El Radio Radiante de Cruz Mejía.
Por David
Cilia Olmos.
En el primer
capítulo de El Radio Radiante Cruz Mejía nos lleva de la mano a re-conocer un
mundo que fue nuestro. Cada línea de su libro va agujerando la capa espesa de
olvido que cubre nuestra memoria reviviendo la cotidianidad que era nuestra
vida en la época de la radio.
Porque
aunque los jóvenes de ahora no lo crean, hubo un tiempo, en el pasado remoto,
que no existía internet, ¡vamos! ni siquiera los teléfonos celulares existían,
y aun así, se ha demostrado científicamente que había vida sobre la fas de la
tierra.
Empezaba la
televisión en México y los primeros padres engatusados por esa cajita estaban muy
emocionados con que sus hijos aparecieran en Estrellitas Infantiles, mientras
los demás, desde las abuelas hasta los niños de primaria estábamos atentos al
reloj y al radio para que no se nos escapara un capítulo de Kalimán, el hombre
increíble; Porfirio Cadena; el Ojo de Vidrio y su famoso chaleco de mallas; Una
Flor en el Pantano; Julián Gallardo, El Redentor; Felipe Reyes, Rayo de Plata,
transmitidos en la estación RCN, en la W, la voz de la América Latina desde
México.
Por la
noche, la familia reunida en torno al café, el pan y los frijoles, tenía como fondo
a la ceremonia de cenar, las aventuras de Chucho el Roto en su incansable rivalidad
con catrines y policías y en la búsqueda de su gran amor, Carolina o Matilde de
Prisac.
Cruz Mejía
sacude nuestra cabeza con las ondas de radio, ayudando a que se cumplan las
profecías de los físicos del siglo pasado que afirmaron que las ondas de radio
no se destruyen sino que se la pasan por ahí rebotando y rebotando hasta que en
algún momento vuelven a ser captadas.
Y de la mano
también sus recuerdos llevan a los nuestros para redescubrir los edificios
emblemáticos de la radio en la ciudad de México, pero no sólo estos sino también
la vida en los barrios, los camiones de CEIMSA y CONASUPO, los camiones de 30
centavos, la música de los Randal, los locutores y las viejas estaciones del
cuadrante que nos aprovisionaban de la música que silbamos mientras ilusos
caminábamos envaselinados suspirando por el amor de nuestros sueños cuando
éramos niños.
Pero este
viaje fantástico por las calles de lo que fuera la región más transparente, este cuéntame
cómo pasó, no está exento, no podría estarlo tratándose de Cruz Mejía, de
una crítica profunda a la radio comercial y su función real en la sociedad.
Cito a Cruz
Mejía:
“La vivencia de aquella tarde no deja de
impresionarnos, dándonos cuenta de cómo los personajes del radio se
estereotipan con facilidad ... A fin de cuentas son la misma cosa: un
instrumento del concesionario, quien se vale de ellos para manipular al público
en sus gustos y en sus inclinaciones consumistas.”
Una crítica
que más allá de un posicionamiento puramente ideológico tiene su base en la
contradicción entre la realidad que vive el pueblo y las pretensiones de
quienes desde temprana época pretendían y pretenden, ahora con mayor fuerza,
exprimirlo en los engranes del consumismo.
Aunque el radio estaba hecho para vender,
nosotros no podíamos acceder a lo que anunciaba. En el caso nuestro, estaba muy
lejos el que pudiéramos comprar lo de los anuncios; era algo así como pretender
brincar a otra categoría social, para lo cual se necesitaba más dinero del que
se tenía, y pues ¿cómo?
….
En resumidas cuentas, los locutores son
máquinas humanas al servicio de una industria que busca estandarizar toda la
comunicación que envía a sus radioescuchas, por lo cual las voces deben sonar
igual durante todo el día y toda la noche, como la envoltura del producto.
Es en el
tema de programas, locutores y radio cadenas donde este paseo provocador de la
memoria se convierte en una verdadera contribución para la historia de la
radiodifusión en México, escrito por un testigo que no hace concesiones de
ninguna especie. Ya quisieran los modernos herederos de los capitales
radiofónicos, de Radio Mil, Monitor, Radio Red, IMER, Radio Capital, Radio VIP,
Radio 660, contar con esta visión tan
fresca, franca y completa de las empresas de ese tiempo, pero tienen que
conformarse con sus historias acartonadas, versiones oficiales, que ocultan su
canalla historia al servicio del poder.
Porque vamos
hablando claro, el libro de Cruz Mejía es la crónica descarnada de un combate
que no cesa entre dos protagonistas principales, uno de ellos es sin lugar a
dudas el poder del gobierno y los empresarios, y otro es el conjunto de
esfuerzos que desde el pueblo y pensando en los intereses del pueblo se baten
con las armas que tienen en la mano para enfrentar al poder.
Y esas armas
que tienen a la mano, nos dice con toda claridad Cruz Mejía es la palabra.
Pero también
hay que decirlo muy claro, no es una crónica imparcial o neutral. En esta
crónica, ni como dudarlo, Cruz Mejía se
sitúa unilateralmente del lado de quienes resisten, se enfrentan, y en
ocasiones hasta se dan el lujo de reírse de ese pobre poder, fuerte a la hora
de reprimir, pero carente de argumentos.
En el
segundo y en el tercer capítulo Cruz Mejía nos lleva en un recorrido más íntimo
por lo que es Radio Educación, su historia, su funcionamiento, el papel
determinante de los trabajadores de Radio Educación en la existencia y
persistencia de ésta estación y las anécdotas que nos permiten conocer más que
un edificio u organigrama, la vida de carne y hueso que hace posible ésta
propuesta de comunicación popular.
Cito a Cruz
Mejía:
Mi entrada a Radio Educación fue con el pie
derecho; en ese tiempo imperaba la juventud y todas las propuestas eran
válidas, así como se hizo necesario el trabajo de todos. Aquí nos fuimos
forjando cada uno de nosotros … estábamos nuevecitos, la mayoría éramos
universitarios y traíamos cuerda. Ya con el correr del tiempo, cada quien fue
ubicándose en su sitio … De esa manera, a mí me tocó la suerte de participar en
ella, entrando a un mundo desconocido y fascinante a la vez. Llegué derechito,
quizá un poco tarde, pero me tocó lo mejor. Todo era novedoso, gratamente
sorprendente; se respiraba juventud, actividad, dinamismo; se hacían las cosas
con gusto, imperaba el interés por la búsqueda. Era un radio hecho por
nosotros; estábamos aprendiendo …. A la gente le gustaba. Fue un verdadero
privilegio … Ésta es mi formación, y a donde vaya, Radio Educación siempre
estará sobre todas las cosas.
….
Después fue llegando más gente, fuimos
creciendo poco a poco, se construyó un edificio expresamente para radio, y en
la actualidad somos más de doscientos que mantenemos viva nuestra presencia al
aire, con los altibajos que caracterizan a una emisora pública de servicio a la
comunidad, con las trabas que impone el autoritarismo y el devenir político.
Y al relatar
todas estas andanzas llenas de proyectos, música y buen humor uno no puede
dejar de reconocer que la vida de quienes desde distintas posiciones se han
enfrentado al capital en este país, finalmente están entrelazadas, por obra de
las ondas hertzianas, a la historia de
Radio Educación.
En mi caso leo
la parte que Cruz Mejía dedica a “Abriendo Surco” y no puedo dejar de recordar
esas madrugadas, frías o tibias, lluviosas o despejadas, en las que iniciábamos
nuestra jornada de trabajo en la Liga Comunista a principios de los ochentas.
Abriendo
Surco y un poco más temprano la radio novela Astucia, o El Zarco eran para mis
contemporáneos de la lucha armada lo que
nos acompañaba mientras colocábamos los cartuchos y la propaganda en su lugar,
para salir a combatir por la estrella de la esperanza que aún continúa siendo
nuestra.
Por si
alguien ha pensado que se va a aburrir con este libro, puedo decirles con
certeza que no. El capítulo 4, perfila con nitidez el carácter iconoclasta de
Cruz Mejía, que nos hace soltar la carcajada cuando nos relata, por ejemplo,
durante la celebración del aniversario de la Radio Indigenista de Las
Margaritas Chiapas, la intervención de uno de los indígenas más humildes de
este lugar quien al final de su discurso dice:
“—Estamos muy contentos por recibir al
presidente municipal que se ha solidarizado con nosotros en estos festejos, le
agradecemos mucho su presencia. Pero también quiero recordarle al cabrón, que
se hizo pendejo, porque desde que entró nos prometió la carretera y hasta ahora
no nos ha cumplido el hijo de la chingada. Muchas gracias, compañeros.”
Seguramente una de las características principales del
libro es que Cruz Mejía no se anda con tapujos ni medias tintas, nos habla en
un lenguaje que expresa exactamente lo que piensa o sucedió. Muy alejado de la
hipocresía socialmente aceptada de lo “políticamente correcto” Cruz se adentra
en las verdades que pueden doler o incomodar, pero que no por eso dejan de ser
verificables.
Y en su
libro ni el viejo Fidel Velázquez, ni la calva del Secretario de Educación
Pública, Miguel González Avelar, se le escapan.
En la Gran
Ubre, el capítulo 6, Cruz Mejía narra la historia de ese importante semillero o
incubadora que ha sido Radio Educación para muchos personajes que más tarde
cobraron notoriedad, para bien o para mal, en los medios comerciales. La lista
es larga y en cada caso Cruz Mejía expresa sin tapujos sus puntos de vista
respecto a ellos, en cuyos altos contrastes
dibuja con claridad la diferencia profunda y excluyente entre la radio
comercial y la propuesta de Radio Educación. Finalmente alienados al capital, o
dando la lucha contra la ignominia, todos ellos abrevaron de la experiencia
acumulada de los hombres y mujeres de Radio Educación.
Pero al
mismo tiempo este alto contraste le sirve para identificar como el arribismo y
el autoritarismo han logrado impactar negativamente la propuesta de Radio
Educación imponiendo de alguna manera en algunas actividades los vicios propios
de la radiodifusión comercial, por lo que la crítica se convierte en una
verdadera autocrítica a Radio Educación, pero también a otras radiodifusoras
culturales e indigenistas.
Pero de toda
esa crítica y autocrítica queda indeleble una propuesta clara:
Estamos aprendiendo todos los días, mirando
las cosas desde un punto de vista diferente; con propósitos sanos y
comprometidos con el país entero, en busca de soluciones a los múltiples
problemas que nos atañen, por los que el radio tiene una tarea sublime. Estamos
jugando al radio, porque jugando se construye y no apelamos a la piedad de
nadie para justificarnos.
La lucha
contra la censura que desde las esferas del poder se impone a Radio Educación y
la más nociva y perniciosa autocensura que funcionarios y empleados serviles
intentan imponer a este medio es probablemente la partes que refleja mas
audacia en el libro de Cruz Mejía. Los testimonios de esta batalla sorda al
interior de Radio Educación nos muestran cómo los trabajadores enfrentan el
despotismo, el autoritarismo y la estupidez hecha gobierno y demuestran que
efectivamente, los trabajadores no son, ni deben ser el apéndice silencioso de
los caprichos del gobierno y sus títeres y que en todos los frentes la
imposición gubernamental no es una fatalidad, sino un intento que puede ser
frenado cuando se usa la inteligencia y, aunque Cruz Mejía no lo dice así, solo
eso puede concluirse, las armas biológicas de forma oval.
Dice Cruz
Mejía:
“La neta, es que nosotros pecamos de palabra,
obra y pensamiento, porque a la autoridad no le gusta lo que decimos, ni lo que
hacemos, ni lo que pensamos; por tanto, hay que defender el pensamiento … y
cuidar la palabra procurando decir bien lo que se hace y se piensa.”
El libro
culmina con una caracterización despiadada de las últimas administraciones
panistas de Radio Educación y de la forma torpe en la que intentaron convertir
esta emisora en un instrumento más del poder y del capital, para quedar bien
con sus jefes y para sacar el mayor
provecho personal. En esta parte también se documenta la lucha que los
trabajadores han dado en resistencia a estos intentos.
No voy a
narrar más lo que con mayor maestría y buen humor encontrarán directamente en
lo escrito por Cruz Mejía, solo les recomiendo: dense una vuelta por este
irreverente excitador de la memoria, conozcan un atisbo de la lucha de clases
en Radio Educación por la boca de uno de sus más avezados combatientes.
Por si acaso
se lo preguntan. ¿Dónde quedó la crítica David? Les diré:
Efectivamente
desde otros puntos de vista, en algún momento el lenguaje y algunas
afirmaciones pueden resultar fuera de lo que se considera comúnmente
“Políticamente Correcto”, pero si ese
fuera el caso eso ya lo verá cada quién y cada quién tendrá su propia opinión,
yo solo les puedo decir que lo que “se considera comúnmente” no resulta idóneo
para hacer valoraciones a quien es un hombre fuera de lo común.
Tres ideas más
y termino.
Aunque algunas
reflexiones de este libro, sobre todo en los primeros capítulos, bien podrían
caber en La Creciente, el libro anterior de Cruz Mejía, no espere el lector que
este libro es una continuación o segunda parte. En La Creciente Cruz Mejía nos
comparte el mundo que recrea y que entiende
a través de la mirada de un niño y más tarde un joven. En el Radio Radiante, yo
diría, parafraseando al filósofo alemán, ya no es un relato de cómo interpretar
el mundo, sino de lo que hay que hacer día con día para transformarlo.
Cruz Mejía
toca un aspecto de la vida política del país, que ya sea por anodino o gris
muchos ya olvidamos, el régimen de Miguel de la Madrid, Paloma Cordero y la
llamada “Renovación Moral de la Sociedad”. Con todos los aberrantes
acontecimientos de Carlos Salinas de
Gortari y la caterva de presidentes que se han apoltronado en Los Pinos para
hacer y deshacer, y también con todo el
rescate que desde la sociedad se ha hecho de esa parte de la historia que había
sido borrada desde la oficialidad y que abarca del 68 a la llamada Guerra Sucia
contra el movimiento armado en México, este rufián de Miguel de la Madrid
Hurtado, había quedado un poco al margen, como si no hubiera existido su
régimen de terror y represión, o como si fuera un angelito al lado de sus homólogos.
Afortunadamente
Cruz nos refresca la memoria y entonces gracias a eso nosotros recordamos que
entre muchas otras cosas Miguel de la Madrid fue el presidente que tomó la
“determinación final” respecto a los desaparecidos políticos de los setentas y ochentas
vaciando las cárceles clandestinas ante la posibilidad real de un cambio de
régimen en 1988, y asesinando
masivamente a nuestros camaradas. De ahí, que al abrirse los archivos del
CISEN, y la D.F.S. a principios del régimen de Fox, estos se pudieran abrir solo
hasta fechas anteriores al año de 1982 dejando en la oscuridad todo el periodo
del 82 a la fecha. Los testimonios tanto de familiares como de militares de esa
época nos permiten afirmar que el pretendido renovador moral de la sociedad no
fue más que un criminal de lesa humanidad.
Con este
libro aprendemos a querer, o queremos más a Radio Educación, la Radio Educación
por la que es necesario luchar y defender.
Gracias por
su atención.
3 de octubre
de 2014.
No hay comentarios:
Publicar un comentario