¿No eres del Partido de los Pobres?
—No.
—¿Eres del FNDP?
—Tampoco.
—¡Entonces eres del PRI!
—Tampoco.
—Entonces eres de la gente de Cuauhtémoc.
—No.
—Entonces eres gente de Rosario Ibarra.
—No.
—¿Quieres que te traiga los filmes donde tú estás con ella?
—Tráigalos señor; yo no he estado con ella.
—¿Entonces eres del PRD?
—Tampoco.
—¡Entonces eres del PRI!
— Tampoco señor.
— Eres de la Liga Comunista.
— No, señor.
—¿Y entonces ¿cómo sabes de ésta?
—Para nadie en nuestro país es desconocido que esa organización existió —y con una sonrisa burlona me despide, gira sus instrucciones. "Llévenselo y ya saben cómo tratarlo"
Alguien me toma del pantalón y me hace caminar de puntitas otro me golpea la cabeza, "agache la cabeza, pendejo". Ya en el elevador me hace la licuadora como ellos mismos la llaman, lo toman a uno de los cabellos y con todas sus fuerza —como queriendo arrancar la cabeza del cuerpo— lo comienzan a uno a agitar hacia todos lados, quedando uno en un estado de aturdimiento y entorpecimiento incontrolable, a parte del dolor físico que produce. Me bajan a mi celda, las personas que se encuentran en ella les noto una fuerte aflicción, seguramente es por el estado en que me regresan.
RUMBO A LA CARCEL CLANDESTINA POR ÓRDENES DEL PROCURADOR DE JUSTICIA
Una hora después, aproximadamente, me vuelven a sacar de la celda, serían las 13:30 horas del 5 de abril. Al salir de ella el comandante Topo pide que me registren, pero los judiciales que me sacaron de la celda dicen que no lo harán, que tienen órdenes superiores y sin más jalándome me obligan a salir. Un judicial dice "por aquí no, hay muchos periodistas", éstos se encontraban en la entrada principal de Médico Militar. "¡Sáquenlo por el estacionamiento!", contesta el que lleva el mando.
Afuera se encontraba una camioneta color guinda tipo Ram Charger; atravesamos rápidamente la calle y subo a la camioneta. Me sientan en la parte posterior del lado derecho y me ordenan que meta la cabeza entre las piernas y me siente sobre las manos. Estamos en ese lugar unos 10 minutos, de pronto escucho que suben otras personas, oigo la voz del compañero Genaro, el carro se pone en marcha, pienso que me llevaran a mi domicilio, como a los cinco minutos se detienen. Me colocan una especie de esponja en la cara y comienzan a vendarme la cara, cierro los ojos para que no me lastime la venda. Terminada su tarea un judicial en forma burlona me pregunta:
—¿Qué vez cruz o cuernos?
—No veo nada.
—¡Más te vale pendejo!
Luego de como 30 minutos nos detenemos; me vendan las manos fuertemente a tal grado que inmediatamente se me adormecen, permanezco unos 10 minutos, por un momento siento que estoy solo. En eso llega un judicial y le sube el volumen a un estéreo, transcurren otros 10 minutos. Llegan por mí, me desatan las manos, me bajan del carro, me colocan una capucha sobre la cabeza tratando de asegurarse que no vea nada.
EN LA CARCEL CLANDESTINA
Camino por un pasillo muy estrecho. Desde que entro escucho murmullos; identifico la voz de Genaro, pero no alcanzo a escuchar exactamente lo que dicen; estando en ese cuarto siento un intenso frío, alguien me ordena: ¡Desvístete!, en eso estoy cuando siento un golpe en el estómago, estuve a punto de caer. "¡Rápido pendejo!, no te voy a esperar hasta que quieras, hijo de tu pinche madre".
Termino de desvestirme. ¡Arrímate para acá! me dan un golpe en la cabeza. "¡Para allá no!, pendejo, ¿que te tapas los güevos?, ahorita te los vamos a quitar", me jalonean, me colocan en una pequeña barda, me dicen: "empínate". Me agarran la cabeza "ahorita te vamos a coger hijo de tu pinche madre"; otra voz me dice no te vayas a mover de aquí, transcurren como tres minutos, parecen que esperan a alguien.
Alguien llega, escucho que ordena "¡tráiganlo para acá!". Alguien se acerca y me jala, me para enfrente de ese sujeto, comienza el interrogatorio:
—¿Eres profesionista, eres pasante de derecho?
—Sí.
—Entonces te voy a hablar como los abogados, tú eres una persona inteligente. ¿Prefieres un buen o un mal pleito?
—Un buen pleito.
—Pues entonces hable.
—Pregúnteme, yo le contesto.
—¿Quién mató a los de La Jornada?
—No sé.
—¿Dónde está Martínez Soriano?
—No lo conozco.
—¿Dónde imprime su propaganda?
—¿A quién ibas a buscar a La Trilla?
—A nadie, fui ahí para que me tipografiaran un volante.
—¡No te hagas pendejo!, tú ibas a buscar a David.
—No, no lo conozco.
—¿Quién dirige el trabajo en la PPT?
—No sé, acabo de acercarme a la PPT, tengo 20 días que me acerqué a dar clases
—¿Dónde vives?
—En San Andrés Ahuayucán, Delegación Xochimilco.
—No te hagas pendejo, tú eres de Oaxaca.
—No, la dirección que le he dado es donde vivo, puede investigar.
—¿Quién asaltó el CCH Sur?
—No sé.
—¿Quién asaltó Deportes América?
—No sé.
—Cómo que no sabes si tú mataste al policía.
—Yo no he matado a nadie.
—¿Quién mató a los policías de Iztapalapa?
—No sé.
—¿Qué secuestros tienen preparados?, ¿cuáles son los próximos asaltos?, ¿quién secuestro a fulano de tal? (no recuerdo el nombre de la persona que me menciona) ¡No te hagas pendejo!, el secuestro de Guadalajara.
—No sé.
—Quién le aventó la bronca a Salinas de Gortari.
—No sé.
—Está bien; entonces te vamos a romper la madre vas a ver si sabes.
Acto seguido alguien me jala, le digo que si quiere que yo me declare culpable de algún delito que no he cometido que me entregue una declaración y que yo se la firmo, que no necesita golpearme. Me dice que no es de la judicial, que es del "Frente Nacional de Defensa de Presos y Exiliados Políticos" y que aquí no vine para firmar papelitos, sino para que me rompan la madre.
Me jalan, me sientan en una especie de banco, me ordenan que me acueste y me dicen "ten cuidado, porque si te caes al pozo ya nadie te va a sacar". Me amarran las manos, los pies y la cintura y comienzan a arrojarme agua helada en la cabeza, en el pecho, en el estómago, en los testículos, en las piernas, hasta mojarme todo el cuerpo. Mi cuerpo comienza a estremecerse en forma incontrolable. Alguien de mis torturadores se burla y me dice:
—¿Ya te prepararon contra la tortura? ¿Los toques? ¿Contra el tehuacán con chile?
—¿Tienes alguna enfermedad?
—Estoy en mi última etapa de recuperación de Guillen Barren.
—¡Pues aquí te va a llevar la chingada! —y de nueva cuenta el interrogatorio.
—¿Dónde está Martínez Soriano? ¿Dónde está David? ¿Dónde son sus citas? ¿Quién mató a los policías? ¿Quién asaltó? ¿Quién secuestro? ¿Dónde está el dinero del último operativo?, etcétera.
Me ponen una bolsa plástica en la cara que me impide respirar; mi cuerpo comienza a convulsionarse por la falta de oxígeno, siento que los pulmones me explotan, que mi cerebro va a estallar, que mi cuerpo comienza a perder fuerza, cuando me quitan el plástico jalo aire con desesperación.
Me golpean en la cara, alcanzo a escuchar que me ordenan que no me duerma, me preguntan:
—¿Ya despertaste?
—Sí.
—¿Ya vas a hablar?
Y nuevamente las preguntas, una tras otra. Me colocan una tela para impedir que mueva la cabeza y me comienzan a echar tehuacán por la nariz y la boca, nuevamente no puedo respirar, siento que en mis pulmones en lugar de aire entra el tehuacán, quemando mis vías respiratorias.
Mientras tanto alguien me sigue arrojando agua fría por todo el cuerpo, nuevamente me colocan la bolsa plástica en la cara, agito desesperadamente la cabeza tratando de respirar pero no lo logro y nuevamente comienzo a caer en un estado de inconciencia.
De pronto siento que me oprimen el pecho y siento golpes en la cara y en el estómago. Oigo una voz que dice: "¡Despierta hijo de la chingada!", "dale unos toques para que despierte", siento unas descargas eléctricas en todo el cuerpo que me hacen gritar para nuevamente caer en un estado de inconciencia.
Siento golpes en el pecho y alcanzo a escuchar que dicen: "este güey no aguanta nada, bájalo rápido porque este güey se va a quebrar". Logro alcanzar una recuperación mínima, quieren que camine, pero no puedo. Tienen que jalarme a rastras, me obligan a ponerme de pie y me echan alcohol en el cuerpo, otro dice: "préndele un cerillo para que se lo lleve la chingada". No dudaba de que lo hicieran, pero no fue así.
LOS TORTURADORES EN DIFICULTADES
Entonces me dieron mi ropa para que me vista, pero no lo pude hacer ya que mi cuerpo está entumido. Me dijeron que respirara profundamente, que hiciera ejercicios, lo intento pero no puedo, les digo que estoy mareado, que me voy a caer.
En eso se acerca un judicial y me ayuda a sentarme en un sillón. Comienzan a inquietarse por mi situación, en eso escucho que dicen: "vámonos rápido porque este güey se va a clavar".
Rápidamente me sacan a rastras, me suben a una camioneta. La respiración comienza a ser escasa, mi cuerpo pierde movimientos, alcanzo a percatarme que la camioneta se pone en marcha, me desmayo no sé por cuánto tiempo. De repente siento que me presionan el pecho, siento que alguien me levanta la cabeza; alguien me da respiración de boca a boca, no sé por cuánto tiempo.
Al parecer mi respiración se regula. Vuelvo a tomar conciencia de lo que sucede, escucho que la camioneta lleva la sirena funcionando, siento que la camioneta corre a toda velocidad, alguien que va enfrente pregunta cómo sigo, que si continúo mal me lleven a un hospital. "¡Pendejos, se les pasó la mano!". Alguno de ellos pregunta que si estoy malo, otro contesta "no nos dijo nada". "¡Cómo no, pendejos, él dijo que estaba enfermo del corazón y los pulmones!"
—¿Cómo sigue?
—Parece que ya está mejor.
Alguno de ellos me estira los dedos y los brazos, los tengo engarrotados, me preguntan que cómo me siento, trato de hablar, pero no puedo articular palabra alguna, siento que las cuerdas vocales no me responden. Trato de abrir la boca, pero la tengo engarrotada.
Consultan entre ellos que si me llevan a un hospital, alguien responde que no, que parece que ya estoy mejor. Me piden que mueva los dedos, lo hago en forma descoordinada y con mucha dificultad, alguien me dice con apremio: "así, así, mueve los brazos".
OTRA VEZ EN EL CUARTEL DE MEDICO MILITAR
Cuando llegamos a Médico Militar, la camioneta queda estacionada, indican que cuando me recupere me suban a donde estaba, me preguntan que si ya he comido les contesto que no, después de no sé cuanto tiempo llega un médico y me toma la presión; le preguntan que como estoy, el médico dice que tengo muy baja la presión, pero que es por el estrés al que estoy sometido. Da como instrucciones que me dejen ahí hasta que me recupere.
Pasan algunos minutos y llega un judicial con dos vasos de jugo de naranja. Uno para Genaro y otro para mí. Me lo bebo; momentos después me dan un par de tortas, me dicen que me las coma, obedezco, pero no tengo hambre, me preguntan si ya puedo caminar y les digo que lo intentaré.
Me ayudan a llegar hasta la puerta, me ayudan a bajar, apenas puedo arrastrar los pies, entre dos me ayudan a subir los escalones, me llevan de los brazos, llegamos ante el comandante Topo, me pregunta que cómo me llamo, se me dificulta coordinar mis ideas y tardo en recordar mi nombre, en eso alguien me llevaba del brazo hasta mi celda.
Estoy muy cansado y no sé por cuánto tiempo permanecí recostado en la plancha de cemento. No pensaba en nada, solamente en descansar, ya de noche llaman a algunos prisioneros y les dicen que están libres, yo me incorporo para ver a mi compañero Genaro, que también se forma para salir.
Momentos antes se acerca un joven a mi lado y me pregunta: —¿Lo torturaron compa?
—No.
—¿Quiere que nos pongamos en huelga de hambre?
—No, no es necesario —no cabe duda que era un joven valiente.
De repente me llaman:
—¡Órale, vas para fuera!
En ese momento llega un judicial corriendo y dice:
—Ese no sale.
Salen casi todos, a excepción de un campesino que estaba en mi celda y así nos la pasamos toda la noche.
VIERNES 6 DE ABRIL
Es viernes por la mañana, como las 12 a.m., llegan por mí. Me suben al 5º piso; nuevamente me enseñan fotografías de personas a las que no conozco, me golpean en los riñones y la cabeza en el momento menos esperado.
—¡Acuérdese pendejo!
Nuevamente me enseñan un álbum fotográfico, respondo que no les conozco.
—¡Hijo de tu pinche madre! ¿Ustedes creen que matando policías van a hacer la revolución?
—No entiendo lo que dicen y no he matado a nadie.
En eso uno de ellos saca su pistola y me la coloca en las costillas.
—¡Hijo de tu pinche madre! ¿tu crees que robando y matando policías van ha hacer la revolución? ¡Expropiaciones! ¿cuáles "expropiaciones", se llaman robos —sin dejar de clavarme la pistola en las costillas me siguen gritando— ¿Qué no se dan cuenta hijos de la chingada que el país cambia, que todo el mundo está cambiando? ¿Qué no han leído la "perestroika" de Gorvachov?, Alemania, Nicaragua, ¿qué no se dan cuenta que también nuestro país, que sólo falta el pinche loco del Fidel Castro que no quiere abandonar su isla?
—Sabe, estoy de acuerdo con lo que acaba de decir, pero tomen en cuenta que no sé nada de Oaxaca como tanto me han insistido, soy de Xochimilco.
Alguien de ellos dice que me calle y que deje de decir pendejadas. Nuevamente me golpean la cabeza, "¡agaché la cabeza! —me ordenan. Un judicial se acerca diciéndome:
—¡Hijo de la chingada!
Sacando la pistola, otro dice:
—¿Lo retiro?
Me jala del hombro hacia atrás, otro dice "no me vaya a salpicar el escritorio".
Las preguntas continuaron. ¿Qué entrenamiento militar has recibido?, ¿entrenamiento coreano? ¿Guerra de guerrillas?, me mencionaron otros que no recuerdo. Les contesté que no he recibido ningún tipo de entrenamiento.
—¿De dónde eres?
—De San Andrés Ahuayucán, Delegación Xochimilco.
—No te hagas pendejo. ¿Cómo te llamas?
—José Guadalupe Emigdio Berrocal.
—No te hagas pendejo, tú eres Miguel.
—Soy José Guadalupe Emigdio.
En ese momento me enseñan dos fotografías:
—¿Conoces a estos?
—No.
—¿Quieres que te los traiga y que te digan en tu cara que eres Miguel?
—Háganlo, pero yo no soy Miguel. Soy José Guadalupe.
—Ya son tres los que me dicen que tú eres Miguel. Tráiganle a uno —ordena, y me ponen a una persona a la vista, me preguntan— ¿Lo conoces?
—No.
Entonces le preguntan a esa persona (Alfredo)
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Se llama Miguel.
—¿Dónde lo conociste?
—En la casa de Gabriel.
—¿Dónde?
—Allá por San Andrés, por Xochimilco.
—¿Y qué tenía?
—Un cuerno de chivo; ellos le decían alka seltzer.
—¿Qué más?
—Unas máquinas de impresión.
—No, esta persona me está confundiendo, no soy Miguel, soy José Guadalupe Emigdio Berrocal.
—Está bien. ¡Llévenselo!
—¿Quieres que te traigamos otro y que te diga que eres Miguel? —dirigiéndose a un agente le dice— tráite a otro.
En eso me dan otro golpe en la cabeza.
—¡Agache la cabeza güey —me dicen y luego ¡voltea!
Ahora me han traído a una mujer (Verena). Me preguntan: "¿La conoces?", les digo que no. Le preguntan a esta chica, ¿cómo se llama?, responde en forma nerviosa José Guadalupe. En eso le gritan.
—¡No!, ¿cómo nos dijiste hace rato que se llamaba?
—Es que dije muchos nombres, no sé como se llama él
—Dilo, no tengas miedo. Me dicen— ¡voltea para acá!, de tal modo que no estemos frente a frente con mi identificador—.
—¡Anda, dile que se llama Miguel!
—Llévensela.
—¿Eres Miguel o no?
—No, no soy Miguel; me están confundiendo.
Los golpes llueven sobre mi cabeza, oídos y riñones.
—Señor judicial —le digo—, si usted quiere que me declare culpable de algún ilícito que no he cometido, tráigame una declaración y yo se la firmo, no necesitan estarme golpeando. Si a final de cuentas voy a tener que firmar lo que ustedes me den. Ayer me torturaron, estuve a punto de morir... —cortan mi intervención con un golpe.
—¡Cállate güey!, al jefe no le alces la voz —y el jefe me dice:
—Al parecer eres muy hombrecito, ojalá y me aguantes, porque si no te voy a romper toda tu puta madre. Lo de ayer no fue nada, así es que habla de una vez ahorita, porque cuando te empiece a chingar y si a la mitad quieres hablar ya no te voy a dejar. ¿Me entendiste?
—Sí.
—Habla, te escucho. ¿Dónde está Martínez Soriano? ¿David?, si tú no mataste a los de La Jornada, ¿dónde están los que los mataron?
—No sé nada de todo lo que me están preguntando.
—¿De veras no sabes nada de lo que te estamos preguntando Miguel?... Háblame de los operativos del norte, háblame del operativo de Azcapotzalco donde mataron a dos policías.
—No sé nada de lo que me están preguntando, ya le dije señor judicial que si usted quiere que le firme una declaración donde me declare culpable de ilícitos que no he cometido, démela y yo se la firmo.
—Ni madres, aquí te va a llevar toda tu pinche madre. ¡Llévenselo! y ya saben: cortito. No lo dejen hasta que hable.
Me dan un golpe en los riñones: "órale güey, vente para acá", me meten a una oficina.
Jorge Santos Ramírez
6:00 am, me encuentro en mi casa arreglándome para irme hacia la estación de camiones TAPO, para asistir al curso de la Preparatoria Popular de Tacuba (PPT)
6:05 am, se oyó gente que corría alrededor de mi casa y empiezan a ladrar mis perros. Oigo que gritan mi nombre, me asomo por la ventana, y veo al compañero Genaro (íbamos juntos al salón de clases en la PPT; él también asiste al curso).
Lo tenía amenazado un judas con una metralleta y como 30 más alrededor de mi casa; voy abrir la puerta y siento un golpe en el pecho con la culata de una metralleta, que hasta el suelo voy a dar, me levanta de los pelos un pinche gorila como de dos metros de alto, me hace una licuadora (te agarran de los pelos, te sacuden de un lado para otro y casi te desgreñan) y unos telefonazos (golpes con las palmas de sus manos en oídos y sienes).
—A ver hijo de la chingada, me vas a dar las armas, municiones y propaganda subversiva que tengas, cabrón.
—No sé de qué me habla.
—Te haces pendejo cabrón (golpe al estómago).
—¿Quiénes son ustedes?, identifíquense.
—Somos tus padres, pendejo, y sacamos la verdad, y si no te chingamos de todos modos (me da un rodillazo en el estómago). ¿Quién más vive aquí, pendejo?
Mi mamá y mis hermanos son despertados brutalmente, los ponen en un rincón de la casa, amenazados con metralletas y pistolas y empiezan a catear la casa que está infestada de judas. Mi mamá les pregunta qué buscan y qué quieren.
—A tu pinche hijo, que está en contra del sistema; por asesinar a los policías de La Jornada, por pinche guerrillero mierda.
Se llevan ropa y dinero, me sacan con las manos atrás y cabeza abajo y con la metralleta en la espalda; los vecinos se dan cuenta de la agresión y los judas les dicen: "¿Qué ven pinches babosos? Métanse a sus casas o les plomeamos el culo.
Veo de reojo la calle repleta de carros de judiciales, calculo que eran 30 o 40 carros.
—¿Qué ve güey —y me golpea un riñón (oigo varias voces).
—¿Dónde lo echamos jefe? ¿Qué, en éste?, órale cabrón para arriba.
Me suben a una suburban de color negro con gris en la parte de adelante y me empiezan a preguntar:
—¿Cómo te llamas cabrón?
—Jorge.
—¿Es el verdadero o tienes otro.
—Es el único.
—Nos vas llevar a tu otras casas, porque queremos hablar contigo y chance y te soltemos. ¿Entendiste?
—Sí.
—¿Por donde es güey? (me golpea en el riñón y telefonazos). ¿Cómo te conocen en la guerrilla? ¿Quién hizo los números de Madera, que trabajo hiciste tú en éste?
—No sé de que me hablan, ni sé qué es lo de Madera.
—¿Ah sí güey? (me hacen licuadoras y golpes al riñón y al estómago), ahorita te sacamos hasta las tripas.
—¿Quién es el mero mero del PROCUP? ¿A quién conoces de estos?
Me nombran a varios (pero no recuerdo de ninguno ahorita, ni los había oído mencionar antes).
—¿No?, te haces pendejo, ahorita vas a ver cabrón.
Llegamos a mi otra casa, me meten en un cuarto, me toman de la sudadera y soy estrellado de pared en pared y golpes al estómago y riñón.
—Habla, ¿qué sabes de lo de La Jornada?
—Nada.
—Nada, hijo de la chingada, ¡trae una bolsa! Vas ver como hablas (me ponen una bolsa de plástico en la cabeza y me empiezan a golpear en el estómago, yo jalo desesperadamente aire, me quitan la bolsa). ¿Va a hablar güey?
—No sé de qué hablan.
—Que ya nos los llevemos. Vas a ver lo que te espera, cabrón, si no cantas.
Me sacan de la casa, me llevan al carro, llega mi mamá y hermana diciéndoles a los judas "¿por qué se lo llevan? ¡Suéltenlo!"
—No se preocupen, me preguntan cosas que desconozco, mejor llamen un abogado, les digo.
—Ya güey, súbete por que de aquí te vas al campo militar y de ahí no sales.
Me suben al carro, sobre Genaro en el suelo, me pisoteaban en el transcurso a la PGR. Llegamos a la que se encuentra en la estación del Metro Pino Suárez; somos llevados al quinto piso. Nos ponen en un cuarto agachados y sobre el piso, nos llevan a uno por uno ante el MP. Me toca mi turno y me rodean los judas que fueron por mí.
—MP: ¿Cómo te llamas, edad, firma y cómo te trataron los que fueron por ti?
Me aprieta la mano uno de ellos y volteo a ver a los demás que me miran amenazadoramente y tengo que responder que bien.
—MP: ¿Seguro?, porque hay otros que se quejan de ellos ...
—Seguro (me llevan con ellos nuevamente).
Cambia el turno, al lapso de una hora o dos nos llevan a los sótanos y ahí, ante el médico. Nos hace nuestro examen médico, poniendo que no presentamos golpes o marcas. De ahí nos llevan a los baños y nos dan un baño de agua fría a seis personas. Los padres de Genaro están detenidos junto con nosotros, llevan las mismas torturas. Nos llevan al tercer piso y nos despojan de nuestras pertenencias, nos meten a unas celdas repletas de lacras; como a la hora de estar ahí nos llevan al quinto piso, ante el comandante De la Rosa y otro que no recuerdo y nos acusan a Genaro y a mí ser militantes del PROCUP. Le decían a los papás de Genaro y a otros dos chavos que iban a salir dentro de una o dos horas, cosa que no sucedió.
Nos decía el comandante De la Rosa que Genaro y yo nos vamos a chingar por pendejos y que nos van a tener a puro pan y agua, que nos iban a llevar al campo militar número uno. Nos llevan a los sótanos nuevamente donde estamos incomunicados, nos ponen en una celda a los cinco hombres y a la mamá de Genaro en otra, había otras celdas donde hay uno en una cada de ellas y donde se veían que estaban brutalmente golpeados.
Cada rato pasaban judas y nos amenazaban psicológicamente. Todo ese día estuvimos sin tomar alimentos, a cada rato se llevaban a chavos de las otras celdas y regresaban brutalmente golpeados.
Al día siguiente, domingo 8 de abril, van varias personas con los judas señalando de la celda a Genaro y a mí; a la media hora llegan a tomarnos fotos a todos. Ese día sólo comimos tres piezas de pan Bimbo blanco y tomábamos agua de los baños.
El lunes 9 de abril, como a las ocho de la mañana empezaron a llegar varios agentes y empezaron a sacar a uno por uno y a regresarnos a nuestras celdas; se nos decía que nos iban a llevar a los medios de comunicación y que íbamos a decir que éramos militantes del PROCUP, y que nos íbamos a hacer responsables de varios delitos a mano armada así como otras cosas.
Luego se nos llevó, con un dispositivo de seguridad muy fuerte, después de estar con los medios de comunicación donde los judas se alzaban el cuello porque supuestamente ellos lograron atrapar a los responsables de esos asaltos, pero solo éramos chivos expiatorios. De ahí no llevaron a los sótanos y seguían las amenazas y torturas psicológicas sobre nosotros, ese día tampoco probamos alimentos.
El martes 10, aproximadamente como a la una de la mañana, se nos sacó a uno por uno, y se nos llevó ante un espejo donde del otro lado estaban los testigos que vieron los homicidios de La Jornada y los asaltos que se nos achacaron pero la gente decía que no éramos nosotros. Nos tomaron nuestras huellas digitales y se nos fichó; como a las dos de la mañana soy sacado de la celda y llevado a un cuarto donde dos judas me empiezan a golpear los riñones, me vendan los ojos y me ponen una bolsa de plástico sobre la cabeza y me golpean el estómago; me quitan la bolsa y me dicen que firme un documento, el cual quiero leer y me dan un telefonazo y me vuelven a aplicar otro bolsazo. Me dan un rodillazo en los testículos.
Y es así como firmo una declaración falsa. Como a la hora salen los papás de Genaro y otros dos chavos que estuvieron detenidos todo el tiempo para que Genaro se echara la culpa con tal de ver libres a sus padres.
Aproximadamente como a las ocho o nueve de la mañana llega una panel y somos trasladados al Reclusorio Norte.
El miércoles 11 de abril Genaro y yo somos absueltos por el juez por falta de elementos para procesar y salimos. Genaro sin embargo, quedó a disposición de la PGR y lo llevaron otra semana a interrogatorio a los separos de López y actualmente se encuentra en el Reclusorio Oriente; los otros seis chavos se quedaron en el Norte, a los cuales yo nunca los había conocido y mucho menos visto.
Estuve una semana en cama, debido a que no probé alimentos y por los golpes en los riñones.
David Cilia Olmos
13 de octubre de 199013:00 horas, Metro Zaragoza
La vi venir presurosa y espantada, muy espantada; me vio y siguió caminando de frente como si no terminara de reconocerme; pasó junto a mí y me paré para emparejarme a su paso.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
Sentí una mano firme que me detenía del brazo derecho; volteo a ver de que se trata y veo a un sujeto deteniéndome, no lo reconozco. "Debe ser una equivocación", pensé, cuando más manos me tomaron ahora del brazo izquierdo y me lo tuercen; otro del cuello; el otro brazo quedó igualmente torcido.
—¿Qué les pasa? —quedé de pronto frente a ella.
—¿Viene contigo?
—No. ¿Qué les pasa?
—Tú eres David Cilia.
—No señor —ya me levaban arrastrando hacia un carro.
—Tú eres David Cilia Olmos.
—No señor, yo soy Gilberto Aranda.
—No te hagas pendejo.
Vi un carro azul, en la puerta PJDF y una matrícula; me metieron violentamente en él.
—Tú eres David Cilia Olmos.
—No señor, yo soy Gilberto Aranda.
—¿Cómo dices que te llamas?
—Gilberto Aranda Cervantes, señor.
Entre golpes me ordenaron:
—¡Bájate los pantalones! —lo hice, me golpearon más.
—Tú eres David Cilia Olmos.
—No señor.
—No te hagas pendejo —más golpes.
—¿Por qué te enchinaste el pelo?
—Así es mi pelo, señor —más golpes.
—No te hagas pendejo.
—¿Qué te hiciste en la nariz?
—Tengo el tabique desviado —más golpes.
—¡Levántate el labio!
No podía, el labio no me respondía por la operación.
—¡Levántatelo!, hijo de la chingada.
Con mi dedo índice lo levanté sintiendo un gran dolor.
—¡Es él!
—¡Clave 2!, ¡Clave 2! (confirmado).
—Ya, ya está
El agente 2312 (después lo identifiqué) seguía como histérico gritando:
—¡Dale clave 2, clave 2! —Estaba desesperado, arrancaron con gran nerviosismo.
—Dale vuelta aquí.
—No hay salida.
—¡Dale vuelta!
—No, no hay paso, está cerrado.
—Dale clave 2! ¡Dale clave 2!.
Circulaba el carro sobre Zaragoza, a gran velocidad, pero con un curso errático, como si no supieran qué camino tomar.
—¿Cómo te llamas?
—Gilberto Aranda.
—No te hagas pendejo.
—Ahorita nos vas a decir cómo te llamas.
—¿Quién venía contigo?
—Nadie, venía solo.
—Llegando allá vas a ver como sí eres David Cilia Olmos.
—Yo soy Gilberto Aranda.
—Tú eres David Cilia Olmos, tú eres del PROCUP, tú mataste a los de La Jornada.
—Yo no maté a nadie, yo soy Gilberto Aranda.
—Ahorita vas a ver si no eres.
Me pareció en ese momento que era inútil negarme, con certeza sabían mi nombre y todo lo demás; siguieron preguntándome:
—¿En cuántos secuestros has participado?
—En ninguno.
—¿A cuántos bancos le has pegado?
—A ninguno.
—No te hagas pendejo, ¿cuántos policías has matado?
—A nadie.
—Ahorita vas a ver lo que es hablar, te va a llevar la chingada.
En lo personal no me podía espantar con eso porque yo estaba muy cierto de lo que me iba a pasar el día que me detuvieran, desde que murió Gervasio en mis brazos por las torturas que durante días le aplicaron los agentes; desde que Rafael me contó llorando la forma en que lo habían torturado y para culminar me dijo que a él le había ido bien porque a Víctor Acosta la había pasado mucho peor que a él; desde que Irineo García Valenzuela me relató y yo grabé su testimonio en una casa de seguridad de Guaymas, y más ahora que sabía muy aproximadamente la forma en que habían torturado el 4 de abril a Arturo Becerril, mi concuño, a Felipe Ocampo, mi cuñado, a Verena, mi esposa, a Sergio Martínez y a José Guadalupe Emigdio Berrocal; sabía lo que se me esperaba, tanto me había cagado de miedo de esto desde el '78, que creo que el miedo a las torturas ya se me había agotado y sólo tenía miedo de delatar, un miedo terrible de perder mi dignidad.
—Ahórrate palabras, yo sé en qué situación me encuentro.
—No sabes, no, no sabes lo que te espera.
—Yo sé en qué situación me encuentro.
—Entonces, ¿vas a hablar?
—Soy responsable de todo lo que hago, y no tengo nada de qué avergonzarme.
—¿Por qué mataste a los de La Jornada?
—Al chile cabrón... —estaba yo indignado.
—No le hable así al comandante —me golpean la cabeza.
—Al chile...comandante, agente, o lo que seas
—No le hable así al comandante, ¡hijo de la chingada!
—Al chile agente, soy David Cilia Olmos, soy militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, respondo por todo lo que he hecho y por todo lo que haya hecho la Liga, pero no tengo nada que ver con el PROCUP.
Llegamos al cuartel de la PJDF en Médico Militar, los agentes de otros carros realizan un gran despliegue para ver si no hay periodistas.
—Bájate. —Me abren la puerta del carro, están nerviosos. Me jalonean del brazo para que salga rápido.
—¿Con los pantalones abajo?
Les molesta esta contrariedad, por fin me meten; no atinan a dar una explicación en la entrada, no me registran, me suben al tercer piso, me toman tres fotografías con una cámara Polaroid, estoy esperando que me revisen por si traigo armas ocultas o que me pasen a báscula para ver qué cosas útiles puedo traer para ellos, pero no lo hacen, están agitados, entran y salen, salen y buscan, regresan y preguntan, no se terminan de poner de acuerdo.
—¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿Cómo se llama tu esposa? ¿Cuántos hijos tienes? ¿Cómo se llama tu papá? ¿Y tu mamá? —etc., preguntas generales.
—¿Quién era la persona que venía contigo?
—No sé, yo venía solo.
—No, no venías solo, venías con una mujer.
—No sé, yo venía solo.
—¿Cómo se llama la mujer?
—No sé.
—Ahorita vas a ver como sí sabes —dirigiéndose a otro— ¿Qué le han sacado?
—Nada, dice que no lo conoce.
—Entonces es de la Liga. Rómpanle la madre hasta que cante.
—¿Cómo se llama?
—No sé, no venía conmigo, no la conozco.
—¿Qué hacías caminando con ella? —el que me hace esa pregunta esboza una asquerosa sonrisa lasciva— Te la coges, ¿verdad?
—No, no la conozco.
—Te la estás cogiendo, ¿verdad?, ¿está buena?
—No me la cojo, no la conozco. —Interrumpe una voz de un agente que viene de afuera del lugar en que me encuentro, en son de queja:
—Pinche vieja, ya ensució la oficina, hija de la chingada, y apenas empezamos.
Sinceramente no podía imaginar que fueran tan torpes que no la hubieran detenido y suponía que la iban a torturar salvajemente.
—Está bien, está bien, es una compañera.
—Tenías cita con ella.
—No, sabía que iba a pasar por ahí.
—¿Se habían puesto de acuerdo?
—No, siempre pasa por ahí a esa hora.
—¿A qué hora?
—De una a una y media; la busqué para pedirle dinero.
—¿Te la andas cogiendo?
—No, es mi amiga.
—¿Es de la Liga?
—No.
—¿Cómo se llama?
—Yolanda —fue el primer nombre que se me ocurrió.
—¿Yolanda qué?
—No sé, sólo sé que se llama Yolanda.
—¿Y cómo sabes tanto de ella?
—Siempre pasa por ahí.
—Ahorita vamos a confirmarlo con ella y se los va a llevar la chingada a los dos.
El interrogatorio siguió por mucho tiempo, muchas veces repetían las mismas preguntas; siempre obtuvieron las mismas respuestas.
—Dónde te operaste?
—En Brownsville, Texas.
—¿Cuanto te cobraron?
—No sé, yo no pagué, pagó la familia con la que vivía.
—¿Con quién estabas?
—Con un tío abuelo
—¿Cómo se llama?
—José Rodríguez.
—¿José Rodríguez, qué?
—No sé.
—¿Dónde vive?
—En Brownsville.
—¿Es ciudadano norteamericano?
—Sí.
—Su dirección, ¿cuál es?
—Palm Alice Circle número 19.
—¿Qué colonia?
—No hay colonias en Brownsville.
—¿Qué dirección?
—Palm Alice Circle número 19.
—¿Cómo pasaste?
—Por el río.
—¿De mojado?
—De mojado.
—¿Quien te ayudó?
—Nadie.
—¿Cómo te fuiste?
—En camión.
Interrumpe la misma voz:
—La chava dice que no se llama así.
—¿Cómo se llama? ¡A nosotros no nos estés choreando, hijo de la chingada! A la chava la vamos a reventar también, mejor habla.
Para mí la situación es desesperante, sé de lo que son capaces con las mujeres. Mentí:
—Mira, la compañera es del Comité Eureka, ahí tú sabes si la siguen torturando.
—¿Qué es el Comité Eureka?
—El comité pro defensa de presos, perseguidos y desaparecidos políticos, Eureka, que dirije Rosario Ibarra de Piedra.
Hay desconcierto, tardan en hacerme la siguiente pregunta.
—¿Y qué hace ahí?
—No sé, es algo así como la segunda de Rosario Ibarra de Piedra.
—¿Cómo la conoces?
—Participe en una huelga de hambre; ahí la conocí, le iba a pedir dinero prestado.
Sale el principal interrogador, pero el interrogatorio continúa.
—¿Cuándo llegaste de Brownsville?
—Hace dos días.
—¿Dónde te quedaste?
—En un hotel.
—¿Cómo se llama?
—No sé.
—¿Donde está?
—En Reforma y Eje Central, por el Eje 1 Norte.
—¿Con quién te quedaste?
—Solo.
—¿Dónde están tus cosas?
—No tengo cosas.
—¿Dónde lavaste y planchaste tu ropa?
—Con esta ropa vine desde allá.
—¿Dónde tienes el dinero?
—No tengo dinero, ya se me acabó.
—¿Con quién estás en el hotel?
—Solo.
—¿Está armada la persona que te espera en el hotel?
Interrumpe alguien, cuchichean, movimientos, me llevan a una oficina, ahora sé que son de un tal "Nico" (Nicolás Suárez Valenzuela, director de no Investigaciones Especiales). Otra vez las mismas preguntas y otras:
—¿Qué tipo de entrenamiento recibiste?
—Ninguno.
—A ustedes los entrenan en la Patricio Lumumba o en Corea. ¿Dónde te entrenaron?
—En ningún lado.
—¿Quién te entrenó?
—Nadie, tenemos varios manuales para aprender.
—¿Quién los hizo?
—No lo sé. Los llamamos Tomo Militar I y Tomo Militar II.
—A ustedes los adoctrinan en la Patricio Lumumba.
—Mira, la Patricio Lubumba es del PCUS y la Liga no tiene ninguna simpatía por el PCUS.
Como que se pregunta el agente 2312 (ahí le veo la placa) qué será el "Pecus", y me doy cuenta de que no estoy ante profesionales. Se escucha por un teléfono celular las respuestas de Nico:
—Sí, señor, aquí lo tenemos.
—Vas a hablar con el procurador —me dice Nico, y me da un teléfono celular.
—¿David? —se escucha una voz que pregunta a través de la línea, no sé realmente con quién estoy hablando, pero contesto:
—Habla David Cilia Olmos.
—¿Que tal David? ¿Cómo has estado? ¿No te falta nada? ¿Ya comiste?
—Tengo severos dolores de cabeza —es lo único que se me ocurre de mi situación, pregunto: ¿Usted es...?
—Yo soy Ignacio Morales Lechuga, Procurador de Justicia del Distrito Federal. Mira, —continúa— no vamos a tratar de resolver esto por la vía no violenta ("La negación de la negación", pensé).
—Querrá decir que no vamos a resolver esto por la vía violenta.
—Es cierto, tienes razón. Ya di instrucciones...
—Sí, porque lo contrario...
—Bien, David, mañana nos vemos.
—Eso espero.
De nuevo interrogatorios, sobre todo sobre la persona que me acompañaba.
—¿Cómo es?
—Ustedes la vieron.
—Es bajita, gordita y blanca, ¿verdad?
—Sí, ustedes la vieron.
—Pero ¿cómo es? ¿Dónde vive? ¿A dónde iba? ¿Se metió al Metro?
—No sé.
Montaron un operativo para irla a buscar, supongo; mientras un ex agente de la Brigada Blanca me decía que iba a escribir todo, desde mi ingreso a la Liga, aunque luego corrigió y dijo que todo desde por qué me había inclinado hacia el marxismo. Querían que escribiera exactamente la mitad de lo que llevo vivo. Empecé. Cada hoja que terminaba me la quitaban de inmediato y salían; al rato regresaban a interrogarme.
—¿Y cómo se llama Fernando?
—No lo sé.
—¿De dónde es?
—No lo sé.
—¿Dónde está ahorita?
—No lo sé.
Se iban luego de que yo les daba una descripción física y regresaban.
—¿No es el Piojo Blanco?
—No sé, un día vi una foto en la prensa y decía que se llamaba Miguel Angel Barraza —, cuchichean.
—¿No es el Piojo Negro? —la pregunta es entre ellos.
—Creo que sí, —contesta uno de los agentes— pero ese ya murió —ahora se dirige a gritos a mí— ¡Otros! ¡Otros!
Llevaba ya unas diez hojas cuando regresaron muy enojados.
—Nos estás choreando, dinos nombres, direcciones.
—En la Liga no hay nombres ni direcciones.
A estas alturas me ofrecen un cigarro, yo tengo calentura, los últimos días la había tenido acompañada de fuertes dolores de cabeza; tengo la garganta reseca y dificultades para respirar.
—No, si en cambio tienes agua.
Me dan agua y mi trabajo se ve interrumpido por los que van revisando lo que llevo escrito, que regresan cada rato a preguntar y precisar y vienen a amenazarme porque los estoy choreando; yo en cambio estoy dispuesto a seguir escribiendo todos los días que sean necesarios.
—Nos vas a llevar al hotel donde te quedaste; si nos choreas te vamos a partir la madre.
Se repiten las preguntas sobre el hotel y salimos; lo único que temo es que ese hotel ya no exista; estaría muy difícil mi situación. Tengo confianza, en cambio, en que los que cuidan de noche no son los mismos que cuidan en el día, pero hay un dato que ignoro: ya no es propiamente de día, perdí la noción del tiempo y ya casi oscurece. Me hacen muchas preguntas sobre el hotel. Montan el operativo, el carro en el que yo voy avanza en medio de las escoltas; vamos llegando al desenlace, pienso que tengo que aguantar hasta el último momento en mi versión. Mientras se desarrolla el operativo de copamiento yo sigo en el carro; al rato regresa el comandante Moctezuma:
—¿Cómo dices que te registraste?
—Gilberto Aranda —se va y regresa— ¿No sería otro nombre? ¿Qué cuarto? ¿De qué lado? —se vuelve a ir, trae a dos mujeres.
—¿Ellas te atendieron?
—No, un señor.
—¿Cómo es el señor? —lo describo.
—A ver, ven —ya están encabronados pero aún no pierden el control.
—¿Qué cuarto es?
—Este.
—¿No que era el siete?
—No me fije —aún dudan, desde adentro me preguntan de qué color es la taza, de qué color es el mosaico, de que lado está el baño, y por fin una pregunta triunfal:
—¿A ver, ¿de qué color es la puerta del baño? —el tono de voz tan seguro de esta vez descubrirme, desenmascararme, me lo dice todo. Contesto con toda seguridad:
—No hay puerta. ¡Acerté!, pero cada momento que pasa se ponen más furiosos, mis respuestas los desesperan, pero aún no están seguros de si estoy mintiendo o diciendo la verdad, hasta que por fin llegan a la pregunta clave:
—¿Cuánto pagaste?
—24 mil pesos —es la primera cifra que viene a mi mente.
—¡Mentira! aquí cobran 15 mil.
—Eso me cobraron —que yo me aferre les molesta aún más, yo por mi parte siento que ya todo está perdido.
—Nos choreaste cabrón —los agentes alrededor mío parecen rabiosos.
El Comandante Moctezuma ordena:
—¡Rómpanle la madre!
—¡Vámonos!
Salimos del hotel y abordamos los autos que están sobre Rayón. Aquí podría intentar escapar, es lo que más me conviene, las balas nunca han hecho cantar a nadie, pero es físicamente imposible, estoy agarrado por todos lados.
—Nos estás viendo la cara de tus pendejos, nos engañaste.
—Sí.
El poder dar esta respuesta me llena de una paz interior, ahora sí, ya no tengo absolutamente nada que perder.
—¡Ahora nos vas a decir a güevo en dónde estuviste!
—No se los voy a decir —no me siento exaltado, estoy ya tranquilo, sin tensiones, sin incertidumbre.
—A güevo que nos lo vas a decir; ahorita que te esté llevando la chingada nos vas a decir todo. ¡Cómo jijos de la chingada no!
—¡Chingo a mi madre —dice el comandante Moctezuma en un estado de rabiosa exitación— si no cantas todo cabrón!, aquí no hay uno que no haya cantado.
—A la mejor sí, a lo mejor no, pero eso ya lo verás en las torturas.
—Te va a llevar tu pinche madre y vas a cantar hijo de la chingada.
—No se los voy a decir; a mí es al que buscan, ya me tienen, rómpanme la madre a mí, ya han lastimado a mucha gente inocente.
—Nosotros no hemos lastimado a nadie, nosotros no torturamos a nadie, son mentiras.
—Ustedes lastimaron a mi familia, ahora rómpanme la madre a mí. ¿Qué más quieren?
—¿Te hemos torturado a ti?
—No, pero ahora me van a torturar para que les diga dónde he estado desde que llegué de Brownsville.
—No te vamos a torturar, no vamos a lastimar a nadie, nada más vamos a checar; si es gente inocente no les va a pasar nada, te doy mi palabra —ahora trata de cubrir su actitud de gorila salvaje con un tono de voz de vendedor de biblias.
—Sólo los van a golpear y acusar de encubrimiento, ¿verdad? Sólo van a saquear sus casas y destruirlas, ¿verdad?
—No hombre, te doy mi palabra.
—Yo no te conozco.
—Soy el Comandante (no sé qué) Moctezuma (no sé qué).
—Yo no te conozco, conozco al procurador, si él me da garantías yo se lo digo, pero a él personalmente.
—Entonces yo no tengo palabra, ¿o qué?
—No te conozco.
—Lo que pasa es que quieres dar tiempo para que escapen; así son los guerrilleros, tienen que aguantar 24 horas y ya luego pueden cantar, pero aquí te chingas —su tono de vendedor de biblias desaparece y readquiere su personalidad.
—Nadie va a escapar, porque es gente que no tiene nada que ver con la Liga ni con nada, no va a perder su trabajo, su casa, porque sí. Llévame con el procurador y a él se lo digo si da garantías; a él lo conozco, a tí no; o pónme al teléfono con él.
—Te voy a romper la madre, es lo que voy a hacer.
—Como quieras, pero yo ya hablé con él.
—¿Cuándo hablaste con él?
Su pregunta me dice que no estaba enterado de la llamada en la oficina de Nico.
—¿De dónde lo conoces?
—Ya hablé con él.
—¿De dónde lo conoces tú? A ver, ¿cuál es su número telefónico?
—No voy a contestar nada que lo pueda comprometer.
Al menos estaba aplazando la hora de la madriza, en lo que Moctezuma resolvía sus dudas, ya que la incondicionalidad en la línea de mando es rasgo inherente de los que trabajan para el gobierno. Mientras Moctezuma dudara tenía un respiro.
Lo siguiente fue continuar con mi biografía de puño y letra y contestar los interrogatorios; de pronto vi a Salomón Tanús y se me heló la sangre. Empezó con un interrogatorio periférico; poco a poco comprendí que ya era un cartucho quemado, una reliquia que no registraba del todo en su cabeza los cambios del tiempo. Me preguntaba sobre los Lacandones y otras cosas muy generales. Me recuperé. Tanús sólo me interrogaba cuando me dejaban de preguntar los otros. De nuevo a las preguntas vivas:
—¿Cuántas veces, en dónde y en qué fechas has sido detenido?
—Ninguna.
—Mira, más vale que esta vez no nos chorées, lo vamos a corroborar, si nos choréas te rompo la madre.
—Como quieran.
—Aunque estés con otro nombre vas a salir. Más vale que hables.
Sigue el interrogatorio hasta que me dice un jefe de grupo (B?):
—¡Vamos!
Me sacan por el elevador y salimos a la calle, estaba solitaria, me llevaron a un estacionamiento en otra calle y abordamos un carro. Iba yo pensando "ahora va a empezar todo". Ya tenían un marco: mi biografía, para llenarla de lo que querían; información, ahora me llevarían a una cárcel clandestina para culminar su obra.
A bordo del carro comentaban con mucha prepotencia refiriéndose a Yolanda, a quien yo suponía había sido detenida junto conmigo, pero no había logrado ver.
—Pinche vieja ensució la otra patrulla.
—La hubieras hecho limpiar con la lengua; luego luego se aflojó con los primeros madrazos.
El carro avanzaba sobre Tlalpan paralelo al Metro que va a Taxqueña. Hablaban de Yolanda como cualquier anécdota de trabajo. Llegamos a Coyoacán, me tomaron huellas digitales, esperamos los resultados y fueron negativos; nunca había estado detenido según sus computadoras. Regresamos y a continuar con mi biografía a la medida del cliente; de ahí me llevaron a los sótanos y me metieron a una celda solo, luego de hacerme un examen médico que consistió en desnudarme, verme y ya. Más tarde tuve oportunidad de ver el certificado médico y en él constaba mi presión arterial, mi ritmo cardiaco, mi temperatura corporal, pero aseguro que no vi un baumanómetro ni de lejos.
Pasé la noche platicando con uno que me pusieron de poste.
—¿Te metieron aquí para sopearme? ¿O para que no me vaya a suicidar, o para qué?
—La neta que yo soy el que se quiere suicidar, ¡chale!
Al otro día a continuar con mi autobiografía interrumpida.
—¿No tienes hambre?
—Tengo.
—¿Qué quieres desayunar?
—Lo que sea.
—Pero qué quieres.
—Lo que sea.
Montaron otro operativo. En el carro en que voy van Nico y Moctezuma; platican con tono docto de lo que ellos conocen mejor que yo: la tortura, pero me quieren vender la idea de que eso no existe, que son mentiras; me platican los avances, les digo que sí.
—La tortura se va a acabar cuando la declaración ante el Ministerio Público y la policía no tenga ningún valor dentro del proceso —digo cuando me canso de su perorata.
—Es lo mismo que ya implementó el señor procurador.
Su respuesta me desconcierta, o de plano son muy cínicos para decir mentiras, o de plano se chupan el dedo pensando que les voy a creer.
—¿Ha sentado eso un precedente jurídico? —los desconcertados ahora son ellos, continuó—, en cuanto no ha sentado precedente jurídico no se puede decir que sea algo dado.
—Lo que pasa es que la sociedad tiene una visión deformada, nos considera unos torturadores. A ver, ¿ a ti te torturamos?
—Me atengo al método científico; si a mí aún no me han torturado, no quiere decir que no me vayan a torturar; si a mí no me torturan, no quiere decir que a mi familia y a mis camaradas no los hayan torturado.
—¡Pero aquí están las pruebas, contigo!
—Lo único que prueban es que a mí, por ahora, no me han torturado.
—Pero en cuanto veas a tu abogado ninguno te va a querer defender si en principio no niegas todas tus declaraciones y dices que te torturamos.
—Es buena idea; si sucede no piensen que fue mía. Si mi abogado lo plantea y ustedes y yo sabemos que será así, lo haré, por supuesto que lo haré.
—Ahí tienes a Rosario Ibarra que dice que tiene un hijo desaparecido y sabemos que vive como rey; todo el dinero que juntan se lo mandan a él. Nosotros no torturamos, no desaparecemos a nadie; son invenciones.
—Si saben dónde está díganlo.
El carro seguía rodando y la plática iba tocando todos los tópicos posibles, llegamos a una casa donde venden barbacoa y desayunamos, yo para alimentarme y ellos para celebrar su victoria. Yo era su trofeo de guerra. Regresamos y seguían aleccionándome sobre las posibilidades de que los pobres se volvieran millonarios en un país como México.
—Este país nunca va a cambiar —dijo Nicolás Suárez Valenzuela.
—Te felicito por tu optimismo —le contesté— pero un mes antes de la revolución en Rumania los jefes de la policía decían lo mismo y ya los ves, ahora están en la cárcel; en cambio los presos políticos ahora son el primer ministro, el ministro de esto, el ministro de lo otro; todo cambia... qué bueno, para ti que tú seas optimista.
Por fin llegó el elevador y lo abordamos, para reencontrarme con mi biografía; ahora con más interrupciones y con Salomón Tanús encima permanentemente.
Trataba a toda costa de alargar las interrupciones para no tener que terminar mi autobiografía, porque una vez terminada pasaría al interrogatorio. "¿Ya está?", me preguntaban y yo sentía que ya se estaban relamiendo los bigotes. "Ya falta menos", contestaba y mientras, a discutir todo lo discutible, a refutarles todo lo que se pudiera, ha hablar de crisis, capitalismo y socialismo, la caída del muro, el revisionismo de la URSS, etcétera. De nuevo mencionan a Rosario:
—Pinche vieja loca, si todos sabemos que su hijo está bien, en el extranjero. ¡Qué va a estar desaparecido! Puros cuentos.
Contesté con calma:
—Hay muchas asquerosidades que se dicen como al pasar, pero no se afirman; se dicen para sembrar rumores y dudas; si puedes afirmar algo y demostrarlo, hazlo. Pero es la segunda vez que te escucho asquerosidades, ¿no te da pena?
—No, si ésa mandó una lista de 600 que estaban desaparecidos a la ONU, luego la ONU investigó con el gobierno...
—No son 600, son 556 desaparecidos.
—No, eran 600; a mí me tocó investigar 300 y ¿sabes dónde los encontré? —la sonrisa era triunfal— en el Consejo Tutelar, en el Reclusorio Norte, en el Oriente.
—¿Tú encontraste 300 desaparecidos?
—Bueno, me faltaron como unos 15 —contestó el agente 2312 con un sonrojo de señorita modesta.
—¿O sea que encontraste a unos 285?
—Sí, son delincuentes; estaban en el Tutelar, en los reclusorios, repartidos.
—Fíjate bien, si de 285 que encontraste tú me muestras uno solo que esté en la lista que Rosario Ibarra mandó a la ONU, fíjate bien, yo me voy a cortar un huevo, y que traigan de una vez el bisturí, pero fíjate bien, si tú no me muestras ninguno, yo en cambio no te voy a pedir que te cortes nada. ¿Cómo ves?
—Ahí están, te los voy a mostrar.
—Por eso, acepta el trato, si me enseñas uno solo yo me corto un testículo, y si no, tú en cambio no te cortas nada. ¿Qué onda?
El agente 2312 no aceptó el reto, en cambio derivaba las interrupciones a otros temas:
—Este país es democrático, ustedes no lo van a cambiar.
—Este país es menos democrático que Chile en tiempos de Pinochet —le contesté.
—Aquí hay elecciones.
—Sí, y siempre gana el PRI, aunque no gane; Pinochet aceptó un plebiscito "Pinochet se va o se queda". ¿Qué pasaría si en México se hicieran las elecciones así: "se va el PRI o se queda" o "se va Salinas de Gortari o se queda" ¿Quién ganaría?
—Es lógico, se va Salinas, se va el PRI.
—Y te aseguro que toda la gente que se abstiene de votar, votaría, toda esa gente que los políticos desprecian como abstencionistas, apáticos, apolíticos, incultos, etcétera, votarían, te aseguro que el índice de abstencionismo caería por los suelos.
Pero finalmente tuve que terminar mi autobiografía, con toda la incertidumbre que esto implicaba, en el transcurso me dictaron su version de lo del asalto al CCH, y a lo largo del documento traté de prevenirme contra otros delitos que me quisieran achacar.
Casi estaba seguro de que ya no vería al procurador y que la llamada telefónica había sido una farsa para darse tiempo y reunir todo mi expediente para empezar con todos los elementos organizados para una tortura científica. Siguieron las preguntas del ex brigada blanca y de Tanús, ahora más directo. Lo que a Tanús más le interesaba era si conocía a Heladio Torres Flores, Jaime Laguna Berber, Soriano, Canseco, Cabañas, Vera Smith y Lila Muro; me preguntaba en qué lugares habíamos coincidido, sobre todo en el estado de México (Toluca), pero le faltaba un detalle y es el relacionado con el tiempo. Hemos estado —tal vez— en los mismos lugares, pero con muchos años de diferencia. El problema de Tanús es que el tiempo no transcurre para él.
No obstante la incertidumbre, yo tenía ya mejor ánimo, pues el cráneo me dolía menos, los intestinos me dolían menos y como no me habían preguntado más de la compañera, supuse que ya no la estarían torturando y que tal vez más tarde la vería para algún careo o algo así.
A determinada hora de la tarde se empezó a montar un operativo y salimos rumbo a Niños Héroes, ahí le entregaron al procurador mi "confesión" y la leyó detenidamente; ya había leído la primera parte, la del día anterior. Luego de algunas preguntas y comentarios para romper el hielo, cuando yo le referí que en todo este asunto había gente detenida que nada tenía que ver con la Liga Comunista 23 de Septiembre y que había sido detenida circunstancialmente, sin tener nada que ver, como en el caso de Genaro, al que yo ni siquiera conocía, Roldán y mi esposa Rocío Verena, el procurador me contestó:
—Bien David, nosotros estamos interesados en que tú, en lo particular, hagas un llamado a la no violencia. A cambio de eso me comprometo a actuar de buena fe en el proceso que se sigue contra tus compañeros que mencionas. Por cierto, ya no se te acusa de los asesinatos de La Jornada ni de ningún asesinato.
—Quiero entender —respondí— que aun cuando yo no aceptara hacer ese llamado usted actuaría de buena fe de manera natural, en su carácter de Procurador de Justicia.
—Cierto, pero tú sabes que el concepto "buena fe" es muy amplio y ahí caben muchas cosas que pueden suceder.
—¿El pronunciamiento sería en contra de la violencia de los dos lados? —el procurador saltó de su asiento y perdió su, hasta ese momento, agradable serenidad.
—¿De cuáles dos lados? Ustedes son los que matan, ponen bombas, nosotros no.
—¿Y no usaron la violencia contra mi mujer y mis hijos, mis compañeros y su familia?
—A tus hijos los tuvimos en una casa de cuna, nadie los maltrató, en la casa de cuna de aquí de la procuraduría que por cierto, acabamos de inaugurar.
Yo estaba recordando las imágenes del 4 de abril, las casas invadidas por las hordas policiacas; me acordé del mensaje que desde prisión mi mujer había mandado: "Perdóname, no pude resistir, me torturaron con los niños"; me acordé de todos mis amigos desaparecidos, de todos mis compañeros asesinados cobardemente; me imaginé también a mis hijos en una casa de cuna que aún estaba en construcción. Me interrumpió el procurador, insistiendo sobre su propuesta:
—¿Va David? ¿Va?
—Va —respondí.
Una declaración implicaba mi presentación ante los medios de comunicación, y esa era una salida, mi única salida, pues hasta ese momento, domingo por la noche, yo seguía incomunicado por órdenes expresas del procurador.
A partir de ese momento pude llamar por teléfono, pero sucedió algo que no debía ser, ya había olvidado todos los números telefónicos; hacía esfuerzos desesperados por acodarme de alguno y no podía. Por fin me acordé del de Rosario Ibarra; no sabía que era el único en el que nadie me contestaría. Luego de mucho intentar acordarme precisé el de mi mamá y le llamé. Pedí que llamaran a alguno de los abogados, Adán Nieto Castillo, Rojo Coronado o Alfredo Andrade, pudiendo localizar en la Procuraduría a Andrade quien en poco tiempo estaba conmigo.
Lo demás son mis declaraciones ante el Ministerio Público y la conferencia de prensa, donde ciertamente se estaba definiendo qué tipo de "buena fe" se iba a aplicar a mis camaradas.
Una pequeña biografía o el perfil de la personalidad
Cuestionado (Morales Lechuga) sobre si existen elementos que lleven al esclarecimiento de los homicidios de los vigilantes del citado periódico, se negó a responder, en cambio su equipo de seguridad a empujones y golpes hizo a un lado a reporteras de radio.
Después de que los reporteros preguntaron por qué esa actitud prepotente, el procurador salió al corredor y los enfrentó, sin ofrecer disculpas por los hechos registrados, concretándose a señalar que "estas personas no vienen conmigo"
ULTIMAS NOTICIAS, 3 DE ABRIL 90
El procurador de Justicia del Distrito Ignacio Morales Lechuga dio esta mañana por aclarado el doble asesinato ocurrido a los vigilantes del diario La Jornada e indicó que David Cilia Olmos es el verdadero autor intelectual y material del doble asesinato.
OVACIONES, 9 DE ABRIL 90
Federico Ponce Rojas, sub procurador de Averiguaciones Previas, manifestó en conferencia de prensa que Cilia Olmos no tiene ninguna responsabilidad en el doble homicidio de los trabajadores del diario La Jornada
EL DIA, 16 DE OCTUBRE 90
El arma con que fueron asesinados los vigilantes de este diario fue localizada en uno de los 16 cateos que efectuó la policía judicial (4 de abril 90), informó ayer la PGJDF. La Procuraduría del Distrito informó que el arma con la que fueron asesinados los dos vigilantes de este diario es una pistola Llama calibre .45 y que pericialmente fue reconocida como el instrumento del delito.
LA JORNADA, 6 DE ABRIL 90
La pistola (Colt) que traía en su poder David Cabañas Barrientos (13 de junio 90) es la misma arma de la cual salieron las balas que privaron la vida a los dos humildes trabajadores del periódico La Jornada. Es exactamente la misma arma. La información que a veces se propala en el sentido que era un arma Llama, son puras pamplinas, puras pamplinas y puras mentiras.
Ignacio Morales Lechuga, Diario de Debates de la Asamblea de Representantes del Distrito Federal (ARDF). Núm. 15, 8 de enero 1991, p.56
Respecto a la detención por varias horas en un automóvil oficial, de un reportero y un fotógrafo de este diario, un jefe policiaco expuso que "existe mucha presión en un operativo de esta naturaleza; no sabemos quién está o quién va a llegar al lugar del cateo. En este caso se puede aplicar lo que se dice de que el que no quiera ver fantasmas, que no salga de noche".
LA JORNADA, 6 DE ABRIL 90.
No son delincuentes comunes: PGJDF. Se explicó que los sujetos no son delincuentes comunes y que incluso ya conocían a la perfección la entrada del diario La Jornada donde llevaban la propaganda del partido al que pertenecen.
2º OVACIONES, 3 DE ABRIL 90
Son delincuentes comunes, afirmó el procurador Ignacio Morales Lechuga.
ULTIMAS NOTICIAS, 6 DE ABRIL 90
Dejar a los niños solos en habitaciones, cuando los padres habían sido retenidos, con el riesgo de las estufas de gas, con el riesgo del pánico; es decir, desintegrarlos en ese momento de su núcleo familiar, lactante, o aceptar la crítica de decir 'detuvieron hasta a niños' y dejar que el niño vaya con la madre. Opté por lo segundo. Fueron 180 detenidos en ese momento para ser puestos a disposición del Ministerio Público. ¿Por qué no presentaron en esa ocasión sus testimonios?, ¿por qué del 4 de abril de 1990 esperan el 8 de enero de 1991 para hacer llegar una comunicación? Es lo que no me explico, ¿por qué tanto retraso?
A mí el documento me impactó. Bueno, dramatiza; el relato humano tiene un valor social sin duda alguna, pero valor testimonial..., bueno ¿por qué hasta este momento 8 o 10 meses después están haciéndolo público? ¿Por qué no lo dijeron cuando estaban frente al juez? Nosotros sí hablamos en ese momento.
Ignacio Morales Lechuga, comparecencia ante la ARDF, 8 de enero 1991. Diario de debates No. 15
Ayer martes 10 en las instalaciones del juzgado cuarto de lo penal, donde fueron remitidos, dijeron haber sido obligados a declarar como lo hicieron, tanto en una conferencia de prensa previa, como en la entrevista.
LA JORNADA, 11 DE ABRIL 90
Ante el juzgado cuarto del fuero común dijeron haber sido presionados, el que utilizó la palabra "tortura" fue Arturo Becerril Rodríguez. Concluida la diligencia, los detenidos llamaron a los reporteros para hacer una aclaración a La Jornada. Rocío Verena dijo que las declaraciones que ella y sus compañeros hicieron ante la prensa en conferencia el lunes pasado fueron "obligadas" por los funcionarios que los tuvieron detenidos; que les dieron un papel que contenía la versión que ellos deberían expresar.
Rocío Verena afirmó que sus hijos de cuatro, cinco y seis años estuvieron dos días secuestrados, así como su madre, que "estuvo a punto de sufrir un paro cardiaco"
LA JORNADA, 11 DE ABRIL 90
Todos los detenidos manifestaron que reconocen sus firmas en las declaraciones ministeriales, sin embargo aseguraron ante el juez que fueron torturados física, sicológica y moralmente durante siete días para que confesaran esos delitos y firmaran declaraciones que dicen no haber leído.
Dijeron también que las autoridades de la procuraduría capitalina los aleccionaron para hacer las declaraciones y recibieron órdenes directas, bajo amenazas de castigo, de involucrar en este proceso a Rosario Ibarra de Piedra.
Apuntaron que entre otras medidas, además de golpes, encierros prolongados y presiones sicológicas, a cinco de los detenidos los amenazaron con proceder contra sus familias, también detenidas desde el 3 de abril pasado.
UNOMASUNO, 11 DE ABRIL 90
Mi esposa Rocío Verena Ocampo Rabadán fue salvajemente torturada, su hermano Felipe Ocampo Rabadán, un hombre enfermo de cáncer, fue brutalmente torturado; mi sobrina de nombre Melina Baños Ocampo fue amenazada con una pistola en la cabeza, a la cual se le cortó cartucho por parte de los agentes judiciales. A mi esposa se le amenazó con desaparecer para siempre a nuestros tres hijos, con desaparecerla a ella misma y a toda su familia y todos mis coacusados sufrieron un trato semejante.
Es mi deseo hacer una petición pública y legal para que se finque responsabilidad en contra del señor Ignacio Morales Lechuga como presunto actor intelectual de estos delitos que estoy señalando y solicito también se finquen responsabilidades penales en contra de los agentes de la policía judicial como autores materiales de los mismos
David Cilia Olmos, ante el juzgado cuarto de lo penal. Página 864 del expediente 23/90.
Situación actual de los detenidos el 4 de abril
Cargo | Jurisdicción | Status |
1.- Homicidios de La Jornada. | Juzgado Cuarto Penal (Reclusorio Norte) | Libres. No se consignó |
2.- Asalto a El Financiero | Juzgado Cuarto Penal (Reclusorio Norte) | Absueltos |
3.- Daño en propiedad ajena vs. Terol Fósil | Juzgado Cuarto Penal (Reclusorio Norte) | Absueltos |
4.- Robo con violencia a Deportes América y homicidio contra un policía auxiliar | Juzgado Cuarto Penal (Reclusorio Norte) | Sólo Arturo Becerril Rodríguez estuvo en espera de sentencia luego de más de dos años, finalmente fue absuelto. |
5.- Encubrimiento | Juzgado Cuarto Penal (Reclusorio Norte) | Absueltos |
7.- Asociación delictuosa | Juzgado Cuarto Penal (Reclusorio Norte) | Absueltos |
8.- Asalto al CCH-Sur | Juzgado Cuarto de Distrito (Reclusorio Oriente) | Absueltos |
9.- Portación de arma exclusiva de ejército y fuerza aérea. | Juzgado Cuarto de Distrito (Reclusorio Oriente) | Absueltos |
10.- Asociación Delictuosa | Juzgado Cuarto de Distrito (Reclusorio Oriente) | Absueltos |
11.- Robo indeterminado | Juzgado Segundo de Distrito Fuero Federal (Tlanepantla) | Absueltos |
HOGARES ALLANADOS SIN ORDEN DE APREHENSION NI DE CATEO PARA LA CAPTURA DE LOS PRESOS DEL 4 DE ABRIL
Buscaban a: | Casa de la familia: | Localización: |
| Ocampo Rabadán | Col. Luis Echeverría Álvarez |
| Zúñiga Ocampo | Col. Luis Echeverría Álvarez |
| Portugal Ocampo | Col. Luis Echeverría Álvarez |
| Becerril Ocampo | Tláhuac |
| Cilia Ocampo | Tláhuac |
| Cilia Olmos (Allende 115) | Centro |
| Fernández Olvera | Tlatelolco |
| Cruz Guerra | Tlatelolco |
| José Luis Vázquez | Tláhuac |
| Aurelio N. | Tláhuac |
| La Trilla * | Centro |
Buscaban a: | Familia | Localización |
Sergio Martínez | Martínez González 1 | Estado de México |
| Martínez González 2 | Estado de México |
| Martínez González 3 | Estado de México |
Buscaban a: | Casa de la familia: | Localización: |
J. Guadalupe Emigdio Berrocal | Emigdio Berrocal 1 | San Andrés Ahuayúcan |
| Emigdio Berrocal 2 | San Andrés Ahuayúcan |
Buscaban a: | Casa de la familia: | Localización: |
Genaro Olivares Aguirre | Olivares Aguirre | San Mateo Xalpa |
Jorge Santos Ramírez | Santos Ramírez 1 | Santa Ursula Xitle |
| Santos Ramírez 2 | Santa Ursula Xitle |
* La orden de cateo en La Trilla se expidió luego de ser allanada.
Familiares tomados como rehenes y torturados para obtener información, detenidos ilegalmente.
| Verena | Arturo | Ser gio | Berrocal | Ge naro | Da vid |
Hijos | 3 | 3 | — | — | — | 3 |
Padres | 2 | — | — | 1 | 2 | — |
Hermanos | 5 | — | 2 | 2 | — | — |
Cónyuge | 1 | 1 | — | — | — | 1 |
Sobrinos | 9 | 9 | 3 | — | — | 9 |
Cuñados | 3 | 5 | — | — | — | 5 |
Concuños | — | 2 | — | — | — | 3 |
Detenidos familia Ocampo Rabadán
1.— Elia Rabadán Salgado
2.— Claudia Ocampo Rabadán
3.— Antonio Ocampo Román
4.— Frida Angélica Ocampo Rabadán
5.— Luis Zúñiga Zúñiga
6.— Melina Baños Ocampo
7.— Itzel Zúñiga Ocampo
8.— Lizeth Zúñiga Ocampo
9.— Frida Iliana Zúñiga Ocampo
10.— María Karime Ocampo Rabadán
11.— Julio César Portugal Arriaga
12.— Andrea Suyely Portugal Ocampo
13.— César Portugal Ocampo
14.— Martha Ocampo Rabadán
15.— Arturo Becerril Rodríguez
16.— Jonathan Becerril Ocampo
17.— Erik Becerril Ocampo
18.— Antonio Becerril Ocampo
19.— Felipe Armando Ocampo Rabadán
20.— Rocío Verena Ocampo Rabadán
21.— Víctor Ilich Cilia Ocampo
22.— Alberto Tlacaélel Cilia Ocampo
23.— Sergio Ling Cilia Ocampo
Participantes en la detención
Policía Judicial y Grupo Especial de Respuesta Inmediata.
Carros con las siguientes placas:
PGJDF-112 CNV
923 AAE
157 DPH
889 AAG
157 POH
Horario de detención y saqueo:
4 de abril 1990: 3:35 AM sacan una caja grande y un costal, cobijas, saquean la casa.
4:00 AM rompen vidrios
3:00 PM Siguen saqueando y buscan desesperadamente no se sabe qué.
4:00 PM Se van algunos y vigilan otros
12:00 PM Siguen saqueando la casa, sacan herramientas y papeles.
Notas:
CABEZA DE JUAREZ. Unidad habitacional en el extremo oriente del DF.
CCH. Colegio de Ciencias y Humanidades, escuela a nivel bachillerato de la Universidad Nacional Autónoma de México.
CONAMUP. Coordinadora Nacional del Movimiento Urbano Popular, unión de organizaciones del movimiento urbano popular a nivel nacional.
CUERNO DE CHIVO (AK-47). Rifle de asalto calibre 7.62. Hasta hace algunos años rifle reglamentario de las fuerzas armadas del Pacto de Varsovia.
DEPORTES AMERICA. Tienda deportiva ubicada en calzada de Tlalpan, a la altura del estación del metro Taxqueña.
EL FINANCIERO. Diario de la ciudad de México, especializado en economía y finanzas.
FVPT. Frente de Vivienda Popular de Tlatelolco, organización de solicitantes de vivienda formada a raíz de los sismos que afectaron la ciudad de México en 1985. Durante la redada del 4 de abril, 11 de sus miembros fueron capturados por la policía, incluyendo el asesor jurídico del frente, cinco más se consideraron prófugos y las casas de otros tres socios, aparte de las de los detenidos, fueron allanadas.
GABRIEL. Militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, prófugo; el 15 de octubre de 1990 estuvo a punto de ser capturado en una operación montada por Federico Gómez Pombo, asesor del procurador Ignacio Morales Lechuga, e instrumentada por el agente "Daniel" y otros. Gran parte de las torturas contra Berrocal, tenían como fin su captura.
GUILLEN BARREN. Enfermedad viral que ataca el sistema nervioso, que paraliza por completo el cuerpo y puede causar la muerte. No se ha podido precisar su origen ni existe aún remedio médico.
GUSTAVO GONZALEZ. Reportero de La Trilla.
INCIDENTE DEL PRIMERO DE MAYO. Durante el desfile oficial del Primero de Mayo de 1984 fue lanzada una bomba molotov contra el palco presidencial en el Zócalo de la ciudad de México, que causó quemaduras leves a funcionarios medios del gobierno de Miguel de la Madrid. A raíz de ello, la policía cerró la Preparatoria Popular Tacuba y la Unidad de Postgrado de la UNAM y detuvo a más de 200 personas. Se fincó responsabilidad contra ocho estudiantes por ese hecho; algunos de ellos aún permanecen en prisión.
JUDAS. Agente de la policía judicial.
LA JORNADA. Diario de la ciudad de México.
LA TRILLA. Revista especializada en el sector agropecuario.
LAS COSTURERAS. Sindicato 19 de septiembre de costureras en la ciudad de México.
LICUADORA. Tortura en la que el interrogado es levantado en vilo de los cabellos; suspendido en el aire se le hace dar vueltas.
LIGA COMUNISTA 23 DE SEPTIEMBRE. Organización que resulta del encuentro de la mayoría de los grupos armados de principios de la década de los 70. De este proceso se separó el Partido de los Pobres.
MADERA. Órgano de difusión de la Liga Comunista 23 de Septiembre.
MARIN. Diminutivo de Mario.
MARIO FALCON ARAGON. Pintor, muralista, discípulo de David Alfaro Siqueiros; por sus posiciones políticas estuvo preso en Lecumberri y más tarde exiliado en Perú. Miembro del FVPT y del MPI.
MARIO. Seudónimo de David Cilia.
MIGUEL ANGEL. Miguel Ángel Ortega.
MP. Ministerio Público, en este caso, dependiente de la PGJDF.
MPI. Movimiento Proletario Independiente. Organización política dirigida por el asesor del Sindicato de Auto Transporte Urbano, Ruta 100, Ricardo Barco.
PCUS. Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
PDLP. Partido de los Pobres, organización armada, formada en la sierra de Guerrero a finales de la década de los 60 por Lucio Cabañas y Carmelo Cortés Castro, entre otros.
PETER GELLER. Norteamericano residente en México, miembro del Partido Revolucionario de los Trabajares; traductor, activista del movimiento de residentes de Tlatelolco.
PGJDF. Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal.
PGR. Procuraduría General de la República
PJDF. Policía Judicial del Distrito Federal, su cuartel general y separos de interrogatorio se encuentran en la calle Escuela Médico Militar.
PRACTICAS DE SALON. Ejercicio para tiro con pistola sin hacer disparos reales.
PROCUP. Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo, organización clandestina armada fundada en 1979. Ha reivindicado la colocación y detonación de bombas en edificios públicos, "el ajusticiamiento" de algunos de sus ex-militantes, y reconocido la muerte de los dos guardias de La Jornada.
ROBERTO FERNANDEZ. Presidente del FVPT.
SALOMON TANUS. Mayor de la policía judicial del DF. Organizaciones defensoras de los derechos humanos lo han acusado de torturar a los detenidos, sobre todo a miembros de organizaciones políticas.
SITUAM. Sindicato Independiente de Trabajadores de la Universidad Autónoma Metropolitana.
TAPO. Terminal de Autobuses Oriente de la ciudad de México.
UCIVS. Organización de solicitantes de vivienda.
No hay comentarios:
Publicar un comentario