LA INCONGRUENCIA DE LA VERSION OFICIAL
En 1992, a dos años de la redada del 4 de abril, realizamos el balance de lo que jurídicamente manejó el Procurador Ignacio Morales Lechuga en representación del Estado mexicano:
Primero:
¿Que motivó legalmente la detención de los que finalmente quedaron presos? ¿que
demanda penal existió en la que se señale a los detenidos ANTES de su
detención?, ¿en que averiguación previa hay un señalamiento contra ellos antes
del 4 de abril? ¿quién los señaló como presuntos implicados en el asesinato de
la Jornada, o en los otros delitos que el procurador les endilgó?
Esto
podría parecer el gran misterio del procurador Ignacio Morales Lechuga, pero en
realidad el secreto es que no hay secreto, NO HAY NINGUNA BASE LEGAL NI
ORDENAMIENTO JURIDICO QUE MOTIVARA LA DETENCION DE LOS PRESOS DE 4 DE ABRIL. El
procurador no podía tener ordenes de aprehensión contra ellos, porque ni
siquiera sabía que los buscaba, los capturó circunstanciadamente mientras buscaba
a Cilia Olmos, y al no capturarlo les adjudicó los delitos preparados para él,
o los que pudo. El procurador esta en la oportunidad de desmentirme.
Una
vez que fueron capturados los detenidos el 4 de abril, ante la obvia
imposibilidad de relacionarlos con las muertes de la Jornada, se les implica en
delitos para no tener que dejarlos en libertad y hacer el gran ridículo.
Que
sólo después de presos se les relaciona con delitos, lo podemos demostrar
documentalmente con las fechas de los oficios que Federico Ponce Rojas envió a
las distintas agencias del Ministerio Publico en las diferentes delegaciones
del D.F. para que le enviaran los expedientes de los delitos con que DESPUES
acusarían a los detenidos el 4 de abril.
Es
decir, el procedimiento es el siguiente: primero se captura a un ciudadano y
después -ya que la acusación original no pudo prosperar- se busca de qué se le
puede acusar. Por eso de las redadas para capturar a los asesinos de la Jornada
salen consignados ¡por cualquier otro delito!, menos por el que supuestamente
se les buscaba. Muy lógico ¿no?
Durante las redadas del 4 de abril se
giraron 16 órdenes de cateo; todas las personas relacionadas con ellas salieron
libres luego de rendir su declaración. En cambio, en otras 20 casas, que corresponden
a ciudadanos que permanecieron en prisión y que fueron saqueadas, no existe
ninguna orden de cateo, como lo reconoció en enero de 1991 el doctor Jaime
Muñoz Domínguez, director de Control de Procesos de la PGJDF. Ninguno de los
presos del 4 de abril tenía orden de aprehensión en su contra, sino que fueron
secuestrados y sometidos a tortura e incomunicación sin saber ni siquiera el
delito de que se les acusaba; ninguno de sus nombres aparece en alguna
averiguación previa antes del 4 de abril. Primero fueron capturados y días
después su nombre fue incluido en las averiguaciones previas que más tarde se
presentarían para su consignación.
La primera, y única, orden de aprehensión
contra el que la oficina del procurador afirmaba era el principal implicado
—David Cilia Olmos—, fue solicitada al juez por el agente del Ministerio Público,
Arturo Rodríguez Mejía, el 9 de abril, es decir cinco días después de la redada
para capturarlo. Una semana después de allanar y saquear decenas de casas, de
vejar a cientos de capitalinos, de aplicar brutales torturas contra los
detenidos.
Pero no sólo eso. Cinco días más tarde, el
9 de abril, la policía presenta a los detenidos a la opinión pública con
propaganda del PROCUP, que según la oficina del procurador tenían en su poder;
pero eso es un absurdo, pues se trataba de la misma propaganda que quedó en el
vestíbulo de La Jornada el 2 de abril, 7 días antes, el día del asesinato de
los dos guardias de seguridad de La Jornada. Asimismo, la oficina del
procurador de Justicia del DF presenta armas que se adjudican a los detenidos,
incluyendo una pistola marca Llama calibre .45, con la que, según las
autoridades, “pericialmente se ha demostrado” que es el arma que dio muerte los
dos vigilantes. Nueva mentira, pues más tarde cuando se detiene a David Cabañas
Barrientos —dirigente del PROCUP, capturado dos meses más tarde— se presentaría
otra pistola .45, en esa ocasión una Colt, con la que también según la
Procuraduría “se demuestra pericialmente” que es el arma que privó la vida a los
dos vigilantes.
Igualmente se les acusa de intento de
asalto al periódico El Financiero y se parte del hecho de que uno de los
detenidos (Luis Fernando Roldán Quiñonez) ha entregado algunas colaboraciones
en el tema de antropología y ese diario las ha publicado. Junto con estos
ilícitos se agrega un largo rosario de delitos a la declaración que se les
obliga a firmar en cinco días de tortura.
Se trataba de tener pretextos legales para
mantenerlos en prisión hasta que pudiera ser capturado el “principal cabecilla”,
según la policía. Las autoridades tenían que justificar la redada del 4 de
abril, los excesos y brutalidades de las policías del Distrito Federal y evitar
la eventual solidaridad con los detenidos.
Estas, en síntesis, son las bases legales
sobre las que descansa el proceso penal que mantuvo durante más de 3 años en la
cárcel a los siete ciudadanos que quedaron presos de los más de 166 capturados.
LA RESPUESTA DEL GOBIERNO MEXICANO
A más de dos años de estos hechos, las
víctimas de esas violaciones a los derechos humanos no fueron escuchadas. Se
les mantuvo en la cárcel para no tener que reconocer que su confinamiento era
una tremenda injusticia. Todas las demandas contra los funcionarios
responsables de estas violaciones a las garantías constitucionales y a los
derechos humanos han sido ignoradas hasta la fecha por las autoridades
correspondientes.
La primera demanda penal que se levantó en
la Delegación Iztapala en contra de la Procuraduría de Justicia del Distrito
Federal, desapareció sin dejar rastro. La agente del Ministerio Público que se
atrevió a levantarla fue removida de su puesto de inmediato. Más tarde se
presentó una denuncia a la recién formada Comisión Nacional de Derechos
Humanos, que ha guardado silencio durante 26 años.
Posteriormente, la misma demanda se envió a
la Asamblea de Representantes del DF el 8 de enero, en ocasión de la
comparecencia del procurador Morales Lechuga. Aunque los asambleístas,
especialmente Alfredo de la Rosa Hoguín pusieron en aprietos al procurador Ignacio
Morales Lechuga, el resultado fue el mismo: nada.
Incluso, al presidente de la República
Carlos Salinas de Gortari se le envió una misiva, 31 de enero de 1992, la cual
fue publicada en un diario de circulación nacional (Uno más Uno) donde se
anotan puntualmente todos los hechos y las denuncias. Nunca hubo una respuesta
de su parte.
VOCES QUE DEBEN SER ESCUCHADAS
Este libro ofrece dos hechos importantes.
Uno, que se trata de la primera prueba documental, pública, fehaciente —con
datos irrefutables, nombres y lugares— de gravísimas violaciones a los derechos
humanos, que desnuda las prácticas policiacas que utiliza el Estado que alienta
conductas criminales de las policías para enfrentar a los disidentes. Estas
prácticas deben cesar, México debe desterrarlas.
El segundo, es que muestra por primera vez
en la historia moderna de este país lo que es la guerra sucia y sus secuelas. A
manera de ejemplo diremos que en sólo dos familias fueron vejadas por la
policía 22 personas; de ellas 15 eran niños de entre seis meses y once años de
edad. Son parte de los niños de la guerra sucia, que sufrieron severos traumas
sicológicos por lo vivido la madrugada del 4 de abril. Ellos son la punta del
iceberg. Si en sólo cinco días de brutalidad policiaca más de 166 ciudadanos
fueron presa de la violencia, ¿cuántos miles de compatriotas padecen las
secuelas de la guerra que se libró entre 1970 y 1980 en este país?
Este libro contiene 13 testimonios,
redactados — muchos contados—, los días siguientes a la redada del 4 de abril,
a excepción del de David Cilia Olmos que finalmente fue capturado 6 meses
después. En todos los casos se respetó la sintaxis y si no se incluyeron otros
testimonios, distintos de familiares o miembros o exmiembros de la Liga
Comunista 23 de Septiembre, como los vecinos de la unidad habitacional
Tlatelolco y otros, que no son menos graves o dramáticos, se debió a que ellos
prefieren olvidar; intentan borrar de su mente el 4 de abril y no quieren
recordar nada de ese negro día.
Y eso es justamente lo que no pretende este
libro. No podemos, no debemos olvidar el 4 de abril de 1990. El futuro de
nuestros hijos, del país, depende de ello. El respeto a la vida humana, a la
integridad de las personas y, sobre todo, a la justicia, nos grita que no
debemos hacerlo. Sólo el recuerdo de ello puede impedir que se repita de nuevo.
Sólo una sociedad con memoria y conciencia histórica puede garantizar que no
ocurran otra vez este tipo de injusticias. Tener presente hechos como la redada
del 4 de abril es la mejor manera de hacernos más libres. Y ese es un buen
principio para construir un México más justo.
Estos son los hechos, estos los actores.
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