En diciembre de 1975 renuncié a mi trabajo en Sumesa
Tacubaya, donde era encargado del departamento de frutas y verduras y me fui a
Centroamérica.
Unos meses antes, a todo el grupo 310 del Colegio de
Bachilleres plantel Rosario, nos habían expulsado luego de descubrir que en ese
grupo académico se editaba el Periódico Clandestino Ay Ke Aser Algo. Las autoridades
habían esperado pacientemente a que terminara el semestre y a que terminara el
periodo de exámenes finales, para en el último día darnos la estocada final y
expulsar en pleno a todos los integrantes del grupo 310.
La verdad es que, aunque varias personas del grupo 301
sabían quienes elaboraban y pegaban el “Periódico Clandestino Ay Ke Aser Algo”,
estábamos muy lejos de que fuera todo el grupo el autor de la transgresión.
Pero como dijeron las autoridades de ese momento, el Director Barañón Miranda y
su émulo Tomás Rodríguez Nery, subdirector del plantel, justos pagaban por
pecadores.
No nos quedamos callados, pero no sirvió de nada, la
decisión del Director era como nos dijo “irreversible”. Cuando llegamos a las
casas con la noticia, nuestros padres tomaron la estafeta y se fueron a la
escuela y cuestionaron al Director que ante la presión y nuestros argumentos, tuvo que modificar su castigo. La mayoría del grupo continuaría sus estudios, es
decir, no serían expulsados, previa firma de una carta firmada de
puño y letra en la que se comprometían a “tener una excelente conducta y no
faltarle el respeto a las autoridades”, o algo así o más pueril, mientras que
12 alumnos quedaríamos definitivamente expulsados. Nuevamente nuestros padres
intervinieron y pusieron en evidencia a Tomás Rodríguez Nery y finalmente la
expulsión definitiva quedó en expulsión por un semestre, podríamos
re inscribirnos a la segunda generación, igual previa firma de la famosa carta en donde nos comprometíamos a ser buenos chicos desde el punto de
vista de la Dirección.
Los doce alumnos finalmente con el mayor castigo habían sido
seleccionados por Tomás Rodríguez y Barañón de la manera más arbitraria, dando
por buenas sus suposiciones de quienes eran los más comprometidos con la
propaganda clandestina que realizábamos. La selección fue tan estúpida como
injusta. Junto con los que si realizábamos la actividad expulsaron a otros que
en realidad, desde nuestro punto de vista no tenían ninguna vela en el
entierro.
En cambio, la dirección siempre protegió a Rolón, quién era
el que había dado el pretexto perfecto para disfrazar nuestra expulsión por
motivos políticos con una medida disciplinaria. El había sido el que mientras
el Subdirector Tomás Rodríguez Nery estaba regañándonos, con una patada de
karateka tumbo la puerta del salón, lo que permitió a la dirección esgrimir
este acto para expulsar a todo el grupo.
Algunos de los que fueron injustamente expulsados ya jamás
continuarían sus estudios. Otros más lo harían en otras escuelas, volviendo a
empezar su bachillerato.
Ese fue nuestro argumento para revertir la expulsión
definitiva, claro que estamos contra la dirección y sus medidas arbitrarias y
en algunos casos tontas, claro que lo manifestamos clandestinamente con nuestro
periódico, pero aquí se está las timando a gente que no tiene que ver con lo
que estamos haciendo.
En fin, no fue una victoria, pero logramos revertir la
“expulsión definitiva” y 6 meses continuaríamos con nuestros estudios.
Ay Ke Aser Algo, era el nombre de nuestro periódico, los
expulsados logramos poner en manos de compañeros de la segunda generación que
decidieron incorporarse al proyecto, Mario García Sordo, su prima Laura Varela
Sordo, Víctor Hugo Hernández Reséndiz y un tipo de lo más asertivo llamado
Casas. Y bueno, pues ahora en verdad había que hacer algo esos 6 valiosos meses
que teníamos de castigo.
De por si el núcleo original del periódico, Carlos Ramírez
Puebla, y otros dos compañeros del 310, ya habíamos especulado sobre conocer lo
que pasaba en Centroamérica, particularmente en Nicaragua, donde el movimiento
guerrillero se veía muy avanzado. En nuestros campamentos de práctica en el
Popocatepetl habían salido algunas ideas que no terminaban de perfilarse en
planes pues había otras cosas apremiantes que hacer, como por ejemplo armarnos
y entrenarnos en el arte de la sobrevivencia en la sierra y resistencia física
para una futura lucha guerrilla.
Pero con la expulsión y con el relevo de nuestra actividad
de propaganda por el nuevo grupo editor de Ay Ke Aser Algo, a partir de nuestra expulsión "legal" o abierto, se
habría la posibilidad. Carlos Puebla, sin embargo, no podía, trabajaba en el
IMSS como 08 y una ausencia prolongada significaba perder su posibilidad de
empleo en esa en aquel entonces provechosa, laboralmente hablando, institución.
Carlos Puebla a su corta edad, ya era
padre de una pequeña y tenía que aportar. Los otros compas tampoco estaban en
condiciones.
Decidí irme sólo, finalmente era parte de la preparación en
la que estábamos trabajando para contribuir con el proceso revolucionario en
México, cuando les comente a los segundos editores, ya no clandestinos, del Ay
Ke Aser Algo, por cortesía, que estaría fuera, se mostraron muy interesados a
incorporarse a ese viaje. Pero ellos estaban en la escuela, no podrían faltar
tanto tiempo. Decidimos entonces que saldríamos en diciembre, cuando iniciaran
las vacaciones y que mientras ahorraríamos dinero para el viaje. Pusimos una
cita en su restorán favorito “las Mil Tortas”, en el parque de la esquina de
Rivera de San Cosme y Torres Bodet.
Un día antes de la fecha fijada renuncié a mi trabajo en
Sumesa, pedí mi finiquito y me fui caminando con un horizonte de libertad que
me inundaba el pecho. Al otro día, mientras nos comíamos una torta en el lugar
de la cita para salir uno a uno se fue descartando, Mario no había conseguido
permiso, Casas no podía faltar a la cena de navidad en su casa, Reséndiz tenía
que ir a casa de su abuela, etc. La única que entre que se animaba y no, era
Laura Varela Sordo. Cuando nos despedíamos, yo sin embarco con la convicción
intacta de hacer el viaje, Laura como que si se animaba, sin embargo sin los
demás, resultaba bastante más peligros el viaje con ella.
Así que me fui solo a Centroamérica. Llevaba una mochila de
lona blanca (era mas barata) que yo había diseñado, cosida por mi mamá, que
puso el grito en el cielo cuando le comuniqué mi decisión, al grado que llamó a
mi papá para que me convenciera de lo peligroso del viaje.
Como no me moví de mi posición, mi papá me regaló un mapa usado para la navegación aérea de todo Centroamérica, Juan Vázquez me regaló como 400
pesos, mi mamá me regaló el tesoro de sus topers y por medio de una carta de
Rosalía D`Chumacero logré un viaje de cortesía a Tapachula Chiapas, en los
Cristóbal Colón.
Con mi mochila, cuaderno de notas, pluma, mapa, topers, una
cajetilla de cigarros Raleight para ocultar el dinero, cobija, ropa de recambio
y chamarra, un pasaporte que tenía la leyenda “viaja con permiso de sus
padres”, y unos mil cuatrocientos pesos, a mis 17 años, salí para Centroamérica.
Las notas originales de mi viaje se destruyeron durante una
inundación de mi casa en Toluca 2 o 3 años después. Este que hoy transcribo es
el relato de lo que me acordé 15 años después, en Chiapas, cuando por las circunstancias de mi
persecución tuve tiempo de recuperar algo de mi memoria. Solo abarca la primera
parte del viaje. Nunca escribí la segunda. Espero un día poder hacerlo.
---------------------------------
Acababa de pasar la frontera.
--Llegás tarde vos –me dijo el despachador de autobuses-- ya
se fue la burra[1].
Con esas palabras me recibieron en Tecun Uman, Guatemala. Una
larga revisión en el paso fronterizo me había detenido más de la cuenta. A los
policías aduanales les pareció altamente sospechoso que en lugar de atravesar la
frontera por el cause del rio, como los demás, me pasara por el puente, así que
revisaron meticulosamente mi equipaje, me revisaron el cuerpo y me estuvieron
interrogando, mientras veía por una de las ventanas de la aduana como se iba
alejando el camión que debería llevarme a la capital de Guatemala. Finalmente
me cobraron 8 dólares.
--Pero ya pague la visa señor --argumenté a favor de no
perder esa pequeña fortuna.
--No importa, tenés que pagar.
Ahí fue cuando razoné que debí de pasarme por el río
Suchiate que marca la frontera entre Ciudad Hidalgo y Tecun Uman, haciendo caso
omiso del puente internacional, como todos los demás. No sabía todavía que esa
incomodidad me salvaría mas tarde de otras peores.
Ya casi se moría el día cuando un tractor jalando un
remolque hasta el copete de pastura, me dio un aventón o rait, así que subí al
montón de rastrojo, arriba venía un peón que de inmediato preguntó:
--No traés yerba (marihuana).
--No. Solo cigarros.
--¿Para donde vas?, ¿Por qué andás viajando?
--Para conocer –le contesté mirando como se iba extinguiendo
la luz del sol en el campo.
Conforme nos alejábamos de la frontera dejaron de aparecer
los letreros del Instituto Guatemalteco del Seguro Social que al principio
solaban la orilla de la carretera. Pensaba que los guatemaltecos simplemente
habían copiado el nombre del IMSS, Instituto Mexicano del Seguro Social y lo
habían adaptado cambiándolo a Guatemalteco, tal y como los mexicanos habíamos
copiado antiguamente a los franceses los modelos de instituciones
gubernamentales. Más tarde, al pasar por otros países de Centroamérica me daría
cuenta que no es así, que el IGSS no es una copia del IMSS sino que todas estas
instituciones fueron implantadas en América bajo el mismo patrón, por órdenes
de imperio y su famosa en ese entonces “Alianza para el Progreso”.
Junto con la luz del día se dejaron de ver los groseros
anuncios de “Vota por Schell” (Kjell) que ensuciaban el asfalto de la carretera
y las grandes piedras marginales.
Pensaba atravesar Guatemala por la región del Pacifico,
Coatepeque, Retalhuleu, Mazatenango, Cocales, Escuintla, y así hasta llegar al
Salvador y de regreso de mi viaje conocer Guatemala capital, Antigua Guatemala,
el Quiché y el Petén, pero ya era muy noche para andar escogiendo los
aventones.
Luego de muchas peripecias, ya casi no circulaban carros,
toda la gente decía que andar por esos rumbos era muy peligroso, los pueblos
que iba encontrando en mi camino estaban en la más negra oscuridad y por
supuesto, nadie te daba rait, logré llegar a Quezaltenango, hermosa ciudad
colonial rodeada por altas montañas. Una fiesta estaba aún en progreso en el
centro de la ciudad. Caminando por aquí y por allí, encontré algo mucho más
interesante: Una huelga de trabajadores del Municipio de Quezaltenango.
Me quedé a dormir en una casa de huéspedes, se alojaban ahí
una pareja de norteamericanos, de la ciudad de los Ángeles, ambos trabajadores
en su país. Por la mañana temprano seguimos platicando, les extrañó mucho que
me bañara con agua fría, era invierno, Quezaltenango está en las montañas y
eran antes de las 6 de la mañana, ¿Venia de vacaciones o a martirizarme? Me
preguntaron.
Los norteamericanos me dieron muchos tips, sobre como
combinar la alimentación, comer muchos bananos y me recomendaron algunos
lugares que valían mucho la pena. Me compre por unos reales un par de panes
caseros, leche y bananos, como habían sugerido los norteamericanos, para el
desayuno y me fui a continuar con mi viaje, empezaba una jornada de aventones
en un país que –al parecer—no estaba diseñado para dar o recibir aventones.
Salí rumbo a Totonicapan, al entronque con la carretera
Panamericana, en una de esas me subí a un camiones de pasajeros, en
cuyos asientos cortos deben caber 3 o 4 personas en lugar de 2, una verdadera
lata de sardinas amontonadas, donde la gente se sentaba arriba de otra gente extraña, sin la menor consideración. Por fin llegué al entronque con la
carretera Panamericana, de donde buscaría llegar al famoso lago Atitlán. En el
entronque estuve como 2 horas y media, a pleno sol, esperando un minibús que
era la única alternativa para donde yo iba o esperando un aventón que nunca
llegaba.
Por fin se paro una pic up cuyo chofer no pudo convencerme
que el iba en dirección a la sierra y que donde donde me podría dejar no habría
forma de que alguien me diera un aventón. Se equivocó, en cuanto me baje de la
camioneta pasó una moto, le hice la señal internacional del aventón, no pensaba
que en realidad se fuera a detener, pero mi consigna era pedir aventón a todo
lo que se moviera. Milagrosamente la moto se paró, el motociclista preguntó a
donde iba y contrariamente a lo que parecía, un hijo de papá, era un empleado
de correos.
Atravesamos en la moto la serranía con sus hermosos bosques de pinos, caseríos y
paisajes que no me había imaginado encontrar en este país tropical y bananero ,
según mi estrecha concepción de aquel entonces.
Me explicó este amigo muchos datos de los indígenas de esa
región y que aparecían a la vista en cada curva o caserío con sus vistosas
vestimentas tradicionales. Comprendí que estrecha era la concepción patriotera
que nos inculcan en la niñez. He aquí que México no es tan el “único” en varias
cuestiones, en todos lados se tuestan habas, y en Guatemala, como en México hay
regiones enteras en donde los indígenas hablan en su propio idioma, visten sus
propias ropas tradicionales, hay altas y frías montañas de pino. ¡Oh suave
patria, cuanto te pareces a las otras! y como se parecen tus pobres a los demás
pobres del mundo, más aún como se parecen entres si los jodidos de todos los
países.
Cuando me bajé de la moto, el empleado de correos me dio su
nombre y dirección y me recomendó que no dejara de verlo en la ciudad de
Guatemala, pero nunca lo volví a ver.
Ante la falta de otros raits seguí caminando por la zona
montañosa y en medio de una tormenta atiné a tomar un autobús que me cobró el
completo del viaje a Sololá, lo que hizo que lo ya caminado resultara,
económicamente hablando, un desperdicio.
En Sololá un numerosos grupo de personas indígenas, que yo
identificaba como chamulas por su vestimenta celebraban una gran fiesta con
cohetones por todos lados. Era un fiesta con mucho color por los vestidos, por
las faldas largas, por los disfraces, por las flores y hasta por los panes.
Imbecil como era en ese tiempo con respecto a estas
celebraciones, y las demás, preferí dejar de ver borrachos por todos lados y
seguir para el lago Atitlán. Ahí llegué al final de la tarde, le di una vuelta
a este pueblo lleno de extranjeros de Europa y Estados Unidos y me fui
bordeando el lago pensando en regresar antes de que se extinguiera por completo
la luz del sol.
Fallaron por completo mis planes, la noche se vino de
repente. En unos minutos todo quedó completamente oscuro y yo en una costa
rocosa, donde no veía absolutamente nada, sin saber para donde caminar.
Bueno, sobre la negra noche se inició una tormenta y yo a
veces caía al agua, a veces caía a las piedras, en espinas o me enfangaba. A lo
lejos, muy lejos se veían algunas luces tildando sobre el agua, de nada me
servían, estaban del otro lado del lago. La lluvia arreciaba y no podía estar
peor la situación. ¿Qué tan lejos estaba de la “civilización”? No lo sabía, no
había mesurado mi caminata y erróneamente había supuesto que en todos lados
oscurece a la misma hora y de la misma difuminosa manera.
Así que ahí estaba, entre rocas escarpadas y un lago al que
aún a la luz del día no me había atrevido a meterme, sin saber por que rumbo
caminar. ¿Qué diablos tenía yo que estar haciendo a mis 17 años en esas
condiciones en un país extraño?
Podría decir que conocer, viajar, pero ¿conocer qué o a
quién? Nada de eso, quería conocer, es cierto, pero buscaba antes que nada
prepararme de una manera fundamental, demostrar que podía viajar por países en
las peores condiciones con estrictamente el producto de mi trabajo personal,
asalariado. ¿Y eso como diablos me preparaba? No lo sabía, tal vez dándome
seguridad en mi mismo, que fue lo que a primera vista se notó, pero no,
seguridad tenía, no cabía la menor duda, las incursiones al Chiquihuite, Cerro
de la Cueva, Tenayo, Veracruz, Tlaxcala, y por último Mazatlán eran prueba de
que ya era un hombre seguro de mi mismo.
Me estaba midiendo, solo eso, y eso también era parte de la
preparación. Si podía llegar de aquí al Canal de Panamá, podría ir a cualquier
lado y hacer cualquier cosa que me propusiera, pero antes debía de probarme a
mi. Aún cuando no lo reflexionaba, Centroamérica era el último peldaño de una
cadena de desafíos que naturalmente aparecían en mi vida uno tras otro como si
obedecieran a un plan determinado. Ya había viajado en aventones, prácticamente
sin un centavo, de Veracruz a la Ciudad de México; había viajado de Guadalajara
a Mazatlán de mosca (más de mil kilómetros) en trenes de carga; había caminado
del Metro Zaragoza en la Ciudad de México, a la ciudad de Tlaxcala, unos 128
kilómetros, había dormido en la helada sierra con solo mi chamarra.
Así que me aprendí de memoria mapas, hice itinerarios y
armado con mi mochila de astronauta y mi cuaderno de notas[2] me
fui a Centroamérica.
Está bien prepararse, medirse, templarse, enfrentarse al
mundo, pero ¿para qué?
Para hacer la revolución. Eso para mi estaba bastante claro.
¿Cómo? Bueno, eso todavía no lo sabía, pero primero quería comprobarme,
reconocer que tendría la estatura para hacerlo.
No era un viaje desesperado, se trataba si, de llegar, pero
de llegar y regresar, por tanto desdoblado, era un desafío doble.
Bueno, el hecho es que estaba ahí tropezando a cada paso en
la más negra oscuridad. Caminé procurando no apartarme de la rivera, buscando
el camino por donde había llegado. Al cabo de un rato vi a lo lejos luces y me
moví hacia ellas, ahí me tope con unos desconfiados gringos hippies acampados en camionetas, a señas nos
entendimos y me dieron orientación del camino hacia el pueblo.
Cuando llegué busque un portal donde quedarme, tendí mi cama, luego de pedirles permiso, junto a unos indígenas con vestimenta muy parecida a los chamulas, con sus
faldas largas, negras, tejidas de lana y… a dormir. Como a las 3 y media de la
madrugada se pararon todos los compas indígenas y me despertaron.
--Ya se va el camión –dijeron.
Por inercia los seguí sin saber que camión o para donde iba,
adormilado viajé adivinando un paisaje montañoso tras la niebla cerrada que nos
rodeaba. Las sinuosas curvas me estrellaban ahora contra el vidrio de la
ventana, ahora contra el compañero de asiento o ahora contra mi mochila de
astronauta colocada frente a mi como amortiguador.
Pasamos Antigua Guatemala al alba, pensaba bajarme pero aun
no empezaba a salir el sol y yo estaba aterido de dormir mojado en la calle
sobre un piso también mojado, el frío de la madrugada tampoco era poco, así que
me seguí en el camión. Tenía mucha hambre, traía ganas de abrir uno de esos
sacos que traían los pasajeros y ponerme a comer lo que encontrara, pero no lo
hice, un poco me ayudó la idea de que llegaría a las 6 de la mañana a Guatemala,
que me bañaría y comería.
Llegar a Guatemala fue lo mejor que me podía haber sucedido
en ese momento. La terminal de camiones era al mismo tiempo un mercado lleno de
puestos colocados en ningún orden, ni era más que un inmenso terreno congestionados por
autobuses guajoloteros patinando sobre lodo y basura de legumbres y mercaderías.
Sin pensarlo mucho me senté a desayunar en un puesto. Café
con leche, huevos, frijoles, pan, tortillas, todo por la fabulosa cantidad de
50 centavos de Quetzal, una verdadera ganga. Pague casi lo mismo por bañarme,
pero valía la pena esa agua caliente, lavé mi ropa, y me fui a navegar por la
ciudad capital que era preciosa por todos lados siempre y cuando no estuvieras
en el mercado-terminal. Ahí me di cuenta
de mi primer error de previsión , traía todo mi dinero en moneda mexicana, que
para nada servía ahí, así que cambié una parte en Quetzales. ¿Por qué no por
dólares? Por imbécil. Al menos debería haber cambiado una parte en dólares,
pero este error a la larga me causaría más beneficios que los contratiempos e
incomodidades de andar cambiando moneda en cada país.
De tanto mirar precios dude en comprarme una bicicleta, me
sobraba dinero para hacerlo, pero no, podía haber problemas de aduanas,
derechos y todo eso, además tendría que andar siempre en caminos y eso no
estaba en el plan.
Al andar navegando por la ciudad llegué a la embajada de
México en Guatemala y entré a preguntar por que diablos me habían cobrado los
guatemaltecos 8 dólares en la frontera.
--Es lo mismo que le cobramos a los guatemaltecos cuando
entran a México --me contestó un funcionario. Me fui.
Me llené de la ciudad de Guatemala, platiqué con mucha
gente, nadie me hizo sentir mal o extraño. En un puesto de la calle pedí un
mamey y se me quedaron viendo raro, no se llama mamey, se llama zapote, no, el
zapote es negro o amarillo, bueno, lo que sea, el zapote o mamey me supo a
gloria, aunque a decir verdad, a Gloria la conocí muchos años después.
Lo único que me molestó de esas platicas con la gente es que
cuando se daban cuenta que venía de México me preguntaban por Capulina, por El
Chavo del 8 y otros imbéciles, quizá me molestó que tuvieran esa imagen tan
estrecha y vulgar de mi país. Era como si al ver a un gringo le preguntaran por
el Pato Donald.
Así anduve por la ciudad, conocí a unos franceses que tenían
años viviendo en Guatemala, en una finca de afueras de la ciudad, estudiaban el
país. Me dieron un aventón y me ofrecieron vino a bordo de un Buick como del 56 o 57 que con trabajos subía las
cuestas y al que había que irle poniendo agua durante todo el camino.
De aventón en aventón llegué a la frontera con El Salvador,
atravesé la línea en una región montañosa, avancé por una carretera oscura, sin
raya en medio ni en ninguna otra parte, ningún tipo de señalamiento la
bordeaba. Era una carretera hecha como de mala gana, rodeada de una vegetación
muy tupida y muy alta.
Por fin llegué a San Salvador por la noche, buscando una
posada, solo encontré hoteles y me quedé en uno que sólo me cobró la fabulosa
cantidad de 4 dólares. Venía ya con un grupo de turistas que también estaban
buscando donde pasar la noche, el grupo era conducido por un guía de turistas,
cuando finalmente nos instalamos el guía salvadoreño me recomendó:
--Te cojés a la nica.
La nica estaba linda, pero yo estaba muy lejos, como lo he
estado siempre, de tener tanta suerte. No obstante la encomienda me inquietó.
Amanecí en una ciudad más viva, transitada, libre, alegre proletaria y politizada que la ciudad
de Guatemala. Recorrí san salvador de arriba abajo, sus barrios pobres y sus
barrios ricos, su centro y sus orillas y sus bancos… nuevamente tenía que
cambiar plata. Me pasé el día andando por todos lados, me metí en los mercados,
meterse a comer a los mercados te da más conocimiento de un pueblo que andar en
un tour de yanquis.
Al otro día salí para Ilopango, un lago termal de aguas
cristalinas. Fue un verdadero reto encontrar la manera.
--Oiga donde tomo un bus para Ilopango.
--Ahí, mire –me dijo un salvadoreño señalándome todo el
centro de San salvador.
--¿Donde?
--Ahí –contestó el salvadoreño repitiendo su gesto vago— Ahí
donde está la gente.
--Pero es que hay mucha gente por muchos lados –le dije un
poco compungido.
--Pues ahí es –reafirmó el salvadoreño sin perder su buen
talante.
Pero ¿Cómo debería decir el camión? No me atreví a
preguntarle pensando que me contestaría: “Cualquier cosa”.
Cuando llegó finalmente el camión, que era un desecho de un
bus escolar de estados Unidos, aun con los semáforos típicos y los letreros de
“scholl” toda la gente de esa área de la plaza se amontonó. Me di cuenta que no
había sido una mala respuesta, los autobuses se paraban donde quisieran para
despistar a la gente y podían tener cualquier letrero o no tenerlo, a gritos es
como se conocía para donde iba.
Como pude me monté en el autobús, y como pude me mantuve en
él y así llegué al lago Ilopango, con sus aguas tan limpias y cristalinas.
A las orillas del Ilopango, un día soleado de diciembre de
1975, hace 15 años[3], me
di cuenta que necesitaba una mujer, una mujer que viniera conmigo y con la cual
compartir tanta belleza, tanta vitalidad, tanto cariño de las gentes y tanta
emoción.
Jugando con mi vaso toper ware , aún no se inventaban los
cartuchos billeteras a prueba de agua, me interné en esas aguas tibias y
cristalinas lo más lejos que pude de la orilla. Ahí llegue a la conclusión de
que era un desperdicio de vitalidad viajar solo.
¿Cómo sería mi mujer? No lo había pensado, pero desde que
estaba en 4º año de primaria soñaba con andar luchando por campos calles y
azoteas contra los gringos, acompañado de una mujer, que también estaría
luchando y sería mi esposa. En aquel entonces la sujeta se identificaba con una
flacucha bonita, yo la veía muy bonita, que se llamaba Patricia Razo Villalpando
y era de las más inteligentes del salón.
Pero después de esas fechas, no había vuelto a pensar en
asuntos tan delicados como andar matando canallas y otros asuntos más
delicados, hasta ahora, a las orillas del Ilopango. Patricia Razo no podría ser,
al pasar a 6º año la había dejado de ver y jamás la había reencontrado. Leslie
tampoco, ni siquiera me atreví a decirle cuanto la quería, y un día dejo de ir
misteriosamente a la escuela secundaria y aunque cada vez que salía le enviaba
una postal jamás la volví a ver ni a saber ni una palabra de su vida.
Quedaba Alicia, si, Alicia podía ser, hoy lo pienso con
bastante seriedad, pero otra imbecilidad mía había impedido darme cuenta en
aquel entonces que en estos casos había que seguir una política más activa… si
quieres lograr algo.
Por visto mis planes sentimentales serían a más largo plazo.
Para ser exacto, hasta ese momento, lo sentimental no había formado parte de
mis planes.
En fin, una señora bonita que vendía pescado puso fin a mis
divagaciones. O tal vez era el pescado recién pescado y recién frito acompañado
de lo que en ese lugar llamaban tortillas, que en México llamaríamos gorditas.
Seguí mi camino rumbo al Este, rumbo a la frontera con Nicaragua, por mi
camino, entre rait y rait platicaba con mucha gente, uno en especial me dijo
que el viaje era peligroso, que viajáramos juntos. Estaba perdidamente
borracho, pero se veía muy animado a emprender su propio viaje y dejar todo
atrás, con su botella de trago en la mano quería acompañarme hasta la mismísima
frontera.
Esa persona no podía entender por que viajaba en raites
pudiendo tomar un bus hasta San Salvador, y de ahí un Tica Bus hasta Panamá,
así que dedujo que era por falta de dinero, así que sacó un fajo de billetes
que se empeñaba en darme. No le recibí
el dinero, trataba de distraer su atención al tema de la guerra, pero el
derivaba sistemáticamente al futbol, a los pechos de la mujer que va pasando y
al hijoeputa de su compadre que lo había dejado solo en su parranda. Según el
no estaba pisto, solo quería hacer el mismo viaje a la frontera que ya había
hecho con ¿su familia? –vamos, eso no importa. Literalmente a fuerzas me separé
de él, yo seguiría mi camino y el seguiría su parranda.
Dije que San Salvador me pareció la ciudad más linda de
Centroamérica, sin lugar a dudas lo era, al menos en ese entonces. Todo mundo
me prevenía contra los “bandidos” que ahí abundaban y yo traducía que ahí los
jodidos, los proletarios andan en las calles ¡Como si nada! Efectivamente, ahí
la gente andaba como si nada, como si de verdad fuera su ciudad, la ciudad
estaba pintada de consignas como joven mujer adolescente que se pone labial,
polvos y rímel tanteando su propia madurez. En la Universidad de San Salvador
colgaba una manta gigante que decía GOBIERNO ASESINO, y por todos lados de la
ciudad paredes precoces que informaban con honestidad LUCHA ARMADA HOY,
SOCIALISMO MAÑANA.
Las paredes de la ciudad de San Salvador con sus pintas
discretas, contrastaban con las pintas groseras e impertinentes de la campaña
electoral en Guatemala, estás últimas pintas parecían importadas a Guatemala
desde Guatepior, por diseñadores del PRI. Los Guanacos de aquí no estaban en
reservación.
Y no quiero decir que fuera más libre San Salvador porque su
gobierno fuera menos tiránico que los demás, sino porque sus habitantes, con
esas pintas y todo lo que detrás de ellas estaba implicado, se habían tomado a
sangre y fuego, la libertad de decir esta boca es mía… y esta pared, y esta
pintura y estas calles y toda la ciudad.
Intenté salir de El Salvador por el Golfo de Fonseca. No
había camino. No había barco. No había visa, solo había soldados, o para ser
exactos, marinos. Bueno. Entonces comí con los marinos. Regresé a las calles de
Puerto Unión a buscar al Cónsul Honorario de Nicaragua en Puerto Unión, al fin
lo encontré en una maderería, entre notas de venta y cascos de refrescos sacó
los sellos de su honorable misión y me entregó la visa, previo pago de no se
cuanto. Todo bien.
En un bar repleto me encontré con un gringo que se acercó a
mi mesa.
--No soy gringo, soy americano –me dio en una de esas cuando
empezábamos a conversar.
--Yo también soy americano –le dije.
--¿No eres mexicano? –preguntó extrañado.
--Si soy mexicano y soy americano.
--Ah si, ya te entendí, bueno, yo soy norteamericano –dijo
sonriendo.
--Yo también soy norteamericano.
--¿No dices que tu eres mexicano?
--Si, México es parte de América del norte, arriba de
Guatemala todo es Norteamérica.
--Oh si, --dijo el gringo un poco molesto pero sin perder su
sonrisa— todos somos americanos, ¡América para los americanos!
--Si –le contesté igual con cierta ironía—pero para TODOS
los americanos.
--Oh si –continuó el gringo—por eso no quieren a los
americanos, la doctrina Monroe esto es lo que quiere. Nosotros decimos América,
todo el continente americano, para los americanos, pero no solo los de Estados
Unidos sino todos.
--Lo que aquí se entiende cuando ustedes hablan de la
doctrina Monroe es “América, todo el continente americano, para los americanos
de Estados Unidos, o sea, América para los Estadounidenses.
--Oh no, no todos los estadounidenses pensar igual, Estados
Unidos para los estadounidenses, América para los americanos, todos somos
americanos, ¿así está bien?
--Si, así está bien, porque ustedes no son los únicos
americanos.
--Pero tampoco “gringos” ¿verdad?
--Entonces ¿Cómo deberíamos llamarlos? ¿Yankes?
--No, eso sólo son una parte de Estados Unidos en la Guerra
Civil… --pensó un momento y concluyó con una sonrisa de eureka—estadounidenses,
¿ok?
--Ok –concluí de esta manera el acuerdo y desde ese entonces
prefiero el término estadounidense al termino gringo o yanke, salvo cuando
andan haciendo sus maldades. Creo firmemente que hay un pueblo estadounidense,
una clase trabajadora estadounidense, y un gobierno, una clase burguesa, un
ejercito imperial gringo y yanke.
--Platicamos y platicamos, el bebiendo cerveza o wiskey y yo
tomando no sé qué. El estadounidense me recomendó una película nueva en ese
momento en Estados Unidos, “The Roller Boll”, un juego del futuro, pura ciencia
ficción, prometí que la vería en cuanto la película llegara a México. El
estadounidense resultó ser un profesor que cada año viajaba a una zona de la
otra América donde se instalaba uno o dos meses y desde ahí conocía la región,
regresaba a su país y así hasta el siguiente año.
Una madrugada por fin salió el barco. A mi me despertaron en
la pensión a las 2 de la mañana y a las 2:30 ya estaba a bordo con mi maleta de
astronauta. Era una noche con unas pocas estrellas y una llovizna tenue.
Conmigo abordó una señora delgada, madura, con un niño de
unos 7 años de la mano, esquelético. También abordó un sueco que hablaba un
poco de inglés y casi nada de español y
su novia francesa que sólo hablaba francés.
No obstante el Sueco fue el que me explicó que la palabra
“pepines” que yo no entendía del niño salvadoreño, equivalía a lo que en México
entendíamos como “cuento”, o sea una revista con caricaturas, una revista de
historietas.
El niño estaba muy contento porque le había regalado una de
las muchas revistas “Aspectos” que traía, a sugerencia de Rosalía D`Chumacero,
para establecer contacto con periodistas en Centroamérica. Para el esas
revistas eran “pepines” y no se conformaba con una, quería más.
Zarpamos rumbo a un mar sin orillas, la lluvia persistente
nos empapaba sentados sobre costales de granos. El barco iba tan cargado que se
podía tocar el agua con la mano desde la borda. Poco antes de que empezara a
clarear el motor se descompuso. Previamente a eso me pareció que por algún
motivo dábamos vueltas en círculos, ahora pienso que simplemente estaba
mareado.
Mientras lo marineros reparaban el motor Diesel unos
tiburones rondaban el barquito sin acercarse demasiado. Por si las dudas retiré
mi mano izquierda del agua, no había necesidad de chapalear en un mar tan
chapaleado como el del golfo de Fonseca.
Una hora más o menos llevo la reparación del motor, después
de 4 horas en el mar llegamos con varias horas de retraso una península
nicaragüense donde desembarcamos. Llegar después de la hora prevista en un país
como Nicaragua de Somoza es simplemente un delito, el delito peligroso de ser
sospechoso.
Y vaya honor, de todo lo que el barco se había retardado, yo
era el más sospechoso. Era extranjero, pero no era europeo ni gringo, viajaba
solo, no vestía ni como turista “normal”, ni como los hippies que por aquel
entonces por todos lados andaban despilfarrando su amor y paz. Además traía
varios ejemplares de la revista “Aspectos” una revista “política” que publicaba
Rosalía Chumacero para medrar con el presupuesto gubernamental, y que
–aprovechando el viaje—Rosalía me encargó que repartiera en los principales
diarios de las capitales centroamericanas, cosa que ya había hecho en Guatemala
y en El Salvador con ingratos resultados, que incluían el interrogatorio de la
Guardia Nacional de Guatemala y de la Policía de Investigaciones en El
Salvador.
Pero una revista de “política”, chayotera como lo era
“Aspectos”, en la Nicaragua de la dinastía Somoza, era para los cuerpos de seguridad
del régimen un “material subversivo” y más aún si provenía de fuera del país,
ya que “como todos sabemos, el comunismo internacional siempre llega de fuera”.
Así que los guardias de Nicaragua me apartaron del resto de compañeros de barco
y me sometieron a intensos interrogatorios, primero el personal militar de la
aduana y luego me pasaron con un “oficial de inteligencia”, un teniente que
siguió interrogándome más profunda y agresivamente. Pasaba el tiempo y yo
estaba en una jaula, aislado de todo mundo y sin saber exactamente que pasaba,
al grado que ni siquiera sabía bien a bien el grado de gravedad de mi
situación. Sentía que me derretía el calor multiplicado por los efectos de
convección de las láminas de hierro y no había nadie que se preocupara de darme
algo de beber. Por la tarde en el enésimo interrogatorio me ofrecieron un cono
de papel con agua y por fin me acusaron de que yo no había terminado el trámite
migratorio y me informaron que me iban a decomisar las revistas. Iba yo a
pelear por esta arbitrariedad, pero un rayo de sensatez iluminó tenuemente mi
cerebro calcinado.
--¿Puedo irme ya?
–pregunté más cansado que fastidiado.
--Si, claro –contestaron con una desgraciada cortesía los
canallas que poco antes me habían amenazado con deportarme encarcelarme si no
confesaba yo mis nexos con la guerrilla nicaragüense.
Salí a la vereda sin saber que paso seguía, estaba seguro
que ya no habría forma de transportarme y salir de este apartado rincón de
Nicaragua. En ese momento escuche mi nombre.
--¡David!, ¡David!
Un camión de pasajeros delante de la vereda daba una polvosa
vuelta en U. Alguien gritaba mi nombre con urgencia. Me volvieron a gritar.
--¡Se va el camión!
Evidentemente era a mi a quién se dirigían los gritos, subí
todavía sin entender bien a bien lo que estaba pasando subí al estribo de un
salto y ahí, junto al chofer estaba el sueco y la francesa. Me abrazaron
contentos.
He pasado 15 años[4] sin
que me percatara plenamente de todo lo que significó este suceso y hoy que lo
descubro, me vuelvo a encabronar por mi falta de atención.
Veamos: El barco llegó a las 7 de la mañana a más tardar.
Todos los tripulantes pararon rápidamente los trámites, menos yo. Los demás
pasajeros se fueron en el primer camión que llegó después de nuestro
desembarco. Todos menos la señora y su hijo al que había regalado una revista,
y el sueco y la francesa. En lugar de buscar irse de Punta Arenas esperaron a
que yo saliera intuyendo que podía ser detenido y desaparecido sin que nadie lo
supiera. La conducta de los guardias les había dejado claro que yo ya era
considerado un elemento subversivo y por tanto sabían que mi vida corría
peligro. Por ello tomaron la determinación de dejar pasar el segundo camión que
podía llevarlos, aun cuando sabían perfectamente que no había muchas formas de
salir de ese intrincado lugar. Decidieron esperar hasta el último momento,
hasta la última corrida para retirarse. No podían quedarse a dormir ahí, ya que
propiamente aparte de las instalaciones aduanales o militares no hay más de 2 o
3 casitas entre el mar y la selva y sobre todo porque sería muy sospechoso que
fueran tan solidarios con un presunto subversivo.
Así que cuando a las 5 de la tarde llegó el último camión el
sueco y la francesa desplegaron todo su poder de convencimiento para lograr que
el camión retrasara su salida de Punta Arenas con la esperanza de que yo
saliera. Casi una hora esperó el camión. Ya propiamente en marcha salgo yo y lo
abordo. Registro la euforia de los que me reciben en el camión pero no me doy
cuenta de lo que significa a cabalidad y le limito a contarles detalladamente
lo que sucedió adentro de las celdas de interrogatorio. A partir de ese momento
noto que me quieren, que no me consideran un desconocido, sino un amigo,
alguien cercano.
Pero como digo, no había podido apreciar este momento en
todo su valor, hasta ahora que por primera vez reflexiono globalmente sobre ese
viaje, en ese momento solo recuerdo que hubo mucha fraternidad.
El camión avanzaba por un camino de terracería en regulares condiciones.
Apenas habíamos avanzado unos 40 minutos cuando el camión, como para completar
un día de perros se descompuso a uno cientos de metros de un caserío.
Vaya que calamidad. Había comido el día anterior en Puerto
Unión, El Salvador, y no más, fuera de un vaso de agua y ahora estábamos en un
caserío en medio de la selva.
El chofer nos recomendó unos baños termales en ese caserío,
nos sugirió buscar quién nos diera posada.
Un baño, era eso lo que realmente necesitábamos, no había
que pensarlo mucho, traspasamos la empalizada que nos señalaron y por un patio
medio tirado llegamos a un lugar que ninguno de nosotros se imaginaba
encontrar.
Era una alberca rústica en torno a un ojo de agua caliente,
clara, un pequeño paraíso en medio de la selva. La lluvia se reinició, pero
ahora no importaba, no importaba nada. El sueco y la francesa se desnudaron por
completo y se metieron a la alberca sin pena alguna, yo, tratando de voltear
hacia otra parte que no fuera la poderosa luminiscencia de la francesa desnuda me
metí en calzoncillos al agua. La francesa se sonrió tiernamente de mi
pudibundez y me ofreció de su shampoo y su jabón. Tuve que aparentar ser un
hombre de mundo y me acerqué hasta ella para tomar de sus manos delicadas estos
enseres, sin desviar de su rostro mis ojos imantados por sus pechos, en ese
momento la sensación de hambre se me olvidó.
No nos duró toda la vida ese paraíso, nos vinieron a avisar
que un carro saldría rumbo a León, una localidad más “civilizada”. Con prisa
nos vestimos, yo con más dificultad que la pareja de europeos, pues me veía en
la penosa alternativa de quitarme los calzones y quedar completamente desnudo
antes de vestirme, o ponerme el pantalón encima de los calzones mojados, ya
saben, antes era un mojigato, me fui con los calzones mojados rozándome el
trasero y otras partes delicadas. Salí de ese lugar pensando que algún día
volvería. Hoy que escribo esto, refrendo mi deseo.
En un Jep descubierto nos dieron el aventón, ya noche
llegamos a León y de ahí salí al otro día rumbo a Managua, no recuerdo si fue
en Matagalpà o León, pero en uno de esos lugares vi unos bancos pintados con
consignas del Frente Sandinistas, eran consignas hechas como de prisa, con una
letra negra de chapopote, grande e irregular sobre el vidrio del Banco y sus
paredes. Soñé o leí entre las consignas “POR AQUÍ PASÓ EL PUEBLO”.
Efectivamente, por ahí había pasado una parte del pueblo, los Sandinistas.
En Managua me enfrenté a una ciudad maquillada, una ciudad
de fachada donde con el pretexto del terremoto reciente una gran parte de la
ciudad era inaccesible, en cambio la parte visible eran colonias residenciales
y bulevares trazados al estilo americano que disimulaban una ciudad aplastada
por un terremoto y por los Somoza.
Áreas perfectamente cuadriculadas, con construcciones
modernas, solo eran la careta de lo que se ocultaba de la vieja Managua.
Sorpresa. Al llegar a Managua me di el lujo de entrar a una
panadería moderna, de primer mundo. No sabía que pedir, así que pedí del
listado que me ofrecieron lo que me imaginaba como un rico pastelito: “pan
francés”. Cuando lo pedí me dijeron que
solo lo vendían por bolsa, y que la bolsa constaba tantos colones. Internamente
me indigné por lo que interpreté como una duda acerca de mi solvencia
económica. Cuando me entregaron la bolsa me di cuenta que el famoso “pan
francés” no era más que un montón de bolillos. Mi comida y cena de ese día fue
bolillo con leche.
En Managua me hospedé en un ¿Hotel? Que estaba en las
inmediaciones de la terminal de TicaBus, en un cuarto de 2 x 2 metros, que era
parte de un galerón en el que las “habitaciones” se conformaban por paredes de
cartón.
Nicaragua no dejaba de darme sustos y problemas. Desde la
frontera de Punta Arenas me advirtieron los milicos que antes de salir del país
tenía que ir a no se que dirección a reportarme. Preguntar en aquel entonces en
Managua por una dirección era cosa de locos, nadie te daba razón, la ciudad
apenas esta en trazo y por si fuera poco todas las referencias te las daban en
“varas”.
--Si, mirá, tomás esa calle para arriba y caminás 400 varas,
das vuelta a la izquierda, caminás 200 varas y luego para arriba 300 varas[5].
--¿Me lo podría decir en cuadras? –preguntaba yo.
--¡Pero hombre de Dios! Aquí no hay cuadras, aquí no hay
caballos.
Luego de muchas varas para arriba y para abajo y luego de
colas y trámites cumplí con lo que me pedían los canallas somocistas para salir
del país, pague no se cuantos colones por que al fin pusieran un sello en mi
pasaporte, esto es, tuve que volver a pagar derechos cuando ya había pagado en
el consulado y en la aduana.
Caminando por la ciudad me sorprendió la cantidad de lotes
baldíos perfectamente empastados que se encontraban por todos lados y que eran
propiedad de una sola compañía, las personas a las que pregunté extrañado me
informaron que era la compañía de los Somoza.
Salí de esta disfrazada ciudad sometida a camisa de fuerza
por la guardia nacional, en la carretera rumbo a Costa Rica me encontré con
retenes y más retenes militares, en uno de ellos nuestro camión fue detenido
por que llegó ¡antes de tiempo! Lo cual en Nicaragua de Somoza también era
sospechoso. Estuvimos esperando dentro del camión hasta que dio la hora en que
debería de haber llegado al punto. No paraba en precauciones la dictadura de
Somoza.
Así anduve por la rivera del lago Nicaragua hasta llegar a
la frontera con Costa Rica en Peñas Blancas. Nuevamente problemas con los
guardias, nuevamente el fastidio de esperar en sus laberintos burocráticos y
nuevamente estafado por Somoza y sus esbirros. Tal vez hoy eso parezca pueril,
porque en México ya llegamos a la época en el que en todos lados hay retenes y
por cualquier cosa tienes que pagar al Estado, pero les aseguro que ni antes en
Nicaragua, ni ahora en México, son fenómenos a los que nos tengamos que
acostumbrar, sino reconocer que todo es son los signos inequívocos de la
quiebra del sistema tanto fiscal como político.
Salí de aquel país y
de la influencia con un suspiro recriminándome el no haber pasado la
frontera clandestinamente, ignorando el puesto fronterizo hasta que me
detuvieran.
Llegue a territorio
de Costa Rica, un país absolutamente menos policiaco, bastante “democrático” en
comparación con las formas de dominación en los otros países, pero ahí si me
topé con dos obstáculos insalvables. 1.- No podía entrar a Costa Rica si no
tenía un boleto de salida, ya sea de avión, barco, lo que fuera, pero a mi
nombre. 2.- No podía entrar si no mostraba un mínimo de 200 dólares en efectivo
o en cheques de viajero.
Estaba bien, pero si bien frito. No podría comprar un boleto
de avión ni soñando, no traía ni 800 pesos, esto es, más o menos 64 dólares al
tipo de cambio vigente. No sabía que hacer, pero estaba seguro que no
regresaría a Nicaragua a que me robaran 4 dólares por entrar cuando me habían
acabado de cobrar lo mismo por salir, mas los interrogatorios ya conocidos de
los esbirros de Somoza.
Di vueltas en mi cabeza buscando una salida. No la encontré.
Di vueltas en la estación fronteriza para buscar como brincarme la frontera o
como salir de la ratonera. Podría saltarme la línea regresando a Nicaragua
ilegalmente, pero ni a madrazos lo iba a hacer, ya había tenido mucho Somoza.
Pensé que hasta ahí llegaba mi viaje, pero al llegar a esa
conclusión me rebelé contra mi cerebro, como siempre que reconozco la derrota y
me doy cuenta que habiéndolo perdido todo no hay motivo para no ganar.
Pregunté:
--¿Puedo usar un boleto de salida de Costa Rica en bus?
--Siempre y cuando sea un destino fuera de Costa Rica --me contestó el agente fronterizo.
--¿Por ejemplo el Tica Bus?
--Tica Bus es el único con destinos internacionales.
Me fui al stand del Tica Bus y busqué el destino más barato
fuera de Costa Rica en dirección a Panamá, casualmente se trataba de la ciudad
de David, todo estaba como a propósito.
Antes de comprar el boleto abierto, intransferible, de San
José de Costa Rica a David Panamá, fui a migración.
--Señor, no tengo dólares, ni colones para exhibir, pero
traigo moneda mexicana –le dije con mucho aplomo al momento que sacaba mi fajo
de billetes de a 5, 10, 20 y uno que otro de 50 y 100 pesos y los empecé a
contar frente al funcionario a quien por la denominación de los billetes le
pareció que llevaba mucha plata encima,
aunque en realidad no sumaba sino poco mas de la cuarta parte del mínimo
requerido.
--Si, no se preocupe –dijo y autorizó el ingreso.
De nuevo a pedir raits sobre la carretera Panamericana, que
en ese país era verdaderamente una carretera.
Aunque en Costa Rica todo parecía estar mejor que en el
resto de Centroamérica, aquí el capitalismo se ha desarrollado más
clásicamente, sin las alteraciones que la servidumbre y esclavitud han impuesto
en los territorios altamente poblados antes de la colonia, al grado de que hay
casos de costarricenses que se jactaban —equivocadamente-- de que en su país, a
diferencia de los demás países al norte o sur de Costa Rica no había indios.
Y así es. En Costa Rica la población indígena fue muy
menguada desde la colonia y abarcó hasta hace poco una pequeña porción de la
población.
En aquel entonces Costa Rica no tenía ejército regular y era
un país “culturalmente desarrollado” en el sentido occidental. Era una sociedad
bien organizada y con un alto espíritu ciudadano, dentro de lo que cabe. Aquí
si existía el tren que aparecía pintado en los mapas, no como en el resto de
Centroamérica, y hasta funciona regularmente. San José es una ciudad limpia,
con zoológicos, museos, tiendas de curiosidades, mercados limpios y “tortas
estilo México”, aunque estas últimas nada tenían que ver con las tortas de
nuestro país.
San José era, para mi sorpresa, una ciudad con policías que
no portaban armas, donde sin embargo las armas se venden con mucha libertad.
Una ciudad donde se consume más pan de caja que tortillas, con centros
recreativos limpios y una competencia de
placas en los puentes y obras públicas en las que se puede ver que presidente
ordenó la construcción de tal o cual.
En Costa Rica paré mi loca carrera, descansé y disfruté lo
más que pude. Si antes viajaba como si me vinieran persiguiendo, hoy me detenía
como si en esta ciudad alegre y hospitalaria en donde la comida era completa,
sana y sabrosa fuera a vivir toda la vida.
Había mucho aún que aprender, con todo, al menos una parte
de la población era muy convenenciera, más pragmática o cínica que soberana.
Ahí escuche comentarios de varios sectores de la población de que estarían
dispuestos a ceder todo el territorio necesario como nación para que estados
Unidos construyera un canal de navegación del Caribe al Pacífico para que
dejara de tener problemas con Torrijos, en aquel entonces el presidente de
Panamá, rebelde frente a los yankes. Claro, todo ello a condición de que
Estados Unidos nivelara la moneda de un colón por dólar (estaba a 1 dólar por 6
colones). Todos estos comentarios me parecieron francamente vomitivos.
Pero en fin, todo lo que hice en Costa Rica fue divertirme,
pasear sin problemas y enamorarme de las costaricenses.
Fin de la primera parte.
<Este texto fue escrito entre julio y octubre de 1990
sobre hechos que sucedieron 15 años antes, en diciembre y enero de 1975. Nunca
se terminó de escribir, hasta ahora, la segunda parte. Se transcribe casi fiel
en abril del 2016.>
.
[1]
Camión de pasajeros, o bus, en aquel entonces.
[2] Mi
cuaderno de notas, mi diario del viaje terminó en un bote de basura en la fría
ciudad de Toluca, en el Cerro de Coatepec. Una inundación y un desacuerdo
llevaron a la tumba esta bitácora.
[3] Este
texto fue escrito en julio de 1990, cuando me encontraba prófugo en la Sierra
Madre del Sur en Chiapas.
[4] Este
texto fue escrito entre julio y octubre del 1990, cuando me encontraba prófugo
en la Sierra Madre del Sur en Chiapas.
[5] Una
cuadra mide aproximadamente 125 metros o 150 varas.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarSigo esperando la segunda parte!! :)
ResponderEliminar