jueves, 7 de abril de 2016

1975. Camino al Sur

En diciembre de 1975 renuncié a mi trabajo en Sumesa Tacubaya, donde era encargado del departamento de frutas y verduras y me fui a Centroamérica.

Unos meses antes, a todo el grupo 310 del Colegio de Bachilleres plantel Rosario, nos habían expulsado luego de descubrir que en ese grupo académico se editaba el Periódico Clandestino Ay Ke Aser Algo. Las autoridades habían esperado pacientemente a que terminara el semestre y a que terminara el periodo de exámenes finales, para en el último día darnos la estocada final y expulsar en pleno a todos los integrantes del grupo 310.

La verdad es que, aunque varias personas del grupo 301 sabían quienes elaboraban y pegaban el “Periódico Clandestino Ay Ke Aser Algo”, estábamos muy lejos de que fuera todo el grupo el autor de la transgresión. Pero como dijeron las autoridades de ese momento, el Director Barañón Miranda y su émulo Tomás Rodríguez Nery, subdirector del plantel, justos pagaban por pecadores.

No nos quedamos callados, pero no sirvió de nada, la decisión del Director era como nos dijo “irreversible”. Cuando llegamos a las casas con la noticia, nuestros padres tomaron la estafeta y se fueron a la escuela y cuestionaron al Director que ante la presión y nuestros argumentos, tuvo que modificar su castigo. La mayoría del grupo continuaría sus estudios, es decir, no serían expulsados, previa firma de una carta firmada de puño y letra en la que se comprometían a “tener una excelente conducta y no faltarle el respeto a las autoridades”, o algo así o más pueril, mientras que 12 alumnos quedaríamos definitivamente expulsados. Nuevamente nuestros padres intervinieron y pusieron en evidencia a Tomás Rodríguez Nery y finalmente la expulsión definitiva quedó en expulsión por un semestre, podríamos re inscribirnos a la segunda generación, igual previa firma de la famosa carta en donde nos comprometíamos a ser buenos chicos desde el punto de vista de la Dirección.

Los doce alumnos finalmente con el mayor castigo habían sido seleccionados por Tomás Rodríguez y Barañón de la manera más arbitraria, dando por buenas sus suposiciones de quienes eran los más comprometidos con la propaganda clandestina que realizábamos. La selección fue tan estúpida como injusta. Junto con los que si realizábamos la actividad expulsaron a otros que en realidad, desde nuestro punto de vista no tenían ninguna vela en el entierro.

En cambio, la dirección siempre protegió a Rolón, quién era el que había dado el pretexto perfecto para disfrazar nuestra expulsión por motivos políticos con una medida disciplinaria. El había sido el que mientras el Subdirector Tomás Rodríguez Nery estaba regañándonos, con una patada de karateka tumbo la puerta del salón, lo que permitió a la dirección esgrimir este acto para expulsar a todo el grupo.

Algunos de los que fueron injustamente expulsados ya jamás continuarían sus estudios. Otros más lo harían en otras escuelas, volviendo a empezar su bachillerato.

Ese fue nuestro argumento para revertir la expulsión definitiva, claro que estamos contra la dirección y sus medidas arbitrarias y en algunos casos tontas, claro que lo manifestamos clandestinamente con nuestro periódico, pero aquí se está las timando a gente que no tiene que ver con lo que estamos haciendo.

En fin, no fue una victoria, pero logramos revertir la “expulsión definitiva” y 6 meses continuaríamos con nuestros estudios.

Ay Ke Aser Algo, era el nombre de nuestro periódico, los expulsados logramos poner en manos de compañeros de la segunda generación que decidieron incorporarse al proyecto, Mario García Sordo, su prima Laura Varela Sordo, Víctor Hugo Hernández Reséndiz y un tipo de lo más asertivo llamado Casas. Y bueno, pues ahora en verdad había que hacer algo esos 6 valiosos meses que teníamos de castigo.

De por si el núcleo original del periódico, Carlos Ramírez Puebla, y otros dos compañeros del 310, ya habíamos especulado sobre conocer lo que pasaba en Centroamérica, particularmente en Nicaragua, donde el movimiento guerrillero se veía muy avanzado. En nuestros campamentos de práctica en el Popocatepetl habían salido algunas ideas que no terminaban de perfilarse en planes pues había otras cosas apremiantes que hacer, como por ejemplo armarnos y entrenarnos en el arte de la sobrevivencia en la sierra y resistencia física para una futura lucha guerrilla.

Pero con la expulsión y con el relevo de nuestra actividad de propaganda por el nuevo grupo editor de Ay Ke Aser Algo, a partir de nuestra expulsión "legal" o abierto, se habría la posibilidad. Carlos Puebla, sin embargo, no podía, trabajaba en el IMSS como 08 y una ausencia prolongada significaba perder su posibilidad de empleo en esa en aquel entonces provechosa, laboralmente hablando, institución. Carlos Puebla a su corta edad,  ya era padre de una pequeña y tenía que aportar. Los otros compas tampoco estaban en condiciones.

Decidí irme sólo, finalmente era parte de la preparación en la que estábamos trabajando para contribuir con el proceso revolucionario en México, cuando les comente a los segundos editores, ya no clandestinos, del Ay Ke Aser Algo, por cortesía, que estaría fuera, se mostraron muy interesados a incorporarse a ese viaje. Pero ellos estaban en la escuela, no podrían faltar tanto tiempo. Decidimos entonces que saldríamos en diciembre, cuando iniciaran las vacaciones y que mientras ahorraríamos dinero para el viaje. Pusimos una cita en su restorán favorito “las Mil Tortas”, en el parque de la esquina de Rivera de San Cosme y Torres Bodet.

Un día antes de la fecha fijada renuncié a mi trabajo en Sumesa, pedí mi finiquito y me fui caminando con un horizonte de libertad que me inundaba el pecho. Al otro día, mientras nos comíamos una torta en el lugar de la cita para salir uno a uno se fue descartando, Mario no había conseguido permiso, Casas no podía faltar a la cena de navidad en su casa, Reséndiz tenía que ir a casa de su abuela, etc. La única que entre que se animaba y no, era Laura Varela Sordo. Cuando nos despedíamos, yo sin embarco con la convicción intacta de hacer el viaje, Laura como que si se animaba, sin embargo sin los demás, resultaba bastante más peligros el viaje con ella.

Así que me fui solo a Centroamérica. Llevaba una mochila de lona blanca (era mas barata) que yo había diseñado, cosida por mi mamá, que puso el grito en el cielo cuando le comuniqué mi decisión, al grado que llamó a mi papá para que me convenciera de lo peligroso del viaje.

Como no me moví de mi posición, mi papá me regaló un mapa usado para la navegación aérea de todo Centroamérica, Juan Vázquez me regaló como 400 pesos, mi mamá me regaló el tesoro de sus topers y por medio de una carta de Rosalía D`Chumacero logré un viaje de cortesía a Tapachula Chiapas, en los Cristóbal Colón.

Con mi mochila, cuaderno de notas, pluma, mapa, topers, una cajetilla de cigarros Raleight para ocultar el dinero, cobija, ropa de recambio y chamarra, un pasaporte que tenía la leyenda “viaja con permiso de sus padres”, y unos mil cuatrocientos pesos, a mis 17 años, salí para Centroamérica.

Las notas originales de mi viaje se destruyeron durante una inundación de mi casa en Toluca 2 o 3 años después. Este que hoy transcribo es el relato de lo que me acordé 15 años después, en Chiapas, cuando por las circunstancias de mi persecución tuve tiempo de recuperar algo de mi memoria. Solo abarca la primera parte del viaje. Nunca escribí la segunda. Espero un día poder hacerlo.

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Acababa de pasar la frontera.

--Llegás tarde vos –me dijo el despachador de autobuses-- ya se fue la burra[1].

Con esas palabras me recibieron en Tecun Uman, Guatemala. Una larga revisión en el paso fronterizo me había detenido más de la cuenta. A los policías aduanales les pareció altamente sospechoso que en lugar de atravesar la frontera por el cause del rio, como los demás, me pasara por el puente, así que revisaron meticulosamente mi equipaje, me revisaron el cuerpo y me estuvieron interrogando, mientras veía por una de las ventanas de la aduana como se iba alejando el camión que debería llevarme a la capital de Guatemala. Finalmente me cobraron 8 dólares.

--Pero ya pague la visa señor --argumenté a favor de no perder esa pequeña fortuna.

--No importa, tenés que pagar.

Ahí fue cuando razoné que debí de pasarme por el río Suchiate que marca la frontera entre Ciudad Hidalgo y Tecun Uman, haciendo caso omiso del puente internacional, como todos los demás. No sabía todavía que esa incomodidad me salvaría mas tarde de otras peores.

Ya casi se moría el día cuando un tractor jalando un remolque hasta el copete de pastura, me dio un aventón o rait, así que subí al montón de rastrojo, arriba venía un peón que de inmediato preguntó:

--No traés yerba (marihuana).
--No. Solo cigarros.
--¿Para donde vas?, ¿Por qué andás viajando?
--Para conocer –le contesté mirando como se iba extinguiendo la luz del sol en el campo.

Conforme nos alejábamos de la frontera dejaron de aparecer los letreros del Instituto Guatemalteco del Seguro Social que al principio solaban la orilla de la carretera. Pensaba que los guatemaltecos simplemente habían copiado el nombre del IMSS, Instituto Mexicano del Seguro Social y lo habían adaptado cambiándolo a Guatemalteco, tal y como los mexicanos habíamos copiado antiguamente a los franceses los modelos de instituciones gubernamentales. Más tarde, al pasar por otros países de Centroamérica me daría cuenta que no es así, que el IGSS no es una copia del IMSS sino que todas estas instituciones fueron implantadas en América bajo el mismo patrón, por órdenes de imperio y su famosa en ese entonces “Alianza para el Progreso”.

Junto con la luz del día se dejaron de ver los groseros anuncios de “Vota por Schell” (Kjell) que ensuciaban el asfalto de la carretera y las grandes piedras marginales.


Pensaba atravesar Guatemala por la región del Pacifico, Coatepeque, Retalhuleu, Mazatenango, Cocales, Escuintla, y así hasta llegar al Salvador y de regreso de mi viaje conocer Guatemala capital, Antigua Guatemala, el Quiché y el Petén, pero ya era muy noche para andar escogiendo los aventones.

Luego de muchas peripecias, ya casi no circulaban carros, toda la gente decía que andar por esos rumbos era muy peligroso, los pueblos que iba encontrando en mi camino estaban en la más negra oscuridad y por supuesto, nadie te daba rait, logré llegar a Quezaltenango, hermosa ciudad colonial rodeada por altas montañas. Una fiesta estaba aún en progreso en el centro de la ciudad. Caminando por aquí y por allí, encontré algo mucho más interesante: Una huelga de trabajadores del Municipio de Quezaltenango.

Me quedé a dormir en una casa de huéspedes, se alojaban ahí una pareja de norteamericanos, de la ciudad de los Ángeles, ambos trabajadores en su país. Por la mañana temprano seguimos platicando, les extrañó mucho que me bañara con agua fría, era invierno, Quezaltenango está en las montañas y eran antes de las 6 de la mañana, ¿Venia de vacaciones o a martirizarme? Me preguntaron.

Los norteamericanos me dieron muchos tips, sobre como combinar la alimentación, comer muchos bananos y me recomendaron algunos lugares que valían mucho la pena. Me compre por unos reales un par de panes caseros, leche y bananos, como habían sugerido los norteamericanos, para el desayuno y me fui a continuar con mi viaje, empezaba una jornada de aventones en un país que –al parecer—no estaba diseñado para dar o recibir aventones.

Salí rumbo a Totonicapan, al entronque con la carretera Panamericana, en una de esas me subí a un camiones de pasajeros, en cuyos asientos cortos deben caber 3 o 4 personas en lugar de 2, una verdadera lata de sardinas amontonadas, donde la gente se sentaba arriba de otra gente extraña, sin la menor consideración. Por fin llegué al entronque con la carretera Panamericana, de donde buscaría llegar al famoso lago Atitlán. En el entronque estuve como 2 horas y media, a pleno sol, esperando un minibús que era la única alternativa para donde yo iba o esperando un aventón que nunca llegaba.

Por fin se paro una pic up cuyo chofer no pudo convencerme que el iba en dirección a la sierra y que donde donde me podría dejar no habría forma de que alguien me diera un aventón. Se equivocó, en cuanto me baje de la camioneta pasó una moto, le hice la señal internacional del aventón, no pensaba que en realidad se fuera a detener, pero mi consigna era pedir aventón a todo lo que se moviera. Milagrosamente la moto se paró, el motociclista preguntó a donde iba y contrariamente a lo que parecía, un hijo de papá, era un empleado de correos.

Atravesamos en la moto la serranía  con sus hermosos bosques de pinos, caseríos y paisajes que no me había imaginado encontrar en este país tropical y bananero , según mi estrecha concepción de aquel entonces.

Me explicó este amigo muchos datos de los indígenas de esa región y que aparecían a la vista en cada curva o caserío con sus vistosas vestimentas tradicionales. Comprendí que estrecha era la concepción patriotera que nos inculcan en la niñez. He aquí que México no es tan el “único” en varias cuestiones, en todos lados se tuestan habas, y en Guatemala, como en México hay regiones enteras en donde los indígenas hablan en su propio idioma, visten sus propias ropas tradicionales, hay altas y frías montañas de pino. ¡Oh suave patria, cuanto te pareces a las otras! y como se parecen tus pobres a los demás pobres del mundo, más aún como se parecen entres si los jodidos de todos los países.

Cuando me bajé de la moto, el empleado de correos me dio su nombre y dirección y me recomendó que no dejara de verlo en la ciudad de Guatemala, pero nunca lo volví a ver.

Ante la falta de otros raits seguí caminando por la zona montañosa y en medio de una tormenta atiné a tomar un autobús que me cobró el completo del viaje a Sololá, lo que hizo que lo ya caminado resultara, económicamente hablando, un desperdicio.

En Sololá un numerosos grupo de personas indígenas, que yo identificaba como chamulas por su vestimenta celebraban una gran fiesta con cohetones por todos lados. Era un fiesta con mucho color por los vestidos, por las faldas largas, por los disfraces, por las flores y hasta por los panes.

Imbecil como era en ese tiempo con respecto a estas celebraciones, y las demás, preferí dejar de ver borrachos por todos lados y seguir para el lago Atitlán. Ahí llegué al final de la tarde, le di una vuelta a este pueblo lleno de extranjeros de Europa y Estados Unidos y me fui bordeando el lago pensando en regresar antes de que se extinguiera por completo la luz del sol.

Fallaron por completo mis planes, la noche se vino de repente. En unos minutos todo quedó completamente oscuro y yo en una costa rocosa, donde no veía absolutamente nada, sin saber para donde caminar.

Bueno, sobre la negra noche se inició una tormenta y yo a veces caía al agua, a veces caía a las piedras, en espinas o me enfangaba. A lo lejos, muy lejos se veían algunas luces tildando sobre el agua, de nada me servían, estaban del otro lado del lago. La lluvia arreciaba y no podía estar peor la situación. ¿Qué tan lejos estaba de la “civilización”? No lo sabía, no había mesurado mi caminata y erróneamente había supuesto que en todos lados oscurece a la misma hora y de la misma difuminosa manera.

Así que ahí estaba, entre rocas escarpadas y un lago al que aún a la luz del día no me había atrevido a meterme, sin saber por que rumbo caminar. ¿Qué diablos tenía yo que estar haciendo a mis 17 años en esas condiciones en un país extraño?

Podría decir que conocer, viajar, pero ¿conocer qué o a quién? Nada de eso, quería conocer, es cierto, pero buscaba antes que nada prepararme de una manera fundamental, demostrar que podía viajar por países en las peores condiciones con estrictamente el producto de mi trabajo personal, asalariado. ¿Y eso como diablos me preparaba? No lo sabía, tal vez dándome seguridad en mi mismo, que fue lo que a primera vista se notó, pero no, seguridad tenía, no cabía la menor duda, las incursiones al Chiquihuite, Cerro de la Cueva, Tenayo, Veracruz, Tlaxcala, y por último Mazatlán eran prueba de que ya era un hombre seguro de mi mismo.

Me estaba midiendo, solo eso, y eso también era parte de la preparación. Si podía llegar de aquí al Canal de Panamá, podría ir a cualquier lado y hacer cualquier cosa que me propusiera, pero antes debía de probarme a mi. Aún cuando no lo reflexionaba, Centroamérica era el último peldaño de una cadena de desafíos que naturalmente aparecían en mi vida uno tras otro como si obedecieran a un plan determinado. Ya había viajado en aventones, prácticamente sin un centavo, de Veracruz a la Ciudad de México; había viajado de Guadalajara a Mazatlán de mosca (más de mil kilómetros) en trenes de carga; había caminado del Metro Zaragoza en la Ciudad de México, a la ciudad de Tlaxcala, unos 128 kilómetros, había dormido en la helada sierra con solo mi chamarra.

Así que me aprendí de memoria mapas, hice itinerarios y armado con mi mochila de astronauta y mi cuaderno de notas[2] me fui a Centroamérica.

Está bien prepararse, medirse, templarse, enfrentarse al mundo, pero ¿para qué?

Para hacer la revolución. Eso para mi estaba bastante claro. ¿Cómo? Bueno, eso todavía no lo sabía, pero primero quería comprobarme, reconocer que tendría la estatura para hacerlo.

No era un viaje desesperado, se trataba si, de llegar, pero de llegar y regresar, por tanto desdoblado, era un desafío doble.

Bueno, el hecho es que estaba ahí tropezando a cada paso en la más negra oscuridad. Caminé procurando no apartarme de la rivera, buscando el camino por donde había llegado. Al cabo de un rato vi a lo lejos luces y me moví hacia ellas, ahí me tope con unos desconfiados gringos hippies  acampados en camionetas, a señas nos entendimos y me dieron orientación del camino hacia el pueblo.

Cuando llegué busque un portal donde quedarme, tendí mi cama, luego de pedirles permiso, junto a unos indígenas con vestimenta muy parecida a los chamulas, con sus faldas largas, negras, tejidas de lana y… a dormir. Como a las 3 y media de la madrugada se pararon todos los compas indígenas y me despertaron.

--Ya se va el camión –dijeron.

Por inercia los seguí sin saber que camión o para donde iba, adormilado viajé adivinando un paisaje montañoso tras la niebla cerrada que nos rodeaba. Las sinuosas curvas me estrellaban ahora contra el vidrio de la ventana, ahora contra el compañero de asiento o ahora contra mi mochila de astronauta colocada frente a mi como amortiguador.

Pasamos Antigua Guatemala al alba, pensaba bajarme pero aun no empezaba a salir el sol y yo estaba aterido de dormir mojado en la calle sobre un piso también mojado, el frío de la madrugada tampoco era poco, así que me seguí en el camión. Tenía mucha hambre, traía ganas de abrir uno de esos sacos que traían los pasajeros y ponerme a comer lo que encontrara, pero no lo hice, un poco me ayudó la idea de que llegaría a las 6 de la mañana a Guatemala, que me bañaría y comería.

Llegar a Guatemala fue lo mejor que me podía haber sucedido en ese momento. La terminal de camiones era al mismo tiempo un mercado lleno de puestos colocados en ningún orden, ni era más que  un inmenso terreno congestionados por autobuses guajoloteros patinando sobre lodo y basura de legumbres y mercaderías.

Sin pensarlo mucho me senté a desayunar en un puesto. Café con leche, huevos, frijoles, pan, tortillas, todo por la fabulosa cantidad de 50 centavos de Quetzal, una verdadera ganga. Pague casi lo mismo por bañarme, pero valía la pena esa agua caliente, lavé mi ropa, y me fui a navegar por la ciudad capital que era preciosa por todos lados siempre y cuando no estuvieras en el mercado-terminal.  Ahí me di cuenta de mi primer error de previsión , traía todo mi dinero en moneda mexicana, que para nada servía ahí, así que cambié una parte en Quetzales. ¿Por qué no por dólares? Por imbécil. Al menos debería haber cambiado una parte en dólares, pero este error a la larga me causaría más beneficios que los contratiempos e incomodidades de andar cambiando moneda en cada país.

De tanto mirar precios dude en comprarme una bicicleta, me sobraba dinero para hacerlo, pero no, podía haber problemas de aduanas, derechos y todo eso, además tendría que andar siempre en caminos y eso no estaba en el plan.

Al andar navegando por la ciudad llegué a la embajada de México en Guatemala y entré a preguntar por que diablos me habían cobrado los guatemaltecos 8 dólares en la frontera.

--Es lo mismo que le cobramos a los guatemaltecos cuando entran a México --me contestó un funcionario. Me fui.

Me llené de la ciudad de Guatemala, platiqué con mucha gente, nadie me hizo sentir mal o extraño. En un puesto de la calle pedí un mamey y se me quedaron viendo raro, no se llama mamey, se llama zapote, no, el zapote es negro o amarillo, bueno, lo que sea, el zapote o mamey me supo a gloria, aunque a decir verdad, a Gloria la conocí muchos años después.

Lo único que me molestó de esas platicas con la gente es que cuando se daban cuenta que venía de México me preguntaban por Capulina, por El Chavo del 8 y otros imbéciles, quizá me molestó que tuvieran esa imagen tan estrecha y vulgar de mi país. Era como si al ver a un gringo le preguntaran por el Pato Donald.

Así anduve por la ciudad, conocí a unos franceses que tenían años viviendo en Guatemala, en una finca de afueras de la ciudad, estudiaban el país. Me dieron un aventón y me ofrecieron vino a bordo de un Buick   como del 56 o 57 que con trabajos subía las cuestas y al que había que irle poniendo agua durante todo el camino.

De aventón en aventón llegué a la frontera con El Salvador, atravesé la línea en una región montañosa, avancé por una carretera oscura, sin raya en medio ni en ninguna otra parte, ningún tipo de señalamiento la bordeaba. Era una carretera hecha como de mala gana, rodeada de una vegetación muy tupida y muy alta.

Por fin llegué a San Salvador por la noche, buscando una posada, solo encontré hoteles y me quedé en uno que sólo me cobró la fabulosa cantidad de 4 dólares. Venía ya con un grupo de turistas que también estaban buscando donde pasar la noche, el grupo era conducido por un guía de turistas, cuando finalmente nos instalamos el guía salvadoreño me recomendó:

--Te cojés a la nica.

La nica estaba linda, pero yo estaba muy lejos, como lo he estado siempre, de tener tanta suerte. No obstante la encomienda me inquietó.

Amanecí en una ciudad más viva, transitada, libre,  alegre proletaria y politizada que la ciudad de Guatemala. Recorrí san salvador de arriba abajo, sus barrios pobres y sus barrios ricos, su centro y sus orillas y sus bancos… nuevamente tenía que cambiar plata. Me pasé el día andando por todos lados, me metí en los mercados, meterse a comer a los mercados te da más conocimiento de un pueblo que andar en un tour de yanquis.

Al otro día salí para Ilopango, un lago termal de aguas cristalinas. Fue un verdadero reto encontrar la manera.

--Oiga donde tomo un bus para Ilopango.

--Ahí, mire –me dijo un salvadoreño señalándome todo el centro de San salvador.

--¿Donde?

--Ahí –contestó el salvadoreño repitiendo su gesto vago— Ahí donde está la gente.
--Pero es que hay mucha gente por muchos lados –le dije un poco compungido.

--Pues ahí es –reafirmó el salvadoreño sin perder su buen talante.

Pero ¿Cómo debería decir el camión? No me atreví a preguntarle pensando que me contestaría: “Cualquier cosa”.

Cuando llegó finalmente el camión, que era un desecho de un bus escolar de estados Unidos, aun con los semáforos típicos y los letreros de “scholl” toda la gente de esa área de la plaza se amontonó. Me di cuenta que no había sido una mala respuesta, los autobuses se paraban donde quisieran para despistar a la gente y podían tener cualquier letrero o no tenerlo, a gritos es como se conocía para donde iba.

Como pude me monté en el autobús, y como pude me mantuve en él y así llegué al lago Ilopango, con sus aguas tan limpias y cristalinas.

A las orillas del Ilopango, un día soleado de diciembre de 1975, hace 15 años[3], me di cuenta que necesitaba una mujer, una mujer que viniera conmigo y con la cual compartir tanta belleza, tanta vitalidad, tanto cariño de las gentes y tanta emoción.

Jugando con mi vaso toper ware , aún no se inventaban los cartuchos billeteras a prueba de agua, me interné en esas aguas tibias y cristalinas lo más lejos que pude de la orilla. Ahí llegue a la conclusión de que era un desperdicio de vitalidad viajar solo.

¿Cómo sería mi mujer? No lo había pensado, pero desde que estaba en 4º año de primaria soñaba con andar luchando por campos calles y azoteas contra los gringos, acompañado de una mujer, que también estaría luchando y sería mi esposa. En aquel entonces la sujeta se identificaba con una flacucha bonita, yo la veía muy bonita, que se llamaba Patricia Razo Villalpando y era de las más inteligentes del salón.

Pero después de esas fechas, no había vuelto a pensar en asuntos tan delicados como andar matando canallas y otros asuntos más delicados, hasta ahora, a las orillas del Ilopango. Patricia Razo no podría ser, al pasar a 6º año la había dejado de ver y jamás la había reencontrado. Leslie tampoco, ni siquiera me atreví a decirle cuanto la quería, y un día dejo de ir misteriosamente a la escuela secundaria y aunque cada vez que salía le enviaba una postal jamás la volví a ver ni a saber ni una palabra de su vida.

Quedaba Alicia, si, Alicia podía ser, hoy lo pienso con bastante seriedad, pero otra imbecilidad mía había impedido darme cuenta en aquel entonces que en estos casos había que seguir una política más activa… si quieres lograr algo.

Por visto mis planes sentimentales serían a más largo plazo. Para ser exacto, hasta ese momento, lo sentimental no había formado parte de mis planes.
En fin, una señora bonita que vendía pescado puso fin a mis divagaciones. O tal vez era el pescado recién pescado y recién frito acompañado de lo que en ese lugar llamaban tortillas, que en México llamaríamos gorditas. Seguí mi camino rumbo al Este, rumbo a la frontera con Nicaragua, por mi camino, entre rait y rait platicaba con mucha gente, uno en especial me dijo que el viaje era peligroso, que viajáramos juntos. Estaba perdidamente borracho, pero se veía muy animado a emprender su propio viaje y dejar todo atrás, con su botella de trago en la mano quería acompañarme hasta la mismísima frontera.

Esa persona no podía entender por que viajaba en raites pudiendo tomar un bus hasta San Salvador, y de ahí un Tica Bus hasta Panamá, así que dedujo que era por falta de dinero, así que sacó un fajo de billetes que se empeñaba en darme.  No le recibí el dinero, trataba de distraer su atención al tema de la guerra, pero el derivaba sistemáticamente al futbol, a los pechos de la mujer que va pasando y al hijoeputa de su compadre que lo había dejado solo en su parranda. Según el no estaba pisto, solo quería hacer el mismo viaje a la frontera que ya había hecho con ¿su familia? –vamos, eso no importa. Literalmente a fuerzas me separé de él, yo seguiría mi camino y el seguiría su parranda.

Dije que San Salvador me pareció la ciudad más linda de Centroamérica, sin lugar a dudas lo era, al menos en ese entonces. Todo mundo me prevenía contra los “bandidos” que ahí abundaban y yo traducía que ahí los jodidos, los proletarios andan en las calles ¡Como si nada! Efectivamente, ahí la gente andaba como si nada, como si de verdad fuera su ciudad, la ciudad estaba pintada de consignas como joven mujer adolescente que se pone labial, polvos y rímel tanteando su propia madurez. En la Universidad de San Salvador colgaba una manta gigante que decía GOBIERNO ASESINO, y por todos lados de la ciudad paredes precoces que informaban con honestidad LUCHA ARMADA HOY, SOCIALISMO MAÑANA.

Las paredes de la ciudad de San Salvador con sus pintas discretas, contrastaban con las pintas groseras e impertinentes de la campaña electoral en Guatemala, estás últimas pintas parecían importadas a Guatemala desde Guatepior, por diseñadores del PRI. Los Guanacos de aquí no estaban en reservación.

Y no quiero decir que fuera más libre San Salvador porque su gobierno fuera menos tiránico que los demás, sino porque sus habitantes, con esas pintas y todo lo que detrás de ellas estaba implicado, se habían tomado a sangre y fuego, la libertad de decir esta boca es mía… y esta pared, y esta pintura y estas calles y toda la ciudad.

Intenté salir de El Salvador por el Golfo de Fonseca. No había camino. No había barco. No había visa, solo había soldados, o para ser exactos, marinos. Bueno. Entonces comí con los marinos. Regresé a las calles de Puerto Unión a buscar al Cónsul Honorario de Nicaragua en Puerto Unión, al fin lo encontré en una maderería, entre notas de venta y cascos de refrescos sacó los sellos de su honorable misión y me entregó la visa, previo pago de no se cuanto. Todo bien.

En un bar repleto me encontré con un gringo que se acercó a mi mesa.

--No soy gringo, soy americano –me dio en una de esas cuando empezábamos a conversar.

--Yo también soy americano –le dije.

--¿No eres mexicano? –preguntó extrañado.

--Si soy mexicano y soy americano.

--Ah si, ya te entendí, bueno, yo soy norteamericano –dijo sonriendo.

--Yo también soy norteamericano.

--¿No dices que tu eres mexicano?

--Si, México es parte de América del norte, arriba de Guatemala todo es Norteamérica.

--Oh si, --dijo el gringo un poco molesto pero sin perder su sonrisa— todos somos americanos, ¡América para los americanos!

--Si –le contesté igual con cierta ironía—pero para TODOS los americanos.

--Oh si –continuó el gringo—por eso no quieren a los americanos, la doctrina Monroe esto es lo que quiere. Nosotros decimos América, todo el continente americano, para los americanos, pero no solo los de Estados Unidos sino todos.

--Lo que aquí se entiende cuando ustedes hablan de la doctrina Monroe es “América, todo el continente americano, para los americanos de Estados Unidos, o sea, América para los Estadounidenses.

--Oh no, no todos los estadounidenses pensar igual, Estados Unidos para los estadounidenses, América para los americanos, todos somos americanos, ¿así está bien?

--Si, así está bien, porque ustedes no son los únicos americanos.

--Pero tampoco “gringos” ¿verdad?

--Entonces ¿Cómo deberíamos llamarlos? ¿Yankes?

--No, eso sólo son una parte de Estados Unidos en la Guerra Civil… --pensó un momento y concluyó con una sonrisa de eureka—estadounidenses, ¿ok?

--Ok –concluí de esta manera el acuerdo y desde ese entonces prefiero el término estadounidense al termino gringo o yanke, salvo cuando andan haciendo sus maldades. Creo firmemente que hay un pueblo estadounidense, una clase trabajadora estadounidense, y un gobierno, una clase burguesa, un ejercito imperial gringo y yanke.

--Platicamos y platicamos, el bebiendo cerveza o wiskey y yo tomando no sé qué. El estadounidense me recomendó una película nueva en ese momento en Estados Unidos, “The Roller Boll”, un juego del futuro, pura ciencia ficción, prometí que la vería en cuanto la película llegara a México. El estadounidense resultó ser un profesor que cada año viajaba a una zona de la otra América donde se instalaba uno o dos meses y desde ahí conocía la región, regresaba a su país y así hasta el siguiente año.

Una madrugada por fin salió el barco. A mi me despertaron en la pensión a las 2 de la mañana y a las 2:30 ya estaba a bordo con mi maleta de astronauta. Era una noche con unas pocas estrellas y una llovizna tenue.

Conmigo abordó una señora delgada, madura, con un niño de unos 7 años de la mano, esquelético. También abordó un sueco que hablaba un poco de inglés y casi nada de español  y su novia francesa que sólo hablaba francés.

No obstante el Sueco fue el que me explicó que la palabra “pepines” que yo no entendía del niño salvadoreño, equivalía a lo que en México entendíamos como “cuento”, o sea una revista con caricaturas, una revista de historietas.

El niño estaba muy contento porque le había regalado una de las muchas revistas “Aspectos” que traía, a sugerencia de Rosalía D`Chumacero, para establecer contacto con periodistas en Centroamérica. Para el esas revistas eran “pepines” y no se conformaba con una, quería más.

Zarpamos rumbo a un mar sin orillas, la lluvia persistente nos empapaba sentados sobre costales de granos. El barco iba tan cargado que se podía tocar el agua con la mano desde la borda. Poco antes de que empezara a clarear el motor se descompuso. Previamente a eso me pareció que por algún motivo dábamos vueltas en círculos, ahora pienso que simplemente estaba mareado.

Mientras lo marineros reparaban el motor Diesel unos tiburones rondaban el barquito sin acercarse demasiado. Por si las dudas retiré mi mano izquierda del agua, no había necesidad de chapalear en un mar tan chapaleado como el del golfo de Fonseca.

Una hora más o menos llevo la reparación del motor, después de 4 horas en el mar llegamos con varias horas de retraso una península nicaragüense donde desembarcamos. Llegar después de la hora prevista en un país como Nicaragua de Somoza es simplemente un delito, el delito peligroso de ser sospechoso.

Y vaya honor, de todo lo que el barco se había retardado, yo era el más sospechoso. Era extranjero, pero no era europeo ni gringo, viajaba solo, no vestía ni como turista “normal”, ni como los hippies que por aquel entonces por todos lados andaban despilfarrando su amor y paz. Además traía varios ejemplares de la revista “Aspectos” una revista “política” que publicaba Rosalía Chumacero para medrar con el presupuesto gubernamental, y que –aprovechando el viaje—Rosalía me encargó que repartiera en los principales diarios de las capitales centroamericanas, cosa que ya había hecho en Guatemala y en El Salvador con ingratos resultados, que incluían el interrogatorio de la Guardia Nacional de Guatemala y de la Policía de Investigaciones en El Salvador.

Pero una revista de “política”, chayotera como lo era “Aspectos”, en la Nicaragua de la dinastía Somoza, era para los cuerpos de seguridad del régimen un “material subversivo” y más aún si provenía de fuera del país, ya que “como todos sabemos, el comunismo internacional siempre llega de fuera”. Así que los guardias de Nicaragua me apartaron del resto de compañeros de barco y me sometieron a intensos interrogatorios, primero el personal militar de la aduana y luego me pasaron con un “oficial de inteligencia”, un teniente que siguió interrogándome más profunda y agresivamente. Pasaba el tiempo y yo estaba en una jaula, aislado de todo mundo y sin saber exactamente que pasaba, al grado que ni siquiera sabía bien a bien el grado de gravedad de mi situación. Sentía que me derretía el calor multiplicado por los efectos de convección de las láminas de hierro y no había nadie que se preocupara de darme algo de beber. Por la tarde en el enésimo interrogatorio me ofrecieron un cono de papel con agua y por fin me acusaron de que yo no había terminado el trámite migratorio y me informaron que me iban a decomisar las revistas. Iba yo a pelear por esta arbitrariedad, pero un rayo de sensatez iluminó tenuemente mi cerebro calcinado.

 --¿Puedo irme ya? –pregunté más cansado que fastidiado.

--Si, claro –contestaron con una desgraciada cortesía los canallas que poco antes me habían amenazado con deportarme encarcelarme si no confesaba yo mis nexos con la guerrilla nicaragüense.

Salí a la vereda sin saber que paso seguía, estaba seguro que ya no habría forma de transportarme y salir de este apartado rincón de Nicaragua. En ese momento escuche mi nombre.

--¡David!, ¡David!

Un camión de pasajeros delante de la vereda daba una polvosa vuelta en U. Alguien gritaba mi nombre con urgencia. Me volvieron a gritar.

--¡Se va el camión!

Evidentemente era a mi a quién se dirigían los gritos, subí todavía sin entender bien a bien lo que estaba pasando subí al estribo de un salto y ahí, junto al chofer estaba el sueco y la francesa. Me abrazaron contentos.

He pasado 15 años[4] sin que me percatara plenamente de todo lo que significó este suceso y hoy que lo descubro, me vuelvo a encabronar por mi falta de atención.

Veamos: El barco llegó a las 7 de la mañana a más tardar. Todos los tripulantes pararon rápidamente los trámites, menos yo. Los demás pasajeros se fueron en el primer camión que llegó después de nuestro desembarco. Todos menos la señora y su hijo al que había regalado una revista, y el sueco y la francesa. En lugar de buscar irse de Punta Arenas esperaron a que yo saliera intuyendo que podía ser detenido y desaparecido sin que nadie lo supiera. La conducta de los guardias les había dejado claro que yo ya era considerado un elemento subversivo y por tanto sabían que mi vida corría peligro. Por ello tomaron la determinación de dejar pasar el segundo camión que podía llevarlos, aun cuando sabían perfectamente que no había muchas formas de salir de ese intrincado lugar. Decidieron esperar hasta el último momento, hasta la última corrida para retirarse. No podían quedarse a dormir ahí, ya que propiamente aparte de las instalaciones aduanales o militares no hay más de 2 o 3 casitas entre el mar y la selva y sobre todo porque sería muy sospechoso que fueran tan solidarios con un presunto subversivo.

Así que cuando a las 5 de la tarde llegó el último camión el sueco y la francesa desplegaron todo su poder de convencimiento para lograr que el camión retrasara su salida de Punta Arenas con la esperanza de que yo saliera. Casi una hora esperó el camión. Ya propiamente en marcha salgo yo y lo abordo. Registro la euforia de los que me reciben en el camión pero no me doy cuenta de lo que significa a cabalidad y le limito a contarles detalladamente lo que sucedió adentro de las celdas de interrogatorio. A partir de ese momento noto que me quieren, que no me consideran un desconocido, sino un amigo, alguien cercano.

Pero como digo, no había podido apreciar este momento en todo su valor, hasta ahora que por primera vez reflexiono globalmente sobre ese viaje, en ese momento solo recuerdo que hubo mucha fraternidad.

El camión avanzaba por un camino de terracería en regulares condiciones. Apenas habíamos avanzado unos 40 minutos cuando el camión, como para completar un día de perros se descompuso a uno cientos de metros de un caserío.

Vaya que calamidad. Había comido el día anterior en Puerto Unión, El Salvador, y no más, fuera de un vaso de agua y ahora estábamos en un caserío en medio de la selva.

El chofer nos recomendó unos baños termales en ese caserío, nos sugirió buscar quién nos diera posada.

Un baño, era eso lo que realmente necesitábamos, no había que pensarlo mucho, traspasamos la empalizada que nos señalaron y por un patio medio tirado llegamos a un lugar que ninguno de nosotros se imaginaba encontrar.

Era una alberca rústica en torno a un ojo de agua caliente, clara, un pequeño paraíso en medio de la selva. La lluvia se reinició, pero ahora no importaba, no importaba nada. El sueco y la francesa se desnudaron por completo y se metieron a la alberca sin pena alguna, yo, tratando de voltear hacia otra parte que no fuera la poderosa luminiscencia de la francesa desnuda me metí en calzoncillos al agua. La francesa se sonrió tiernamente de mi pudibundez y me ofreció de su shampoo y su jabón. Tuve que aparentar ser un hombre de mundo y me acerqué hasta ella para tomar de sus manos delicadas estos enseres, sin desviar de su rostro mis ojos imantados por sus pechos, en ese momento la sensación de hambre se me olvidó.

No nos duró toda la vida ese paraíso, nos vinieron a avisar que un carro saldría rumbo a León, una localidad más “civilizada”. Con prisa nos vestimos, yo con más dificultad que la pareja de europeos, pues me veía en la penosa alternativa de quitarme los calzones y quedar completamente desnudo antes de vestirme, o ponerme el pantalón encima de los calzones mojados, ya saben, antes era un mojigato, me fui con los calzones mojados rozándome el trasero y otras partes delicadas. Salí de ese lugar pensando que algún día volvería. Hoy que escribo esto, refrendo mi deseo.

En un Jep descubierto nos dieron el aventón, ya noche llegamos a León y de ahí salí al otro día rumbo a Managua, no recuerdo si fue en Matagalpà o León, pero en uno de esos lugares vi unos bancos pintados con consignas del Frente Sandinistas, eran consignas hechas como de prisa, con una letra negra de chapopote, grande e irregular sobre el vidrio del Banco y sus paredes. Soñé o leí entre las consignas “POR AQUÍ PASÓ EL PUEBLO”. Efectivamente, por ahí había pasado una parte del pueblo, los Sandinistas.

En Managua me enfrenté a una ciudad maquillada, una ciudad de fachada donde con el pretexto del terremoto reciente una gran parte de la ciudad era inaccesible, en cambio la parte visible eran colonias residenciales y bulevares trazados al estilo americano que disimulaban una ciudad aplastada por un terremoto y por los Somoza.

Áreas perfectamente cuadriculadas, con construcciones modernas, solo eran la careta de lo que se ocultaba de la vieja Managua.

Sorpresa. Al llegar a Managua me di el lujo de entrar a una panadería moderna, de primer mundo. No sabía que pedir, así que pedí del listado que me ofrecieron lo que me imaginaba como un rico pastelito: “pan francés”.  Cuando lo pedí me dijeron que solo lo vendían por bolsa, y que la bolsa constaba tantos colones. Internamente me indigné por lo que interpreté como una duda acerca de mi solvencia económica. Cuando me entregaron la bolsa me di cuenta que el famoso “pan francés” no era más que un montón de bolillos. Mi comida y cena de ese día fue bolillo con leche.

En Managua me hospedé en un ¿Hotel? Que estaba en las inmediaciones de la terminal de TicaBus, en un cuarto de 2 x 2 metros, que era parte de un galerón en el que las “habitaciones” se conformaban por paredes de cartón.

Nicaragua no dejaba de darme sustos y problemas. Desde la frontera de Punta Arenas me advirtieron los milicos que antes de salir del país tenía que ir a no se que dirección a reportarme. Preguntar en aquel entonces en Managua por una dirección era cosa de locos, nadie te daba razón, la ciudad apenas esta en trazo y por si fuera poco todas las referencias te las daban en “varas”.

--Si, mirá, tomás esa calle para arriba y caminás 400 varas, das vuelta a la izquierda, caminás 200 varas y luego para arriba 300 varas[5].

--¿Me lo podría decir en cuadras? –preguntaba yo.

--¡Pero hombre de Dios! Aquí no hay cuadras, aquí no hay caballos.

Luego de muchas varas para arriba y para abajo y luego de colas y trámites cumplí con lo que me pedían los canallas somocistas para salir del país, pague no se cuantos colones por que al fin pusieran un sello en mi pasaporte, esto es, tuve que volver a pagar derechos cuando ya había pagado en el consulado y en la aduana.

Caminando por la ciudad me sorprendió la cantidad de lotes baldíos perfectamente empastados que se encontraban por todos lados y que eran propiedad de una sola compañía, las personas a las que pregunté extrañado me informaron que era la compañía de los Somoza.

Salí de esta disfrazada ciudad sometida a camisa de fuerza por la guardia nacional, en la carretera rumbo a Costa Rica me encontré con retenes y más retenes militares, en uno de ellos nuestro camión fue detenido por que llegó ¡antes de tiempo! Lo cual en Nicaragua de Somoza también era sospechoso. Estuvimos esperando dentro del camión hasta que dio la hora en que debería de haber llegado al punto. No paraba en precauciones la dictadura de Somoza.

Así anduve por la rivera del lago Nicaragua hasta llegar a la frontera con Costa Rica en Peñas Blancas. Nuevamente problemas con los guardias, nuevamente el fastidio de esperar en sus laberintos burocráticos y nuevamente estafado por Somoza y sus esbirros. Tal vez hoy eso parezca pueril, porque en México ya llegamos a la época en el que en todos lados hay retenes y por cualquier cosa tienes que pagar al Estado, pero les aseguro que ni antes en Nicaragua, ni ahora en México, son fenómenos a los que nos tengamos que acostumbrar, sino reconocer que todo es son los signos inequívocos de la quiebra del sistema tanto fiscal como político.

Salí de aquel país y  de la influencia con un suspiro recriminándome el no haber pasado la frontera clandestinamente, ignorando el puesto fronterizo hasta que me detuvieran.

Llegue a  territorio de Costa Rica, un país absolutamente menos policiaco, bastante “democrático” en comparación con las formas de dominación en los otros países, pero ahí si me topé con dos obstáculos insalvables. 1.- No podía entrar a Costa Rica si no tenía un boleto de salida, ya sea de avión, barco, lo que fuera, pero a mi nombre. 2.- No podía entrar si no mostraba un mínimo de 200 dólares en efectivo o en cheques  de viajero.

Estaba bien, pero si bien frito. No podría comprar un boleto de avión ni soñando, no traía ni 800 pesos, esto es, más o menos 64 dólares al tipo de cambio vigente. No sabía que hacer, pero estaba seguro que no regresaría a Nicaragua a que me robaran 4 dólares por entrar cuando me habían acabado de cobrar lo mismo por salir, mas los interrogatorios ya conocidos de los esbirros de Somoza.

Di vueltas en mi cabeza buscando una salida. No la encontré. Di vueltas en la estación fronteriza para buscar como brincarme la frontera o como salir de la ratonera. Podría saltarme la línea regresando a Nicaragua ilegalmente, pero ni a madrazos lo iba a hacer, ya había tenido mucho Somoza.

Pensé que hasta ahí llegaba mi viaje, pero al llegar a esa conclusión me rebelé contra mi cerebro, como siempre que reconozco la derrota y me doy cuenta que habiéndolo perdido todo no hay motivo para no ganar. Pregunté:

--¿Puedo usar un boleto de salida de Costa Rica en bus?

--Siempre y cuando sea un destino fuera de Costa Rica  --me contestó el agente fronterizo.

--¿Por ejemplo el Tica Bus?

--Tica Bus es el único con destinos internacionales.

Me fui al stand del Tica Bus y busqué el destino más barato fuera de Costa Rica en dirección a Panamá, casualmente se trataba de la ciudad de David, todo estaba como a propósito.

Antes de comprar el boleto abierto, intransferible, de San José de Costa Rica a David Panamá, fui a migración.

--Señor, no tengo dólares, ni colones para exhibir, pero traigo moneda mexicana –le dije con mucho aplomo al momento que sacaba mi fajo de billetes de a 5, 10, 20 y uno que otro de 50 y 100 pesos y los empecé a contar frente al funcionario a quien por la denominación de los billetes le pareció que llevaba mucha plata  encima, aunque en realidad no sumaba sino poco mas de la cuarta parte del mínimo requerido.

--Si, no se preocupe –dijo y autorizó el ingreso.

De nuevo a pedir raits sobre la carretera Panamericana, que en ese país era verdaderamente una carretera.

Aunque en Costa Rica todo parecía estar mejor que en el resto de Centroamérica, aquí el capitalismo se ha desarrollado más clásicamente, sin las alteraciones que la servidumbre y esclavitud han impuesto en los territorios altamente poblados antes de la colonia, al grado de que hay casos de costarricenses que se jactaban —equivocadamente-- de que en su país, a diferencia de los demás países al norte o sur de Costa Rica no había indios.

Y así es. En Costa Rica la población indígena fue muy menguada desde la colonia y abarcó hasta hace poco una pequeña porción de la población.

En aquel entonces Costa Rica no tenía ejército regular y era un país “culturalmente desarrollado” en el sentido occidental. Era una sociedad bien organizada y con un alto espíritu ciudadano, dentro de lo que cabe. Aquí si existía el tren que aparecía pintado en los mapas, no como en el resto de Centroamérica, y hasta funciona regularmente. San José es una ciudad limpia, con zoológicos, museos, tiendas de curiosidades, mercados limpios y “tortas estilo México”, aunque estas últimas nada tenían que ver con las tortas de nuestro país.

San José era, para mi sorpresa, una ciudad con policías que no portaban armas, donde sin embargo las armas se venden con mucha libertad. Una ciudad donde se consume más pan de caja que tortillas, con centros recreativos limpios  y una competencia de placas en los puentes y obras públicas en las que se puede ver que presidente ordenó la construcción de tal o cual.

En Costa Rica paré mi loca carrera, descansé y disfruté lo más que pude. Si antes viajaba como si me vinieran persiguiendo, hoy me detenía como si en esta ciudad alegre y hospitalaria en donde la comida era completa, sana y sabrosa fuera a vivir toda la vida.

Había mucho aún que aprender, con todo, al menos una parte de la población era muy convenenciera, más pragmática o cínica que soberana. Ahí escuche comentarios de varios sectores de la población de que estarían dispuestos a ceder todo el territorio necesario como nación para que estados Unidos construyera un canal de navegación del Caribe al Pacífico para que dejara de tener problemas con Torrijos, en aquel entonces el presidente de Panamá, rebelde frente a los yankes. Claro, todo ello a condición de que Estados Unidos nivelara la moneda de un colón por dólar (estaba a 1 dólar por 6 colones). Todos estos comentarios me parecieron francamente vomitivos.

Pero en fin, todo lo que hice en Costa Rica fue divertirme, pasear sin problemas y enamorarme de las costaricenses.

Fin de la primera parte.

<Este texto fue escrito entre julio y octubre de 1990 sobre hechos que sucedieron 15 años antes, en diciembre y enero de 1975. Nunca se terminó de escribir, hasta ahora, la segunda parte. Se transcribe casi fiel en abril del 2016.>






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[1] Camión de pasajeros, o bus, en aquel entonces.
[2] Mi cuaderno de notas, mi diario del viaje terminó en un bote de basura en la fría ciudad de Toluca, en el Cerro de Coatepec. Una inundación y un desacuerdo llevaron a la tumba esta bitácora.
[3] Este texto fue escrito en julio de 1990, cuando me encontraba prófugo en la Sierra Madre del Sur en Chiapas.
[4] Este texto fue escrito entre julio y octubre del 1990, cuando me encontraba prófugo en la Sierra Madre del Sur en Chiapas.
[5] Una cuadra mide aproximadamente 125 metros o 150 varas.

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