Elia Rabadán de
Ocampo (60 años)
Siendo las 3:35 del día 4 de abril de 1990,
llegaron a nuestro domicilio varios agentes de la PGJDF, quienes se presentaron
en carros de la misma corporación.
De inmediato allanaron brutal y salvajemente
la casa, la destrozaban a culatazos y patadas, así lo hicieron con puertas y
ventanas. Nos jalaron, arrastraron y amenazaron con las armas sin la menor
consideración a los menores de edad, como en el caso de la niña de seis meses.
Después de haber destrozado todo, nos sacaron
del domicilio a golpes, amarrados y vendados, siempre martirizándonos e
insistiéndonos que dijéramos dónde se encontraban las armas y la propaganda, y
dónde estaba mi hija Rocío Verena y mi yerno.
A mi esposo lo torturaron física y
psicológicamente, al igual que a mis hijos y yernos, esto lo hicieron en el
patio de la casa; el objetivo principal de las torturas era que afirmaran que
conocían a militantes guerrilleros.
Dos policías tomaron a la fuerza a dos menores
de uno y tres años para obligar a que mi hija dijera dónde vivía Arturo
Becerril y Rocío Verena Ocampo, ellos son mi yerno y mi hija; golpearon a
Lizeth que es mi nieta y tiene seis años.
Cuatro judiciales fueron los que a mí siempre
me sujetaban, me agarraron del cuello y me aventaron a unas piedras para
obligarme a decir dónde tenía el dinero, con sus armas en la cabeza me decían a
una sola voz: “¡habla o jalamos el gatillo!”. Debido a esta angustia y miedo,
me dio una especie de infarto. A la vez a mi hija la menor, Claudia, la
amarraron amenazándola que dijera todo lo que sabía o la pasaría aún peor de lo
que le estaba ocurriendo. Después la despojaron de alhajas y dinero.
En el acto y después de maltratarnos,
amenazados y de vejaciones y groserías, uno de ellos nos obligó a caminar hacía
los carros, luego siguieron los demás, siempre con una amenaza.
Ya dentro de los carros nos condujeron a la
PGJDF, la cual se ubica cerca del Metro Pino Suárez. Mientras tanto otros
policías se ocupaban de robar las casas de mis hijos, todo ello de manera
descarada. Esta información es vertida por todos los vecinos.
En la procuraduría fuimos sometidos a un
intenso interrogatorio, desde las 6 de la mañana hasta las 9:30 de la noche;
siempre estuvimos incomunicados, nos amenazaban diciéndonos que no saldríamos
hasta que se diera por concluida la investigación, pero no fue así, pues a las
10:00 de la noche en dos vehículos de la institución nos llevaron nuevamente a
nuestro domicilio, el cual estaba aún en manos de la policía.
Quienes nos llevaban, siempre déspotas, nos
evitaron la entrada, ya que según ellos no tenían la orden de entregar la casa,
ordenándonos que nos largáramos de nuestro propio domicilio.
Después de algún tiempo, un sujeto que estaba
radiando recibió la orden de entregar la casa. Sólo así volvimos al lugar, que
se encontraba destrozado, saqueado, mal oliente a vino, síntoma de que
estuvieron tomando licor desde temprano, ya que había un sinnúmero de botellas
vacías.
Por último, nos informaron algunos vecinos que
con prepotencia e impunidad los obligaron a cocinar los alimentos que sacaron
de nuestro domicilio.
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