sábado, 11 de octubre de 2014

El Radio Radiante de Cruz Mejía.

El Radio Radiante de Cruz Mejía.

Por David Cilia Olmos.


En el primer capítulo de El Radio Radiante Cruz Mejía nos lleva de la mano a re-conocer un mundo que fue nuestro. Cada línea de su libro va agujerando la capa espesa de olvido que cubre nuestra memoria reviviendo la cotidianidad que era nuestra vida en la época de la radio.

Porque aunque los jóvenes de ahora no lo crean, hubo un tiempo, en el pasado remoto, que no existía internet, ¡vamos! ni siquiera los teléfonos celulares existían, y aun así, se ha demostrado científicamente que había vida sobre la fas de la tierra.

Empezaba la televisión en México y los primeros padres engatusados por esa cajita estaban muy emocionados con que sus hijos aparecieran en Estrellitas Infantiles, mientras los demás, desde las abuelas hasta los niños de primaria estábamos atentos al reloj y al radio para que no se nos escapara un capítulo de Kalimán, el hombre increíble; Porfirio Cadena; el Ojo de Vidrio y su famoso chaleco de mallas; Una Flor en el Pantano; Julián Gallardo, El Redentor; Felipe Reyes, Rayo de Plata, transmitidos en la estación RCN, en la W, la voz de la América Latina desde México.

Por la noche, la familia reunida en torno al café, el pan y los frijoles, tenía como fondo a la ceremonia de cenar, las aventuras de Chucho el Roto en su incansable rivalidad con catrines y policías y en la búsqueda de su gran amor, Carolina o Matilde de Prisac.

Cruz Mejía sacude nuestra cabeza con las ondas de radio, ayudando a que se cumplan las profecías de los físicos del siglo pasado que afirmaron que las ondas de radio no se destruyen sino que se la pasan por ahí rebotando y rebotando hasta que en algún momento vuelven a ser captadas.

Y de la mano también sus recuerdos llevan a los nuestros para redescubrir los edificios emblemáticos de la radio en la ciudad de México, pero no sólo estos sino también la vida en los barrios, los camiones de CEIMSA y CONASUPO, los camiones de 30 centavos, la música de los Randal, los locutores y las viejas estaciones del cuadrante que nos aprovisionaban de la música que silbamos mientras ilusos caminábamos envaselinados suspirando por el amor de nuestros sueños cuando éramos niños.

Pero este viaje fantástico por las calles de lo que fuera la región más transparente, este cuéntame cómo pasó, no está exento, no podría estarlo tratándose de Cruz Mejía, de una crítica profunda a la radio comercial y su función real en la sociedad.

Cito a Cruz Mejía:

“La vivencia de aquella tarde no deja de impresionarnos, dándonos cuenta de cómo los personajes del radio se estereotipan con facilidad ... A fin de cuentas son la misma cosa: un instrumento del concesionario, quien se vale de ellos para manipular al público en sus gustos y en sus inclinaciones consumistas.”

Una crítica que más allá de un posicionamiento puramente ideológico tiene su base en la contradicción entre la realidad que vive el pueblo y las pretensiones de quienes desde temprana época pretendían y pretenden, ahora con mayor fuerza, exprimirlo en los engranes del consumismo.

Aunque el radio estaba hecho para vender, nosotros no podíamos acceder a lo que anunciaba. En el caso nuestro, estaba muy lejos el que pudiéramos comprar lo de los anuncios; era algo así como pretender brincar a otra categoría social, para lo cual se necesitaba más dinero del que se tenía, y pues ¿cómo?

….

En resumidas cuentas, los locutores son máquinas humanas al servicio de una industria que busca estandarizar toda la comunicación que envía a sus radioescuchas, por lo cual las voces deben sonar igual durante todo el día y toda la noche, como la envoltura del producto.

Es en el tema de programas, locutores y radio cadenas donde este paseo provocador de la memoria se convierte en una verdadera contribución para la historia de la radiodifusión en México, escrito por un testigo que no hace concesiones de ninguna especie. Ya quisieran los modernos herederos de los capitales radiofónicos, de Radio Mil, Monitor, Radio Red, IMER, Radio Capital, Radio VIP, Radio 660,  contar con esta visión tan fresca, franca y completa de las empresas de ese tiempo, pero tienen que conformarse con sus historias acartonadas, versiones oficiales, que ocultan su canalla historia al servicio del poder.

Porque vamos hablando claro, el libro de Cruz Mejía es la crónica descarnada de un combate que no cesa entre dos protagonistas principales, uno de ellos es sin lugar a dudas el poder del gobierno y los empresarios, y otro es el conjunto de esfuerzos que desde el pueblo y pensando en los intereses del pueblo se baten con las armas que tienen en la mano para enfrentar al poder.

Y esas armas que tienen a la mano, nos dice con toda claridad Cruz Mejía es la palabra.

Pero también hay que decirlo muy claro, no es una crónica imparcial o neutral. En esta crónica, ni como dudarlo, Cruz Mejía se  sitúa unilateralmente del lado de quienes resisten, se enfrentan, y en ocasiones hasta se dan el lujo de reírse de ese pobre poder, fuerte a la hora de reprimir, pero carente de argumentos.

En el segundo y en el tercer capítulo Cruz Mejía nos lleva en un recorrido más íntimo por lo que es Radio Educación, su historia, su funcionamiento, el papel determinante de los trabajadores de Radio Educación en la existencia y persistencia de ésta estación y las anécdotas que nos permiten conocer más que un edificio u organigrama, la vida de carne y hueso que hace posible ésta propuesta de comunicación popular.

Cito a Cruz Mejía:

Mi entrada a Radio Educación fue con el pie derecho; en ese tiempo imperaba la juventud y todas las propuestas eran válidas, así como se hizo necesario el trabajo de todos. Aquí nos fuimos forjando cada uno de nosotros … estábamos nuevecitos, la mayoría éramos universitarios y traíamos cuerda. Ya con el correr del tiempo, cada quien fue ubicándose en su sitio … De esa manera, a mí me tocó la suerte de participar en ella, entrando a un mundo desconocido y fascinante a la vez. Llegué derechito, quizá un poco tarde, pero me tocó lo mejor. Todo era novedoso, gratamente sorprendente; se respiraba juventud, actividad, dinamismo; se hacían las cosas con gusto, imperaba el interés por la búsqueda. Era un radio hecho por nosotros; estábamos aprendiendo …. A la gente le gustaba. Fue un verdadero privilegio … Ésta es mi formación, y a donde vaya, Radio Educación siempre estará sobre todas las cosas.

….

Después fue llegando más gente, fuimos creciendo poco a poco, se construyó un edificio expresamente para radio, y en la actualidad somos más de doscientos que mantenemos viva nuestra presencia al aire, con los altibajos que caracterizan a una emisora pública de servicio a la comunidad, con las trabas que impone el autoritarismo y el devenir político.

Y al relatar todas estas andanzas llenas de proyectos, música y buen humor uno no puede dejar de reconocer que la vida de quienes desde distintas posiciones se han enfrentado al capital en este país, finalmente están entrelazadas, por obra de las ondas hertzianas,  a la historia de Radio Educación.

En mi caso leo la parte que Cruz Mejía dedica a “Abriendo Surco” y no puedo dejar de recordar esas madrugadas, frías o tibias, lluviosas o despejadas, en las que iniciábamos nuestra jornada de trabajo en la Liga Comunista a principios de los ochentas.

Abriendo Surco y un poco más temprano la radio novela Astucia, o El Zarco eran para mis contemporáneos  de la lucha armada lo que nos acompañaba mientras colocábamos los cartuchos y la propaganda en su lugar, para salir a combatir por la estrella de la esperanza que aún continúa siendo nuestra.


Por si alguien ha pensado que se va a aburrir con este libro, puedo decirles con certeza que no. El capítulo 4, perfila con nitidez el carácter iconoclasta de Cruz Mejía, que nos hace soltar la carcajada cuando nos relata, por ejemplo, durante la celebración del aniversario de la Radio Indigenista de Las Margaritas Chiapas, la intervención de uno de los indígenas más humildes de este lugar quien al final de su discurso dice:

“—Estamos muy contentos por recibir al presidente municipal que se ha solidarizado con nosotros en estos festejos, le agradecemos mucho su presencia. Pero también quiero recordarle al cabrón, que se hizo pendejo, porque desde que entró nos prometió la carretera y hasta ahora no nos ha cumplido el hijo de la chingada. Muchas gracias, compañeros.”

Seguramente  una de las características principales del libro es que Cruz Mejía no se anda con tapujos ni medias tintas, nos habla en un lenguaje que expresa exactamente lo que piensa o sucedió. Muy alejado de la hipocresía socialmente aceptada de lo “políticamente correcto” Cruz se adentra en las verdades que pueden doler o incomodar, pero que no por eso dejan de ser verificables.

Y en su libro ni el viejo Fidel Velázquez, ni la calva del Secretario de Educación Pública, Miguel González Avelar, se le escapan.

En la Gran Ubre, el capítulo 6, Cruz Mejía narra la historia de ese importante semillero o incubadora que ha sido Radio Educación para muchos personajes que más tarde cobraron notoriedad, para bien o para mal, en los medios comerciales. La lista es larga y en cada caso Cruz Mejía expresa sin tapujos sus puntos de vista respecto a ellos, en cuyos altos contrastes  dibuja con claridad la diferencia profunda y excluyente entre la radio comercial y la propuesta de Radio Educación. Finalmente alienados al capital, o dando la lucha contra la ignominia, todos ellos abrevaron de la experiencia acumulada de los hombres y mujeres de Radio Educación.

Pero al mismo tiempo este alto contraste le sirve para identificar como el arribismo y el autoritarismo han logrado impactar negativamente la propuesta de Radio Educación imponiendo de alguna manera en algunas actividades los vicios propios de la radiodifusión comercial, por lo que la crítica se convierte en una verdadera autocrítica a Radio Educación, pero también a otras radiodifusoras culturales e indigenistas.

Pero de toda esa crítica y autocrítica queda indeleble una propuesta clara:

Estamos aprendiendo todos los días, mirando las cosas desde un punto de vista diferente; con propósitos sanos y comprometidos con el país entero, en busca de soluciones a los múltiples problemas que nos atañen, por los que el radio tiene una tarea sublime. Estamos jugando al radio, porque jugando se construye y no apelamos a la piedad de nadie para justificarnos.

La lucha contra la censura que desde las esferas del poder se impone a Radio Educación y la más nociva y perniciosa autocensura que funcionarios y empleados serviles intentan imponer a este medio es probablemente la partes que refleja mas audacia en el libro de Cruz Mejía. Los testimonios de esta batalla sorda al interior de Radio Educación nos muestran cómo los trabajadores enfrentan el despotismo, el autoritarismo y la estupidez hecha gobierno y demuestran que efectivamente, los trabajadores no son, ni deben ser el apéndice silencioso de los caprichos del gobierno y sus títeres y que en todos los frentes la imposición gubernamental no es una fatalidad, sino un intento que puede ser frenado cuando se usa la inteligencia y, aunque Cruz Mejía no lo dice así, solo eso puede concluirse, las armas biológicas de forma oval.

Dice Cruz Mejía:

“La neta, es que nosotros pecamos de palabra, obra y pensamiento, porque a la autoridad no le gusta lo que decimos, ni lo que hacemos, ni lo que pensamos; por tanto, hay que defender el pensamiento … y cuidar la palabra procurando decir bien lo que se hace y se piensa.”


El libro culmina con una caracterización despiadada de las últimas administraciones panistas de Radio Educación y de la forma torpe en la que intentaron convertir esta emisora en un instrumento más del poder y del capital, para quedar bien con sus jefes  y para sacar el mayor provecho personal. En esta parte también se documenta la lucha que los trabajadores han dado en resistencia a estos intentos.

No voy a narrar más lo que con mayor maestría y buen humor encontrarán directamente en lo escrito por Cruz Mejía, solo les recomiendo: dense una vuelta por este irreverente excitador de la memoria, conozcan un atisbo de la lucha de clases en Radio Educación por la boca de uno de sus más avezados combatientes.

Por si acaso se lo preguntan. ¿Dónde quedó la crítica David? Les diré:

Efectivamente desde otros puntos de vista, en algún momento el lenguaje y algunas afirmaciones pueden resultar fuera de lo que se considera comúnmente “Políticamente  Correcto”, pero si ese fuera el caso eso ya lo verá cada quién y cada quién tendrá su propia opinión, yo solo les puedo decir que lo que “se considera comúnmente” no resulta idóneo para hacer valoraciones a quien es un hombre fuera de lo común.

Tres ideas más y termino.

Aunque algunas reflexiones de este libro, sobre todo en los primeros capítulos, bien podrían caber en La Creciente, el libro anterior de Cruz Mejía, no espere el lector que este libro es una continuación o segunda parte. En La Creciente Cruz Mejía nos comparte el mundo que recrea  y que entiende a través de la mirada de un niño y más tarde un joven. En el Radio Radiante, yo diría, parafraseando al filósofo alemán, ya no es un relato de cómo interpretar el mundo, sino de lo que hay que hacer día con día para transformarlo.

Cruz Mejía toca un aspecto de la vida política del país, que ya sea por anodino o gris muchos ya olvidamos, el régimen de Miguel de la Madrid, Paloma Cordero y la llamada “Renovación Moral de la Sociedad”. Con todos los aberrantes acontecimientos de  Carlos Salinas de Gortari y la caterva de presidentes que se han apoltronado en Los Pinos para hacer y deshacer,  y también con todo el rescate que desde la sociedad se ha hecho de esa parte de la historia que había sido borrada desde la oficialidad y que abarca del 68 a la llamada Guerra Sucia contra el movimiento armado en México, este rufián de Miguel de la Madrid Hurtado, había quedado un poco al margen, como si no hubiera existido su régimen de terror y represión, o como si fuera un angelito al lado de sus homólogos.

Afortunadamente Cruz nos refresca la memoria y entonces gracias a eso nosotros recordamos que entre muchas otras cosas Miguel de la Madrid fue el presidente que tomó la “determinación final” respecto a los desaparecidos políticos de los setentas y ochentas vaciando las cárceles clandestinas ante la posibilidad real de un cambio de régimen en 1988,  y asesinando masivamente a nuestros camaradas. De ahí, que al abrirse los archivos del CISEN, y la D.F.S. a principios del régimen de Fox, estos se pudieran abrir solo hasta fechas anteriores al año de 1982 dejando en la oscuridad todo el periodo del 82 a la fecha. Los testimonios tanto de familiares como de militares de esa época nos permiten afirmar que el pretendido renovador moral de la sociedad no fue más que un criminal de lesa humanidad.

Con este libro aprendemos a querer, o queremos más a Radio Educación, la Radio Educación por la que es necesario luchar y defender.



Gracias por su atención.

3 de octubre de 2014.



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